30 ¿Qué mierda acaba de pasar?
Olivia
Me despierto con un dolor agudo que me taladra el cerebro en forma de rayo de sol que entra por la ventana.
—Joder —mascullo y hasta el sonido de mi propia voz me resulta insoportable.
No recuerdo una resaca tan fuerte desde hace muchos años. Tengo la lengua como una lija, la garganta seca y el estómago revuelto, pero, por buscarle el lado positivo, al menos no me he pasado toda la noche vomitando. Creo.
Me incorporo despacio, me llevo una mano a la frente y cierro los ojos un instante, esperando a que la habitación deje de darme vueltas.
Ay, madre, qué mal me encuentro.
Al abrirlos, me recorre un escalofrío y es cuando me doy cuenta de que estoy desnuda y sola en la cama. Jude debió de marcharse en algún momento de la noche.
Me acerco a la cómoda, abro el cajón de las camisetas y me pongo la primera que encuentro.
No quiero pensar demasiado en anoche porque la sola idea me da ganas de meterme debajo del edredón y taparme hasta las orejas para no salir de ahí por los siglos de los siglos.
Aun así, algunos fragmentos me vienen a la cabeza: una charla deprimente, demasiado tequila, el karaoke, Cole, las risas, Jude apareciendo en el momento indicado, y yo, más borracha imposible, rogándole que me comiera el…
—Ay, joder.
Me tapo la cara con las manos, hay pocas cosas en mi vida que me den vergüenza, pero hacerle una demostración a mi ex de cómo me gusta tantísimo que me coma el coño es una de ellas.
Me doy un golpe en la frente y la punzada de dolor se torna más intensa.
—Au —lloriqueo.
Y hasta ahí puedo recordar. Si follamos o no es todo un misterio para mí. En fin…, sea como sea, parece ser que Jude, después de desfogar o no, volvió corriendo a casa con Eliza y las niñas, como una gran familia feliz.
—Puaj.
Pues, mira, ahora sí que tengo ganas de vomitar.
Me sujeto el estómago revuelto y, descalza, me arrastro hacia la cocina. Necesito agua, café y un ibuprofeno cuanto antes. De camino, me quedo clavada en el sitio al ver un bulto en el sofá.
Frunzo el ceño y parpadeo sin entender qué demonios hace Jude ahí acostado, con las gafas torcidas, un brazo sobre la frente, el pelo revuelto y la respiración profunda.
Me dirijo a la cocina porque me duele tanto la cabeza que no puedo pensar. Trasteo hasta poner la cafetera al fuego y me bebo un vaso de agua fría con un ibuprofeno.
Pensé que Jude se despertaría con el aroma del café, pero sigue ahí, ajeno a mi resaca. Y entonces, mientras saboreo la taza que me he servido, una idea se me pasa por la cabeza.
Sonrío de medio lado y corro a lavarme los dientes para mitigar el aliento a alcohol que aún noto en la boca.
Despacio, para no despertarlo, le quito la manta del sofá que tiene por encima y se me escapa un gemidito cuando veo que está durmiendo en camiseta y slips y que una enorme y gorda erección mañanera pugna por escapar de la tela.
Me subo a horcajadas sobre él y mi coño desnudo queda justo sobre su erección. Nos separa únicamente la fina tela de sus slips y, en cuanto empiezo a balancear las caderas, ya me noto empapada.
Jude gime y abre un ojo.
—Joder —masculla.
Noto los pezones duros contra la tela de la camiseta y, ahora que tengo toda su atención, me los pellizco con descaro.
—Joder —repite.
Sonrío descarada y sujeto el borde de mi camiseta para deshacerme de ella. Me muero porque me coma los pezones.
—¡No! —grita, haciéndome dar un respingo y dejándome tiesa en el sitio.
—¿Eh?
Dejo de moverme, sorprendida.
—Mierda. —Jude me sujeta por las caderas y, de un movimiento, me aparta y se pone de pie—. Esto no es buena idea.
Parpadeo, confundida, viendo cómo se toma unos instantes para recuperar el ritmo de la respiración.
—Estoy bien, ya se me ha pasado el pedo —le explico—. Y acabo de lavarme los dientes.
Jude resopla. Sin mirarme, coge los pantalones vaqueros del brazo del sofá y se los pone.
—Necesito un café.
Bueno, vale, cafeína primero, sexo después. No puedo culparlo, yo he hecho lo mismo. Lo sigo y me siento sobre la encimera, con las piernas cruzadas.
—Olivia… —musita mientras se sirve una taza del líquido humeante—. ¿Puedes… puedes ir a ponerte algo de ropa? —Lo miro sin entender qué le pasa—. Tenemos que hablar. —Su tono hace que se me encoja el estómago.
Asiento despacio y me bajo de un salto de la encimera. Camino hacia mi dormitorio con las manos temblándome, consciente, por su tono y lo raro que está, de que esta no va a ser una conversación más.
Me pongo unos leggins y una sudadera encima, porque, de pronto, no sé si por la resaca o por lo frío que está Jude conmigo, necesito un poco de calor. De repente mi mente me grita que todo esto tiene que ver con Eliza, con que ellos vivan juntos y con…
No, niego. Es imposible. Se conocen desde hace unos pocos días.
Y sí, me he puesto celosa al verlos juntos, pero estoy segura de que no es eso.
Pero ¿y si sí lo es? ¿Y si Jude ha visto la posibilidad de formar una familia de verdad con alguien con quien se lleva bien, que, además, tiene una hija que ha hecho buenas migas con Mia?
Me enfundo unos calcetines, porque estoy temblando, antes de volver.
«Es ahora o nunca, Olivia», me digo.
Es el momento de decirle que al fin lo he entendido, que lo quiero y que no quiero seguir igual. Que quiero intentarlo, que siempre le he querido y que lo que me ha detenido ha sido el miedo.
Sí.
Cabeceo afirmando.
Eso haré. Eso le diré.
Jude está sentado sobre una pierna, de lado, en el sofá, con el hueco justo para que me siente enfrente de él. Me mira de arriba abajo, con la misma adoración de siempre, lo que hace que la tensión que de pronto se me ha instalado en los hombros se relaje un poco.
—Te he preparado otro café —musita.
Asiento y cojo la taza entre las manos, reconfortándome con el calor que desprende. Le doy un sorbo, tratando de poner mis ideas en orden antes de hablar.
«Venga, tú puedes, Olivia», me animo mentalmente.
—Jude…, escucha, tengo que decirte algo.
—No, para, Olivia. —La determinación de su voz me deja inmóvil—. Yo siempre te escucho, ¿vale? Siempre oigo lo que tienes que decirme. Hoy me vas a escuchar tú, ¿ ok ?
Asiento ligeramente.
—Vale —añado cuando permanece en silencio mirándome.
—Siempre he pensado que había algo malo en mí, Oli —musita, y yo frunzo el ceño, porque para nada me esperaba que me dijese algo así—.
Y que por eso nunca aceptaste que cuando te dije que nos casaríamos, aunque no te quería, no estaba intentando hacerte daño.
No era más que un chico asustado que había perdido demasiadas cosas y que no sabía cómo enfrentarse a todo lo que se le venía encima, y tú eras demasiado joven.
Aun así, tenía claro que no te dejaría sola con Mia, porque era responsabilidad de ambos.
—Lo sé, Jude, yo…
—Por favor, déjame hablar. —Suspiro y asiento—.
Te amé desde siempre, Olivia. Amé tu mirada soñadora, cómo te desvivías por las personas a las que querías, cómo luchabas por lo que ansiabas conseguir, cómo jamás te rendías.
Te amé incluso cuando te despertabas malhumorada, gruñendo si alguien se acercaba a ti a decirte algo antes del primer café.
»Te amé, aunque me apartaste de tu lado, a pesar de que intenté reconocer mi error.
Te amé cuando me insultabas por contar chistes malos.
—Sonríe triste, y yo me siento más confundida que nunca—.
Amé incluso las partes de ti que estaban rotas, amé a la Olivia orgullosa que lleva años posponiendo una conversación con su padre —continúa, le sujeto una mano y la aprieto con fuerza.
Un dolor en el pecho crece y se extiende por todas partes—.
Amé a la chica que alzó un muro y siempre se mostraba fuerte, valiente, decidida, impulsiva, aunque yo sabía que debajo de todo eso había alguien vulnerable.
Te amé con cada partícula de mi piel. —Trago saliva.
Todo esto me haría sonreír si no fuera porque lo ha pronunciado en pasado.
»Acepté que me echaras de casa cuando me pediste el divorcio, simplemente por haber confesado que te quería.
Acepté que no me creyeras todas las veces que intenté convencerte de que así era.
Acepté que lo nuestro no había funcionado por mi culpa, porque estaba haciendo algo mal y llevo doce años intentando descubrir cómo enmendarlo.
—Quiero decirle que lo sé, que no es su culpa, que no hay nada de malo en él, que nunca pretendí castigarlo, pero, en cuanto abro la boca, niega y sigue hablando, haciéndome callar.
»Pero no, Olivia, no…, no lo he hecho tan mal desde que me casé contigo.
No todo fue culpa mía. —Aprieta la mandíbula—.
Tú también has tomado decisiones. Tú también elegiste alejarte.
Decidiste que no querías estar conmigo. Tú has sido…
—Deja la frase a medias y soy capaz de completarla por él: yo he sido el problema.
Trago con fuerza, intentando contener las lágrimas que pugnan por salir.
—Jude… —musito dolida—. Escucha…
—Acepté que me buscases cada vez que querías echar un polvo —me interrumpe—.
Acepté que vinieras a mí en busca de cariño, abrazos y complicidad.
Acepté que te alejaras después. Que quisieras conocer a otros hombres, tener citas y acostarte con otros.
—Noto cómo los hombros se le tensan, cómo aprieta un puño de forma nerviosa y se le marcan los nudillos y cómo se le frunce el ceño.
Sus ojos están llenos de dolor, y me lo merezco. Me merezco que me hable así.
»El problema, Olivia, es que en algún momento te convenciste de que la vida debía ser fácil y de que, si aparecía algún obstáculo en el camino, era porque todo estaba en tu contra.
Sin embargo, a veces no tiene que ver contigo, a veces no se trata de ti, a veces cada uno carga con sus miedos y sus propias mochilas.
Como Brooke o tu padre. Como yo. —Cierro las manos sobre la taza, intentando mantenerme a flote.
»Sé que fueron muchas cosas juntas —continúa—.
Yo me fui porque tú me echaste, Olivia, me echaste de tu lado y no podía hacer otra cosa que respetar tu decisión.
Brooke se había marchado, cargando con su propia mochila, y tu mejor amiga, la única amiga que te quedaba, murió, se fue, y tú no tuviste nada que ver, pero te sentiste traicionada igualmente.
Cada golpe hizo el muro un poco más alto.
—Jude…
Niega.
—Y estoy harto, Olivia, estoy harto de escalar cada día para llegar a ti. —Se pone de pie y por un momento pienso que va a marcharse, pero se queda ahí quieto frente a mí.
»Te amo, Olivia. —Es muy triste que esas palabras me terminen de romper por dentro porque sé lo que son: una despedida—.
Y lo de antes… —Suspira y niega con la cabeza—.
No hay nada que me guste más que escucharte jadear mi nombre, sentir cómo te desarmas en mis manos y cómo te entregas a mí.
Me encanta cuando dejas caer tus corazas y te muestras vulnerable…
—Se mantiene en silencio unos instantes en los que yo observo cómo el pecho le sube y le baja con la respiración agitada, y se mesa el pelo antes de hablar—.
Te amo, Olivia —repite—, pero no puedo seguir así, porque esto me está destrozando.
Traga con fuerza, y a mí se me escapa una lágrima.
—Jude… —Da un paso atrás. Dejo la taza sobre la mesa de centro y me pongo de pie también—. Espera, por favor…
—No quieres estar conmigo, y lo acepto —añade—. Pero no te permito que me digas lo que siento o no. No te permito que te creas con ese derecho. Porque yo sé lo que siento, Oli, siempre lo he sabido. Y el problema está en que eres tú la que no sabe lo que quiere.
»Nunca, jamás, voy a dejar de quererte, lo tengo claro, pero necesito espacio. Necesito aprender que mi felicidad no puede depender de ti. Necesito dejar de conformarme con las migajas que me das porque, citando tus propias palabras, merezco más, merezco todo. Merezco amar y que me amen.
—Jude, no te vayas —le pido cuando ya se dirige a la puerta—. Deja que…
—No puedo quedarme, Olivia. —Traga nudos de nuevo y al final se le escapan un par de lágrimas que se limpia de un manotazo. Abre la puerta de la calle—. No puedo —repite mientras se gira hacia mí y niega—. No podemos seguir siendo amigos —sentencia con una contundencia devastadora.
—¿Qué? —pregunto incrédula.
—No puedo seguir siendo tu amigo mientras estoy enamorado de ti. No puedo estar disponible cada vez que me necesitas y aceptar que desaparezcas cuando te asustas. No puedo acostarme contigo y al día siguiente fingir que no ha pasado nada.
Da un paso atrás.
—Jude, espera. Yo…
—No puedo seguir esperando a que algún día me elijas. —Y cierra la puerta.
—Te amo —digo a nadie, porque él ya no está ahí.
¿Qué mierda acaba de pasar?