21 No te voy a decir que no
Jude
A través de las cortinas abiertas del ventanal de la librería veo que Eliza está reponiendo libros en las cajas que nos vamos a llevar al stand del evento y corre a abrirme cuando, como el bruto que soy, llamo a la puerta de la librería dando pataditas con mis botas de trabajo, pues llevo las manos cargadas.
—¡Qué pronto has llegado! Aún estaba organizando cosillas por aquí y…
Baja la cabeza y abre los ojos, horrorizada, cuando se percata de lo que lleva puesto, un pijama de raso color rosa pastel, y que está descalza. El color rojo que le cubre las mejillas cubiertas de pecas me parece de lo más adorable.
—Ay, ni siquiera me he vestido.
—¡Que no cunda el pánico! —exclamo y me río—. Solo he venido a traeros el desayuno. En media hora abre el supermecado local. Os llevaré a la compra luego, antes de irnos a trabajar, para que no tengáis que cargar con las cosas caminando. De todas formas, yo también tengo que hacer algunas compras.
Eliza sonríe.
—Vaya… Gracias.
—¿Dónde dejo todo esto? —le pregunto señalando con la cabeza las bolsas de papel que llevo en las manos.
Menos mal que tenía la despensa llena, porque no tenía ni idea de qué podía apetecerles desayunar y les he traído de todo.
—Pasa al estudio, Sally aún está durmiendo, ahora la despertaré.
Asiento y camino hacia el fondo de la librería.
Brooke tiene colocados algunos jarrones de forma estratégica por todo el espacio, con enormes flores de lavanda, que le dan un aspecto aún más acogedor al local.
El sutil aroma de la lavanda se esparce por cada rincón, entremezclándose con el olor a libro nuevo, creando una atmósfera que invita a quedarse.
La verdad es que mi hermana ha hecho un gran trabajo con esta librería, mi padre estaría orgulloso de ella.
Él adoraba este sitio, pero ella ha logrado convertirlo en una auténtica maravilla.
Entro al estudio sin hacer ruido para no despertar a la niña y alzo las cejas, sorprendido, cuando veo que la pequeña está en la cama y que al colchón del suelo parece que le han dado una paliza.
—¿Has dormido en el suelo? —musito la pregunta en tono culpable cuando Eliza entra detrás de mí para ayudarme con las bolsas.
Se encoge de hombros.
—Lo he intentado al menos —Sonríe.
Entonces me doy cuenta de las sombras negras bajo esos ojos verdes y el aspecto tan agotado que tiene. Me siento culpable, porque ya sabía que vendría a Silver Bay con la niña, pero ha sido todo tan rápido y he estado tan hasta arriba de cosas que hacer que no he podido organizarme mejor.
—Tenemos que buscar una cama más grande u otra cama individual —le digo, preocupado—.
En casa tenemos la cama de Brooke, pero es enorme, no cabe aquí ni de broma —suspiro, cuando la compré solo pensé en chantajear a mi hermana con un lugar confortable y acogedor para que viviera conmigo y no en este cuchitril—.
Llamaré a algún compañero luego, a ver si puede hacerse cargo y solucionar esto cuanto antes.
—No te preocupes, todo está bien. —Sonríe.
Me giro para mirar a la niña y una idea me viene a la cabeza.
—Esta noche Mia duerme en casa, conmigo.
Seguro que le haría muy feliz hacer una fiesta de pijamas con Sally y mañana pueden pasar el día juntas.
Así al menos esta noche dormirás medianamente bien en ese colchón del infierno —digo señalando a la cama—, que al menos está sobre un somier que no te destrozará la espalda tanto como el suelo.
Eliza abre la boca, dispuesta a responder, cuando una voz que viene desde la puerta de la librería nos interrumpe.
—¿Hola?
—Es Henry, voy a ver lo que quiere y así te doy intimidad para que te vistas y despiertes a la niña, ¿vale?
Eliza asiente, terminando de organizar las cosas.
—¿No has traido poca comida para desayunar? —me pregunta antes de que me aleje—. Creo que nos vamos a quedar con hambre —ironiza sacando de las bolsas pan de molde, mantequilla de cacahuete, mermelada, café, cacao, fruta, leche, bollería, galletas y cereales.
Suelto una risilla y, sin contestar, salgo del estudio.
—Ey, cuñadito, ¿qué haces aquí? —le pregunto cuando lo veo vestido con el uniforme de la estación.
Le toca cubrir conmigo la mañana en los stands de la ruta ciclista, aunque yo he pedido permiso para llegar una hora más tarde y poder echarle una mano a Eliza para montar todo lo de la librería antes.
—Brooke me ha pedido que pasase por Bay Café y les trajera el desayuno a la chica nueva y su hija, porque dice que anoche terminásteis muy tarde y que seguro que no ha tenido tiempo de ir a comprar. Ya sabe lo que es hacer una mudanza y morirse de hambre en ese estudio.
Sonrío al recordar que, el día que se mudó a Silver Bay, lo único que le dejé en la nevera fueron seis latas de cerveza, convencido de que aquello bastaría para presionarla y conseguir que se quedara en mi casa.
Si no hubiera sido por mi abuela, que apareció poco después con algunas provisiones, seguramente habría logrado que se mudara conmigo antes de lo que terminó haciéndolo.
Eliza sale del estudio, ataviada con una camiseta blanca básica de tirantes, vaqueros y unas zapatillas blancas.
—Eliza, este es Henry, el marido de mi hermana Brooke.
Creo que ayer ya lo viste por el paseo marítimo —los presento oficialmente.
Se tienden la mano e intercambian un par de saludos y sonrisas—.
Menos mal que no tienes mucho para desayunar, ¿eh, Eliza?
, porque Henry os ha traido bocadillos de Bay Café —bromeo y le guiño el ojo a la pelirroja.
—Bocadillos, pasteles, café, cacao, zumo… —dice mi amigo, algo azorado—. No sabía lo que os podía gustar.
Eliza sonríe.
—Muchas gracias, no hacía falta.
Sally sale del estudio vestida con una sudadera, chándal y deportivas.
—Buenos días —musita un saludo general para todos y luego se dirige a su madre—.
Mia me ha mandado un mensaje a ver si quiero ir a desayunar con ella a casa de sus abuelos y, después de pasar por el establo a atender a su yegua, vamos a ir a correr juntas a la playa —añade tímida al vernos a los tres mirando hacia ella—.
Dice que hoy va a presentarme a algunos amigos.
Eliza le lanza un juego de llaves de la librería que se saca del bolsillo, y la niña coge por el aire.
Buenos reflejos. Por suerte, al poco de mudarse Brooke, cambiamos la cerradura.
Cada vez que me acuerdo de que mi hermana se quedó tirada en la calle en pijama porque no era capaz de abrir la vieja puerta, me da la risa.
Aún tengo las fotos guardadas en la galería, tengo que enseñárselas a Eliza cuando no esté Henry para que se chive.
—Ella es Sally, mi hija.
Henry sonríe y hace un movimiento con la cabeza para saludarla.
—Veo que ya has hecho una buena amiga —le dice mi amigo, amable.
Sally asiente y sonríe tímida.
Henry baja la vista hacia las bolsas.
—Toma, llévate estos pasteles, son los favoritos de Aaron —dice nombrando al padre de Oli—. Hay suficiente para todos, dale un saludo de mi parte a ese viejo loco y un abrazo a Charlotte.
Sally sonríe, asiente y coge la bolsa.
—Dile de mi parte a Mia que os doy permiso para hacer una fiesta de pijamas en casa esta noche y que podéis ir a comprar lo que necesitéis —le digo a Sally antes de que se vaya, aunque luego llamaré a Mia—. Que lo cargue en mi cuenta.
El brillo que enciende la mirada de Sally me dice que le hace ilusión la idea, y yo estaré más tranquilo si están acompañadas porque tanto Olivia, como Eliza, como yo vamos a estar trabajando hasta muy tarde.
La sonrisa de la cría se amplía un poco más, asiente y se va.
—Puedo acercarte a casa de los Sullivan, si quieres, Sally, me coge de camino —le ofrece Henry. La niña mira a su madre, que asiente—. Tengo que irme —me dice a mí—, ya debería estar en el trabajo. —Me tiende la otra bolsa.
Y, con un movimiento de la mano, se despide de los dos y se marchan.
—Pues creo que nos vamos a dar un buen festín —ríe Eliza—. ¿Te quedas a desayunar conmigo?
Abro la bolsa y me golpea el olor de los mejores bocadillos del mundo.
—Bueno, vale, no te voy a decir que no.
—Voy poniendo el café. —Sonríe ella y me señala los sillones de la zona de lectura, donde estaremos más cómodos que en los viejos taburetes del estudio.
Mientras comemos, la conversación deriva a las trastadas de nuestras hijas cuando eran más peques y termino enseñándole un montón de fotografías que guardo en el móvil de Mia y de los tres juntos, Oli, la niña y yo, que me arrancan un suspiro.
Este año noto mucho la diferencia en Mia, lo mucho que ha crecido y madurado, lo independiente que se ha vuelto, y me encanta que sea así, pero también echo de menos a la pequeña que me necesitaba a todas horas.
Echo de menos estar los tres tirados en la cama simplemente haciéndonos cosquillas, contándole un cuento a Mia o viendo pelis de dibujos y hartándonos a palomitas hasta que nos dolía la tripa.
Echo de menos las risas y la complicidad. Echo de menos a mi familia.
—Quizás las cosas se arreglen en algún momento —me dice Eliza, y levanto la vista, extrañado. Es cuando me doy cuenta de que estaba mirando la foto con más añoranza de la que pretendía mostrarle—. Con Olivia, digo.
Yo niego.
—No. —Niego de nuevo con la cabeza y noto cómo las mejillas se me han teñido de rojo—.
No tiene arreglo. Ella… quiere conocer a otras personas —suspiro—.
Me ha llevado mucho tiempo entender que a veces quererse no es suficiente.
Olivia y yo somos amigos, los mejores amigos…
—le explico, aunque odio esa puta frase—.
Le he estado dando muchas vueltas a todo y…
sé que debo hacerles caso a los chicos; he tenido doce años para arreglar las cosas y no lo he conseguido.
Es hora de dejarla volar y ser su apoyo, el padre de su hija y su amigo, únicamente. Es hora de aceptarlo.
Parece que se lo explico a ella, sin embargo, me lo estoy diciendo a mí mismo, interiorizándolo. Eliza me sonríe y asiente.
Digiero lo que acabo de soltar y, por primera vez en mucho tiempo, estoy convencido de que realmente es lo mejor para todos, aunque me haga pedazos en el proceso.
No puedo seguir rogándole cariño, suplicándole que me dé oportunidades, cayendo una y otra vez en un círculo vicioso de sexo con ella para luego sentirme fatal y hacerla sentir mal a ella.
De pronto me doy cuenta de que a Eliza se le frunce el ceño porque llevo un rato mirándola con intensidad sumido en mis pensamientos.
Carraspeo y bajo la vista al bocadillo antes de darle un buen mordisco. Mastico pensativo y suelto lo primero que se me pasa por la cabeza para quitarle un poco de hierro al asunto.
—Los chicos dicen que debo empezar a tener citas, pero, no sé… —resoplo, con la boca aún medio llena—. Igual debería dejar de darle tantas vueltas y pedirle una cita a la primera mujer con la que me cruce.
Y alzo ambas cejas en una actitud descarada que no siento para nada.
Eliza malinterpreta mis palabras o mi gesto, no sé, y para de masticar, mirándome con recelo.
Mierda, soy imbécil.
—No, no, tranquila —rectifico leyéndole el pensamiento y me río—.
No era una proposición. Es decir, eres preciosa y me pareces una mujer increíble, pero…
no hay segundas intenciones en todo esto —le explico señalándola a ella y luego a mí, porque es la realidad, no siento ninguna atracción por ella.
»Además, mi hermana me cortaría en trocitos y me tiraría al mar. No veas el mal genio que se gasta, sobre todo, desde que está embarazada. Nunca me habían llamado imbécil tantas veces en toda mi vida.
Eliza se tapa la boca y se ríe.
—Estoy deseando conocerla en persona, cada vez me pica más la curiosidad.
—Le caerás bien —sentencio y le doy otro mordisco al bocadillo—. Marina tiene las mejores manos del mundo. Me casaría con ella —bromeo.
A pesar de que el bocadillo ya está frío, sigue teniendo la combinación de ingredientes perfectos y cada bocado es delicioso. Creo que Eliza piensa lo mismo, ya que cierra los ojos para disfrutar de cada trozo haciéndome sonreír.
—Ahí tienes una mujer ideal para tu cita.
Suelto una carcajada.
—Si no fuera porque pasa de los sesenta años, que está casada y que es la tía de Olivia, no me lo pensaría, pero entonces podría engordar doscientos kilos, tranquilamente.
Eliza ríe y se queda mirándome unos segundos.
—Puf —bufa—. Las relaciones están sobrevaloradas. —Alza su bocadillo a modo de brindis—. Por la soltería.
—Sí, la soltería es lo mejor —le sigo el rollo, chocando mi bocata con el suyo.
—No le das explicaciones a nadie —añade. Asiento y me llevo la taza a los labios—, y te puedes pasear desnuda por casa sin ninguna otra intención que estar cómoda y fresquita.
Me atraganto con el café y toso.
—Ten cuidado con lo de pasearte desnuda por casa, porque… la librería tiene como un millón de ventanales —digo, cuando logro recomponerme, alzando un dedo y girándolo en círculos.
Eliza ríe.
—Cierto, mi plan tiene algunas lagunas.
Suelto una risilla.
—No tienes que compartir el mando del televisor —le indico, siguiéndole el juego.
—Que no, dice… Me he visto todas las temporadas de Gossip Girl en contra de mi voluntad. Sally puede ser muy convincente cuando se lo propone.
Cabeceo afirmando, no sé cuantas veces he tenido que tragarme todas esas comedias románticas que a Mia le encantan.
—Cierto. Las niñas hacen con nosotros lo que quieren. Mi plan tiene algunas lagunas —repito su frase de antes, y reímos los dos.
—Puedes comer y cenar a la hora que te dé la gana sin esperar al otro.
—Eso sí. Y, además, tienes la cama para ti solo. —Me tapo la boca cuando me doy cuenta de que me está mirando con el ceño fruncido—. Los que tenemos cama, quiero decir.
Y rompo a reír. No me reiría tanto si hubiera tenido que dormir en el suelo, seguro.
—Ja, ja… —pronuncia sarcástica—, muy gracioso.
—Prometo solucionarlo.
Asiente y le da un nuevo mordisco a su bocadillo.
—Te perdono si hoy me dejas poner en el stand tu foto sexi del calendario.
—Puaj —pronuncio moviendo la cabeza de un lado a otro efusivamente.
—Así seguro que te conseguimos una cita.
Un escalofrío me recorre de arriba abajo.
—Antes muerto.