Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 23 Me encanta todo de ella
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23 Me encanta todo de ella

Jude

—¡Hola! Creo que el señor Evans se ha enamorado de ti —le susurro a Oli, que se acerca desde el puesto de comida, ahora que parece que la cosa está más tranquila, y me tiende una barrita de proteínas y una botella de agua—. Gracias.

Hace mucho calor y estoy sediento y hambriento.

Ella me mira extrañada sin entender de qué le estoy hablando.

Le señalo con la cabeza al hombre de unos sesenta años, que debe de medir poco más de metro y medio, rechoncho y sudoroso, con el escaso cabello blanco que le queda en la cabeza aplastado, señal de haber estado sudando durante horas con una gorra puesta, seguramente mientras pedaleaba, pues va ataviado con un equipaje ciclista en azul cielo.

El señor ha pasado veinte minutos con un vaso desechable de café en las manos al que de cuando en cuando le da un sorbo —apostaría a que lleva vacío un buen rato— mientras contempla, como quien no quiere la cosa, la espectacular fotografía del calendario benéfico que hay expuesta en el stand . Junio. Olivia.

No lo culpo, si no fuera por el puñetazo que me arrearía mi muy simpática y adorable exmujer, yo también me quedaría embobado mirándola, en la foto del calendario o en persona, da igual, porque me pone exactamente lo mismo: mucho.

—La madre que… —protesta Oli—. Tenéis que poner otra foto ahí, joder.

—Estamos en junio. Y eres la única chica de nuestra estación. Es lo que Brooke nos pidió que hiciéramos, si tienes cualquier queja, habla con ella… ¿A que sí, Eliza? —le pregunto a mi aliada al ver cómo se muerde el labio evitando reírse.

Igual Eliza no se llevaría un puñetazo, pero te aseguro que conocería la lengua de sucio pirata de Oli si supiera que esto es cosa suya.

Olivia gruñe, y yo me encojo de hombros.

Sacar la baza de la amiga embarazada y emocionalmente inestable es jugar sucio, lo sé, pero los calendarios se están vendiendo como rosquillas.

No seré yo quien se oponga a las estrategias de marketing que están ayudando a acabar con el stock del calendario benéfico.

Mientras no ponga mi foto ahí expuesta, todo va bien. Ese era el trato.

—Te odio —gruñe.

—Pues a él le encanta —rebato.

Y tapo la sonrisa con un sorbo a la botella de agua.

El señor Evans, como si nos hubiera escuchado o intuyera que estamos hablando de él, se gira para mirarnos, y Oli levanta una mano para saludar. El hombre abre mucho los ojos, mira al calendario y luego a ella y repite operación, como queriendo confirmar que está ante la modelo en cuestión.

—Apuesto a que te va a pedir un autógrafo —digo por lo bajo.

Olivia me da un codazo.

—Calla, imbécil, que te va a escuchar —me regaña.

El hombre agarra un calendario de los que están sobre la mesa para la venta al público y camina hacia nosotros.

—¿Qué te dije? —le pregunto y le doy un mordisco a la barrita de proteínas.

—Que te calles —masculla Oli con los dientes apretados en una sonrisa.

—Hola, hermosa, ¿tú eres junio? —le pregunta el hombre con las mejillas tan rojas que están a punto de estallarle.

—Prefiero que me llamen Olivia —le dice mi amiga, y yo finjo beber agua de nuevo para no reírme y llevarme un derechazo.

Ahí va un consejo: tocarle las narices a Oli nunca es buena idea, tiene poca paciencia y mucha fuerza en el tren superior.

«Bueno, y en el inferior», me digo recordando cómo es capaz de mantenerse subida a mis caderas tan solo con la fuerza de sus piernas. Estoy seguro de que podría asfixiar a cualquiera entre sus muslos, entre esos muslos que…

Trago con fuerza y me revuelvo, incómodo, por el camino que están tomando mis pensamientos. Carraspeo para ahuyentar esa imagen de mi cabeza. Al final van a tener razón mis amigos con eso de que necesito una cita y un revolcón, porque esto no es normal.

Oli, que malinterpreta el ruidito, me propina un codazo nada disimulado que me corta la respiración.

—Au —protesto.

—Encantada de conocerlo… —Sonríe falsa y le tiende la mano al señor, que enseguida se la estrecha.

—Evans. Teddy Evans. Encantado, Olivia —pronuncia sonriente. Uuuuh, Teddy, ¿como un osito de peluche? Sí que tiene pinta de achuchable. Le doy un codazo disimulado a mi amiga, que me clava el suyo hasta el alma dejándome unos segundos sin aliento—. ¿Podría…, podría firmarme el calendario?

Olivia abre mucho los ojos y gira la cara hacia mí. No hace falta que me diga nada, me está amenazando con asfixiarme con sus propias manos si se me ocurre abrir la boca para soltar algún comentario jocoso o reírme.

Me muerdo fuerte el labio inferior para no reírme y aparto la vista a Eliza, que está atendiendo a un niño de unos siete años y a su madre mientras le muestra varios libros que pueden gustarle al peque, con un tono dulce y alegre.

El chiquillo la mira tan embobado como el señor Osito de Peluche a mi ex, lo que me hace soltar una risilla.

Eliza se da cuenta de que la estoy mirando, sonríe y me guiña un ojo antes de devolverle la atención al crío.

Mientras tanto, Olivia, azorada, le firma el calendario al hombre con un bolígrafo que no sé de dónde ha sacado, y el hombre le da las gracias ochocientas veces antes de marcharse.

Olivia y yo nos miramos y, de pronto, suelta una carcajada que me hace alzar las cejas de sorpresa porque por norma general no le hace maldita gracia ese tipo de cosas y, la verdad, llevaba un rato esperando un derechazo en todo el brazo. Se nota que está de buen humor.

Entonces recuerdo lo que, en lo que llevamos de mañana, me han dicho ya por lo menos diez veces los vecinos del pueblo, por lo que sé perfectamente a qué viene ese ánimo: Cole…

Debería ir a hacerle una visita al Cole de las narices, a ver si es cierto que ha cambiado tanto como se rumorea, podría pasarme por su zona para ir a comprar…, no sé, pan, siempre me ha encantado el pan, seguro que no nota nada de nada que es por curiosear qué tiene a Olivia tan contenta.

—¿Qué tal tu cita? —le pregunto y alzo las cejas un par de veces, obligándome a tragar la bola de celos que se me ha instalado en la garganta.

Eliza nos pide el paso para coger un libro que justo está en un estante improvisado detrás de nosotros. Nos apartamos un poco quedándonos en silencio y, cuando la pelirroja se marcha con el libro entre las manos, Oli se queda con la vista fija en ella.

No me responde a la pregunta, solo se encoge de hombros.

—¿Y tú? —dice señalándola con la cabeza—. Me han contado que repetiste y, además de la cena, desayunasteis juntos.

Y yo imito su gesto, encogiéndome de hombros.

Debería aclararle que Eliza solo es una compañera, una empleada de la librería, que nos llevamos bien porque, claramente, hemos conectado, pero solo en un sentido, porque me interesa tan poco como yo a ella, sin embargo, no lo hago.

Además, podría explicarle que parece bastante interesada por Carter, por mucho que se lleven una década, porque el benjamín de la estación de bomberos se ha acercado ya por lo menos tres veces en lo que llevamos de jornada para hablar con ella, piropearla, soltarle alguna broma y, por último, pedirle su número de teléfono con todo el descaro del mundo.

Después de eso, he visto a Eliza mirar el móvil un puñado de veces, poniendo los ojos en blanco, golpeándose la frente con la palma de la mano y negando…

, todo cosas que son más que posibles que provoque Carter.

Aun así, no digo nada. ¿Qué más da? A Olivia le importa muy poco si tengo una cita, dos o veinte con Eliza o con cualquier otra mujer, porque, directamente, no quiere estar conmigo, así que, repito, ¿qué más da?

El ambiente se torna tenso, en un silencio incómodo, cada uno con la vista fija al frente.

Yo esforzándome porque la calidez familiar que emana del cuerpo de Oli, tan cerca del mío, no me resulte tan jodidamente reconfortante.

Y ella, pues no sé, sumida en sus pensamientos, todos lejos de mí, supongo.

Henry pasa por delante de nosotros con gesto de malas pulgas y gruñendo algo por teléfono, con la vista en el suelo y, aunque no podemos oírlo, por el barullo que hay a esta hora, diría que está ladrándole a alguien.

Oli me da un golpe en el brazo y se endereza de repente, como si hubiera caído en que había olvidado algo importante, y, al mirarla, veo que tiene los ojos muy abiertos y suelta una carcajada.

—¿A que no sabes quién está en Silver Bay? —me pregunta y ríe de nuevo.

Miro a Henry y recuerdo que me lo ha comentado Brooke esta mañana. Asiento y sonrío.

—Pobre Henry —musito—. Que en paz descanse.

Olivia ríe, los hoyuelos se le marcan en las mejillas. Qué sexi está cuando ríe así. Y siempre. Joder, siempre está sexi.

—Lo van a volver loco entre las dos —confirma—. Si aguanta esto las semanas que quedan hasta que Brooke dé a luz, criar a un bebé llorón será pan comido.

Asiento y sonrío.

—Ahora le llevaré un par de ibuprofenos.

—Le van a hacer falta. A tu abuela le bastó unos veinte minutos para salir por piernas de su casa con la excusa de que tenía que ir a comprar pescado al mercado de Silver Gold. Por lo visto, venden el mejor pescado de Minnesota.

—En Minnesota no hay ningún pueblo que se llame Silver Gold —digo riendo.

—Pero Brooke no lo sabe.

—Pobre abuela… —musito.

Si han podido contra ella, que es invencible, los demás no tenemos nada que hacer frente a esas dos taradas.

—Yo solo miro el lado positivo —suspira Oli, satisfecha, y vuelve a mí la idea de que está de demasiado buen humor, no parece ella.

¿Quién lo diría? Mi exmujer, mejor amiga y madre de mi hija, mirando el lado bueno de la vida.

Oli alza las cejas un par de veces en un gesto de lo más divertido.

—¿Y cuál es el lado positivo? —le pregunto sin entender.

—Que Brooke dejará de llamarme cada diez minutos exigiendo atención.

Ya me estaba empezando a salir una úlcera de aguantarme las ganas de mandarla a paseo.

—Asiento efusivamente, no la he visto yo tanto tiempo pegada al móvil en la vida—.

Y, además…, yo me sé de uno que se va a poner muy muy contento.

Vuelve a repetir el gesto de alzar las cejas un par de veces, y yo la observo extrañado. No lo dirá por mí, ¿no? Porque igual Olivia cree que estoy en busca y captura de algún ligue, pero esa es la última mujer a la que se me ocurriría acercarme, por muy morenaza sexi que sea. No, gracias.

—¿Quién?

Pone los ojos en blanco antes de contestar.

—No te enteras de nada, chaval.

Se acerca a la papelera que tenemos junto al stand para tirar el envoltorio de su barrita de proteínas, que se ha acabado hace rato, y se va sin decirme nada.

Pues sigo sin saber a quién se refiere.

Veo cómo se aleja con una sonrisita tonta y niego. Eliza, que está justo a mi lado colocando libros, carraspea y, cuando la miro, me guiña un ojo.

—Está chalada —le explico señalando a Olivia.

Eliza suelta una risilla.

—Y te encanta.

Y vuelvo a mirar a mi ex. Suspiro y asiento. Sí. Me encanta. Me encanta todo de ella.