18 ¡Mamá!
Olivia
Sin duda hoy ha sido un día larguísimo y agotador, y lo que más me apetece es volver a casa y descansar de todo: del trabajo, del jaleo por la marcha ciclista, de la tensión por el rescate, de Brooke, de Jude, de los celos…, esta noche quiero ser simplemente yo.
La cancela de la casa de mis padres chirría cuando la abro, como siempre.
El sensor de las luces se activa, iluminando todo el jardín que da paso al porche, hacia donde camino arrastrando los pies y bostezo tan fuerte que se me saltan las lágrimas.
Si no fuera por el frío de las noches primaverales típico de Silver Bay, podría caer dormida aquí mismo, el césped tiene pinta de ser de lo más mullidito.
Escucho a mi madre antes de verla a través de la ventana de la cocina, debe de estar fregando los platos con los auriculares puestos, ya que está cantando —reconozco la letra de Girls Just Want to Have Fun , de Cyndi Lauper— y moviendo los hombros y las caderas al mismo tiempo.
De pronto, alza la mano al aire, en un movimiento al más puro estilo ochentero.
Un puñado de espuma de jabón sale volando y suelta una carcajada cuando se da cuenta, haciéndome reír.
No sé cómo lo hace, pero mi madre siempre está de buen humor, siempre es capaz de ver el lado bueno de todo, irradia una energía y un buen rollo que, la verdad, yo no sé a quién salí.
A ella no, seguro. Es la mujer más divertida, alocada y pasional que conozco.
Todo lo vive así, intenso, al cien por cien, y su arte, esos cuadros preciosos que pinta desde que tengo uso de razón y que están colgados por cada rincón de la casa, son un fiel reflejo de ella: vibrantes, llenos de color, desbordantes y un poco caóticos.
Su lema es vivir cada instante como si fuera el último y disfrutar de cada pequeño gesto como si fuera el mejor momento del día.
Estaría segura de que, al nacer, me intercambiaron por otro bebé en la maternidad, si no fuera por el parecido físico entre ambas.
Como si me hubiese escuchado reír, alza la vista y de nuevo levanta la mano, llena de espuma de jabón, esta vez para agitarla efusivamente a modo de saludo, haciendo que le salpique sobre la nariz.
Se pasa la otra mano para limpiársela, pero como está igual de llena de jabón se mancha todavía más, y rompemos a reír las dos.
Se seca las manos con un trapo y la cara antes de abrir la ventana.
—Ostras, qué frío hace esta noche, ¿no? —protesta y pulsa el auricular para detener la música antes de dirigirse a mí—. Hola, amor. ¿Qué tal ha ido el rescate? Me he enterado del accidente del ciclista.
Suspiro.
—Bien, bien, por suerte todo salió bien.
A pesar de la caída, el hombre solo tenía alguna herida superficial y una fractura bastante fea en la pierna, ya lo han trasladado al St. Mary’s.
Allí valorarán si hay que operar o solo inmovilizarle la pierna —le explico—.
Por lo demás, se recuperará. Eso sí, su bicicleta pasó a mejor vida.
Mi madre se pone una mano en el pecho, fingiendo estar compungida.
—Que en paz descanse.
Suelto otra risilla. Si hay alguien que es capaz de hacerme reír, incluso en mis momentos más oscuros, aparte de Mia, es mi madre. Ríe también y se le marcan los hoyuelos, los mismos hoyuelos que mi hija y yo heredamos de ella, que le dan un aspecto jovial.
—Tienes pinta de estar agotada y hambrienta, le faltan unos diez minutos a la lasaña que tengo en el horno —dice girándose para corroborarlo y asiente.
Vuelve de nuevo la vista hacia mí.
—Estoy tan cansada que no tengo hambre —suspiro—, solo quiero darme una ducha y meterme en la cama.
—Si dejas a Mia sin lasaña, probablemente te morderá un brazo —contesta mi madre—. Esa niña es puro amor y alegría. —Aunque no lo dice, eso lo ha heredado de ella. De ella y de su padre—. Pero ha sacado tan mal carácter cuando se enfada como tú.
Asiento, dándole la razón. ¿Para qué negar la realidad?
—Vale —claudico, tampoco me apetece llegar a casa y ponerme a cocinar para la peque, así que mejor esperar un rato.
Mi madre sujeta la ventana para cerrarla y evitar que la casa se enfríe.
—Está detrás, en el establo, cepillando a Kira —me dice antes de cerrar.
Asiento de nuevo y atravieso el jardín, siguiendo el sendero que bordea la casa y conduce a los establos.
El aroma de los manzanos, esparcidos por todo el terreno, me golpea de lleno y me arrastra a la infancia.
Las hojas, de un verde brillante y salpicadas de gotitas de agua, se mecen sobre las ramas, cargadas de pequeñas manzanas en proceso de maduración.
Aspiro profundo y, tras unos cuantos pasos más, escucho las risas. La voz de Mia, aguda y alegre, y la de mi padre, más grave, rota por una inesperada y jovial risa. Me detengo en el umbral a contemplarlos, apoyada en la jamba con los brazos cruzados.
Mia está junto a Kira, subida en una banqueta para alcanzar mejor el lomo de la yegua.
Sostiene el cepillo con ambas manos y lo pasa por el pelaje con total entrega.
Apuesto a que está sacando la lengua a un lado y mordiéndola, con el ceño fruncido, como suele hacer cuando se concentra en algo que le gusta.
Kira, paciente, baja un poco la cabeza para dejar que la niña trabaje a su antojo. La yegua parece de lo más feliz con tantas atenciones y mimos. A un lado, mi padre sujeta el cubo de agua y le va indicando con paciencia dónde debe insistir.
—No tan fuerte, enana —dice él riendo—. No queremos dejar calva a Kira, ¿verdad? Puedes hacerlo más suave —agrega mientras le coge la mano para guiarla en los movimientos—. Así, ¿ves?
Mia asiente, y Kira bufa, como si estuviera defendiendo a la niña, y menea la cabeza de un lado a otro.
—No te quejes, bonita —replica mi hija muy seria antes de acariciarle el lomo y añadir en voz baja—: Tú aguanta y sigue portándote igual de bien, mi yegua preciosa, que esto es mejor que un spa .
Mi padre suelta una carcajada, una de esas que no escuchaba desde hacía demasiado tiempo, y Mia gira la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja, orgullosa por haberle hecho gracia a su abuelo.
Hay algo en esa forma en la que se entienden, esa complicidad, que me aprieta el pecho con una ternura casi dolorosa, que me hace sonreír y al mismo tiempo provoca que esa losa que se instaló en mis hombros hace unos trece años se vuelva más pesada.
Veo cómo él le aparta con los nudillos un mechón de pelo que le ha caído sobre los ojos, y ella gira la cara hacia él, sonriente.
—Mira qué lista —dice mi padre, todo orgullo—, ya sabes tratar a los animales mejor que muchos adultos.
—Claro —responde ella, inflando un poco el pecho—. Los adultos siempre lo hacéis todo como robots, sin disfrutarlo y con prisas, porque tenéis demasiadas cosas que hacer y siempre andáis corriendo de un lado al otro.
Otra risa. Otra mirada cómplice.
Algo se me enciende en el pecho, un pequeño fuego, una punzada.
Como si de pronto ya no viese a mi padre y a Mia juntos, sino a mí misma, pequeña, con las botas llenas de barro y las manos manchadas de heno, sentada en ese mismo banco mientras él me explicaba cómo sujetar la cuerda, cómo distinguir el humor de un caballo o no asustarlo con movimientos bruscos.
Recuerdo su voz diciéndome: «Así, despacio, mi caracolito», con esa paciencia infinita con la que me corregía la postura y con esa sonrisa amplia que me hacía sentir que tenía al mejor padre del mundo, un superhéroe, mi superhéroe.
—Chris dice que Kira se pone contenta cuando le dices cosas bonitas —le cuenta Mia, sin dejar de cepillarla—. Que los caballos notan si eres buena persona.
—Es que Chris sabe mucho de caballos —responde él propinándole un par de golpes cariñosos en el lomo a Kira—. De caballos y de otros animales.
—Claro, porque está estudiando Veterinaria —asiente la niña—. A lo mejor…, a lo mejor yo también estudio Veterinaria cuando sea mayor —pronuncia pensativa.
»¿Te imaginas que pudiera trabajar con Chris y Madison?
¿O aquí, en el establo, con tus caballos?
Yo no sé si ellos piensan volver a Silver Bay o se van a quedar en Duluth —pronuncia seria—.
Ya sabes, para poder montar una clínica y tener más animalitos que atender que aquí, pero yo sí volveré, abu, porque a mí me encanta vivir aquí y estar con mamá y papá y con la abuela y contigo… —parlotea sin parar.
»Podría montar mi propia clínica veterinaria, ¿verdad?
—añade entusiasmada. De pronto, como si mi padre notara mi presencia, se gira hacia la puerta, me guiña un ojo y sonríe—.
Y seguro que papá me presta su camioneta para poder ir a los pueblos y ciudades cercanos a atender a domicilio, así tendría muchos pacientes, ¿verdad, abu?
Madre mía, como no se pare a coger aire va a morir asfixiada.
—Es una gran idea —le dice él, asintiendo.
Mia parece tan feliz y tan inocente al mismo tiempo que me encantaría poder presionar un botón que pusiera en pausa este instante.
No quiero que crezca tan deprisa, pero este año los cambios se hacen más evidentes: está entrando en esa etapa en la que ya no es una niña, aunque todavía le quede mucho para convertirse en adulta.
Su figura se está volviendo más femenina, más curvada y las facciones infantiles de su rostro se han ido afinando.
También se ha vuelto más independiente. A menudo se queda sola en casa, mientras Jude y yo estamos trabajando, y es una chica responsable.
Lo de cocinar no es lo suyo, en eso sí que sale a mí, aun así, se defiende.
Prepara los mejores sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada del mundo.
—Podría atender perros y gatos, pero también caballos y animales de granja —continúa hablando sin parar—.
¿Te acuerdas de cuando me llevaste a ver nacer a los lechones de los Anderson?
¡Ay, qué emocionante!, ¡qué monos eran! Aunque me dio un poquito de asco y casi vomito, pero fue porque era pequeña, ahora ya no me da asco porque sé que es algo natural.