24 No es lo mismo
Olivia
El fin de semana ha sido una auténtica locura de trabajo, a la ruta ciclista se sumó un aviso de incendio a un par de pueblos de aquí, por lo que tuvimos que doblar turno.
Por suerte, la cobertura sanitaria estaba reforzada por el evento y había ambulancias y personal médico de sobra en la zona, porque, además de evacuar a la gente que estaba más cerca del foco, tuvimos que atender a un grupo de jóvenes que había acampado por allí.
Al parecer, dejaron una hoguera encendida sin vigilancia para jugar un partido de béisbol y, para cuando se dieron cuenta de que las chispas habían saltado sobre una de las casetas, que prendió rápidamente, ya se les había ido de las manos.
Las llamas los rodearon antes de que pudieran controlarlas y el fuego acabó extendiéndose lo justo para provocar un susto y obligarnos a intervenir a los bomberos y sanitarios.
Algunos chicos llegaron con tos, irritación de garganta y mareo, y un par presentaban quemaduras leves en brazos y manos por haber intentado apagar las llamas o cometer la estupidez de acercarse demasiado, con la intención de recoger sus pertenencias personales y no perderlas en el incendio.
Los estabilizamos allí mismo, les pusimos oxígeno a quienes lo necesitaban, limpiamos y cubrimos las quemaduras, y las ambulancias trasladaron al hospital solo a uno de ellos, que padecía asma y presentaba síntomas de intoxicación por humo.
Al final, el incendio quedó controlado antes de que se extendiera demasiado, pero nos dejó a todos agotados, han sido horas de tensión, de ir y venir sin parar y de tener que coordinar bomberos, sanitarios y policía casi al minuto.
Parte del equipo se ha quedado atendiendo a los chicos, hace horas que Henry se fue a casa para redactar el informe y echarle un ojo a Brooke, y Jude y yo permanecimos inspeccionando la zona.
Antes de dar el visto bueno para que los vecinos volvieran a sus casas teníamos que acordonar las áreas afectadas, ventilar, comprobar que no hubiera rebrotes y dejar la zona segura, así que, para cuando estamos volviendo a Silver Bay, ya es de noche.
Según nos subimos a la camioneta de Jude, que se ha ofrecido a llevarme a casa y no pienso decirle que no, entra una llamada por el manos libres.
—Eliza, ¿qué tal? ¿Se están portando bien las chicas o ya te han vuelto loca? —bromea Jude.
Yo lo miro entre reticente y curiosa por la familiaridad con la que habla con ella.
Mia quiso quedarse con Eliza mientras nos hacíamos cargo del incendio, ha hecho muy buenas migas con Sally y deben de estar esperando a que volvamos a casa para poder irse al estudio de la librería a dormir.
—Jude… —pronuncia Eliza, y el tono de su voz nos hace ponernos en alerta a los dos.
—¿Qué pasa? —pregunta preocupado.
—Te… te he llamado un montón de veces —balbucea. Frunzo el ceño, y Jude se tensa a mi lado, los nudillos se le tornan blancos sobre el volante—. Tenemos un problema.
—¿Está bien Mia? —pregunto yo, alterada.
Eliza se queda en silencio apenas unos segundos, como si no hubiera esperado que le respondiera yo y estuviera asumiéndolo.
—Sí, sí… Mia está bien —confirma.
Suspiro aliviada, y Jude también parece relajarse un poco, pero se revuelve incómodo porque lo segundo que piensa es exactamente lo mismo que yo: Brooke, y me sorprendo aún más cuando Eliza parece leernos el pensamiento a ambos:
—Brooke está bien —nos explica—. Todas estamos bien.
He dejado a las niñas en tu casa, Jude, en lo que bajaba al estudio para ir a por un pijama limpio para Sally, que se ensució con la cena, y me he encontrado un desastre…
Se ha roto una tubería en el estudio de la librería, cuando he entrado ya estaba todo lleno de agua y se habían saltado los plomos.
No soy capaz de cerrar la llave de paso.
—La voz se le quiebra—. Está dura como el demonio.
—¿Qué? —pregunta alterado.
—Ay, madre. A Brooke le va a dar algo —musito espantada.
—Tranquila, estamos de camino, pero aún vamos a tardar un rato —le explica Jude—. ¿Hay muchas pérdidas?
—Podría ser peor… —suspira—. Pero el estudio está completamente inundado, el agua ha debido de hacer cortocircuito con algún cable, porque huele a quemado.
—Vamos a pedir ayuda, ¿vale? A ver si algún compañero de la estación puede acercarse. Tranquila —le repite al escucharla tragar con fuerza al otro lado.
Jude cuelga y acelera. No estamos muy lejos, si conduce rápido llegaremos en unos cuarenta minutos. Nos miramos con un suspiro, llevamos sin pegar ojo casi treinta y ocho horas e intuyo que nos espera una larga noche por delante.
Saco el móvil y llamo a Henry.
—¿Todavía no habéis vuelto a casa? ¿Necesitáis ayuda? —pregunta nada más descolgar.
—No, no, el incendio está controlado. Todo eso está bien, pero… —titubeo y pienso que quizás tendría que haber llamado directamente al parque de bomberos o algún otro compañero.
—¿Qué?
—Se ha roto una tubería en la librería y se ha liado parda —le explico escueta—. Eliza no puede cerrar la llave de paso. Nosotros vamos de camino, pero aún tardaremos un buen rato en llegar.
—Voy para allá. —Asiento como si pudiera verme y, cuando me dispongo a colgar, me llama—. Olivia… —Me acerco el teléfono a la oreja—. No le digas nada a Brooke todavía, por favor.
—Tranquilo —musito—. Deberías quedarte con ella, puedo avisar a cualquier otro compañero de la estación para que se acerque a cerrar la llave de paso y a echar una mano en lo que llegamos. Jude y yo nos encargamos de todo, ¿vale? No te preocupes.
—Voy para allá —repite y corta la llamada.
Jude sube el volumen de la música y abre las ventanas del todo, el frío de la noche nos golpea, despejándonos.
Y, sin necesidad de que me lo explique, sé que lo hace porque está agotado y tiene miedo a quedarse dormido al volante.
Y lo sé porque yo también lo estoy. Así que, como buena copiloto y compañera de fatigas, bajo un poco el volumen y durante los siguientes minutos parloteo todo el rato como si de pronto el espíritu de nuestra hija se hubiera apoderado de mí.
Le cuento todos los chismes que he oído durante la última semana.
Le hablo de Mia y de cómo la pillé el otro día explicándole a mi padre que quería estudiar Veterinaria, como su tío Chris, y…
termino abriéndome más de lo que pensaba.
Le hablo de mi padre, de los pensamientos que me rondaron la cabeza la última vez que estuvimos a solas, de lo mucho que lo echo de menos, de lo muy enfadada que sigo con él a pesar de los años.
Jude me escucha con paciencia, sin interrumpirme ni intentar quitarle importancia a nada.
Cuando termino, rebusco en la mochila hasta encontrar una botella de agua y bebo un buen trago.
—¿Quieres? —le pregunto, y él niega.
—Gracias… —pronuncia con la voz ronca por el agotamiento, y lo miro sin entender—. Por distraerme para que no me duerma.
Le sonrío, asiento y desvío la vista por la ventana. Los árboles pasan a toda velocidad al otro lado del cristal, en un batiburrillo de manchas verdes y oscuras que se entremezclan unas con otras.
—Oli… —me dice. Vuelvo a mirarlo—. Deberías hablarlo con tu padre. Él te quiere, se desvive por ti, se preocupa por ti, solo…, solo cometió un error.
Suspiro y bajo la vista hacia mis manos.
—Ese error me hizo sentir como si le hubiese arruinado la vida y, no sé, las cosas se tornaron tensas entre nosotros y nunca volvieron a ser iguales.
No nos llevamos mal; hablamos, podemos pasar tiempo juntos y compartir el mismo espacio sin discutir, pero…
no es lo mismo. Por mucho que mi padre adore a Mia, sigo teniendo la sensación de que nunca me perdonó por «echar mi vida a perder» —cito sus palabras de entonces, marcando las comillas con los dedos.
—Ya —suspira.
—Y yo siento que no tenía razón. No la tenía, Jude.
No pude ir a la universidad, ¿y qué? No pude dedicarme a lo que había planificado, aun así, Mia…
, Mia es lo más bonito que me ha pasado en la vida y es la única decisión que he tomado de la que estoy segura al cien por cien. Daría mi vida por ella.
—Lo sé, Oli, yo también. Solo digo que todo aquello, toda su forma de actuar, fue fruto de la sorpresa, del enfado del momento, y es hora de pasar página.
—Te pegó un puñetazo —le digo dolida porque lo defienda.
Suelta una risilla.
—Créeme, si alguien dejara embarazada a Mia siendo adolescente, haría mucho más que pegarle un puñetazo.
—¡Jude! —protesto.
Chisto y niego con la cabeza, porque me estoy abriendo a él, para mí es algo serio, y se lo está tomando a broma.
—Vale, perdón. —Me aprieta el muslo brevemente con una mano y luego la devuelve al volante—.
No lo justifico, Olivia, de verdad que no.
Lo que hizo estuvo mal, pero… —Suspira y mantiene la vista fija en la carretera—.
¿Sabes? Cuando Mia nació, tu padre fue al hospital.
No se movió de la sala de espera desde que entraste en el paritorio hasta que te dieron el alta, varios días después.
—¿Qué? —le pregunto incrédula.
—Se pasó todo tu parto llorando. A cualquiera que se le acercaba para preguntarle si estaba bien o si necesitaba algo, le decía que su niña estaba ahí dentro, convirtiéndolo en abuelo, y que él había sido tan capullo que no sabía si volverías a quererlo.
No sabía si ibas a dejarle conocer a su nieta ni cómo arreglar las cosas.
Niego. No me lo creo, porque…, porque llevo todos estos años queriendo reprocharle a mi padre que no estuviera ahí el día en que mi hija nació.
—¿Por qué no me lo dijiste entonces? —le pregunto dolida.
Siempre pensé que mi padre seguía enfadado, que no quería conocer a mi hija, que no quería verme.
Jude no me dijo nada. Ni mi madre. Ni nadie.
Ni siquiera Chris, que era un crío por aquel entonces y se pasaba muchas horas en la habitación de hospital haciéndome compañía y observando con adoración a Mia. Y no lo entiendo.
—No me correspondía a mí librar esa batalla, Olivia, ya yo tenía las mías propias…