29 Pero ¿qué coño?
Jude
Me acerco a casa de Olivia con el corazón golpeándome las costillas a un ritmo vertiginoso.
Durante todo el trayecto he estado discutiendo conmigo mismo sobre si Eliza tiene razón o no, aunque, cuanto más me acerco, más confundido me siento.
Sea como sea, necesito hablar con Oli, porque no entiendo qué demonios le pasó en mi casa ni por qué reaccionó así.
La conozco lo suficiente para saber que era mentira que tuviera una cita, que fue una excusa barata que se inventó sobre la marcha para salir corriendo.
Antes de arrancar la camioneta, he intentado llamarla un par de veces, pero no me ha cogido el teléfono.
Y ahora estoy preocupado. Puede ser que simplemente no quiera saber nada de mí o también puede ser que sí que tuviera una cita y haya terminado muy mal o, peor, muy bien, no sé.
Mierda, solo sé que se me está haciendo un nudo en el cerebro y otro en el estómago.
Y sí, sé que Olivia no es mi responsabilidad, que no necesita que la rescate y que se basta y se sobra para defenderse sola, sin embargo, joder, es que me importa, me importa de verdad.
Aparco en la entrada y veo luz en el salón. Vale, está en casa y debe de estar despierta. Quizás tendría que darme la vuelta e irme, seguro que está perfectamente, pero ¿y si no?
Esto es absurdo…
En cuanto abro la puerta de la camioneta, me llega el sonido de la música demasiado alta, teniendo en cuenta que pasan de las diez de la noche. Según atravieso el porche, se oyen risas y gritos desafinados. ¿Está cantando? Ay, madre. Esto pinta cada vez más raro.
Sé que debería irme, pero solo quiero echar un vistacito de nada y luego me marcharé a casa.
Llamo al timbre y la música está tan alta que dudo que haya oído la puerta, así que insisto un par de veces.
De pronto, la canción se corta, y Olivia continúa cantando a capela, soltando varios gallos en el proceso.
Olivia es una mujer maravillosa a la que se le dan bien muchas cosas, pero cantar…
, cantar definitivamente no es una de ellas.
—¡Perdón! ¡Ya bajamos la música! —vocifera un hombre al mismo tiempo que abre la puerta.
Y no es un hombre cualquiera. Ha pasado mucho tiempo y apenas me acuerdo de él, pero es un calco de su padre, un palmo más alto, más delgado y con el pelo mucho menos blanco: Cole Miller.
Mierda. Sí que tenía una cita. ¿Qué cojones hago aquí? Olivia va a matarme…
No me da tiempo a darme la vuelta y marcharme, ni siquiera a disculparme como pretendía, porque el tipo suelta un gritillo de lo más ridículo. Acto seguido, coge unos zapatos que hay junto a la puerta y se pone uno dando saltitos en el sitio.
—¡Ahm! Hola… Jude, ¿verdad? —pregunta, y asiento—. ¡Cuántos años! ¡Me alegro de verte! —grita de nuevo—. Yo ya me iba, que mañana madrugo. Adiós.
Y sale corriendo como si Olivia lo hubiese estado reteniendo en contra de su voluntad, con el otro zapato aún en la mano.
—Pero ¿qué coño…? —mascullo.
No parece llevarse ningún órgano de Olivia a cuestas, así que deduzco que no es un traficante de riñones.
«Debería irme», me repito. Doy un par de pasos, adentrándome en el salón, y lo que encuentro me deja más flipado todavía: una Oli más sexi que nunca, vestida únicamente con una de mis sudaderas, el cabello revuelto y las mejillas encendidas.
¡Joder! ¿De verdad no tenía otra puta sudadera que ponerse para retozar con otro tío que no fuera precisamente mi favorita?
—¡Jude! —grita y corre hacia mí.
Me abraza haciéndome trastabillar cuando, de un salto, entrelaza las piernas en mis caderas.
—Pero ¿qué coño…? —repito.
—¡Menos mal que estás aquí! Porque estoy cachondísima, joder.
Pestañeo fuerte. Si me hubiera metido un puñetazo en toda la cara me habría dolido menos. No entiendo nada. Agita las caderas, y mi polla, que tiene vida propia, reacciona endureciéndose.
Oli gime.
Y yo jadeo.
Me cuesta la puta vida recobrar el control y cerrar la puerta a mi espalda.
Olivia estrella sus labios contra los míos en cuanto ve que voy a abrir la boca y me cuela la lengua hasta el fondo. Sabe a tequila, mucho. Y también sabe a que va borrachísima y a que se va a pasar el resto de la noche con la cabeza metida dentro del váter.
Camino con ella restregándose contra mí como una perra en celo hasta llegar a su habitación y la obligo a poner los pies en el suelo mientras me voy repitiendo:
«Contrólate, ignora lo dura que la tienes y céntrate en ella».
«Como si eso no fuera lo que hago siempre», pienso recreando en cómo adoro comérmela entera y dejar que se derrita contra mi boca.
«¡No me refiero a eso, chaval! Deja de pensar con la polla».
«Ahm, ya…».
—Menos mal que has venido —repite mientras se le traba la lengua.
Trago con fuerza mientras Oli me agarra de la camiseta y tira hacia arriba con la intención de quitármela. Ay, madre. Ay, madre. Le sujeto la mano con firmeza y se la aparto. Me mira enfurruñada hasta que se da cuenta de que estoy sujetando el bajo de la sudadera para quitársela.
Ni siquiera lleva pantalones. Me cago en todo. Y ese conjunto de ropa interior blanco le queda supersexi.
—Oh, sí, gracias —gime—. Tengo mucho calor.
El olor de su aliento es inconfundible.
—¿Has estado tomando tequila? —le pregunto cuando veo cómo se desabrocha el sujetador rápidamente y lo deja caer al suelo.
—Un poquitito.
Alza la mano, acercando el dedo pulgar y el índice hasta que hay un espacio ínfimo entre ambos.
—Ya veo.
Hago un esfuerzo descomunal por no fijarme en esas dos tetas perfectas cuyos pezones erectos me apuntan sin piedad. Y no, no lo consigo.
—Jude…, tengo que decirte algo.
—¿Eh? —pregunto distraído.
La cojo de la mano y tiro de ella hacia el cuarto de baño. ¿Por qué, señor?, ¿por qué?
—Yo… te… te… quiero muchísimo —dice arrastrando las palabras con la lengua pesada.
Ahora mismo no sé si reír o llorar. Es la primera vez en mi vida que me dice algo así y me temo que quien está hablando no es ella, sino el maldito tequila, que la ha poseído.
—Ahm, ya… Venga, vamos a la ducha —digo tirando de ella, porque está ofreciendo algo de resistencia.
—Buena idea… —Los ojos le brillan—. Primero follar y después hablar…, sí, buen plan.
Y se baja las bragas de una vez.
Suspiro.
—¿No ha ido bien tu cita? —le pregunto. Es un reproche, por si no lo has pillado.
—Suuupeerrrrbién —alarga la palabra arrastrando la erre.
—Pues no te ha dejado muy satisfecha, ¿eh?
—Ahm, sí, ya, es que Cole no es de esos.
Pestañeo fuerte de nuevo, sorprendido. ¿No es de esos?, ¿no es de tener sexo en la primera cita?, ¿por qué? Y, lo que es más importante, ¿Olivia se ha calentado con otro y ahora quiere desfogar conmigo?
Mátame, camión.
Quieras que no, eso me baja un poco el calentón, porque mi orgullo está herido y tal.
Logro que entre dentro del plato de ducha y, como venganza, abro el grifo con el agua mucho más fría de lo que debería.
Olivia pega un alarido.
—¡Joder!
Carraspeo.
—Perdón, necesitabas refrescarte un poco —me disculpo girando el grifo hasta que el agua se vuelve tibia.
—Sí, joder, tienes razón, porque estoy cachondísima —repite, y pongo los ojos en blanco—. Venga, Jude, quítate la ropa —lloriquea—, entra conmigo.
—Oli, cariño, en serio te lo digo, tienes que comprarte un vibrador.
Me mira seria, se tambalea un poco, así que la sujeto para que no se caiga.
—¿Para qué? —pregunta y lo peor es que lo hace de verdad.
Suspiro y niego.
Termino de ducharla y la seco con cuidado.
—¿Por qué no has entrado en la ducha conmigo? ¿Vas a… vas a hacerme eso que tanto me gusta con la boca?
La polla me da un tirón.
La madre que la parió. Me cago en mi puta vida.
—¿Eh, Jude? ¿Vas a pasarme la lengua así?
—insiste. Alzo una ceja al ver que se pone las manos a los lados de la cara y saca mucho la lengua, imitando el movimiento que hago cuando le como el coño—.
Y lue… luego —tartamudea y traga fuerte—.
Luego succionas, ¿sí? —Necesito una ducha yo también.
Helada, a poder ser. Tiro de ella hasta la cama—.
Se te da de puta madre, y me metes un dedo.
¡No! —grita haciéndome dar un respingo—. ¡Dos!
Levanta dos dedos y los pone en posición de penetración y me los señala. Luego alza ambas cejas, en un intento de resultar seductora, y me echo a reír. Es que no me queda otra que echarme a reír.
Le doy un empujoncito y cae en la cama.
—Oh, sí —gime.
Le levanto las piernas y las meto debajo del edredón.
—¿Por qué no te desnudas ya, Jude? Te necesito.
Suspiro, frustrado.
—Ahora vengo, ¿vale? —musito mientras le acaricio el cabello.
Olivia asiente y cierra los ojos.
No he terminado de taparla cuando se ha quedado dormida.
Suspiro de nuevo, le doy un beso en la frente, saco el móvil del bolsillo y salgo de la habitación para llamar a Eliza.
El teléfono da un par de tonos antes de que conteste al otro lado.
—¿Está todo bien? —susurra.
—Bueno, más o menos, Olivia tiene una cogorza de campeonato. ¿Te importa si me quedo por aquí y te haces cargo de las niñas?
—Tranquilo, se metieron las cuatro en tu cama para ver una película y se han quedado fritas. Se lo han pasado genial.
Sonrío y asiento. Le dije a Mia que podían dormir esta noche en mi dormitorio, que tiene tele y baño, y que yo ya me apañaría.
—Bien. Pensé que no pegarían ojo en toda la noche. Hablamos por la mañana, ¿vale?
—Suerte por ahí.
—Gracias… —suspiro y le echo un vistazo a Oli desde el pasillo, que duerme en una postura de lo más imposible—. Me va a hacer falta.