19 Siempre está preciosa, joder #2
—Siempre fue bastante entrometida —continúa explicándome Eliza—, pero desde que Mason se mudó a su casa se creyó con el derecho a tomar parte y a que la tuviéramos en cuenta.
Intenté hablarlo con ella varias veces, y no hubo forma.
Me recriminó cosas muy feas, como si todo el peso de la ruptura recayera sobre mis hombros y me intentó imponer su opinión, que básicamente consistía en que los matrimonios hay que soportarlos hasta que la muerte nos separase, que al menos había tenido suerte y me había tocado un marido bueno, que no me pegaba.
La miro con horror.
—¿Qué? —pregunto flipando.
Eliza niega y se pasa la mano por la frente con una sonrisa incrédula.
—El padre de Mason era de la vieja escuela, le pasaba casi veinte años a Lily, él trabajaba más de catorce horas en la construcción y cuando llegaba a casa pagaba el cansancio y las frustraciones del día con su mujer.
—El espanto vuelve a inundar mi mirada—.
Murió en un accidente laboral, Mason tendría apenas ocho años, y les dejó un buen pellizco de dinero para vivir cómodamente.
Lily le inculcó siempre a su hijo el ser un hombre bueno y a tratar bien a todas las personas, hombres y mujeres, y también que debía estudiar y tener un buen trabajo.
Vivieron una vida austera, ahorrando hasta el último centavo para poder pagarle la universidad sin tener que depender de becas ni préstamos estudiantiles que se pasaría la vida pagando.
—Eliza me mira de pronto con los ojos muy abiertos al darse cuenta de que hace tiempo que hemos llegado a la librería, sigo con el motor en marcha y las luces encendidas porque no quería interrumpirla.
»Perdona, no pretendía aburrirte contándote toda mi vida —pronuncia algo apurada—. A veces me da por hablar y no paro.
—No te preocupes, no tenemos prisa. —Le sonrío—. Creo que a Sally le viene genial esta cabezada, dudo que pueda pegar ojo en un colchón maltrecho en el suelo. Déjala descansar un poco —le digo, dándole pie a que siga hablando.
—Se duerme en cualquier parte, por suerte.
—Sonríe girándose para volver a mirarla con cariño y luego dirige la vista a mí de nuevo—.
Conocí a su padre al empezar a trabajar en la administración del hospital en el que él ejercía como cirujano, así que nos veíamos constantemente en el hospital.
Por lo que, cuando decidí dar el paso de divorciarnos, dejé el trabajo y me busqué uno en un pequeño supermercado cerca de casa.
Pagaban mal y los horarios eran horribles, pero tenía suficiente para ser independiente. —Hace una pausa antes de seguir.
»Mason al principio estuvo de acuerdo. Mi suegra no, porque aseguraba que estaba haciendo quedar mal el prestigio de su hijo y que debía llamar al hospital para recuperar mi puesto.
La mujer le insistió tanto a Mason con eso que él, sin consultarme, habló con el director, que me llamó para decirme que si quería volver no había problema.
Obviamente, lo rechacé, y se armó una buena.
»La gota que colmó el vaso fue cuando Lily empezó a involucrar a Sally en todo esto.
Desde un principio tuvimos especial cuidado en mantener a la niña a un margen de las discusiones y demás, pero ella comenzó a comerle la cabeza con que todo era culpa mía, que lo estaba haciendo todo mal, que la familia se estaba rompiendo por mi culpa.
Y, una noche que pillé a Sally llorando en su habitación, hablamos de todo.
Me sinceré con ella para que fuera consciente de que todo aquello solo era decisión de su padre y mía, y que nadie más debía intervenir.
—Las separaciones son duras ya de por sí para los niños.
Mia…, Mia no conoce otra cosa, porque su madre y yo nos divorciamos al poco de nacer, aun así, siempre lo pasa mal cuando se tiene que ir con Olivia o conmigo, echa de menos al otro y sé, aunque nunca nos lo haya dicho, que anhela tener una familia típica, que vivamos los tres juntos, pero…
no es posible. Es duro no poder darle eso a tu hija y saber que no puedes hacer nada por cambiar las cosas —le cuento, abriéndome yo también—.
Yo lo intenté, pero… metí la pata con Oli, y aprendí a la fuerza a que esa cabezota no es de dar segundas oportunidades.
Eliza responde a mi sonrisa triste con otra sonrisa.
—Sí, Sally fue la única razón por la que me lo pensé detenidamente, Mason y yo lo hablamos muchísimo antes de dar el paso.
Además, ella tampoco lo estaba pasando bien en la escuela.
Su mejor y única amiga se fue de Virginia hace poco más de un año, porque a sus padres les surgió una oportunidad laboral en otra ciudad.
Y Sally se quedó sola, está en una edad complicada donde los niños son demasiado crueles y las chicas de su clase le hacían el vacío.
Es una niña muy tímida y reservada y le cuesta relacionarse, así que cada vez estaba más aislada.
Cuando le planteé la idea de mudarnos como una oportunidad para empezar de cero, se mostró entusiasmada, le hacía ilusión.
—Nos giramos para mirarla y se nos escapa una risilla cuando la niña, como respuesta, suelta un ronquidito.
—Me alegro que el venir a Silver Bay a haceros cargo de la librería de mi hermana pueda ayudaros a ambas, Eliza.
Las separaciones son duras. Si lo fue para mí, a pesar de que Olivia y yo estamos tan unidos, me imagino en esas circunstancias.
—Ella asiente—. Va a ir todo bien, ya lo verás.
Además, parece que ha hecho buenas migas con Mia, así que ya tiene una amiga.
Eliza sonríe y cabecea afirmando.
—Sí, me dijo que era una chica muy guay y parlanchina que no la presionaba para que hablase y que le gusta mucho escucharla, que le enseñó un montón de cosas sobre caballos hoy.
—Creo que se van a llevar muy bien. A mi hija le encanta hablar y a la tuya, escuchar. Así que son la pareja perfecta. —Eliza se ríe y asiente—. ¿Subimos? —Cabecea de nuevo.
Eliza despierta a Sally en lo que yo meto las cajas en la librería con la carretilla, amontonándolas en la entrada para cogerlas por la mañana.
Le lanzo un abrigo que guardaba en el maletero para que se lo ponga por encima a Sally, que va vestida con un vaquero corto y una sudadera, y a esta hora ya hace frío.
La niña, con los ojos medio pegados aún, se envuelve en ella y musita un «gracias» antes de que subamos a casa.
Una vez les enseño todo, hago un despliegue de ingredientes sobre la encimera de la cocina, y les tiendo a Eliza y Sally un delantal a cada una, de los que hay colgados a un lado, con la intención de ponerlas a cortar verduras.
Enciendo el horno para que se vaya calentando y saco la bandeja de pollo que tengo en el refrigerador.
—Vamos a cocinar la especialidad de la casa, ¿vale, chicas? Pollo a la manzana con patatas y verduras asadas —pronuncio como si fuera el jefe de cocina del mejor restaurante de la ciudad—. ¿Me echáis una mano?
—Oído, chef —confirma Eliza siguiéndome el juego.
Me cae bien esta mujer.
Sally sonríe tímida y asiente.
Cocinamos durante un rato. La niña apenas abre la boca, salvo para decirle alguna cosa a su madre en voz tan baja que es imposible que yo lo escuche, y Eliza y yo charlamos de temas más neutrales: de cómo han ido las ventas en el stand , del dichoso calendario de bomberos y el juego que ha dado hoy, de Brooke, de Mia…
Estoy haciendo malabares con un par de patatas, lanzándolas al aire, y casi me caen en la cara al perder la concentración cuando el móvil comienza a sonar, sobre la encimera, y desvío la vista hacia la pantalla.
Una patata se estrella contra el suelo y sale rodando hasta el pasillo y agarro la otra de milagro justo a unos centímetros de derribar un vaso lleno de zumo que le he servido a Sally al llegar.
—Ups.
Las risillas vuelven a inundar mi cocina. Me limpio las manos, dejándome el trapo sobre el hombro, y descuelgo, orgulloso por hacerlas reír.
Veo a Mia y a Olivia al otro lado.
—¡¡Papi!! He pasado un día genial, me encanta Kira. —Como si no lo supiera—. Cuando sea mayor y tenga mi propia casa, ¿me ayudarás a construir un establo para ella?
Se me escapa una risilla, le construiría un establo, una casa y un castillo, si me lo pidiese. Haría lo que fuera por ella.
—Claro, ratoncita. Para Kira y para los caballos que quieras —le confirmo.
—¡Bieeen! —aplaude Mia, y Oli ríe.
Algo me revolotea en el estómago cuando las escucho así, tan felices, y al ver que Oli lleva un pijama ancho y el cabello recogido en un moño despeinado un calor se me instala en el estómago. Está preciosa. Siempre está preciosa, joder.