Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 27 Las cartas sobre la mesa
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27 Las cartas sobre la mesa

Jude

—¿Qué ha sido eso? —le pregunto a Eliza señalando a la puerta por la que acaba de irse Olivia.

Ella me mira con un gesto que no puedo descifrar si es de pena, sorpresa o las dos cosas juntas.

—No tengo ni idea.

Suspiro y niego sin entender nada. Olivia lleva unos días de lo más rara, después de nuestra conversación en la camioneta, en la que, nuevamente y como el gilipollas que soy, le dije que siempre he estado enamorado de ella.

Y, nuevamente y como la absoluta cabezota que es, supongo que no me creyó, por lo que las cosas entre nosotros han vuelto a ponerse raras.

Y ya no sé qué demonios hacer para que lo entienda.

Yo solo quería…, no sé, quería hacerle comprender que las personas cometemos errores y que las cosas se pueden solucionar, pero, ignoro si es por orgullo o por algo que no alcanzo a entender, no es capaz de verlo.

Suspiro frustrado.

—Ella no… —balbuceo—. No sé qué…

Me meso el pelo y doy un trago a la cerveza, poniendo mis ideas en orden para justificar la forma en la que se ha comportado.

Estoy haciendo un esfuerzo tremendo por no salir corriendo detrás de Olivia, preguntarle cuánto tiempo va a estar enfadada conmigo esta vez, cuánto tiempo se va a alejar de mí, cuánto tiempo me va a castigar simplemente por ser sincero, porque estoy cansado.

No soporto que se repita esto, no soporto ser su saco de boxeo, estoy harto de seguir así.

—Bueno, a lo mejor sí lo entiendo, sí —pronuncio sin despegar los ojos de la puerta—. Debería seguirla y hablar con ella…

—Jude… —me interrumpe Eliza y me sujeta del brazo cuando me pongo de pie mientras niega—. No la conozco ni sé qué le sucede, pero creo…, creo que ahora mismo deberías darle espacio, tiempo. Parecía dolida y… cansada. Reconozco esa mirada —suspira.

Aprieto la mandíbula, los hombros se me tensan y me dejo caer de nuevo sobre el taburete.

—Joder. —La observo, y cabecea afirmando—. Joder… —repito.

Justo en ese momento suena el timbre, es Eliza la que va a abrirle al repartidor de pizza y la que se encarga de servirle la cena a las niñas mientras yo continúo ahí, como un idiota, sin comprender nada.

Para cuando vuelve a sentarse a mi lado, me he abierto otra cerveza y sigo perdido en mis pensamientos.

—¿Estás bien? —me pregunta, y yo cabeceo afirmando.

—Sí, sí, estoy bien. No pasa nada. Olivia y yo somos muy buenos amigos, habrá tenido un mal día.

—No sé, Jude. ¿No has pensado…?

De pronto se calla.

Pone la caja con nuestra pizza en medio de ambos y la abre, evitando mirarme a los ojos. Se me revuelven las tripas solo con el olor, se me ha quitado el hambre.

—¿Qué? Acaba lo que ibas a decir —le pido.

—Apenas nos conocemos, no soy nadie para opinar sobre esto.

Coge una porción de pizza , rompiendo el círculo perfecto, y le da un mordisco.

—Por favor, opina. Porque tengo muchos amigos y, aunque todos han opinado, absolutamente nadie es capaz de darme un consejo que funcione, con Olivia no, no funciona nada, y estoy desesperado.

Me vendrá bien otro punto de vista.

—A lo mejor…, Jude… —dice con la boca llena, se pone una mano delante y mastica hasta tragar—. A lo mejor, por tu bien y por el suyo, tenéis que dejar de… ser tan amigos.

—¿Qué? —pregunto desconcertado y niego—. No, no. Oli y yo nos llevamos superbién, somos uña y carne, nos queremos un montón y…

Eliza mastica un nuevo trozo.

—Y ese es el problema, Jude, que estás enamorado de ella y nunca vas a superarla porque te llevas «superbién» con ella —dice repitiendo mis palabras—, sois uña y carne y os queréis un montón, pero…, con todo, os hacéis daño.

Muevo la cabeza de un lado al otro.

—Yo no…, yo… —balbuceo como un idiota que no es capaz de terminar una frase.

Porque no me imagino un mundo sin Olivia. De hecho, no sé si quiero estar en un mundo en el que ella no exista.

A veces me pregunto cuándo me di cuenta de que estaba colgado por ella.

Y creo que no hubo un momento exacto, sino que fue algo que creció con el paso del tiempo, entre los días de verano correteando por la playa con Henry, Dylan, Ava y Brooke y las tardes de invierno en casa de los Sullivan tomando chocolate caliente y jugando a las cartas, las charlas interminables en Bay Café o sentados en cualquier rincón de Silver Bay.

Al principio Olivia solo era la mejor amiga de mi hermana, la cría que siempre estaba ahí y tenía un comentario sarcástico adecuado para cada ocasión, divertida, atrevida y con un carácter capaz de ponernos firmes a los chicos y a mí, a pesar de no ser más que una renacuaja.

Y, según se fue haciendo mayor, pasé de verla como una niña a la que quería cuidar, junto con Brooke y Ava, a empezar a sentir cosas: un vuelco en el estómago ante una sonrisa, la piel erizada por un roce accidental, una sensación cálida en el pecho tras una conversación…

Y, día tras día, año tras año, la atracción crecía y la certeza de que quería estar siempre a su lado se fue haciendo más fuerte.

Recuerdo cómo le brillan los ojos cuando sonríe, cómo se le marcan esos hoyuelos que trata de esconder cuando se hace la dura.

Me apasiona todo de ella: su lealtad feroz, sus gruñidos, la forma que tiene de esconderse detrás de la ironía, su risa, su mal humor por las mañanas que se va disipando a base de cafés y cómo finge sin mucho éxito que no le hacen gracia mis chistes malos y tonterías.

Es maravillosa su profesionalidad y su seguridad en el trabajo, cómo lo da todo por todos.

Adoro la forma que tiene de hablar con Mia, cómo consigue que la niña se sienta segura para contarle cualquier cosa y la complicidad que comparten.

Las miradas, las risas y esos gestos idénticos en ambas.

La dinámica entre los tres, esa sensación de hogar que solo experimento cuando la tengo cerca, aunque estemos lejos de ser la familia perfecta.

Y esa certeza me destruye: la de que Olivia no es solo la mujer de la que estoy enamorado, es mi familia, mi hogar.

Suspiro, dejo la cerveza sobre la barra y me tapo la cara con las manos, frustrado.

Reflexiono durante unos instantes sobre lo que me ha dicho Eliza.

¿Y si esa es la solución?

Llevamos muchos años juntos, desde el momento en que nos besamos y terminamos en la playa haciendo…, haciendo a Mia. Desde entonces hemos pasado por mil situaciones. Olivia siempre ha estado ahí para mí y yo para ella. Hemos sido ancla, refugio y puerto seguro para el otro en todo momento.

Sin embargo, nada de eso ha sido suficiente.

No porque no nos queramos, sino porque no hemos sabido hacerlo bien.

Yo cometí la estupidez de negarme lo que sentía por creerme demasiado mayor para ella, y Olivia no supo perdonarme.

Aun así, desde que nos divorciamos, hemos seguido juntos a todas horas, compartiendo la crianza de Mia, las responsabilidades, las preocupaciones, las celebraciones, los días buenos y los días malos.

Hemos continuado buscándonos sin darnos cuenta, llamándonos a todas horas y apareciendo en la casa del otro con la excusa más absurda y, mientras tanto, el amor que siento por ella ha crecido a cada año, se ha vuelto más profundo, más sereno y también más doloroso, y lo peor es que soy incapaz de seguir ocultándolo tras nuestra amistad.

Y quizás ese sea el problema. Quizás seguir siendo su amigo no me permite superarla.

Quizás estar a su lado, compartir cada momento, bueno o malo, solo consigue que siga esperando algo que ella no puede o no quiere darme.

Es como permanecer bajo la lluvia, en plena tormenta, y pretender que la ropa que llevas puesta se seque sin buscar refugio.

Olivia ha sido la tormenta que me asola y me cala hasta los huesos desde hace años, y no puedo protegerme de ella mientras siga a su lado.

Si quiero dejar de hacerme daño, tengo que buscar refugio.

La tormenta Olivia, implacable, me azota sin piedad y, por mucho que me duela admitirlo, quizás mi lugar esté lejos de ella.

Hemos intentado convencernos de que podemos seguir así, que podemos acostarnos juntos y después fingir que no ha pasado nada, que podemos decirnos que somos «los mejores amigos» mientras yo me muero cada vez que me dice que tiene una cita con otro hombre o cuando me llama imbécil por simplemente insistirle en que la quiero y quiero estar con ella, pero no podemos.

Yo, al menos, no puedo ni quiero seguir así.

—¿Estás bien? —me pregunta Eliza.

Es cuando me doy cuenta de que estoy apretando demasiado fuerte el botellín de cerveza y los nudillos se me han quedado blancos. Debo de llevar un buen rato así porque ya noto cómo el líquido está tibio.

—¿Crees que tendríamos que dejar de ser amigos?

Eliza cabecea afirmando.

—No me refiero a que dejéis de hablaros, porque eso es inviable. Tenéis una hija en común y que os llevéis bien es bueno para ella. Simplemente, quizás deberíais…

—Dejar de buscarnos —completo por ella, y Eliza asiente—. Dejar de llamarnos por cualquier tontería, de aparecer a todas horas en la casa del otro —continúo, aunque me lo estoy diciendo más a mí que a ella.

—Deberíais dejar de compartir vuestra vida como si fuerais pareja, porque… no lo sois.

La idea me provoca un vacío tan grande que me cuesta respirar.

—¿Y qué seríamos entonces? —pregunto, tratando de llenarme los pulmones de oxígeno.

—Los padres de Mia. Nada más.

—Tiene sentido.

Cabeceo afirmando y trago con fuerza.

—¿Estás bien? —repite con gesto de preocupación—. Oye, no me hagas mucho caso, ¿vale? En realidad apenas os conozco, yo solo… creo que estás devastado y que ella no se encuentra mejor. A lo mejor sí que tenéis que hablarlo antes, Jude, antes de tomar una decisión definitiva.

Afirmo de nuevo.

El teléfono le suena sobre la encimera y veo que le echa un vistazo a la pantalla.

De pronto el gesto le cambia completamente, las mejillas se le tiñen de rojo haciendo destacar más las pecas que le cubren la piel y se le escapa una sonrisa.

El gesto apenas dura un segundo y lo disimula enseguida para devolverme la atención.