17 No dejes que me caiga
Jude
Traigo la última caja de calendarios de la camioneta, mientras Eliza va colocando todo y, cuando la poso en el suelo, está de espaldas a mí, riendo.
Entonces me doy cuenta de que está hojeando el calendario y se ha parado en mi foto.
Mierda…
—Me obligaron, yo no quería —digo haciéndola dar un respingo.
—Estás genial, no pareces tú.
No sé si eso es un piropo o un insulto, la verdad. Así que solo parpadeo varias veces sin decir nada. Odio ese puñetero calendario y mira que quiero a mi hermana, pero jamás le perdonaré esto.
Noto que las puntas de las orejas se me ponen rojas por la vergüenza.
—He pensado colgar uno por aquí detrás, en el stand , y justo debajo poner la mesa llena de calendarios —me explica—. Para atraer la atención y mostrar el producto, ya sabes.
—Ajá —digo mientras saco cosas de las cajas que quedan por en medio y las voy colocando sobre la mesa mientras la oigo trastear.
—Madre mía… —musita.
Alzo la vista y veo cómo cuelga el calendario abierto de un gancho de esos de pegue, y sí, «madre mía» es una expresión la mar de correcta para la imagen que muestra. Junio. Olivia.
Gruño.
—Mierda…
Eliza me mira.
—Madre mía —repite—. Creo que vamos a vender todos los calendarios. —Se tapa la boca intentando esconder la risa—. Hasta a mí me pone cantidad.
Pestañeo rápido un par de veces, sin creer lo que acaba de soltar, y Eliza vuelve a reír.
—Si te parece, voy a colgar uno más con el mes anterior —dice cogiendo otro calendario de la mesa y buscando el mes, me lo muestra—, que es el que tiene tu foto, y así todo el mundo sabrá que hay imágenes de chicas y chicos.
Por encima de mi cadáver.
Le arrebato el calendario de las manos y busco rápidamente la foto de Carter, que es un caradura al que le encanta presumir, a pesar de que su foto me parece de lo más ridícula.
Aparece sin camiseta y con los pantalones de despliegue y los tirantes puestos, mechones de cabello mojado le caen en la frente, tiene la cara manchada de carbón y está descalzo; lleva en brazos a un cachorrito de perro, como si acabara de rescatarlo.
De fondo se ve un montaje fotográfico en el que aparecen unas llamas, por lo visto, al fotógrafo le pareció la mar de normal que un bombero entrase descalzo y medio desnudo a rescatar a cualquier persona o animal de un incendio; eso sería despido asegurado.
Ridículo. Pero a Carter le parece genial y le sirve de gancho para ligar con las chicas.
—Mejor pon esta, a Carter le encantará. —De hecho, me giro para buscarlo con la mirada—.
¡Eh, Carter! —grito para que me escuche.
Está a unos metros de nosotros, ayudando a montar los puestos de los vecinos más mayores.
Parece un malote, pero en el fondo es un trozo de pan.
Ni siquiera está de turno, ha venido gratis simplemente para echar un cable.
Carter se gira, y alzo en alto el calendario con su foto—.
¿A que te encanta tu foto y no te importa que la colguemos en el stand ?
Desvía la vista hacia Eliza y de nuevo al calendario antes de sonreír socarrón.
Ya empezamos…
—Claro, ¿cómo no me va a gustar si soy un pibonazo? —Le guiña un ojo a Eliza. Y yo suelto una carcajada y niego, la vergüenza en mi compañero de trabajo brilla por su ausencia—. ¿Por qué? ¿Tu amiga quiere que se lo firme?
Eliza ríe y niega, pero ya Carter viene hacia nosotros, se saca un bolígrafo del bolsillo trasero del pantalón y, no solo se lo firma, sino que le anota su número de teléfono.
—Ya está, pelirroja. Llámame si necesitas que saque a tu perrito de un incendio o… para cualquier otra cosa.
Eliza se tapa la boca para reírse y ese gesto me recuerda a Mia, lo que al fin me hace sonreír.
—Eres un petardo —regaño a Carter, pillo el datáfono y marco los números rápido—. Anda, me debes veinticinco dólares por estropear un calendario.
Le muestro la pantalla y, sin rechistar, Carter saca el móvil y lo acerca hasta que la máquina pita aceptando el pago.
—Vale la pena, ¿verdad, pelirroja?
—Eliza —pronuncia—. Eliza Olson. Encantada.
Ella le tiende la mano, y Carter se la estrecha. Pongo los ojos en blanco cuando noto que le acaricia sutilmente el dorso de la mano con el pulgar.
—Mmm…, ¿Olson es apellido de casada o de soltera?
—Vaya, qué sutil —mascullo, y ambos me ignoran.
—De soltera. —Vuelve a reír—. Pero tengo una hija de once años. Sally.
—Qué bien, se me dan bien los críos. A lo mejor le apetece venirse un día a la estación de bomberos.
Puedo enseñarle el parque, dejar que se deslice por la barra de descenso y que se siente en el camión para activar las luces y la sirena.
A los niños les encanta. Bueno, a las madres también suele gustarles, así que tú puedes apuntarte, si a Sally no le importa. —Y le guiña un ojo de nuevo.
—Hecho… —dice ella, para mi total sorpresa.
¿En serio? Niego, incrédulo, mirando a uno y a otro de forma alternativa. No tenía la menor idea de que así es como se liga.
—Carter Donovan.
—Vale, genial, Carter Donovan. Hablamos en otro momento, ¿sí? Tengo que seguir con esto.
Le señala con la cabeza todo el desastre que hay que colocar aún.
—Vale. —Carter sonríe—. Puedes colgar mi foto del calendario, sin problema. Ah, y apunta mi número.
Eliza sonríe y asiente. Carter se da la vuelta y, en un alarde de estupidez, mueve las caderas de un lado a otro.
—Deje de mirarme el culo, señorita Olson, es de mala educación.
Eliza suelta una carcajada, y yo niego, incrédulo.
—En fin… —musito girándome hacia ella—. Perdona por esto —añado señalando a mi compañero de trabajo—.
Es un sinvergüenza. —Eliza cabecea afirmando, al menos me da la razón—.
Es que a mí me da mucho corte. No sé por qué mi hermana se ha empeñado en que se venderá todo el excedente de calendarios, si es que ya estamos en junio, nadie va a comprar un calendario ahora.
—Yo quiero doce, y permiso para colgarlos por el estudio de la librería —vuelve a reír, divertida.
Pongo los ojos en blanco y de pronto escucho ajetreo a mi espalda.
Me acerco a Henry, que recibe instrucciones por el walkie que lleva al hombro.
—Alerta de accidente en la milla catorce de la ruta escénica. Ciclista salido de la calzada, caída por el terraplén hacia la zona de rocas. Posible fractura y traumatismo. Se requiere rescate vertical leve.
—Oli y yo vamos, estamos cerca y esto está tranquilo —contesta Henry a la radio.
—¿Ya? —pregunto, si apenas han comenzado a llegar ciclistas a Silver Bay.
Henry, que estaba devorando un bocadillo, lo tira a la papelera y se limpia con la mano las migas que le han caído por la camiseta.
—Ya estamos… —protesta Henry—. Se ponen a mirar el paisaje en las curvas y no se dan cuenta de los carteles de peligro.
—Resoplo, tiene razón. Por norma general los asistentes a la marcha ciclista son más sensatos, pero siempre hay algún despistado—.
Oli, ¡muévete! ¡Deja de ligar con el de las mallas de neón! —grita Henry.
Extrañado, me giro hacia Olivia, que está intentando despachar a un señor de unos trescientos cuarenta años, por lo menos, vestido con un equipaje ciclista de color rosa fucsia que encandila.
Suelto una risilla cuando mi ex me mira como gritando socorro, porque el hombre no la deja irse, y me acerco a echarle una mano.
Tiro de ella, y Oli se apresura a disculparse con el señor, que sigue hablando.
—Bueno, bonita, luego seguimos charlando. —Y le sonríe, le faltan, por lo menos, seis dientes.
Contengo la carcajada que pugna por salir al ver la mirada de odio que me dedica Olivia, que sabe que me estoy partiendo de risa en su cara.
—Eh, señor, creo que le va a encantar lo que venden en aquel stand .
—Señalo hacia Eliza, y Oli me da un codazo—.
Vamos, ha habido un accidente aquí cerca.
Voy con vosotros, para echaros una mano, ya me cambiaré en el camión.
Henry ya nos espera dentro —la apremio, aunque no tengo turno en la estación, la zona es peligrosa y prefiero asegurarme de primera mano de que todo va bien.
Diez minutos después, estamos al borde del acantilado. Henry, Oli y yo nos bajamos de un salto del camión y examinamos la situación, que pinta bastante fea.
Parece que un hombre de unos cuarenta años ha calculado mal una curva muy cerrada y ha volado por encima del guardarraíl, rodando unos quince metros por una pendiente empinada y rocosa que termina en los bloques de piedra afilada donde rompe el lago.
Al menos el tipo está consciente, pero se encuentra atrapado entre unos matorrales espinosos, sujetándose la pierna con gritos de puro dolor.
—El terreno está muy inestable, hay demasiadas piedras sueltas —analiza Henry, saltando el guardarraíl, y se asoma al borde del acantilado—. Si bajamos dos a la vez, podemos provocar un desprendimiento y aplastarlo.
—Bajo yo —dice Oli de inmediato, que ya está enganchándose el arnés en la cintura—. Soy la más ligera de los tres. Jude, asegúrame desde el cabrestante del camión. Henry, tú controla la cuerda de seguridad y prepara la camilla nido por si hay que izarlo en horizontal.
No sé en qué momento Olivia se ha recogido el cabello en una trenza, pero verla así, trabajando con esa determinación, me llena de orgullo. Ya no es la chica del bikini negro del calendario, es mi compañera de equipo, fría y jodidamente profesional.
—Ten cuidado, Oli. Esas rocas de pizarra se rompen como el cristal —le advierto, acercándome a ella para revisar personalmente el mosquetón de su arnés.
Nuestras manos se rozan sobre el metal e ignoro la descarga que siento al tenerla tan cerca. Alzo la vista, y nos quedamos unos instantes mirándonos a los ojos. Oli me sonríe.
—Sé lo que hago, tranquilo —musita y me sujeta una mano, apretándola.
—Lo sé.
Le sonrío. Entonces recuerdo que la última vez que la tuve tan cerca salió huyendo y no puedo evitar sujetarla más fuerte —aunque aquí sé que no va a salir corriendo a ninguna parte— ni el gesto de preocupación.
Olivia lo malinterpreta.
—Tú no dejes que me caiga. —Y me guiña un ojo.
«Jamás… Jamás te dejaría caer», quiero decirle.
El tiempo corre en nuestra contra y no es momento para ponernos intensos. Y Henry debe de pensar exactamente lo mismo porque en ese instante carraspea.
—Chicos, me parece maravilloso que os miréis como si fuerais la última Coca-Cola del desierto, pero lo que se oye de fondo no es la banda sonora de una comedia romántica, sino el hombre de abajo, que se está desangrando en mitad de unos zarzales. ¿Procedemos?
Olivia pone los ojos en blanco y se gira, dispuesta a comenzar el descenso hacia el terraplén, controlando el peso con las piernas contra la pared de piedra. Desde arriba, opero concentrado, sintiendo cada pequeña sacudida de la cuerda en mis propias manos.
—¡Ya estoy con él! —grita Oli desde abajo—. Tiene una fractura abierta de tibia —nos dice esta vez por el walkie que lleva afianzado al hombro—. Necesito que bajéis la camilla y el botiquín de trauma.
—Yo voy —me dice Henry, que ya se está enganchando al segundo punto de anclaje—. Mantén la tensión en la línea de Olivia —me dice, y asiento—. No te vayas a distraer mirándole el culito respingón ese que tiene —bromea.
—Cállate, imbécil, no es momento para tonterías —protesto y, en cuanto se gira, sonrío al escuchar la risilla que suelta.
El rescate se torna tenso. El viento del lago sopla con fuerza, haciendo que la camilla oscile peligrosamente mientras Henry y Oli aseguran al herido.
Hemos tenido que coordinar cada mínimo movimiento para evitar que las piedras sueltas golpearan al hombre hasta que por fin logramos subir la camilla y ponerlo a salvo en la ambulancia que acaba de llegar.
—El próximo año tenemos que alzar un muro aquí o poner un cartel de peligro del tamaño de un castillo —gruñe Henry.
Me giro hacia Oli, que está quitándose las cuerdas del arnés, con una mancha de barro en la mejilla izquierda. Aún tiene la respiración agitada. Me acerco a ella, con una botella de agua fría, que le tiendo, y le paso el pulgar por la mancha para limpiársela.
—Buen trabajo ahí abajo —musito manteniendo los dedos cerca de su mandíbula.
Oli me da un puñetazo cariñoso en el hombro, sonríe y abre la botella. Me quedo como un lerdo mirando cómo la acerca a sus labios y bebe mientras yo me contengo para no abrazarla, aliviado, porque todo ha salido bien.