31 Sois imbéciles #2
—Bah, no me preocupo por ti. —Mueve la mano quitándole importancia—. Solo me pregunto cuándo dejaréis de hacer el imbécil.
Me encojo de hombros.
—Eliza sale con alguien —le cotilleo.
Mi abuela se gira hacia nosotros, y Eliza me da un codazo.
Le saco la lengua. «Lo siento, chata, esto es claramente una maniobra de distracción».
No puedo tener otra vez esta conversación con mi abuela.
No ahora, que el discurso ha cambiado y la respuesta ya no es: «Cuando Olivia quiera», sino «nunca».
—¿Con quién? —pregunta mi abuela.
La verdad es que han sido bastante discretos y todavía no corre el rumor por Silver Bay.
—Con Carter —le explico, y arruga la nariz, extrañada—. Ya sabes, mi compañero de estación.
—Pero si ese niño tiene como quince años.
Me carcajeo, y Eliza, que me mira horrorizada, se esconde detrás de otro trago a su botellín. A este paso vamos a salir de aquí borrachos como cubas.
—Tiene veintiuno, abuela.
Eliza se atraganta y tose.
—¿Veintiuno? —me pregunta, y yo sonrío socarrón.
—Y el amor no tiene edad —agrego.
—¿Qué dices de amor? —masculla mi nueva amiga dándome otro codazo.
—Supongo que tienes razón. Mmm…, pero, no sé, ese niño vive con la chorra fuera. —Suelto una carcajada, y la pobre Eliza no puede estar más roja—. Y ahora, si va a tener una niña a cargo, está feo. No te preocupes, bonita, si se le ocurre jugar contigo se las tendrá que ver conmigo.
Deja la bandeja que tiene en la mano dentro del horno y luego, tras cerrarlo, se gira hacia nosotros y se da un puñetazo en la palma de la mano. Los bíceps se le marcan, y yo sonrío orgulloso.
Mi abuela está cachas y es gracias a mí. Eliza, sin embargo, parece horrorizada.
—De hecho… —añade pensativa—, voy a ir a hablar con él, ¿está fuera? —Eliza niega efusivamente, y yo asiento—. Vale, ahora vuelvo.
—Socorro —masculla la pelirroja, y yo suelto otra carcajada—. Te odio.
—Me las estoy cobrando por los ruiditos que tuve que escuchar la otra noche cuando las niñas se quedaron en casa de los padres de Olivia.
No hay psiquiatra que cure ese trauma.
—Joder… —musita y se tapa la cara con las manos, avergonzada.
Sí, vergüenza —eso que pierde cuando Carter está cerca— debería darle.
—Sí, sí, eso mismo gritabas. Joder, sí, sí… —imito sus gemidos. Eliza me lanza a la cabeza un trozo de zanahoria y me parto de risa—. Au. Madre mía, qué violencia.
—Tengo que presionar al albañil para que acaben de reformar el estudio de una vez —masculla, y me vuelvo a carcajear.
—¿Por qué? ¿Quieres ir a mancillar la cama nueva?
Eliza abre mucho los ojos y, cuando alzo la vista hacia donde está mirando, veo a Olivia de nuevo en la cocina, que nos observa seria a uno y a otro.
—Perdón —masculla—. No quería interrumpir, solo…
Mi abuela entra, arrastrando a Carter de una oreja. Ay, madre.
—¿Así que ahora estás saliendo con esta muchachita? —le pregunta señalando a la pelirroja.
Carter, que ya de por sí parecía bastante sorprendido, abre mucho más los ojos y suelta una carcajada. Eliza no puede estar más roja. Y Olivia alza las cejas.
—Pues salir no hemos salido mucho, la verdad —contesta el otro, sin cortarse un pelo—.
Bueno, normalmente soy yo el que entro y salgo…
—Mi abuela le arrea una colleja—. Au, señora Hartley.
Me refiero a que entro y salgo de la casa de Jude —recalca—, donde vive ahora, para que nadie se diera cuenta, aunque creo que eso ya no importa…
—suspira—. Mejor —dice acercándose a la pelirroja, que da la impresión de que no sabe dónde meterse—. Porque me moría por hacer esto.
La sujeta por las caderas y la sienta sobre la encimera, se coloca entre sus piernas y le come la boca. A Eliza se le escapa un ruidillo mezcla de lamento y de gemido mientras y se sujeta a los hombros de Carter.
—Puaj, hay que tirar esas manzanas —protesto.
Y mi abuela le arrea otra colleja.
—¿Qué coño…? —pregunta Henry, que acaba de entrar.
—¡En mi cocina no se hacen cochinadas! —le grita mi abuela a Carter.
—Técnicamente es mi cocina —masculla Henry, divertido.
—Más te vale que dejes la chorra bien guardadita o la corto en trocitos y se te acaba la diversión —añade mi abuela ignorando a Henry.
Carter se frota la nuca con una sonrisa socarrona y le da una mano a Eliza para ayudarla a bajarse.
—Oye, pelirroja, nos estamos quedando sin cerveza, ¿me acompañas a comprar más? —le pregunta.
Y Eliza, que ve esa salida como el camino hacia la salvación, asiente efusivamente y se deja arrastrar.
Miro a Henry.
—¿Nos estamos quedando sin cerveza? —le pregunto incrédulo.
Henry ríe.
—Sí, solo deben de quedar… unas cuarenta.
—¡Sinvergüenza! —le chilla mi abuela y vuelve a dejar el cuchillo sobre la tabla de cortar para ir detrás de ellos a sermonearlos—. ¡No os podéis poner a retozar ahora, que ya casi está lista la comida!
Henry y yo nos miramos y soltamos una carcajada. Olivia, sin embargo, se abraza a sí misma con gesto serio.
—¿Ya se lo has dicho? —le pregunta Henry, y ella niega—. Después de llamar unas quinientas veces a Dylan, ha aceptado que lo vayamos a recoger.
—¡Bien! Pensé que no iba a venir —exclamo feliz.
Henry se frota las manos.
—No sabe nada aún.
Frunzo el ceño, extrañado.
—¿No sabe que os vais a Duluth? —pregunto incrédulo.
A estas alturas de la película lo debe de saber todo Silver Bay.
—Eso sí, idiota. —Lo miro con las cejas alzadas—. No sabe quién está aquí.
Observo a Olivia y recuerdo sus palabras «Yo me sé de uno que se va a poner muy muy contento», y abro mucho los ojos. A ella se le arquean ligeramente las comisuras de los labios y asiente.
—¿Podéis ir vosotros a por él? —me pregunta Henry.
Le echo un vistazo a Oli, me lo pienso y niego.
—Mejor no, Henry —pronuncio de pronto serio.
Henry, extrañado, mira a Olivia y luego a mí y repite operación.
—¿Qué está pasando aquí? —inquiere serio.
Yo bajo la vista, y ella se da la vuelta y regresa al jardín.
Estoy loco por correr detrás de ella, abrazarla y borrar la tristeza de sus ojos, pero no puedo hacerlo.
«Esto es por mí, pero también por ti, pequeña. Es lo mejor para los dos».
—Jude… —pronuncia amenazante—, ¿qué cojones pasa? —Suspiro y me encojo de hombros, no quiero contárselo. Hoy no—. Que me digas qué cojones pasa —gruñe.
—No…, no podemos seguir así —intento resumir.
Henry me observa pensativo unos segundos y luego se gira hacia la puerta por la que acaba de salir Olivia.
—Sois imbéciles —sentencia mi amigo—. De verdad, sois imbéciles. —Lo miro sin saber qué responderle—. Anda, vamos… —suspira.
Y me quito el delantal para seguirlo.