31 Sois imbéciles
Jude
—Abuela, ¿puedes probarlo? Creo que me falta algo y no sé qué es.
Mi abuela deja lo que está removiendo en la olla, se pone el trapo en el hombro y se acerca. Mete una cuchara en el guiso y, después de soplar, lo saborea.
—Échale un poco más de sal, por lo demás, está delicioso.
Asiento y le hago caso.
Hoy estoy de cocinillas con mi abuela, es la mejor forma de evitar estar sentado ahí afuera, en el jardín, donde todo es demasiado real: la inminente partida de Brooke y Henry; la ausencia de Dylan, que todos sabemos que está encerrado en sí mismo y nos ha estado evitando durante semanas, y, por supuesto, Olivia, con esas sombras negras bajo los ojos, el gesto serio y ese aspecto de estar rota que estoy seguro de que le he provocado yo.
Sin embargo, estoy decidido a tomarme las cosas por el lado bueno, a dejar que fluyan y hacer exactamente lo que le dije a Olivia que quería hacer: ser feliz sin depender de nadie.
El día ha amanecido espectacular, mucho más caluroso de lo habitual en la zona, así que los niños están disfrutando de lo lindo de la piscina, y Brownie corretea y ladra feliz de ver a tanta gente por su casa.
Este va a ser un hogar maravilloso para su familia.
Y Brooke está radiante, parlotea sin parar y, a pesar de que tiene el rostro hinchado y signos del evidente cansancio que supone las últimas semanas de embarazo, el brillo en sus ojos transmite lo feliz que se siente.
—Mmmm, oye, abuela… ¿Brooke no te ha dicho si es niño o niña? —indago.
La tía no ha soltado prenda, aunque me consta que en una de las ecografías del segundo trimestre le revelaron el sexo del bebé.
Mi abuela suspira y niega.
—La he chantajeado con lo que más le gusta y no hay forma.
Suelto una risilla.
—Es muy cabezota.
Mi abuela cabecea afirmando y sonríe.
—Tu padre era igual, cuando se le metía algo en la cabeza no había quién se lo sacase.
Cabeceo afirmando, totalmente de acuerdo.
El mejor ejemplo está en todo lo que le ocultó a mi hermana.
Mira que le insistimos muchas veces en que debía hablar con Brooke y contarle la verdad: cómo estaba actuando su madre, cómo le había mentido sobre mi padre, sobre su forma de actuar cuando se quedó embarazada y, después, cuando ella nació, cómo tuvo que luchar en los tribunales para poder estar cerca de ella.
Le ocultó tantas cosas, creyendo que así la protegía, que Brooke creció convencida de que mi padre no la quería. Nunca logramos persuadirlo para que se sincerara con ella, pues estaba seguro de estar haciendo lo correcto, aunque el resto del mundo pensase de forma diferente.
—¿Necesitáis ayuda por aquí? —pregunta Eliza entrando a la cocina.
La verdad es que Eliza apareció en nuestra vida como un regalo caído del cielo.
Ha encajado superbién con todos nosotros, pero, sobre todo, se ha convertido en un pilar fundamental para la librería.
Es resolutiva, eficiente y se ha hecho cargo de todas las gestiones con el seguro tras la inundación.
Gracias a ella, la librería sigue adelante sin problemas.
Tiene ideas muy buenas y se esmera en que cada actividad salga perfecta, cuidando cada detalle como si de su propio negocio se tratase, lo que nos ha dado una enorme tranquilidad a todos, en especial, a Brooke.
Las dos se llaman constantemente y se llevan genial, ella y yo también hemos encajado muy bien, y Sally y Mia parecen amigas de toda la vida.
Brooke insistió en que quería a Eliza hoy aquí, como una forma de agradecerle todo lo que ha hecho por mantener la librería a flote en uno de los momentos más difíciles para mi hermana.
—Uy, menos mal, un par de manos. Porque con esta panda de inútiles no se puede contar —suelta lo último elevando mucho el tono de voz.
Paro de remover el guiso y me giro para mirar a mi abuela con el ceño fruncido.
—Vaya, gracias, ¿eh? —protesto, y ella me pellizca la mejilla como si tuviera cinco años.
—Menos mal que has sacado mi gen cocinero, cariño —me pelotea haciéndome sonreír—. ¿Puedes laminar esas manzanas? —le pregunta esta vez a Eliza—. Quiero hacer un pastel.
Ella asiente y se pone manos a la obra.
Charlamos animadamente los tres mientras cocinamos hasta que, un buen rato más tarde, entra Olivia en la cocina y me pilla manchándole la cara a Eliza con la masa del pastel por una broma que me acaba de soltar.
Se hace un silencio sepulcral.
Olivia me mira dolida, y Eliza se limpia la cara con la falda del delantal. Mi abuela nos observa suspicaz de uno en uno.
—Solo quiero una cerveza —masculla Oli, que se apresura a la nevera.
Coge un botellín y vuelve a salir por piernas.
Incluso con el ceño fruncido, y ese gesto de perdonavidas, es la mujer más hermosa que he visto jamás.
Suspiro incómodo y le doy un trago al botellín que tengo abierto en la encimera. Eliza me imita, tan incómoda como yo.
No sé cómo hacer esto. Desde que hablé con Olivia me siento como un estúpido porque, joder, porque la quiero, porque me muero por abrazarla, porque según le estaba diciendo que necesitaba alejarme solo quería acercarme a ella, besarla, quitarle la ropa y borrar lo que acababa de decir a base de gemidos.
Lo he hecho todo mal, y no sé arreglarlo.
El amor es una puta mierda que lo estropea todo.
Cuando era pequeño, y veía cómo se querían mis padres, cómo se entregaban el uno al otro y cómo, a pesar de los errores que cometieron, seguían siendo los mejores compañeros de vida, pensaba que el amor tenía que ser algo bonito, inmenso y maravilloso.
Me fijaba en la forma en que se miraban, en la complicidad que compartían y en cómo trabajaban en equipo para sacar adelante a nuestra familia, incluso cuando las cosas se ponían difíciles.
El amor, a través de mis ojos de niño, era algo que aparecía en tu vida para ponerla patas arriba y, al mismo tiempo, completarla.
Aprender a convivir con la persona que amabas y construir una relación con ella se me antojaba parecido al funcionamiento de un reloj de cuerda; un mecanismo complejo e intrincado cuyas piezas debían encajar a la perfección para que todo avanzara.
Recuerdo a mi madre luchando con uñas y dientes para sobrevivir y a mi padre dándolo todo para convertirse en su escudero y acompañarla a cada batalla contra el cáncer, recordándole que no tenía que enfrentarse sola a nada.
Mi madre murió, y mi padre se quedó devastado.
Aun así, durante el resto de su vida me repitió en innumerables ocasiones que había merecido la pena cada minuto que habían compartido juntos.
Que cada día a su lado había sido un regalo y que, aunque perderla fuera lo más doloroso que había tenido que soportar jamás, ese dolor no era ni una mínima parte de la inmensidad de todo lo que había sentido mientras estuvieron juntos.
Que el amor era algo que merecía la pena.
Y yo me lo creí.
Sin embargo, para mí el amor no ha funcionado de igual forma.
Suspiro de nuevo, con la vista clavada en mi botellín de cerveza.
Sin duda alguna, mi reloj está estropeado, porque sus piezas nunca han terminado de encajar y, por mucho que he intentado repararlo, siempre acaba deteniéndose en el mismo punto: en ese en el que Olivia me mira como si me quisiera y, al segundo siguiente, levanta un muro entre ambos.
Por eso mi parte racional tiene la convicción de que esta decisión que he tomado es lo mejor para los dos, porque yo no puedo avanzar si vivo pegado a ella, pero ella tampoco, y así no podemos seguir.
Claro que, cuando puse las cartas sobre la mesa, no caí en que es jodidamente complicado alejarte de tu ex cuando habéis estado tan unidos, vivís en un sitio tan pequeño como Silver Bay y compartís familia y amigos.
De pronto me doy cuenta de que mi abuela tiene la vista fija en Eliza, con una ceja alzada y esa determinación en la mirada que da miedo. Es como si se pudiera cortar la tensión con un cuchillo. Eliza esconde la cara tras un botellín de cerveza, dándole un buen trago, y yo la imito.
—Oye, bonita, ¿tienes alguna intención con mi nieto? —pregunta mi abuela a bocajarro, provocando que me atragante con la cerveza y comience a toser.
—Ehm, no, la verdad.
Ella niega efusivamente al mismo tiempo que las mejillas se le tiñen de rojo.
Podría intentar intervenir, sin embargo, lo único que conseguiría sería una colleja de mi abuela, así que me mantengo callado viendo cómo señala a la pelirroja con el cuchillo.
—Bien —contesta pensativa y cabecea afirmando—. Bien —repite—. Porque pareces buena chica, pero no va a funcionar. Este pobre está coladito por la rubia malhumorada que acaba de salir por la puerta.
Eliza sonríe, y yo pongo los ojos en blanco.
—Lo sé.
—Bien —repite.
Debería tener una conversación con mi abuela. De hecho, tendría que tener una conversación con todos los miembros de mi familia y amigos y comunicarles la decisión que he tomado, pero, no sé, ahora mismo no quiero estropear la despedida de Brooke y Henry, por lo que no me parece el mejor momento.
Cuando ellos se marchen, será más sencillo mantenernos alejados.
Un nudo se me aprieta en el estómago ante la certeza de esa idea. Al fin y al cabo, Mia se ha vuelto muy independiente, y ya no necesita que estemos constantemente entrando y saliendo de la casa del otro para cuidar de ella.
Una parte de mí se siente confundida. Otra está enfadada conmigo mismo por intentar alejar a la única persona que hace que mi corazón se acelere.
Y, entre ambas emociones, se encuentra una especie de paz por haber puesto fin a la incertidumbre y a la infinita espera de que las cosas entre Olivia y yo por fin encajen.
Me empiezo a plantear que me vendría bien alejarme de todo un tiempo. De Silver Bay. De Olivia. De la versión de mí mismo que quiere correr detrás de ella.
—Abuela…, no te preocupes por mí, todo está bien —le explico, porque me está mirando con los ojos entrecerrados y a saber qué se le está pasando por la cabeza.