Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 27 Las cartas sobre la mesa #2
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27 Las cartas sobre la mesa #2

Yo alzo una ceja, saliendo por un instante del pozo en el que me he hundido.

—¿Qué ha sido eso? —le pregunto señalando el móvil con la cabeza.

Se muerde la sonrisa.

—No, nada.

—Por favor, distrae a este pobre infeliz con algo —le ruego.

Eliza suelta una risilla. El teléfono vuelve a vibrar, chista, lo desbloquea para leer un nuevo mensaje y ríe otra vez.

—Es Carter —me confiesa, y abro la boca, sorprendido—. Me gusta.

Encoge un hombro. Y yo flipo.

—¿Por qué? —pregunto sin entenderlo—. Si es un payaso.

Eliza cabecea afirmando.

—Por eso, es divertido. Ya tuve suficiente con un hombre serio en mi vida y me apetece un poco de descaro.

El móvil vuelve a sonarle entre las manos, le echa un vistazo y las mejillas se le colorean tan rápido que alzo la cabeza a ver si puedo ver la pantalla. Chismorrear sobre mi empleada/nueva amiga es mejor que seguir compadeciéndome de mí mismo, ¿dónde va a parar?

—No te habrá mandado una fotopolla, ¿verdad? Porque lo mato —bromeo y rompo a reír al ver la cara que se le ha puesto a Eliza, que tiene los ojos muy muy abiertos.

—¿Qué es una fotopolla, tío Jude? —pregunta Julia a mi espalda.

Ahm, era por eso.

Dejo caer la cabeza hacia adelante y me quedo paralizado, se me ha cortado la respiración. Parezco un personaje de uno de esos animes, me falta la gota resbalando por la frente.

Soy. Hombre. Muerto.

Eliza se tapa la boca para ocultar que se está partiendo de risa.

—Ehhmm, ahhmm… Eeestooo… —balbuceo—. Yo…, a ver…

¿Un rayo me puede caer ahora, por favor?

—¿Qué te pasa?, ¿estás bien?, ¿te ha dado un ictus?

Ay, madre, ¿te ha dado un ictus? —Julia me atropella a preguntas acercándose a mí.

Frunce el ceño y me mira con intensidad.

Se pone una mano en la barbilla, pensativa—.

A ver, necesito hacer unas comprobaciones, ¿vale?

—Asiento sin abrir la boca. Qué niña más rara, por Dios.

»Sonríe —me ordena. Fuerzo una sonrisa y le enseño los dientes por seguirle el juego, lo que sea con tal de que olvide la palabra que hará que su padre me corte en trocitos y me tire al mar.

»Vale, bien. Ahora alza los brazos. —Le hago caso—. Ummm, ¿tienes mareo? —Niego—. Dime algo.

—Vale —pronuncio y carraspeo—. Me llamo Jude y soy el padre de Mia.

Julia sonríe y se pone una mano en el pecho, aliviada.

—Uf, qué bien, no tienes un ictus. Este curso vino Weston al cole a darnos una charla, nos explicó qué es un ictus y cómo reconocerlo —parlotea sin parar—.

Dice que es importante saber identificarlo y nos enseñó a mantener la calma y buscar ayuda en caso de que el paciente mostrase señales de que está mareado, no pueda hablar bien o si tiene la cara torcida —enumera señalándose los deditos, cada uña en un tono fosforito más abominable que el anterior.

Eliza, que está pasando de mí y no piensa salvarme de Julia, teclea rápido en el móvil, seguramente intercambiando mensajes con mi compañero de trabajo.

Ya ves, yo en medio de una crisis, y ella ahí haciendo sexting sin cortarse un pelo.

—Estoy bien, enana, pero lo has hecho genial. Muchas gracias. Espero que te pusieran un sobresaliente.

La niña me mira como si fuese estúpido.

—¿Un sobresaliente, quién?, ¿Weston? No contaba para nota, pero, chico, no todo en esta vida se hace para conseguir una recompensa inmediata, es más importante saber salvar una vida.

Me muerdo los labios para no reírme. Es la chiquilla más pirada que he conocido jamás.

—Perdona, tienes razón.

—Bueno. Y, ahora que sabemos que estás bien, ¿qué es una fotopolla? —insiste Julia.

—Ay, madre —musita Eliza, completamente colorada.

—Dios…, Dylan me va a matar —mascullo.

Eliza ríe, baja la vista y teclea. Por un momento pienso que es una jodida arpía que me ha abandonado frente al enemigo, hasta que medio segundo después aparece Sally en la cocina.

—¡Julia! —grita, la niña se gira hacia ella—.

Vamos a empezar con la sesión de peluquería, Mia cree que no tienes ni idea de hacer una trenza —le cuenta, es la frase más larga que le he oído pronunciar hasta el momento.

Julia suelta un grito ahogado—. Pensé que me habías dicho que eras una experta, pero, vamos, que te enseñamos entre todas.

—¿Perdona? —grita indignada—. Yo hago las mejores trenzas de Silver Bay. Se va a enterar… —masculla ya dando pasos hacia la habitación de las niñas, donde han continuado con la fiesta de pijamas—. ¡Mia, Jessica! —grita—. Preparaos para las trenzas más bonitas que vais a ver en vuestra vida.

—Gracias, cariño —le dice Eliza a Sally—. Ya puedes irte.

Pestañeo rápido un par de veces y paseo la vista de una a otra. Sally se ríe y alza el pulgar.

—De nada —canturrea y se gira para volver a la habitación de mi hija.

—Dios…, me has salvado la vida —musito.

Eliza niega.

—Solo he pospuesto lo inevitable: su padre te va a matar —sentencia.

Y yo cabeceo afirmando.

Suspiro y me pongo de pie.

—¿Puedes quedarte un rato con ellas? Voy a fugarme a las Bahamas, donde Dylan no pueda encontrarme. —Suelta una risilla y cabecea afirmando—. Entiendo lo que me has dicho y todo eso, pero necesito ir a hablar con Olivia. Es hora de ser sinceros y poner las cartas sobre la mesa.

—No hay problema.