Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 18 ¡Mamá! #2
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18 ¡Mamá! #2

Mi padre ríe por el entusiasmo de mi hija, que se ha venido arriba en un momentito.

—Claro que sí, enana. Sé que podrás hacer cualquier cosa que te propongas en la vida. No me cabe ninguna duda.

Mia suelta una risilla de satisfacción, y yo doy un paso para acercarme a ellos. La paja seca cruje bajo mis botas de trabajo, y mi padre se gira.

—Mira quién ha venido, enana —le dice a Mia.

Es al único que la deja llamarla así sin enfadarse, porque la realidad es que cada día que pasa Mia se aleja cada vez más de esa niña que fue para dar paso a una preadolescente que a ratos es adorable y a ratos tiene las hormonas alteradas y te dan ganas de arrancarle la cabeza. Con amor y eso.

—¡Mamá! —pronuncia feliz girándose rápidamente.

Mi padre la sujeta de la cintura para que no se caiga del taburete, porque yo no sé si sería una buena veterinaria, pero, con lo que se mueve, podrían contratarla en cualquier circo para hacer espectáculos de equilibrismo y se le daría la mar de bien—.

¡Ven! Ven a ver a Kira, la estoy dejando preciosa.

Da saltitos sobre el taburete, y mi padre la mira horrorizado. Creo que la próxima vez que se suba ahí le va a poner un arnés de seguridad.

De pelaje tostado y suave, Kira tiene esa clase de belleza rústica y tranquila que infunde paz con solo mirarla.

Sus ojos, dos grandes azabaches profundos y expresivos, parecen entender cada palabra de amor que le dedica mi hija.

Destaca por su crin tupida y oscura, que cae a un lado del cuello, y sí, efectivamente, parece como si hubiera pasado por una sesión de spa y peluquería.

—Ya veo, cariño. —Sonrío.

Mia se baja de la banqueta de un salto, le da el cepillo a su abuelo y corre hacia mí para darme un abrazo.

—He oído que tuviste que rescatar a un hombre que cayó de un precipicio con la bici —musita Mia, con tono preocupado, como si acabase de recordarlo.

Sé que se asusta cuando tengo que atender una emergencia de esa índole, poniendo en riesgo mi vida, pero, al fin y al cabo, en eso consiste mi trabajo. Me encantaría que no se enterase de estas cosas para no preocuparla, pero en Silver Bay eso es imposible.

—Todo ha ido bien. —La cubro con mis brazos y la aprieto contra mí.

El aroma a frutas de su champú sobresale de los olores característicos del establo: a limpio, hierba fresca y cuero.

—El abuelo dice que tengo mano para esto y que cuando sea mayor puedo trabajar aquí si quiero.

Miro a mi padre, que se encoge de hombros en un gesto lleno de orgullo.

Mi padre siempre ha sido así, primero conmigo, luego con Chris y ahora lo es con Mia.

Cuando era pequeña estábamos muy unidos, hasta que lo decepcioné y él me decepcionó a mí.

Después de eso, aunque terminamos enterrando el hacha de guerra, las cosas nunca volvieron a ser como antes.

Oímos cómo mi madre nos llama a gritos para avisarnos de que la cena está lista y me ruge el estómago, no me había dado cuenta hasta ahora del hambre que tenía. En realidad, no he probado bocado en todo el día.

—¡Qué rico! ¡La lasaña de la abuela! —grita Mia dando saltitos.

—Ve a lavarte las manos, enana —le dice mi padre.

Mia sale corriendo, y nos quedamos los dos allí parados viendo cómo se aleja.

El ambiente se enrarece de inmediato, como siempre que nos quedamos a solas.

Alzo la vista hacia él y lo miro con intensidad, deseando poder abrazarlo sin más, refugiarme en sus brazos y permitirme, por una vez, dejar de sostenerlo todo sola.

Querría sentirme protegida, dejar que fuera él quien me cuidara, como cuando era niña. Sin embargo, no me muevo.

—¿Todo bien, cariño? —me pregunta extrañado.

Asiento y me giro, sin pronunciar palabra, para seguir a Mia hasta la casa.

Las risas y la cháchara de mi hija lo llenan todo durante la cena.

Me ha hablado de Sally, tiene un año menos que ella y, aunque la ha definido como una niña muy tímida y callada, por lo visto han congeniado muy bien.

Mi cabeza va sola a la imagen de Jude y Eliza riendo esta mañana, la complicidad que he visto entre ellos a pesar de que se acaban de conocer y cómo me hizo sentir eso.

—Amor… —dice mi madre elevando la voz—. ¿Estás bien? Te he llamado tres veces y no te enteras.

—Estoy agotada —suspiro—. Ha sido un día muy largo.

—¿Por qué no os quedáis a dormir? —me pregunta mi padre.

Alzo las cejas, sorprendida. No duermo en casa de mis padres desde que me mudé con Jude, cuando nos casamos.

—¡Sí! ¡Fiesta de pijamas! —aplaude Mia, y mi madre ríe.

—Cariño, yo diría que tu madre no está para muchas fiestas.

—Niego efusivamente. Ni siquiera Johny Castle en la escena más tórrida con Frances Houseman [1] podrían evitar que cayera rendida—.

Pero mañana nos podemos levantar temprano tú y yo y prepararle un desayuno especial a mamá —le dice mi madre—.

Si le apetece quedarse a dormir aquí, claro —añade mirándome.

—Porfi, mami, porfi, porfi, así puedo ir a ver a Kira por la mañana para darle los buenos días, ver si está bien y revisar el agua.

—Está bien —claudico.

—Puedes dormir en tu cama —añade mi madre dirigiéndose a mí.

A pesar de que hace siglos que no vivo aquí, mi habitación sigue prácticamente intacta—.

Mia puede dormir en la de Chris. —Asiento—.

Si quieres ve a darte una ducha en lo que te la preparo —concluye sonriente—.

Y puedes coger un pijama limpio de la cómoda de mi habitación.

—Gracias —musito y me levanto de la mesa, cojo mi plato y mi vaso, dispuesta a recoger la mesa antes de acostarme, y mi padre se levanta también y me lo arrebata de las manos.

—Ve a descansar, cariño. Mamá, Mia y yo nos encargamos de todo por esta noche, ¿verdad, enana?

Mia asiente, y yo sonrío agradecida.

El móvil me vibra y lo saco del bolsillo trasero de los pantalones en lo que camino hacia la habitación de mis padres a por el pijama.

Cole:

¿Sigues despierta, Cerebrito?

¿Tienes un rato libre mañana? ¿Nos tomamos un café por la mañana para ponernos al día?

Suelto una carcajada al leer el mote que me decía en el instituto cada vez que intentaba explicarle algún problema de Física y Química con la frase: «Es que no comprendo cómo no lo entiendes, Cabezahueca, si es superfácil», haciéndolo refunfuñar enfadado, porque yo sabía que, si hubiera prestado atención a la explicación del profesor Baker en clase en lugar de pasarse toda la hora lanzándole miraditas y pensamientos obscenos varios a su crush de turno, con algo se hubiera quedado, aunque siempre se le terminaba pasando cuando compartía con él la chocolatina que solía sacar de la máquina expendedora de la biblioteca.

Mañana por la mañana no tengo turno en la estación, hasta después del almuerzo no entro a trabajar para cubrir a los compañeros en la zona habilitada para atender a los viajeros de la marcha ciclista, así que pensaba ir a ver a Brooke para hacerle compañía.

Sopeso las opciones, puedo tomarme un café con Cole y luego llevarle a Brooke algo de comer, seguro que le encanta, como siempre tiene hambre…

Sonrío.

Olivia:

Vale, Cabezahueca.

¿Nos vemos en Bay Café?

Marina hace unos frapuccinos que ni el mejor Starbucks de la ciudad.

Cole:

Esa me la he buscado yo solito, jaja.

Vente a la panadería de mis padres, mejor. Tienen cita médica y van a estar toda la mañana fuera, me voy a quedar a cargo de la tienda.

Genial, le llevaré a Brooke un muffin de chocolate con pepitas de chocolate y cubierto de chocolate de la panadería de los padres de Cole.

Olivia:

Perfecto.

Nos vemos a las diez.