28 ¿Follar no quieres?
Olivia
No han pasado veinte minutos cuando Cole llama a mi puerta y me pilla saliendo de la ducha.
Me envuelvo el pelo en una toalla y otra alrededor del torso, antes de ir a abrir con las gotas de agua cayéndome por todas partes.
Cole silba.
—Joder, estás buenísima así toda mojadita, cariño.
Pestañeo un par de veces y me hago a un lado para dejarlo entrar. Es muy muy deprimente que la frase más erótica que me han dicho en toda mi vida, alguien que no fuese Jude, venga de mi amigo gay del instituto.
¿He tocado fondo ya?, ¿no?, ¿seguro?
—No sé si tomarme eso como un piropo o no, teniendo en cuenta que te gustan los tíos.
Cole se gira para comprobar que no hay nadie pasando por la calle y cierra rápido.
—¿Por qué no lo publicas en el periódico local? —protesta echándome una mirada de odio.
—Vale, se lo diré a Brooke, que tiene una columna —bromeo, y Cole gruñe—. Anda, pasa. —Me río—. Me pillas saliendo de la ducha, voy a vestirme.
—He traído algo que te animará —me explica soltando la mochila con todo el cuidado del mundo sobre el sofá y me sigue a mi habitación.
—¿Cerveza? —intento adivinar.
—Mejor.
—¿Vino? —Niega—. ¿Una cuerda con la que ahorcarme?
Me mira incrédulo y se deja caer en mi cama. Me quito la toalla del pelo y me paso el cepillo para desenredarlo.
—No te recordaba así, en plan dramaqueen .
Suspiro. Nunca lo he sido, es verdad. Siempre he sido la tía fuerte que puede con todo o, al menos, la que lo fingía superbién.
—Estoy en crisis. Un poco de autocompasión no me viene mal ahora mismo.
Suelto el cepillo del pelo y, sin ningún remilgo, me quito la toalla. Ya estoy acostumbrada a cambiarme en la estación delante de todos mis compañeros. Y, qué coño, es gay, ¿qué más da? Mi amigo me mira con la boca abierta.
—¿Condones? —le pregunto.
A ver si así sube la vista hasta los ojos y deja de mirarme las tetas, que gracias a las decenas de horas de ejercicio a la semana se mantienen en su sitio.
—¿Eh? —pregunta distraído.
—¿Que si has traído condones? Antes me dijiste que podías satisfacer un sesenta y seis por ciento de mis necesidades y, si no hay alcohol, tú me dirás…
Otra cosa no, pero las mates se me dan bien: uno más uno, dos.
—¿Cuándo te has puesto tan cachas? —pregunta ignorando mi insinuación.
—Soy bombera, chaval. El cuerpo viene implícito con el puesto.
—Ahm…, ¿qué quedó de tu idea de estudiar Ciencias?
Me encojo de hombros.
—No pudo ser.
Me pongo rápidamente unas braguitas y un sujetador de algodón blancos, de los más cómodos de mi cajón.
—Hubieras sido una profe de Física y Química maravillosa —musita pensativo, y yo bufo.
Se levanta y camina hacia la cómoda, junto a mí, para mirar las fotografías que tengo colocadas en varios marcos.
Sonríe al coger una de Mia pequeñita, en pañales, un día que pasamos en la playa, llena de arena hasta las cejas y con un helado más grande que ella en las manos.
Suspiro.
Era monísima…
—Claro, sería una maravillosa profesora por mi maravillosa paciencia, mi maravilloso don de gentes y mi maravillosa capacidad de hablar de forma educada —me burlo.
Cojo una sudadera verde del armario y me la pongo, me queda enorme porque es de Jude, huele a Jude, me recuerda a Jude, y me encanta. Me llega a medio muslo, así que así voy bien, no necesito nada más.
—No, por la pasión que le pones a todo lo que te gusta y porque estás buena que te mueres, y eso siempre ayuda. Además, cuando me lo explicabas a mí, me enteraba de todo. Serías el profesor White de las nuevas generaciones. La de sobresalientes que se están perdiendo por tu culpa…
Me carcajeo.
—No estaría mal. —Me mira raro unos momentos—. ¿Qué? ¿Qué pasa?
Bajo la vista a ver si es que la sudadera tiene alguna mancha.
—¿No ganas lo suficiente para comprarte ropa de tu talla y has heredado la de tu hermano? Lo he visto, es un tipo cachas y alto, y está buenísimo. ¿Está soltero?
Suelto una risilla.
—Es de Jude, idiota. Y me queda perfecta. —Alza una ceja y, antes de que me diga lo contrario, añado—: Chris está pillado, sale con la hermana de Henry.
—Pero ¿no es una cría? ¿Qué tiene?, ¿Quince años?
—Veintitrés.
—Ahm, qué pena —se lamenta. Niego, dándolo por perdido—. ¿Te gustaría?
—¿Que fueses mi cuñado? —Asiento efusivamente—. ¿Dónde hay que firmar?
—No, tonta… —Ríe—. ¿Te gustaría ser profesora?
Lo pienso unos momentos antes de responder y me siento sobre una pierna en la cama, él se queda de pie abriendo los cajones para fisgonear. Pongo los ojos en blanco y no le digo nada. Que mire lo que quiera.
—Hasta ahora siempre me ha gustado mi trabajo —me sincero—, pero, en realidad, no fue algo que buscase.
Simplemente surgió la oportunidad en el momento adecuado, era eso o seguir trabajando en la cafetería de Marina y de nuevo, por mi maravilloso don de gentes, intuyo que mi tía me hubiera terminado por despedir.
—Cole se gira con un tanga morado que, en realidad, se compone de tres trozos de hilo que solo me he puesto una vez para que Jude me lo quitara con los dientes.
Me ruborizo un poco cuando recuerdo cómo usó la boca para muchísimo más que quitarme el tanga.
—Puaj —dice, leyéndome el pensamiento, y lo lanza por encima de su hombro, dejándolo caer en cualquier parte.
Le echo una mirada de odio, que curiosee entre mis cosas vale, pero que las desordene no, ¿eh?
—Cuando hicieron la ampliación en el parque de bomberos, Jude se enteró de que estaban buscando personal y me lo dejó caer —le explico mientras él continúa revolviendo mi ropa interior—.
Él llevaba un tiempo trabajando para el ayuntamiento en labores de mantenimiento, limpieza y prevención de incendios en los bosques, ya sabes, limpieza de maleza, retirada de ramas secas y demás, así que era como dar un paso más.
—Cole se gira para mirarme y se apoya en el armario con los brazos cruzados para escucharme—.
La idea de convertirse en bombero le gustó.
Cuando le dije a Jude que me apetecía presentarme a las pruebas, me apoyó en todo momento y nos ayudamos mutuamente.
Lo vi como una oportunidad de desarrollarme en una profesión y me agarré a ella.
Luego se lo contamos a Henry, que se unió a nosotros.
»Al principio pensé que no sería capaz de superar las pruebas físicas, pero luego empecé a entrenar, me picaba con ellos y vi que se me daba bien, que me gustaba estar fuerte, que quería ser la mejor.
—Ya lo imagino. Siempre has sido muy competitiva. —Ríe.
Cabeceo afirmando porque es cierto, siempre lo he sido.
—Me lo empecé a tomar en serio, y los tres pasamos los exámenes. A Jude y a mí nos vino genial, porque nos permitieron compaginar nuestros horarios para poder cuidar a Mia y trabajar tan cerca de casa era ideal, así que, aunque nunca fue mi trabajo soñado, al final me acomodé y no estoy mal.
—Entiendo…, el trabajo te cayó del cielo en el momento en el que más lo necesitabas y te aferraste a él y, desde entonces, no te has planteado otras opciones.
—Exacto. Aun así, a veces es agotador y peligroso, otras es aburridísimo y en ocasiones pienso en la niña y en que, si estando de servicio nos ocurriera algo a su padre o a mí, sería horrible para ella. —Se acerca a la cama y se sienta a mi lado.
»Al fin y al cabo, ponemos en riesgo nuestra vida con cada intervención y, muchas veces, acudimos juntos a las alertas, por lo que…, ya me entiendes, el riesgo es doble. —Cole asiente—. Alguna vez me he planteado hacer otra cosa, buscar otro trabajo, pero…, no sé, es tarde para mí.
Mi amigo sonríe y parece confuso.
—¿Tarde? —me pregunta—. ¿Por qué? Todavía puedes estudiar, cambiar de profesión, no sé, puedes hacer lo que quieras. Eres joven.
—Tengo treinta años y una hija.
—Yo lo veo —dice sin hacer caso a mi comentario—.
Puedes estudiar online , pídete una licencia en la estación de bomberos y búscate un trabajo de media jornada que puedas compaginar con los estudios y todo lo demás.
Y hazlo, Oli. Porque, ¿sabes qué? Aunque suene a topicazo, la vida es esta que estás viviendo ahora, no hay otra oportunidad.
No es un videojuego en el que, cuando mueres, puedes volver atrás y tomar otro camino, a ver si las cosas se te dan mejor.
Cuando mueres, se acabó —pronuncia intenso.
—Joder —musito y me revuelvo incómoda por lo seria que se está volviendo la conversación—. Lo sé, pero no sabría ni por dónde empezar. Mi vida es un desastre, ni siquiera soy capaz de tener una cita decente porque… —lloriqueo un poco más.
Mañana dejaré el drama y volveré a ser la mujer independiente, funcional y fuerte de siempre, palabrita de girl scout .
«Tú no has sido girl scout en tu vida».
«Cállate, puerca», discuto conmigo misma.
—Porque estás loca por Jude —completa Cole la frase que he dejado a medias.
—Estoy loca por él —confirmo.
Frunzo el ceño y me siento entre enfadada y estafada porque yo quería que Cole viniera a casa para desahogarme y que pusiéramos a Jude y a la pelirroja sexi a caer de un burro, como única salida a mi tormento, pero, con todo eso que acabamos de hablar, siento que Cole me está insinuando que mi paz mental, mi felicidad y mi destino dependen de la única persona que, ahora mismo, no quiero que dependan: de mí misma.
De mis decisiones, de mis ovarios y de que deje de esconderme detrás de los demás, y no me gusta, prefiero lo de beber vino, atiborrarme a chocolate, y mañana hacer como si nada hubiera pasado.
Por supuesto, Cole, que me está leyendo como si fuera un libro abierto, niega y se revuelve el pelo.
—Bueno, no he venido aquí a esto. —Se pone de pie de un salto—. ¿Sabes a qué he venido? —me pregunta y me tiende una mano para que me levante de la cama.
Esta es la mía.