24 No es lo mismo #2
Asiento, no hace falta que lo mencione, los dos sabemos de lo que está hablando: la muerte de su madre, la lejanía de Brooke con todo lo que le estaba ocultando, lo mal que lo estaba pasando su padre también.
—Mi padre lo encontró muchas veces apostado en el coche frente a nuestra casa.
Con las manos aferradas al volante, mirando a la puerta.
Me consta que tu madre intentó mediar. Y, además, mi padre le decía que entrase de una vez y dejase todas esas rencillas y discusiones absurdas atrás, pero él siempre negaba, porque estaba acojonado.
»Desde que me enteré empecé a arrastrarte a casa de tus padres, ¿te acuerdas?
Nunca te apetecía salir, siempre estabas agotada, pero, cuando estábamos allí, ambos se desvivían por la peque y por ti.
Tu madre te cocinaba todos tus platos favoritos, tu padre le cambiaba los pañales a Mia y la dormía.
La muy jodida no lloraba tanto como en casa, se dejaba mimar y arrullar por sus abuelos.
Asiento.
—Mia era un bebé terrible.
Las comisuras de los labios se me alzan ligeramente, y él sonríe.
—Tanto como buena niña es ahora —añade. Cabeceo afirmando una vez más—.
Entonces vi la adoración con la que tus padres trataban a Mia.
Cómo te cuidaban, cómo se preocupaban de que no os faltase de nada a ninguna de las dos.
Y, cuando tú y yo nos divorciamos —pronuncia y un gesto de dolor atraviesa su rostro—, hablé con él, le expliqué todo lo que hice mal y le pedí que no se inmiscuyera, que aquello era cosa nuestra. Y él lo respetó. Nunca te dijo nada.
—Lo sé, pero, joder, eso no borra lo que ocurrió cuando me quedé embarazada. Estaba acojonada y necesitaba a mi padre.
—¿Sabes qué creo? —pregunta echándome un vistazo rápido antes de devolver la vista al frente—. Que a veces el miedo hace que las personas actúen sin pensar haciendo justo lo contrario de lo que quieren o deberían.
Se me tensan los hombros.
—¿Y eso qué significa?
Bebo agua, intentando deshacer el nudo que se me está formando en la garganta.
—Que yo también cometí un error parecido contigo. —Suspira antes de continuar, y yo me quedo sin palabras—. Cuando te dije que me casaría contigo, aunque no te amara.
El golpe de esas palabras me atraviesa, a pesar de que ya las haya escuchado antes, porque hasta ahora nunca había tenido la sensación de que estaba abriéndose en canal a mí.
—Jude… —musito.
—Te dije que lo haría porque era lo correcto —me interrumpe—. Porque estabas embarazada, porque había que hacer las cosas bien, porque no quería que Mia creciera sin una familia. Y te dije que no te amaba. —No respondo.
»No era cierto, Olivia —continúa—. Estaba enamorado de ti.
Llevaba años colado por ti. Solo estaba muerto de miedo.
Miedo de no estar preparado, de estar arruinándote la vida, de que un día te dieras cuenta de que yo no te llegaba a la suela de los zapatos, que eras mucho mejor que yo y te merecías a alguien maravilloso, y entonces me dejarías destrozado, porque eras tan joven, Olivia…
, mucho más joven que yo, y te quedaba mucho por vivir y muchas personas a las que conocer.
—Aprieta las manos sobre el volante hasta que los nudillos se le ponen blancos y devuelvo la vista a su cara.
»Y, en lugar de decirte todo eso, me escondí detrás de la responsabilidad. Convertí mi miedo en una decisión, y pagué por ello durante mucho tiempo. Ese fue mi error y supuso mi sentencia. Y no hay nada que pueda hacer para enmendarlo, cuando quise hacerlo ya era demasiado tarde.
Bajo la vista a mi regazo.
—No… —titubeo, sin saber qué contestar— no es lo mismo… —Se me quiebra la voz.
No, no es lo mismo, básicamente, porque no es cierto. No lo es, ¿verdad?
Joder, no puedo creerlo… porque, si lo hiciera, si admitiera que Jude ha estado enamorado de mí todo este tiempo, entonces tendría que aceptar que me he pasado doce años haciendo la imbécil.
Tendría que aceptar que no fui solo la adolescente a la que dejó embarazada y por la que decidió hacer lo correcto.
Tendría que aceptar que, mientras yo me he repetido una y otra vez que nunca me ha querido, él quizás sí lo hacía.
Y no puedo, no ahora, porque una parte de mí quiere creerle con todas sus fuerzas, quiere obligarlo a parar de conducir, agarrarlo por la camiseta, pedirle que me lo repita y mandarlo todo a la mierda.
Sin embargo, la otra, la que lleva doce años intentando no romperse, solo puede pensar en lo mucho que dolería volver a equivocarme.
Y no digo que me esté mintiendo, solo que… puede estar confundido, ¿y si me dejo llevar qué pasará cuando se dé cuenta? No sé si podría superarlo.
Ahora mismo no puedo pensar en Jude y en mí, en todo esto que me está diciendo porque, por primera vez en mi vida, siento que esas palabras son ciertas, pero que…, que, efectivamente, ya es demasiado tarde, y me siento confundida, dolida y perdida a partes iguales.
—No es exactamente lo mismo, pero se parece más de lo que quieres admitir.
Tu padre no supo hacerlo mejor —continúa, y chisto una vez más—.
No te pido que olvides lo que ocurrió y hagas como si no hubiera pasado nada.
Solo te estoy diciendo que quizás ha llegado el momento de dejar de castigarlo por no haber sabido reaccionar cuando, con toda seguridad, él estaba tan asustado como tú.
Sé que solo intentaba protegerte. Que confundió cuidarte con decidir por ti y terminó convirtiendo su miedo en presión.
—¿Por qué lo defiendes tanto?
No es que pretenda que se ponga de mi parte, solo…, solo quiero entender cómo lo ve tan sencillo.
—Porque es un buen hombre, Olivia, te quiere y quiere a nuestra hija, y está aquí, está vivo —añade, y me siento como una puta egoísta de mierda porque su padre no lo está, y yo llevo sin abrazar al mío doce años por testaruda—.
Mi padre y él eran muy amigos, ya lo sabes.
Se conocían desde siempre. Hablaba de ti y de Mia a todas horas, aún lo hace, y rezuma orgullo por cada poro de su piel.
Sois sus niñas, siempre lo seréis. —Jude suspira—.
Sé que tienes la costumbre de sentenciar a las personas cuando cometen un error…
—¡Eh! Eso no es verdad —protesto indignada.
—Sí lo es, Olivia —espeta serio—. Lo hiciste con Brooke cuando se fue, con tu padre y también conmigo. Ni siquiera entiendo cómo Brooke ha logrado derribar ese puto muro que alzaste a tu alrededor y lograr que terminaras perdonándola.
—Aún no la he perdonado del todo.
Me cruzo de brazos, enfurruñada.
—Me estás dando la razón. —Sonríe triste—. Quizás ha llegado la hora de que hables con él para que puedas quitarte esa carga de los hombros. Decirle cómo te sentiste entonces, cómo te sientes ahora y escucharlo a él también.
Asiento, no muy convencida.
—Lo pensaré.
Unos minutos más tarde estamos aparcando frente a la librería. Nos quedamos unos segundos mirando la fachada, yo con la mano sobre el tirador de la puerta de la camioneta, mientras la cabeza me da mil vueltas con todo lo que acabamos de hablar.
—¿Vamos? —me pregunta y suelta un suspiro cansado.
La puerta de la librería está abierta. Podemos escuchar gente y se ven luces de linterna en el interior. Henry y Eliza deben de estar dentro.
Suspiro yo también, asiento y me digo que dormir está sobrevalorado y que por unas cuantas horas más en pie no pasará nada.