Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 22 Futura señora Miller
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22 Futura señora Miller

Olivia

Cargada como una mula empujo la puerta de la panadería con el culo, pero está cerrada. Suelto una maldición y llamo al timbre con el codo. Al alzar la vista veo la mirada divertida de Cole al otro lado, que se dirige a abrirme.

—¿A dónde vas con todo eso? ¿Pensabas mudarte conmigo? —bromea divertido—. Creo que es un poco pronto para eso, a pesar de los rumores que circulan por Silver Bay.

Se aparta para que pueda entrar, y la campanilla de la puerta me hace dar un respingo al soltar un soniquete de lo más ridículo. El olor a pan recién hecho y al dulce de los pasteles lo llena todo haciendo que me rujan las tripas. Apenas he probado bocado en el desayuno.

Lo miro con cara de odio, y él me guiña un ojo.

—Calla, imbécil, y ayúdame. —Ser simpática y adorable es mi pasión.

—¿Es para mí? Muchas gracias —me dice cogiendo una bolsa de rafia de la que sobresale una planta que en realidad he robado del jardín de mi madre.

Bah, no se dará cuenta, tiene treinta iguales. Adora los girasoles y todos los años intenta cultivarlos, pero se le mueren a la mínima de cambio.

—Es para tu madre, tonto. ¿Para qué te iba a regalar una planta a ti?

Dejo la pequeña bandeja de cartón con los dos vasos desechables que he traído encima del mostrador.

Cole saca la planta y la pone en un rincón del escaparate, queda preciosa ahí.

Espero que, cuando mi madre pase por delante, no se dé cuenta de que le he birlado el macetero más bonito que encontré entre sus cosas de la caseta del jardín.

—No sé, ¿para conquistarme? —Alza ambas cejas, divertido.

Frunzo aún más el ceño, y Cole suelta una carcajada.

—Eres tonto, de verdad. ¿Tienes algo nuevo que contarme?

¿Has cambiado de acera? ¿Has ampliado horizontes?

—Por probar suerte que no quede, porque, sea como sea, Cole está bueno que te mueres—.

¿Ahora te va la carne y el pescado? —le acribillo a preguntas y, a pesar de mi gesto serio, Cole niega, divertido.

—Tú siempre tan directa —me reprocha, y me encojo de hombros—. Mis padres aún no lo saben —suspira y no hace falta que me aclare de qué está hablando porque es evidente.

Abro mucho los ojos y le arreo un tortazo en el brazo.

—¿Tú eres imbécil o qué?

—Auuu… —protesta frotándose el brazo. Será blandito, si apenas lo he rozado—. Esta relación no está funcionando, cariño. No me va el rollo masoquista, y ya me has pegado y me has insultado tres veces desde que has entrado por la puerta.

Bufo.

—No, dice… —le reprocho—. En el instituto no te oía quejarte.

Todo el mundo se pensaba que estabas loquito por mí, a pesar de mi mal genio.

—Se le escapa una risilla—. Te he traído un frapuccino de Bay Café.

—Cojo los vasos que había dejado sobre el mostrador y le tiendo uno.

Le quito la tapa al mío y le doy un sorbo. Necesito cafeína—. Ah…, y esto es tuyo.

Le doy la bolsa de tela que llevaba colgada en el hombro, y él la mira extrañado.

—¿Qué es? —Me limito a sonreír, y él deja el vaso sobre el mostrador. Tras abrir la bolsa, suelta una gran carcajada—. ¡No me lo puedo creer! ¡Jacob! ¡Te he echado de menos!

Saca el libro que está en la punta de arriba y se queda mirándolo como si fuera un billete de quinientos dólares.

Y me hace reír a carcajadas cuando aúlla como un lobo mientras abraza la edición de Crepúsculo , que, a pesar del paso de los años, se conserva bastante bien.

Recuerdo que me amenazó con que, si le doblaba las esquinas de las páginas o le hacía un solo rasguño a los libros, me mordería una teta.

No dijo nada de cuánto tiempo podía quedármelos.

Y, ahora que lo pienso…, eso de morderme una teta me pone.

Mierda. ¿Es tarde para arrebatárselo y doblar todas las esquinas de las páginas?

¿Qué? Será gay, pero una está muy necesitada.

—No me puedo creer que acabes de aullar.

Niego y le doy otro sorbo al café.

—Y yo no me puedo creer que fueras del team Edward, que era más tieso que el palo de una escoba, cuando Jacob no solo era un morenazo que estaba para comérselo, sino que era simpático.

Bufo.

—Me niego a entrar de nuevo en esta discusión.

De pronto me siento como si volviera a tener quince años. No recuerdo haber reído tanto con nadie que no fuera Mia o mi madre en mucho tiempo, y suspiro.

—En todos estos años, ¿no has descubierto que te gustan las mujeres ni un poquito? —le pregunto, porque, si me conoces, ya sabes que lo del filtro no es lo mío.

Cole se atraganta con el café, al que justo acababa de darle un sorbo, tose para recomponerse, y yo lo miro expectante mientras le voy dando sorbitos a mi vaso. Mueve la cabeza de un lado al otro, soltando otra carcajada, pero no sé si es una negación en sí o que me da por imposible.

—¿Por qué?, ¿quieres que probemos a ver si funciona? Mi madre estaría la mar de encantada de que encontrase a una mujer como tú. Cuando íbamos juntos al instituto, ella también pensaba que estaba colado por ti.

Resoplo de nuevo.

—No, gracias. Con un amor imposible en mi vida ya tengo suficiente.

Cole ríe.

—Según los rumores, Jude babea por ti. —Alza ambas cejas, divertido.

—Jude es imbécil.

—Todos los hombres lo somos, cariño. —Bufo y asiento—. Yo también tuve un amor imposible. ¿Te acuerdas del profesor White?

Me carcajeo.

—Nunca habías sacado sobresaliente en Geografía e Historia hasta que fue nuestro maestro.

—Era un buen profe —musita asintiendo.

—Y una mierda, lo que pasaba era que te ponía cantidad.

Era un tipo muy joven, metro noventa de puro músculo de color chocolate que había salido del armario abiertamente.

—Gracias a él, y a todas mis fantasías con el profe sexi, conseguí una buena nota media. —Suelta una risilla.

Nos ponemos al día durante un buen rato, hacemos un equipazo de la hostia: él va atendiendo a los vecinos que entran a comprar pan y pasteles, y yo me voy comiendo los que voy pillando mientras lo veo trabajar. Y, entre cliente y cliente, parloteamos sin parar.

El muy cotilla me saca hasta la última información de mi relación con Jude, guarradas incluidas, lo que me hace suspirar mucho y ponerme un poco cachondona , ¿para qué te voy a mentir?

Miro el reloj, para ver si me daría tiempo a pasarme a por un revolcón rápido, pero Jude ya debe de estar trabajando. Me encojo de hombros y agarro un pastel de manzana, al que le doy un mordisco.

—Vas a tener que pagar todo eso que te estás comiendo —protesta Cole, de espaldas a mí, mientras ve cómo se marcha la última clienta a la que ha atendido.

—¿ Tienef ofof en la efpalda o fé ? —Trago el pedazo de pastel que me he llevado a la boca—. Perdona, es que tengo hambre y esto está buenísimo. —Espíritu de Brooke, sal de mi cuerpo.

»Bueno, ahora en serio, dejemos de hablar de mí.

No esquives más el tema y cuéntamelo todo con muchos detalles.

¿Cómo se llama? ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

A mí no me engañas, esos ojos de enamorado que me traes no son por mí, seguro —le presiono un poco, porque no ha soltado prenda de nada.

Frunzo el ceño cuando me doy cuenta de que la mirada de Cole, que hasta hace un minuto parecía la mar de divertida, se cubre con un velo de tristeza.

»No jodas, ¿tu chico te ha puesto los cuernos?

—Niega. Muerdo un trozo de pastel y mastico, pensativa—.

¿Es hetero, está casado y tiene cinco hijos?

A ver, romper una familia no está bien, Cole, pero, si están en crisis, tú prueba a lanzar la caña.

Weston siempre dice que todos los hombres son potenciales gais y que, hasta que no lo prueban, no saben de verdad si lo son o no.

—Alzo ambas cejas, descarada, y él niega y ríe.

No tiene pinta de querer corregirme, así que yo sigo especulando.

»Mmmm… —Le doy otro mordisco al pastel de manzana y me chupo los dedos, mientras veo cómo él va sacando del horno unos cruasanes más grandes que mi cara con una pinta espectacular—. ¿Te ha dejado con la mítica frase de «no eres tú, soy yo», acabas de divorciarte y por eso has vuelto a Silver Bay?

Niega y sonríe, aunque a mí me parece la sonrisa más triste de la historia.

—Nada de eso.

—Uf, vale —digo poniéndome una mano en el pecho, aliviada, y me meto el último bocado de pastel en la boca.

—Asher murió hace dos meses.

La cantidad ingente de pastel que acabo de meterme en la boca olvida por qué lugar de mi garganta tiene que deslizarse para llegar al estómago, por lo que me atraganto y empiezo a toser.

Cole corre hacia mí y me da palmaditas en la espalda mientras yo me voy quedando roja.

Ya veo venir lo que van a poner en mi obituario: «Murió asfixiada por entrometida».

Bebo un poco de agua de la botella que me tiende Cole.

—Lo siento —musita.

—Joder, Cole. —Suelto la botella a un lado cuando al fin me recompongo, le sujeto las manos y tiro de él hasta que me envuelve por completo con esos brazos fibrosos y apoyo la cabeza en su pecho—. Lo siento muchísimo.

Cole me pasa la mano por el cabello, como si tuviera que consolarme él a mí, y cierro los ojos apretándome contra él notando cómo, a pesar de la apariencia tranquila que guarda, el corazón le late acelerado. Y en ese momento la campanilla del infierno que hay sobre la puerta suena.

Nos apartamos rápidamente y, para cuando abro los ojos, veo a la madre de Cole con la boca y los ojos muy abiertos.

—No jodas —dice el padre y se parte de risa.

Y, de pronto, la señora Miller comienza a aplaudir.

Oh, oh.

—No es lo que parece —hablamos los dos a la vez.

Pero no sirve de nada porque la mujer se abalanza sobre mí a darme un abrazo y ochocientos besos encadenados en la mejilla separados por varios «¡Qué alegría!

» y por otros tantos «Oh, Dios, ¡qué alegría!

» y algunos «Ya sabía yo…». A ver cómo le decimos ahora que Cole es gay y que esto simplemente era un abrazo de consuelo entre amigos.

—Bueno… —Cole carraspea, incómodo—. Ahora que habéis llegado, Olivia y yo nos vamos a ver a su cuñada Brooke, que hemos prometido llevarle muffins de arándanos.