Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 32 Lo digo por ti
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32 Lo digo por ti

Olivia

Desde que Jude salió de mi casa el otro día, dejándome con la peor resaca de la historia: etílica, emocional e incluso física, por la cantidad de horas que me pasé llorando después, no había dejado de plantearme que estaba siendo tan radical porque había encontrado a otra persona, a Eliza, para ser más exactos.

Porque es evidente que, a pesar de que se conocen desde hace muy poco, han encajado muy bien, hay complicidad entre ambos, una conexión que es evidente desde fuera.

Y, por lo visto, me equivoqué.

Jude no me ha mandado a paseo porque esté con otra mujer.

Jude me ha mandado a paseo porque se ha cansado de esperarme.

Y te juro que puedo entenderlo. ¿Quién soporta doce años de inseguridades de la persona a la que amas?

Nadie, absolutamente nadie. Sin embargo, lo que me duele no es todo lo que me dijo, sus motivos y los límites que ha impuesto, lo que más me duele es que no me escuchase.

Lo intenté, joder, pero no me dejó hablar.

Y se fue.

Y en todos estos días no habíamos hablado ni nos habíamos visto ni una sola vez.

Al menos, Mia lleva durmiendo conmigo un par de noches y, como si supiera de qué va todo, me ha pedido meterse en mi cama.

La he abrazado, concentrada en el calor que desprendía su cuerpo, en su aroma a frutas y, cuando por fin se ha quedado dormida, me he hartado a llorar en silencio.

Lo he hecho todo mal.

Y no sé cómo enmendarlo.

Con Jude, con mi padre, con ella, conmigo misma.

Lo que está claro es que lo de ser dramática y autocompadecerme no es lo mío.

No me gusta y quiero que acabe de una vez.

Por lo que he decidido aceptar que las cosas que no dependen de mí y no puedo cambiar no me pueden quitar más el sueño y tengo que dedicarme a actuar en consecuencia de lo que sí puedo cambiar y está en mi mano.

Sin embargo, una cosa es pensarlo y tener la determinación de respetar la decisión de Jude, que evidentemente no pensó que compartimos amigos y familia y que, al menos, debemos ser cordiales cuando estemos todos juntos, pero, por lo visto, la cuestión es que ni siquiera quiere estar conmigo en el mismo espacio porque lleva todo el puto día huyéndome.

Me ha puesto de mala leche no solo tener que verlo hoy, sino encontrarme a esos dos en la cocina y prácticamente pensar que solo les faltaba encaramarse a la encimera y follar como conejos, así que ahora estoy perpleja, lo menos que esperaba era que Eliza y Carter estuvieran liados.

Porque, a ver, ella no me cae bien, pero parece una persona sensata, y Carter es… Carter.

Y así estoy, sumida en mis pensamientos, sin hacer el menor caso a nadie, cuando Henry y Jude regresan acompañados de Dylan, que no tiene muy buen aspecto.

Lleva barba de unos días y el pelo revuelto, está más delgado que la última vez que lo vi.

Sin embargo, en cuanto se percata de quién está sentada junto a Brooke le cambia completamente el gesto.

Bien, algo interesante, por fin…

Doy un respingo cuando la psicópata que tiene Brooke como amiga suelta a voz en grito:

—Fiuu, fiuuu. ¡Eso es un cuerpo y no el de bomberos! —exclama Gabriela—. Perdonando lo presente —dice señalando a Jude y a Henry.

Niego, incrédula.

Y Dylan sonríe, pero sonríe de verdad, con labios, dientes, ojos, como hacía años que no lo veía sonreír.

Miro a Brooke, que tiene las cejas alzadas y gesto divertido.

Y todos los demás observamos pasmados cómo Gabriela se levanta y corre a abrazarlo.

Dylan la recibe entre sus brazos. Se estrechan con una fuerza y una confianza que nos deja a todos pasmados y justo parecen darse cuenta en ese momento de que no están solos, por lo que se separan un poco, carraspeando para disimular. Para disimular mal, obviamente.

Sabía que Dylan y ella habían hecho buenas migas cuando ella estuvo en Silver Bay por la boda de Henry y Brooke, pero no imaginé que fuera para tanto, porque sí, no hay duda, aquí hay tema que te quemas y nadie se ha enterado.

—Me alegro de verte, terremoto —musita él mirándola a los ojos, embobado.

—Puaj —se me escapa, Brooke me da un codazo.

—Ya veo… —pronuncia, el gesto con el que habla parece algo diabólico, la verdad, no sé cómo le puede gustar esa pirada—. Y, entonces, ¿por qué no me has llamado, Leñador Sexi? —le pregunta Gabriela dándole golpecitos con el índice en el pecho.

—Puaj, puaj.

—Calla, imbécil —me reprende Brooke.

Dylan se ríe.

—No soy leñador —contesta poniendo los ojos en blanco.

Gabriela se encoge de hombros y mueve una mano como quitándole importancia.

—Bah, lo que sea que hagas en el bosque. Con esos brazacos que tienes solo puedo imaginarte con el hacha cortando leña.

—¿Cuándo has llegado? No tenía ni idea de que estabas por aquí —le pregunta él.

—Si me hubieses llamado, lo habrías sabido.

Necesitamos palomitas, esto es mejor que una peli.

—Papiiii, ¡mira cómo hago la doble voltereta mortal! —grita Julia desde la piscina, que acaba de darse cuenta de que su padre ha llegado.

Todos nos giramos en pánico hacia la niña, pero lo que hace mortal no es, ni siquiera se le puede llamar voltereta, parece un pez persiguiendo su propia cola a la que, por cierto, no consigue atrapar.

—Papi, papi, ¡yo puedo aguantar la respiración un minuto debajo del agua! —le dice Matt llamando su atención.

—Y yo, un minuto y diez segundos. —Cómo no, le rebate Julia.

—Y yo, un minuto y veinte, enana.

—Y yo, un minuto y treinta. ¡Y no me llames enana, idiota!

—A ver si es verdad —responde Matt.

Y, con toda su mala leche, le pone la mano en la parte superior de la cabeza y la hunde en el agua.

Alzo las cejas, esperando a que alguien vaya a rescatar a la niña. A ver, que está medio pirada y a veces se pone un pelín insoportable, pero tampoco es para dejarla morir ahogada.

—Por eso… —le contesta Dylan, señalando a la piscina—. Por eso no te he llamado.

Y lo que más me sorprende es que, en vez de ir a mediar entre sus pequeños, sujete uno de los rizos de Gabriela y se lo pase por detrás de la oreja, cosa que no sirve para nada, porque el rizo decide volver, rebelde, al sitio al que estaba. De tal pelo tal astilla. Así no era, ¿no?

—Ya —suspira Gabriela mirando a los niños, que se están haciendo aguadillas en la piscina—. ¿Qué me vas a contar, si yo tengo cuatro de esos?

Dylan suelta una risilla y cabecea afirmando.

—Ay, madre. ¡Cuatro y dos! —exclama Brooke con una mano en el pecho.

—Seis —le contesto a mi amiga, que me mira con los ojos muy abiertos—. De nada.

Me encojo de hombros.

—He venido porque Brooke me necesita —le explica Gabriela, y Henry se gira hacia ella, alzando una ceja, escéptico, porque desde que está en Silver Bay lo tienen loco—.

Y yo a ella —admite con la boca pequeña—.

Los niños estarán durante el próximo mes con su padre, y yo me moría de aburrimiento en casa.

¿Y tú qué tal?, ¿y esta barba? No tienes aspecto de encontrarte bien.

El silencio a nuestro alrededor se torna sepulcral, todos pendientes de esos dos.

Brooke alcanza una bolsa de patatas fritas y mastica a dos carrillos antes de que Henry se dé cuenta y se la arrebate. La tiende hacia mí y cojo un buen puñado. Total, puestos a cotillear, mejor siempre con comida basura.

—Vaya, gracias. —Ríe Dylan—. Conque estoy horrible, ¿eh? He pasado unos días un poco… raros —suspira y desvía la vista hacia Brooke—. ¿Te vuelves a Iowa cuando se vayan ellos?

Gabriela niega.

—No, Brooke me ha ofrecido quedarme en su casa el tiempo que necesite, y voy a aprovechar para hacer fiestas todas las noches.

—Henry le lanza un trozo de pan, que le cae en la espalda, y Gabriela niega soltando una risita—.

Los chicos no están en casa, así que prefiero quedarme por aquí, cuidar a Brownie en lo que ellos están fuera y echarle una mano a Eliza en la librería.

Las pupilas de Dylan se dilatan y el deseo cruza su mirada tan solo un instante, luego carraspea y parece recuperar la compostura.

Madre mía, más vale que Henry compre la lejía a pares en garrafas de cinco litros, porque le van a mancillar hasta el último rincón de su hogar dulce hogar.

—Necesito ir al árbol de Ava —me susurra Brooke.

—Schss. —Le pellizco el brazo—. No le amargues la fiesta a Dylan, no lo había visto sonreír así desde que Julia tomó demasiado helado y se quedó sin voz veinticuatro horas completas.

Brooke suelta una carcajada.

—Cierto. —Se tapa la boca—. Pobre —añade, y cabeceo afirmando—.

Te lo digo en serio, Oli, quiero ir al árbol de Ava antes de marcharme a Duluth para despedirme de ella.

—Abro la boca para soltarle una bordería, y se apresura a añadir—.

Ya sé que voy a volver, solo que, cuando nazca el bebé, todo va a cambiar. Y quiero hablar con ella antes.

Pongo los ojos en blanco.

—Sabes que Ava no está ahí de verdad, ¿no?

—Y, cuando veo el dolor con el que me mira, me apresuro a rectificar.

A ver si del disgusto le voy a provocar el parto y la vamos a liar parda—.

Vale, vale. Sí está. Te oye y esas cosas —digo alzando las manos y mostrándole las palmas en son de paz.

Brooke cabecea afirmando—. Pero no puedes ir porque tienes que estar en reposo.

—Anda que no…, se nota que todavía no me conoces bien. —La miro con el ceño fruncido, y me guiña un ojo. Lo cierto es que, si Brooke quiere ir al fin del mundo, Henry la llevaría en brazos. Haría lo que fuera por ella—. Además, tú también vas a venir conmigo.

Sonrío y niego.

—¿Para qué iba a ir yo? —le pregunto sorprendida.

—Para hablar con ella.

—No tengo nada que decirle.

Me revuelvo incómoda en el asiento.

—Anda que no… Creo que ese es el primer paso que tienes que dar, porque, no sé si te has dado cuenta o no, pero tu vida es un desastre.

Parpadeo, sorprendida, no me esperaba ese golpe para nada.

—¡Eh! ¿A ti qué te pasa? —le pregunto enfurruñada—. Estoy bien.

Muevo la mano, quitándole importancia.

—No, no lo estás, y es hora de que lo superes, Olivia —y me habla seria—. Que superes todo eso que te hace vivir como si le estuvieras perdonando la vida al resto, porque, ¿sabes?, las personas que te rodeamos te queremos, te queremos de verdad, pero a veces cansa.

—Brooke… —musito compungida. Nunca la había oído hablarme así.

Ella mira a Jude, al otro lado del jardín, jugando al baloncesto con Mia y Sally, y parece preocupada.

—La gente se cansa, Oli. Se cansa de demostrarte amor, y que tú te escudes en insultos, en malas contestaciones y en esa actitud de «no necesito a nadie» para seguir escondida detrás de ese muro. Cuando eras pequeña eras una niña reservada, pero alegre.

—No tienes ni puta idea, Brooke. No me conoces de nada —le suelto, borde.

Brooke me sonríe condescendiente.

—Sí que lo hago. Vives cargada de resentimiento, hacia mí, hacia Jude, hacia Ava… —me dice—. Tienes que parar, Olivia. Tienes que parar, porque un día…, un día…

—Si lo dices por él —le digo señalándolo disimuladamente—, ya lo he perdido.

—No lo digo por él —me responde. Henry nos mira con el ceño fruncido, preocupado, al ver a Brooke tan seria, y ella le sonríe y alza la mano para saludarlo—. Lo digo por ti —concluye sin mirarme.