28 ¿Follar no quieres? #2
—¿A escuchar mis penas, emborracharnos juntos, ver cómo me como todo el chocolate que hay en mi despensa y ser el hombro sobre el que llorar porque hoy he visto a mi ex con otra y me he sentido morir?
El mismo ex al que le dije que teníamos que hacer nuestra vida y que necesitaba conocer a otras personas, tener sexo con alguien que no fuese él y al que le he tenido que repetir hasta la saciedad que no me quiere y que por lo tanto no podemos estar juntos, y hoy, en cuanto lo vi con Eliza, pensé que qué más daba que no me quisiera, si yo lo quería por los dos —suelto de carrerilla, casi sin coger aire para respirar.
Me tapo la cara con las manos—. Soy patética.
—No —niega.
—¿No soy patética?
Me destapo la cara para mirarlo con cierta esperanza de que todo esto sean cosas mías.
—Sí, sí que eres patética, la verdad, pero no he venido a eso. —Mueve la mano como quitándole importancia—. ¡He venido a que cantemos en el karaoke!
Pestañeo rápido, como si me hubiera dado un tortazo.
—¿Eres imbécil? —le pregunto, y me lanza la almohada que cae a medio metro de mí. Para deportista profesional no iba el chaval, qué mala puntería—. Ni muerta. Estoy deprimida, no tengo ganas de cantar.
Cole me observa con el ceño fruncido, coge el teléfono móvil de la mesa de noche y me lo lanza. Lo agarro por el aire de milagro, con los ojos muy abiertos. Menos mal que tengo buenos reflejos porque este móvil cuesta una pasta y ha estado a punto de estrellarse contra el suelo.
Fulmino a Cole con la mirada, y él se encoge de hombros.
—Llama a Jude. Llámalo y habla con él, sincérate. Dile lo que sientes, dale una oportunidad. Inténtalo y deja de lamentarte.
—No puedo hacer eso —niego—. Es tarde —sentencio.
Gruñe algo ininteligible y se deja caer de nuevo sobre la cama. Tira de mí para que haga lo mismo.
—No lo es, Olivia —pronuncia con un resoplido dejándose caer hacia atrás, yo hago lo mismo y giro la cabeza hacia él, mientras que él tiene la vista clavada en el techo—.
¿Sabes? Asher y yo nos conocimos hace cinco años, trabajábamos juntos en un prestigioso restaurante de Minneapolis.
Ambos comenzamos como ayudantes de cocina y nos pasábamos horas juntos, pelando y cortando verduras, elaborando salsas básicas y dejando todos los ingredientes listos para el servicio.
Encajamos superbién desde el primer momento.
—Me echa un vistazo rápido para comprobar que le estoy prestando atención, y asiento antes de que devuelva la vista al techo.
»Nos llevábamos de lujo y…, madre mía, estaba buenísimo.
Dios, qué morenazo y qué sonrisa, no te haces una idea.
—Sonríe triste, mirándome de nuevo, y una punzada de dolor me atraviesa el pecho porque sé que esta historia no acaba bien—.
Después del trabajo nos quedábamos siempre tomando una cerveza y charlábamos sin parar.
Empecé a entrenar con él, y por eso estoy así ahora —me explica, palpándose la tripa que cuando era adolescente era bastante rechoncha y ahora luce plana.
Apuesto a que bajo esa tela hay músculos marcados en forma de tableta de chocolate.
»Nos convertimos en los mejores amigos, en cómplices, lo adoraba, me enamoré de él hasta las trancas.
Él era hetero o eso decía, lo vi liarse con unas y con otras prácticamente cada fin de semana, aunque no solía repetir y nunca le conocí una relación seria.
En el fondo intuía que él sentía algún tipo de atracción por mí, pero no se atrevía a dar ese salto, probar.
»Hace algo más de un año, el día de mi cumpleaños, nos cogimos un pedo de campeonato en mi piso y terminamos follando como bestias sobre todas las superficies.
—Exceso de información —protesto, tapándome los ojos, y me da un golpe en el brazo.
—Calla, mojigata, que he visto tus bragas —me reprocha, señalando el hilo engurruñado que sigue tirado en el suelo, y yo me destapo la cara y gruño un «vale»—.
Luego la cosa se puso rara entre los dos, empezó a evitarme, y a mí me dolía, pero le di su espacio.
Pensé que tendría todo el tiempo del mundo para asumir la realidad, yo no sé si las mujeres le gustaban de verdad, lo que sí sabía era que yo sí que le atraía, ahora le tocaba llegar a él a la misma conclusión.
»Y tardó, tardó un tiempo. No volvió a sacar el tema y poco a poco se le fue pasando la tirantez y volvíamos a quedar, como si nada.
Y luego, cada vez que salíamos y se emborrachaba, terminábamos en mi cama.
Yo asumí que él solo buscaba el valor al fondo de las botellas de ginebra, y yo…
me dejaba llevar. Con todo, aquello me estaba destrozando.
Solo pensaba que tenía tiempo, que Asher necesitaba asumir lo que estaba ocurriendo entre los dos.
»Hasta que ya no pude soportar más la situación, le confesé que estaba enamorado de él y que no iba a seguir de esa forma, acostándome con él cuando se emborrachaba y haciendo como si no hubiera pasado nada al día siguiente.
No sé, le dije un montón de cosas, me abrí en canal y también fui bastante cruel.
Pensé que, ya que nos habíamos cargado nuestra amistad y que aquello tenía que terminar, me iba a quedar a gusto y a soltarle todas las verdades que llevaba tiempo guardándome.
—Y funcionó —acabo por él al ver que se queda pensativo, y Cole asiente.
—Funcionó y vivimos los seis meses más bonitos de toda mi vida. Hasta que, hace dos meses, un conductor imprudente se saltó un stop y se llevó su moto por delante y… se fue. El tiempo se acabó. Para mí sí es tarde, Olivia, ¿lo entiendes? —dice con los ojos clavados en los míos.
—Joder, me cago en la puta —blasfemo como un pirata, cabreada porque le haya tocado vivir algo así—. Lo siento mucho, Cole.
Me abrazo a él, apoyando la cabeza en su pecho, y él me pasa un brazo por los hombros.
—Para ti no es tarde, aún no, pero algún día lo será. Posponer las cosas una y otra vez es un error, Oli. Si sientes que tu vida es un desastre, haz algo hoy, porque…, porque mañana igual sí que es tarde, ¿lo entiendes? Haz esa puta llamada de teléfono.
—Pero Jude no me quiere, igual un día sí me quiso, pero ya no.
—¿Lo sabes? O solo te lo dices a ti misma porque quieres protegerte de sentir algo de verdad por alguien y que vuelvan a abandonarte o porque piensas que solo quiere estar contigo no porque te quiera a ti, sino porque anhela la imagen idílica de una familia unida que tiene en la cabeza, por Mia, por comodidad o, yo qué sé, por responsabilidad.
Lo miro mosqueada, porque no me hace puta gracia que sea capaz de leerme tan bien, a pesar de todo el tiempo que llevábamos sin vernos, cuando nadie más lo hace.
Nadie más es capaz de ver a través de la coraza.
Nadie es capaz de saltar el muro. Todo el mundo ve a la Olivia fuerte, con mal genio, malhablada e independiente, y nadie ve a la mujer que tuvo que madurar demasiado pronto, que tuvo que tomar decisiones demasiado importantes para su edad, que tuvo que renunciar a demasiadas cosas y personas y que solo quería que la amasen por quien era, como ser independiente, no como madre de Mia.
Cierro los ojos, no me siento mucho mejor que cuando Cole llegó, la verdad, y lo peor es que soy más consciente que nunca de que mi amigo tiene razón, pero también siento que no hay nada que pueda hacer hoy, ahora, porque, en fin, Jude estaba con Eliza tomando algo tranquilamente, no puedo llamarlo para contarle que de pronto, al verlo tan cerca de otra mujer, me he dado cuenta de que lo quiero y no quiero perderlo, porque es patético.
Cole parece leerme de nuevo porque me empuja un poco para que me quite de su hombro y se pone en pie, dando una palmada.
—Necesitas despejar la mente un rato. ¿Cuánto alcohol estimas que tienes que beber para dejarte convencer de cantar en el karaoke? —me pregunta y me tiende las manos para ayudarme a incorporarme.
—No sé, ¿mucho? Pero no has traído, así que…
Me pongo de pie y me encojo de hombros.
—No he traído vino ni cerveza… —Sonríe socarrón.
Me coge de la mano y tira de mí para que lo siga hasta el salón.
Abre la mochila y saca algo de dentro—. Pero he traído esto.
—Pone una botella de tequila sobre la mesa.
Un regusto amargo me viene a la boca. La última vez que tomé tequila estuve vomitando toda la noche y solo había dormido una media hora cuando Mia me despertó saltando sobre mí para decirme que era hora de ir al parque, así que entiende por qué estoy moviendo la cabeza de un lado al otro—.
Ah, y sal y limón. ¡Hoy nos vamos a desquitar, amiga!
Y lo miro desconfiada.
—¿Follar no quieres? —Niega—. ¿Seguro?