Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 22 Futura señora Miller #2
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22 Futura señora Miller #2

Asiento efusivamente, intentando que la buena señora se aleje de mí y me permita respirar, el señor Miller se da golpes en el muslo mientras sigue riendo y de pronto empieza a toser hasta quedarse morado.

Su mujer se acerca y le acaricia la espalda en círculos pronunciando cada pocos segundos «ya, ya». Le va a dar algo al pobre.

—Y de chocolate —le digo a Cole mientras veo cómo va rellenando una bandeja una vez compruebo que el hombre sigue vivo y se le ha pasado el ataque de tos. Fiuuu.

Diez minutos más tarde, logramos liberarnos y salimos por piernas de la panadería. Prácticamente me he echado a correr, y Cole me sigue. Cuando ya estamos lo suficiente lejos para que no nos vean, me giro hacia él, nos miramos con los ojos muy abiertos y nos empezamos a reír a carcajadas.

—Dios, qué vergüenza —le digo al recuperar el aliento y me tapo la cara con las manos.

—Bueno, ya no nos queda más remedio que pasar por la vicaría —suspira exagerado—. ¿Prefieres casarte de blanco o te van más las bodas modernas?

—Pero ¡si solo nos estábamos abrazando!

—¡Mientras te acariciaba el pelo!

—Ostras, es verdad. Y, además, tenía los ojos cerrados. Lo estaba disfrutando, porque, chico, mira que estás bueno —bromeo, quitándole hierro al asunto para evitar volver al tema que nos llevó al abrazo.

Cole ríe.

—Espero que odies los diamantes, futura señora Miller, porque no tengo dinero para comprarte un anillo con pedrusco.

—¿Cómo lo has sabido? Los detesto con todo mi ser. —De hecho, no es mentira, odio los anillos en general.

»Tienes que hablar con tus padres, Cole, tienes treinta años, no es normal que les sigas ocultando algo así y…

Lo estás pasando mal, no sigas escondiéndote detrás de ese muro, como cuando eras adolescente.

Sé que te alejaste de ellos por eso y también sé que los adoras.

No puedes vivir toda la vida ocultándoles quién eres.

Cole suspira y asiente.

—Tienes razón, pero es que ya la has visto…, mi madre es demasiado intensa y tiene demasiadas ganas de que forme una familia, el pack completo, ya sabes: mujer, hijos, perro, casa con jardín.

—Puedes tener todo eso con cualquier hombre del que te enamores y te haga feliz.

Suspira.

—¿Hay muchos gais en Silver Bay?

—Unos cuantos. —Alzo las cejas, divertida—. Te presentaré a Weston, el marido de Logan, es un descarado, te encontrará una cita en menos que canta un gallo.

—Anda… ¿Y tú por qué no le pides que te busque un chico para ti?

—Ni muerta, gracias.

Y nos echamos a reír los dos.

Bromeamos mientras me acompaña dando un paseo a casa de Brooke.

En todo momento evita el tema de su chico, y yo no quiero presionarlo para que me lo cuente, así que terminamos hablando de mis fallidas citas con los chicos que conocí a través de la app , con lo que le doy material para que se ría un buen rato hasta que llegamos a la casa de Henry y Brooke.

—¿Seguro que no quieres entrar? No sabes lo feliz que haría a Brooke si aparezco con un chico guapo y le digo que eres mi cita. —Lo miro con ojitos de cordero.

—Creo que ya he vivido demasiadas emociones por hoy.

Suelto una risita y vuelvo a abrazarlo.

—Me ha alegrado mucho verte, Cole. Es como…, como si no hubiera pasado el tiempo, ¿verdad?

Sonríe.

—Yo también me alegro de que hayamos pasado un rato juntos, aunque mi madre me vaya a cobrar todos los pasteles que te has comido y nos hemos llevado sin pagar.

—Si me quiere como nuera, tiene que aceptar lo muchísimo que me gustan sus pasteles.

—Si mi madre pudiera casarme a cambio de un puñado de pasteles, te dejaría desmantelar la panadería cada día.

Río de nuevo y le doy ánimos a mi amigo, que va a tener que explicarle a sus padres un montón de cosas, entre ellas, que no le gusto yo ni ninguna otra mujer, en realidad.

Mientras tanto, me preparo para todos los mensajes que me van a empezar a llegar en breve porque, en Silver Bay, los rumores, certeros o no, corren como la pólvora.

Nos despedimos, y Cole sigue su camino, dice que va a dar un paseo, sí, claro, hasta Wisconsin, por lo menos, con tal de evitar la conversación que le espera.

Unos segundos más tarde, la abuela de Brooke abre la puerta y me pilla sonriendo como una idiota. Le doy un abrazo, y ella me mira extrañada, porque, aunque la adoro, sabe que no soy yo ni de ir por ahí con una sonrisa ni de dar demasiadas muestras de afecto, no sé qué me pasa hoy.

—¿Así que es cierto? —masculla y parece realmente afectada.

Frunzo el ceño sin entender.

—¿Eh? —pregunto distraída.

Es cuando me doy cuenta de que está rara, parece más pálida de lo normal, y señala con la cabeza la espalda de Cole, a unos metros de nosotras.

—¿Con el hijo de los Miller? ¿En serio? Pues yo siempre pensé que a ese muchachito le gustaban… —Abro mucho los ojos, sorprendida—. Las mariposas. Que le gustaban mucho las mariposas.

Suelto una carcajada por cómo lo ha dicho, y ella me mira entornando los ojos. Siempre he sabido que esta mujer era de lo más perspicaz, pero hubiera jurado que nadie en el pueblo sospechaba, porque Cole siempre fue muy discreto y no es nada afeminado.

—Pero ¿qué dices? —Me río, a ella no parece hacerle gracia. Y lo entiendo, sé que siempre ha tenido la esperanza de que Jude y yo terminemos juntos—. Cole y yo solo somos amigos —le aclaro.

—Ah, vale. Si tú lo dices —suspira y se aparta para dejarme entrar—. Pasa de una vez, anda… Menudo día llevo, aquí no hay uno sano —refunfuña y sigue mascullando cosas por lo bajo que no puedo entender.

—¿Qué ocurre? ¿Va todo bien? —le pregunto extrañada.

—Sí, sí, claro, pasa… —Coge su abrigo y el bolso del perchero de la entrada—. Tengo que irme corriendo.

Se mira la muñeca, comprobando la hora en un reloj imaginario. Ay, Dios, estoy empezando a asustarme, se le ha ido la pinza a la mujer.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, solo es que… —contesta y se queda pensativa unos segundos antes de añadir—: tengo que ir al mercado…

—Ah, yo puedo ir, si quieres. No tienes muy buena cara. Deberías quedarte aquí tranquila. Dime qué tienes que comprar —indico girándome para volver a salir.

Si se encuentra mal, no debería ir a ninguna parte.

—No, no, no. —Tira de mí y me empuja para que entre—.

Tengo que ir yo, porque…, mmmm, estooo…, justo me has pillado saliendo.

Le he dicho a Brooke que me va a cerrar el mercado…

—dice elevando mucho el tono de voz, y yo alzo las cejas.

¿Y ahora por qué me grita?—. El mercado de Silver Gold, ya sabes.

—Hace un intento de guiñarme un ojo o a lo mejor es que le está dando un ictus o algo—.

Que es donde venden el mejor pescado de todo Minnesota —vocifera como loca.

Asiento y sonrío falsa mientras saco el móvil del bolsillo trasero del pantalón para avisar a Jude de que a su abuela se le ha ido la cabeza. No deberían haberle encargado a una persona tan mayor que se hiciese cargo de la pirada de Brooke, porque luego pasa lo que pasa y vienen las lamentaciones.

En el psiquiátrico va a terminar la buena señora. Con lo bien que me cae.

—Claro, claro. Yo te llevo, y luego podemos ir a Villa Arcoíris a por el postre.

—¿Eh? —me pregunta extrañada, y yo me encojo de hombros.

A mí qué me cuenta. Ha empezado ella a inventarse lugares. Entrelazo un brazo con su codo, con la intención de llevarla a la consulta de Logan a que le eche un vistazo, Brooke se tendrá que apañar sola durante un rato, y la vieja me arrea una colleja que me deja seca.

—¡Quita, coño! —Se suelta de mi brazo con la fuerza y velocidad de un ninja y, sin dejarme tiempo a reaccionar, sale por la puerta y cierra justo después de soltar—: Hala, bonita, ahí te quedas. En el puto club de las taradas.

Y se va por piernas.

Joder con la vieja de los cojones. Pues no me ha arreado una hostia que me ha dejado loca.

De pronto, escucho unas carcajadas femeninas que vienen desde el salón. Giro la cabeza y veo a Brooke acostada en un sofá y, al ver quién está a su lado, me doy cuenta de lo que ha pasado.

—¿Qué le habéis hecho a la mujer? —les pregunto, no me cabe ninguna duda de que esto es culpa de esas dos.