Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 20 Hace una noche preciosa
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20 Hace una noche preciosa

Olivia

Escucho un par de golpes en la puerta, y alzo la vista del libro que he cogido de la estantería de mi antigua habitación. No quieras saber qué clase de pastelada adolescente estoy leyendo hasta que pueda eliminar el ruido de la mente y quedarme dormida al fin.

La puerta se abre, y Mia asoma la cabeza.

—¿Aún estás despierta? —me pregunta.

—Sí, estaba leyendo un poco.

Alzo la novela que tengo en las manos, y Mia abre mucho los ojos y se carcajea.

Lleva puesta una camiseta desgastada de su abuelo que le queda a modo de camisón y el cabello algo húmedo le cae suelto por la espalda.

—¿ Crepúsculo ?, ¿tú? —me dice en tono burlón.

Me encojo de hombros, aunque ya noto cómo las orejas se me ponen rojas.

—Eh, que yo también fui una cría enamoradiza a la que le encantaban los vampiros luminiscentes.

Evito decirle que me he acordado de estos libros tras los mensajes de Cole, porque, de hecho, estos me los prestó él en su día y todavía está esperando a que se los devuelva.

Mia se tapa la boca y se ríe pillina. Me hago a un lado en la cama y doy un par de golpes al colchón, sobre mis sábanas favoritas de adolescente con estampado de girasoles, para que la niña se acerque.

—Nunca lo hubiera dicho.

—¿Que me gustaba leer? —pregunto extrañada.

A ver, no es que yo lea muchísimo, apenas tengo tiempo entre la estación de bomberos, la casa y la maternidad, pero algo sí que cae de vez en cuando.

—No, que fueras una romántica empedernida.

Mia se mete en la cama, junto a mí, y le hago cosquillas provocando que patalee. Terminamos las dos riéndonos a carcajadas. Mia se abraza a mí, y nos cubro a ambas con el edredón.

Huele a champú de frutas y pasta de dientes.

Cierro los ojos para disfrutar del aroma y del calor que desprende su cuerpo.

Ya no tenemos muchos momentos así, desde que se ha hecho mayor ya nunca se mete conmigo en la cama y, aunque tengo la suerte de que charlamos un montón, sí que se ha vuelto más reservada con la edad.

—Lo has pasado bien hoy, ¿eh? —le pregunto acariciándole el cabello.

Mia asiente.

—¿Es muy tarde para llamar a papá?

Miro la hora, seguro que aún está despierto, viendo la tele o en Bay Café tomando algo con los chicos. Bueno, al menos con Dylan, porque, conociendo a Henry, no se separará de Brooke salvo lo indispensable.

Cojo el teléfono de la mesa de noche y se lo doy a la niña, que hace una videollamada.

Jude no tarda en descolgar, aún lleva la misma ropa que esta mañana y tiene un trapo de cocina sobre el hombro.

—¡¡Papi!! He pasado un día genial, me encanta Kira. Cuando sea mayor y tenga mi propia casa, ¿me ayudarás a construir un establo para ella? —lo atropella con su parrafada, y Jude suelta una risilla.

—Claro, ratoncita. Para Kira y para los caballos que quieras.

—¡Bieeen! —aplaude Mia haciéndome reír.

—¿Estás cocinando? —le pregunto extrañada.

Normalmente los días que está solo en casa come en Bay Café o se cuelga en casa de algún amigo, de su abuela o en la mía, porque odia cocinar solo para uno.

Asiente y sonríe.

—Sí, tengo visita.

Gira el móvil hacia un lado y la sonrisa se me congela cuando veo a Eliza y a una niña, que debe de ser Sally, pelirroja y preciosa, con una coleta de caballo y las mejillas llenas de pecas, algo rojas, seguro que por el sol que han tomado mientras estaban con los caballos esta tarde. Ambas alzan la mano para saludar.

—¡¡Sally!! ¡Holaaa!

Mi hija brinca, olvidándose de que esta cama tiene tantos años como yo y que es probable que si sigue saltando así se venga abajo.

Sally sonríe tímida y vuelve a alzar la mano para saludar.

—¡Qué guay que estés ahí!

Su padre gira el móvil de nuevo para enfocarse en la pantalla, yo, por el momento, soy incapaz de pronunciar palabra. Todavía estoy intentando procesar que la nueva empleada de la librería está en su casa.

—Ha sido un día muy largo, cerramos el stand de la librería más tarde de lo que pensábamos, y a Eliza no le ha dado tiempo a hacer la compra, así que nos hemos venido a casa a cocinar algo en equipo. Mañana nos espera un día duro.

Asiento como una autómata, sin contestar, porque en realidad no tendría por qué darme explicaciones de qué hace una mujer pelirroja y guapísima cenando con él en su casa.

—Jo, papi —pronuncia Mia con ese tono que todos conocemos que es el que usa cuando quiere conseguir algo—. Otro día, cuando me quede contigo, ¿puede volver a cenar Sally en casa?

—Claro, ratoncita.

—¡Papá! —protesta y pone los ojos en blanco—. Soy demasiado mayor para que me sigas llamando así.

Ahora que sabe que está su nueva amiga ahí, se hace la dura. Frunce el ceño y se cruza de brazos, está monísima cuando se enfada, se parece a mí.

—Perdona, cariño, pero para mí siempre vas a ser mi ratoncita bebé.

Llámame perspicaz, pero creo que no lo está arreglando.

—Pufff —responde la preadolescente de mi hija con gesto de hastío.

—¿Dónde estáis? —pregunta extrañado, como si se acabara de dar cuenta de que lo que se ve de fondo no es nuestra casa.

—En casa de los abuelos, nos hemos quedado a dormir —le explica Mia.

—¿Y eso? ¿Ha pasado algo? ¿Necesitas que vaya, Oli? —me pregunta preocupado.

—No, no, todo está bien —pronuncio recuperando al fin la voz.

—Hemos cenado lasaña, papi, y no veas lo guapa que se ha quedado Kira cuando la he cepillado…

Me levanto de la cama, con Crepúsculo entre las manos, y dejo a Mia parloteando con su padre, de pronto necesito tomar el aire.

Camino descalza hasta la cocina y enciendo el hervidor de agua para prepararme un té.

Me apetece tomar algo calentito y sentarme un rato en el porche a mirar las estrellas.

Siempre adoré ese porche, me encantaba tomar chocolate caliente mientras mi padre me explicaba alguna historia de la época en que mi madre y él eran jóvenes, de cómo se enamoraron y esas cosas.

Conforme me fui haciendo mayor, se convirtió en el lugar de confesiones donde, sobre todo él, me escuchaba cada vez que le contaba un problema.

Porque, aunque a mi madre siempre la he querido con locura, no había duda de que mi padre y yo éramos, además, amigos y confidentes, y muchas veces ella nos daba el espacio que yo necesitaba para abrirme.

Cuando salgo al porche, libro bajo un brazo y taza en la otra, las luces están encendidas y veo a mi padre sentado en el balancín mirando algo en el móvil mientras sonríe.

Alza la vista del teléfono en cuanto escucha la puerta.

—¿Me haces un hueco? —le pregunto.

—Claro, cariño. Ven.

Da un par de golpecitos a su lado y según me siento, al notar el escalofrío por el frío de la noche que cala mucho más de lo que pensaba, coge una manta que hay doblada a su lado y me la pasa por los hombros.

Dejo el libro entre los dos y subo las piernas al banco para cubrirme por entero como puedo sin soltar la taza.

—Gracias, papá.

Mi padre señala la portada, donde la icónica imagen de las manos sosteniendo una manzana sobre fondo negro no da lugar a dudas de qué libro es.

Y sí, a lo mejor no te lo crees, pero mi padre se los leyó conmigo cuando apenas era una adolescente y lo comentábamos un montón de veces.

Recuerdo que le fascinaba la fuerza de voluntad de Carlisle como médico y se reía de que Edward usara cien años de existencia solo para volver a cursar el instituto.

«Ese chico tiene demasiado tiempo libre, caracolito», me decía siempre entre risas mientras me hacía el desayuno.

—Veo que has elegido buena compañía para pasar la noche. —Alza ambas cejas, divertido—. ¿No podías dormir? Parecías bastante cansada durante la cena.

—Mia quería hablar con Jude, y les he dejado un poco de intimidad en lo que venía a tomar un té. ¿Y mamá?

—En la ducha, dando un concierto —me explica con una sonrisa—. Estimo que debe de ir por la segunda canción, aún le faltarán dos más y el bis.

Sonrío.

Mi madre adora las duchas largas y cantar bajo la ducha.

—¿Qué estabas viendo? —le pregunto a mi padre, de pronto un poco incómoda porque no sé de qué otra cosa hablar con él.

Pone el teléfono entre ambos y le da al play , donde una Mia de unos tres años baila, torpe, con mi madre en medio de la cocina, mientras las dos cantan, a voz en grito, Happy , de Pharrel Williams.

—Ooohhhh —musito y pongo un mohín—. Qué pequeñita. Era monísima.

Mi padre ríe.

—Lo sigue siendo. Es una niña increíble.

Lo es.

Suspiro con ganas de decirle que esa niña increíble que hace que se le caiga la baba fue también la causa de que él y yo nos distanciáramos cuando aún crecía en mi vientre.

Convertirme en madre siendo tan cría fue duro, hacerlo sabiendo que eso me había alejado de mi padre, con el que siempre había estado tan unida, y que, con todas las discusiones que tuvimos entonces, había dejado atrás una parte de mí, lo fue aún más.

Aun así, no lo cambiaría por nada. Jamás dudé de tenerla y jamás me he arrepentido de esa decisión, por muy complicado que se volviese todo.

Sin embargo, todo ello sonaría a reproche, como si estuviera diciendo: «¿Ves? No fue tan malo lo que Jude y yo construimos». Y no es eso lo que pretendo. No quiero más reproches ni discusiones que ya no tienen sentido.

En parte, ahora que soy madre, entiendo su disgusto.

Era demasiado joven, no había cumplido los dieciocho, ni siquiera había terminado la secundaria, por supuesto todos los planes que tenía para ir a la universidad se truncaron, porque ya tenía un bebé que dependía por completo de mí.

Pero las formas… Las palabras que soltó entonces dolieron como garras afiladas desgarrando la piel, y esas heridas, que con el paso de los años han cicatrizado, siguen ahí, recordándome cada día que quien durante tanto tiempo fue mi héroe también fue la persona que más daño me ha hecho a lo largo de mi vida.

En general, la última década no ha sido fácil, he guardado demasiado rencor dentro de mí: primero por cómo Brooke desapareció sin mirar atrás, luego todo el tema de mi padre, el embarazo, una boda que nunca debió suceder, la separación a pesar de lo mucho que amaba a Jude y, por último, la muerte de Ava y el accidente de Dylan.

Me ha costado años reconciliarme con esa parte de mí que amaba sin medida, sin límites, sin pensar en las consecuencias, dándolo todo.

Suspiro.

Simplemente suspiro.

Mi padre abre la boca, como si quisiera decir algo, pero luego la cierra. Apaga la pantalla del móvil y se arrebuja en la manta que también lleva por encima de los hombros.

Le tiendo mi taza de té, que acepta con un cabeceo, y le da un sorbo al líquido caliente.

—Es increíble lo bien que se ven hoy las estrellas —musito.

Mi padre asiente.

—Sí, hace una noche preciosa.

Y así es como volvemos a dejar pendiente esa conversación que deberíamos haber tenido hace años, la posponemos, nos tragamos las palabras, el dolor y la incomodidad, y compartimos un rato, menos tenso de lo que esperaba, bajo la luz de la luna y las estrellas.

Hace más de doce años que no abrazo a mi padre y, cada día que pasa sin sentirme envuelta por sus brazos, me pesa un poco más.

—Me voy a la cama. —Me pongo en pie sin saber exactamente cuánto tiempo ha transcurrido y doblo la manta para colocarla en su sitio—. Me muero de sueño.

—Que descanses, cariño.

Asiento y, tras pasar por la cocina a dejar la taza vacía, vuelvo a la habitación, los pies se me han quedado helados.

Escucho a mi madre canturrear, aunque ya no se oye el agua de la ducha al caer, así que debe de estar poniéndose sus cremas o terminando de vestirse.

Paso por su cuarto a tomarle prestados unos calcetines, y sobre la cómoda veo una foto de los cuatro: mis padres, Chris y yo, de cuando éramos pequeños.

Yo no tendría más de diez u once años, estamos todos sentados alrededor de una tarta de cumpleaños llena de velas, y mi padre tiene la nariz manchada de nata, mi madre ríe traviesa, chupándose la nata del dedo con el que lo había manchado, y Chris y yo reímos felices.

Adoro esa foto.

Adoro el recuerdo de mi padre cogiendo a mi madre en volandas para hacerle cosquillas y el beso que se dieron entonces con el que yo solté un «puajjj», y Chris, que era demasiado pequeño para entender por qué eso me daba asco, solo aplaudió.

Junto a ella, en otro portarretratos, hay otra fotografía bien diferente, pero que me encoge aún más el corazón.

Es de hace un par de años, cuando Mia aún era una cría menuda, subida a los hombros de su padre, mientras yo le daba un beso en la mejilla a Jude.

En ella parecemos una familia normal. Una familia feliz, idílica.

A veces me siento culpable porque fui yo quien le pedí el divorcio a Jude, quien le dijo que se fuera de casa, pero es que…

no podía, no podía seguir en esa situación.

Había algo que, durante todo el embarazo de Mia y sus primeros meses, llevaba pesándome, una certeza que no conseguía apartar de mi cabeza por más que lo intentase.

Yo quería el pack completo, y no me bastaba con que Jude y yo nos lleváramos bien o formáramos un buen equipo por la peque.

Tampoco saber que me tenía cariño y que la convivencia había hecho crecer entre nosotros una complicidad sincera.

Porque eso no significaba que me amase. Y yo siempre he sido bastante radical: o todo o nada.

Suspiro, cojo los calcetines y, tras un bostezo gigante, me dirijo a mi habitación. Mi teléfono está sobre la almohada, y Mia se ha quedado dormida, acurrucada en una esquina de la cama.

Pongo el móvil sobre la mesa de noche y me acomodo abrazada a ella, tapándonos a ambas.