Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 26 No necesito que me rescates #3
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26 No necesito que me rescates #3

—¡Ay, qué buena idea! —grita emocionada mi amiga y la escucho aplaudir como si no recordara de lo que estábamos hablando hace tres segundos.

Fuerzo una sonrisa.

—Está contentísima, ya ves —le digo porque he tenido que apartarme el móvil de la oreja para que no me dejase sorda y es evidente que la ha escuchado.

—Ah, genial. —Cabecea afirmando él—. Dile que le llevaré cazuela de carne y verduras al estilo Minnesota, que sé que le encanta.

Él también sonríe tenso, le echo un vistazo a Eliza, que nos mira con las cejas alzadas a uno y a otro mientras come palomitas, como si de la película más interesante de la cartelera se tratase. ¿En serio? Mierda, quiero convertirla en pienso de tiburón ahora mismo.

—Mi hermano es adorable, ¿a que sí? —suelta Brooke, que lo ha oído, y como no le respondo chista y continúa—.

No hay nada entre ellos, Olivia. Solo te he dicho todo eso porque puede pasar en cualquier momento.

Tú no quieres estar con él, te has encargado de dejárselo muy claro, y Jude es un buen tipo.

Cualquier mujer estaría encantada de conocerlo, pero eso no quiere decir que esa mujer sea Eliza, ¿vale?

Miro a la pelirroja de arriba abajo, nadie con un moño desecho, sin pizca de maquillaje y ataviada con un pijama demasiado rosita debería lucir tan sexi. Joder. Y Brooke tiene razón, esto me está matando.

—Ya. Tienes razón…

—Solo se llevan bien, deja de imaginar cómo se revuelcan sobre todas las superficies de su casa en cuanto las niñas se duerman. —Suelto un grito ahogado. ¡Joder! Mi imaginación no me había dado para tanto—. No lo estoy arreglando, ¿verdad? Escucha, él…

—Vale, sí, adiós.

Y cuelgo. De pronto ya me siento un poquitito mejor porque, quieras que no, dejarla con la palabra en la boca le fastidia, y fastidiarla siempre me hace un poco feliz.

Me guardo el móvil en el bolsillo trasero del pantalón, dispuesta a salir de aquí cuanto antes.

—No quiero molestar, solo he venido a traerle unas cosas a Mia.

Jude continúa mirándome con el ceño fruncido.

—¿No quieres tomar algo con nosotros? Hemos pedido unas pizzas que deben de estar a punto de llegar. Quédate y cena antes de irte.

Niego, incómoda. Da un paso hacia mí, y yo doy otro paso atrás, lo que parece desconcertarlo y mosquearlo a partes iguales.

—Qué va, me voy corriendo, que… que he quedado —miento descaradamente haciendo un esfuerzo por mirarle a los ojos para que me crea y me deje en paz—. Vosotros… pasadlo bien en vuestra fiesta de pijamas versión adulto.

Mierda, mierda, mierda. Pero ¿qué coño estoy diciendo? Y, peor, ¿qué coño me estoy imaginando?

—¿Tienes una cita? —pregunta él, extrañado.

Cabeceo afirmando—. Ah, vale, no me habías comentado nada.

—Me encojo de hombros de forma desenfadada como queriendo transmitirle que no tengo por qué darle explicaciones—.

Ten cuidado y cualquier cosa me llamas, ¿vale?

Ya sabes…, si te deja colgada o es un psicópata, un drogata o…

No puedo evitar el ardor que, de pronto, me sube por el esófago, encendiéndome las mejillas, las orejas e incluso los ojos. Miro a Eliza, que se mete un nuevo puñado de palomitas en la boca y casi no parpadea la tía, y devuelvo la vista a mi ex.

—No necesito que me rescates, Jude —lo interrumpo—, soy perfectamente capaz de defenderme sola. —Abre la boca para contestar, pero no lo dejo hablar—. ¿Cuándo vas a entender que hace mucho tiempo que dejé de ser tu responsabilidad?

Por la forma en que me mira sé que le ha dolido, y yo, en el fondo, me alegro, porque soy una mala persona, no hay otra explicación.

Aunque le he repetido un millón de veces que no podemos estar juntos, me rompe verlo con otra con esa complicidad de la que todo Silver Bay habla, y solo quiero vengarme y que se sienta tan miserable como yo.

No quiero quedarme ni un segundo más aquí, estoy confundida y enfadada. Me giro y me despido rápido de las niñas antes de salir por piernas.

Mientras bajo las escaleras, saco el teléfono del bolsillo para llamar a Cole. Necesito una distracción.

—Buenas noches, futura señora Miller —bromea.

Abro el portal y esta vez agradezco el aire frío de la noche.

—Puff —resoplo—. Hoy no quiero ser la señora Miller ni la señora Hartley ni la señora de absolutamente nadie. ¿Puedes venir a mi casa?

Cole lo sopesa durante unos dos segundos antes de contestar.

—¿Necesitas que lleve una pala y bolsas de basura o le robo pasteles a mi madre?

Ya ves. Esto es un amigo de verdad.

Me alucina cómo hemos encajado después de tantos años sin hablar, incluso más que cuando íbamos juntos al instituto.

Y no me había dado cuenta de cuánto necesitaba un nuevo amigo hasta ahora, que me planteo que entre la que murió, la insoportable, la manipuladora de mi cuñada, el amigo escapista, el amigo gruñón y mi ex, me siento más sola que nunca.

—Necesito alcohol. Y algo con mucho chocolate —suspiro.

—Uy, la cosa está fatal, ¿no?

—Y sexo…, sexo también —añado. Lo que es es.

—Puedo darte un sesenta y siete por ciento de todas esas cosas —ríe al otro lado.

—¿Te espero en mi casa en una hora?

—Hecho.