26 No necesito que me rescates
Olivia
Llevo unos días bastante desaparecida del mundo, del trabajo a casa y de casa al trabajo.
Sin coincidir con Jude ni Henry ni hablar con ningún compañero salvo lo mínimo indispensable.
Mia ha querido quedarse en casa de Jude prácticamente todas las noches, porque también está Sally allí y se lo pasan bien juntas.
Es sorprendente lo amigas que se han hecho en tan poco tiempo.
Tal como su padre y Eliza, que hablan con tal familiaridad que parece que se conocen de toda la vida.
Me parece muy heavy que ahora vivan juntos, como si fuese la única solución posible y la más lógica del mundo.
Y, para heavy , la cantidad de mensajes y llamadas que comencé a recibir de los vecinos cotillas. En cuanto se enteraron de lo sucedido, quisieron saber cómo estaba y cómo me había sentado que Jude esté viviendo con una mujer que no soy yo, ni que fuese de mi propiedad…
Así que, por mi paz mental, me inventé una excusa barata sobre una avería ficticia en la terminal de mi móvil y lo desconecté.
Me he pasado los últimos tres días durmiendo, comiendo porquerías y viendo programas de telebasura cuando no estaba en la estación.
Nada de comedias románticas para mí; la fantasía no es lo mío.
Le he dado muchas vueltas a lo que Jude y yo hablamos en la camioneta el otro día, a todo el tema de mi padre y también…
, pues también a él. A nosotros. Su «ya es tarde» se me clavó en el pecho y no me deja respirar con normalidad ni dormir con normalidad.
En realidad, no puedo hacer nada como antes, porque me siento estúpida y no sé cómo gestionar todo lo que estoy sintiendo.
Sin embargo, flagelarme no servirá de nada, así que simplemente me estoy dando un tiempo para descansar y aceptar la realidad.
También me pregunto por qué Jude planteó de forma tan natural, y Henry lo aceptó de la misma manera, que Eliza debía mudarse con él, cuando a mí no me parece nada normal.
Ella es empleada de Brooke, que tiene muchas más habitaciones libres en su casa y, además, necesita estar acompañada y entretenida todo el tiempo, ¿no?
He ahí una salida que me parecía la mar de conveniente.
En fin…, la realidad es que no es asunto mío y parece que todos están contentos con la solución que han encontrado, así que, ¿quién soy yo para manifestarme en contra? No tengo nada que decir al respecto.
Hoy he decidido encender el teléfono y dejar que decenas de notificaciones suenen, ignorándolas todas, mientras me doy una ducha antes de ir al trabajo.
El saber que será el último día antes de vacaciones es un aliciente.
En un principio no me apetecía nada coger vacaciones porque tampoco tenía pensado hacer nada especial, y con Mia todo el día pegada a Kira o a Sally, pues mis opciones son limitadas, pero me siento tan agotada que creo que me van a venir bien.
Al llegar a la estación, con un café recalentado en la mano, compruebo el parte.
Hoy comparto turno con Carter y Derek, que ya están parloteando sin parar y soltando risitas a cada rato mientras trabajan, ni siquiera he prestado atención a su tema de conversación.
La verdad es que no me apetece relacionarme con nadie y créeme si te digo que a mí se me nota cuando no deseo que me hablen.
Mis compañeros han aprendido a dejarme a mi bola y no tocarme las narices cuando estoy de un humor así, extraño.
Durante buena parte de la mañana me centro en seguir la rutina de siempre en absoluto silencio: revisar y limpiar los equipos, entrenamiento y una práctica de despliegue en el patio, lo normal.
Hasta que nos llega un aviso de una pequeña fuga de gas en una vivienda a las afueras de Silver Bay.
Nada grave, evacuamos a los vecinos, acordonamos la zona y esperamos a que la compañía se haga cargo mientras comprobamos que no haya riesgo de explosión.
De vuelta a la estación, nos toca rellenar el informe, limpiar el material y comer por turnos por si entra otro aviso.
Terminamos la tarde, yo entrenando un poco más, y Derek y Carter jugando al póker, lo habitual también.
Hay días en los que los turnos de trabajo son así: increíblemente largos y tediosos, consisten en esperar, básicamente, pero sin confiarte demasiado, ya que en cualquier momento puede aparecer una emergencia.
Así que, aunque el día ha sido bastante tranquilo, yo estoy cansada. A veces prefiero tener mil cosas que hacer para que las horas transcurran más rápido que vivir así, haciendo tiempo hasta que ocurra algo. Cualquier cosa.
Y por un momento me sorprendo al darme cuenta de lo que estoy pensando: que estoy harta de vivir así, esperando a que suene el teléfono para ponernos en marcha, esperando a que las cosas se solucionen solas, esperando a encontrar el momento para la charla que mi padre y yo tenemos pendiente, esperando a que las cosas con Jude cambien de una vez, esperando a que aparezca el hombre de mi vida…
Y que, además, estoy aburrida de todo, que llevo doce años viviendo exactamente igual, repitiendo los mismos días, las mismas rutinas y las mismas excusas, y que a lo mejor…
, a lo mejor hay algo más para mí, algo diferente.
Una vida que no consista en cumplir con mi trabajo, cuidar de Mia y fingir que no necesito nada más.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de esperar a que las cosas sucedan sin más y empezar a provocarlas yo.
Y no sé qué ha desencadenado todo esto, estas ideas raras que me rondan por la cabeza ni por qué siento un cosquilleo de emoción en el pecho al visualizarme trabajando en algo diferente, preparándome para una vida distinta.
Quizás ese sería el primer paso para empezar a vivir la vida que ansío, porque está claro que, cuando quieres un cambio, no puedes seguir haciendo lo mismo y esperar que ocurra por arte de magia.
Salgo del trabajo y me dirijo a casa de Jude para llevarle a Mia unas cosas que me ha pedido, hoy vuelve a quedarse con su padre. Al menos así podré verla unos minutos, porque la echo de menos. Es probable que eso haya contribuido en parte a mi mal humor de hoy.
El móvil me suena en el bolsillo trasero del pantalón y pongo los ojos en blanco antes de contestar.
—¿Qué haces? —me pregunta Brooke, y yo lloriqueo.
Pensé que estaría lo suficiente entretenida para que no me llamase a cada rato, pero, por lo visto, me equivoqué. Me froto los ojos, exasperada. Y, mientras llamo al timbre, sopeso opciones.
Lo mejor es que le responda y ya está, será lo más rápido.
—He terminado de trabajar hace un rato y acabo de llegar a casa de tu hermano para llevarle algo de ropa a Mia, unas mascarillas para la cara y chorradas varias.
Va a hacer una fiesta de pijamas esta noche con Sally, Jessica y Julia, y me ha pedido si le podía traer un kit de supervivencia —le explico.
Jessica es la mejor amiga de Mia, ha regresado de sus vacaciones familiares esta semana, y Mia le ha presentado a Sally, se pasan la vida juntas, tal como lo hacíamos Ava, Brooke y yo cuando éramos pequeñas.
Qué curioso que también sean una morena, que está todo el día metiéndose en líos; una pelirroja tímida, y una rubia…
, bueno, el carácter de Mia no se parece en nada al mío, pero físicamente somos como dos gotas de agua.
—Ahm, ya… No veas lo contenta que se ha puesto Julia, ha llamado a Henry esta tarde para contárselo y se escuchaban los gritos de emoción desde aquí, y eso que él estaba en la cocina. Es su primera fiesta de pijamas sin Matt.
Yo me sé de uno que va a ser hoy el niño más feliz del mundo, porque Dylan y él van a hacer noche de chicos, que consiste básicamente en comer pizza y helado de fresa —como cada viernes, pero sin Julia para discutir cada cinco segundos— y jugar al Mario Kart hasta que les duelan los dedos.
El portero automático emite un pitido, y la puerta se abre. Subo las escaleras arrastrando los pies de puro agotamiento.
—Oye, Oli… —pronuncia Brooke, seria—. ¿Seguro que quieres subir ahí? —me pregunta, debe de haber escuchado el ruido de la puerta al abrirse y mis pasos sobre los escalones.
Contengo el resoplido que me apetece soltar. Menuda estupidez. ¿Por qué no voy a querer subir a casa de Jude?
—¿Por qué?
Para cuando llego arriba, la puerta está entreabierta y se escuchan las risas de las niñas, pero me quedo en el rellano para terminar la conversación.
—Deberías venirte a mi casa —me propone en lugar de responder—. Podríamos avisar a Madison también y hacer una noche de chicas, ya sabes: alcohol, drogas y rock and roll .
—No has escuchado rock and roll en la vida —bufo. Y ni me molesto en decirle que no puede beber estando embarazada.
—Es un decir, en realidad, será noche de limonada, chocolate de mi alijo secreto y alguna película divertida. Venga, ¿te vienes?
—¿Al club de las taradas? —digo citando a su abuela—. No, gracias.
—No seas aguafiestas —suspira y se pone seria—.
Mañana entro en la semana treinta y dos de embarazo, y Henry quiere que, en unos días, nos vayamos a Duluth hasta que dé a luz…
—según lo dice soy consciente de lo asustada que está—.
Está tramitando un permiso en el trabajo y buscando un alquiler para las próximas semanas.
Brooke está llevando un final de embarazo algo complicado, y Henry no ayuda, porque está muy nervioso y sin querer se lo transmite.
Nos guste o no, la muerte de Ava tras el parto de los mellizos pesa sobre Silver Bay.
Desde que a Brooke le mandaron reposo, Dylan está ausente.
No hay forma de verlo, de pronto, está ocupado a todas horas, y yo sé que no es casualidad.
Dylan está preocupado por Brooke y por Henry y, aunque intenta evitarlo, está reviviendo todo lo que ocurrió cuando nacieron Julia y Matt y no quiere que se lo noten en la cara ni preocuparlos todavía más.