Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 16 Cómprate un Tamagotchi o algo
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16 Cómprate un Tamagotchi o algo

Olivia

Hoy es viernes y, aunque oficialmente la Marcha Ciclista de la Costa Norte no comienza hasta mañana, ya se empiezan a ver turistas y familias por la zona.

Por eso hemos estado montando todo desde primera hora: las carpas de asistencia médica, las mesas de hidratación con agua y fruta, los puestos de comida rápida para los ciclistas y un pequeño espacio de merchandising con camisetas, gorras y recuerdos de Silver Bay y otros artículos de los pequeños comercios de la zona.

Todo queda alineado frente al muelle que da acceso a Black Beach, creando un pasillo animado que mañana estará a rebosar.

El móvil suena en el bolsillo, agarro la caja de cartón llena de barritas energéticas con una mano, saco el teléfono y compruebo que es Brooke. Otra vez. Por millonésima vez.

—¿Qué? —respondo seca y me coloco el móvil entre la oreja y el hombro.

—¿Qué haces?

—Lo mismo que hace diez minutos, Brooke. Estamos montando los puestos para el evento, chica, y a este paso voy a terminar para el del año que viene.

Saludo con la cabeza a Derek y Henry, ocupados en descargar las cajas de botellas de agua que repartiremos estos días.

A pocos metros, el generador ya ruge, alimentando los refrigeradores industriales que hemos colocado bajo la carpa principal.

Derek suelta una carcajada por algún comentario de Henry, y ambos me devuelven el saludo con un gesto breve antes de seguir trabajando.

Brooke resopla de aburrimiento. Aburrida me tiene a mí, la verdad. Al alzar la vista, veo la camioneta de Jude llegar y aparcar.

—Qué borde eres, tía —protesta mi amiga.

—Así soy. —Me encojo de hombros como puedo. Lo que es es—. ¿No te apetece ver una serie o leer un rato?

«Y dejarme un poquito en paz», eso mejor no se lo digo, que no tengo ganas de aguantar otro de sus llantos por las hormonas alteradas.

—No, no me apetece, me duele todo de estar sentada, y mi abuela, que es una arpía, no me deja levantarme ni para ir a la cocina a sentarme con ella y verla cocinar. Me muero de aburrimiento —protesta.

Esa mariposa traicionera que lleva apostada años en mi estómago revolotea cuando veo a Jude con gafas de sol, el cabello más peinado de lo habitual, vestido con una camiseta celeste, bermudas azul marino y zapatillas.

Que Jude está bueno en todas sus versiones es un hecho, pero verle las piernas al aire y vestido así, tan informal, quita el aliento.

—Ya te has quedado sin postre, jovencita —escucho amenazar a la abuela de Brooke por detrás, y suelto una risilla al oír el quejido lastimero de mi amiga.

Alzo la mano para saludar a Jude, que aún no me ha visto.

—No decías que el ejercicio estaba sobrevalorado y a ti lo que…

lo que… —la frase muere en mis labios cuando veo salir, del asiento del copiloto de la camioneta de Jude, a una mujer pelirroja de cabello sedoso que baila al son del viento, como si de un puñetero anuncio de champú se tratase—. ¿Qué coño?

Parece la puñetera Arwen de El señor de los anillos en su versión escocesa.

—¿Qué? ¿Qué pasa? Cuéntamelo, por favor.

Jude le dice algo a la pelirroja, y ella le muestra una amplia sonrisa. El sol le da de lleno en la cara y juro por Dios que da la sensación de que parpadea a cámara lenta. Tiene la piel salpicada de pecas, los ojos claros sin rastro de ojeras y unos rasgos dulces que le dan un aire casi angelical.

—¿Oli? ¿Sigues ahí?

Jude ríe. Y yo niego.

—Brooke… —musito.

—¿Sí? —me pregunta extrañada al otro lado.

—No puedo atender ahora mismo tus quejas, cómprate un Tamagotchi o algo y déjame en paz.

—Joder, a ti debió de caerte un rayo en la cabeza en algún momento de la última década porque lo borde que eres no es normal.

Por norma general me reiría de hacer rabiar a Brooke, pero estoy de demasiado mal humor ahora mismo, la verdad.

Corto la llamada, ya me encargaré más tarde de comprarle chocolate y dárselo a escondidas para que me perdone.

Por fin Jude me ve y alza una mano para saludarme, le dice algo a la pelirroja, y vienen ambos hacia mí.

Miro a los lados, como si pudiera encontrar algún lugar donde esconderme y, como eso no es posible, simplemente me quedo ahí plantada, aferrada a la caja de barritas energéticas.

—Vaya, esto está casi terminado, ¿no? —me pregunta Jude a modo de saludo con una amplia sonrisa, y yo continúo seria—. Ella es Eliza, acaba de instalarse en el apartamento de la librería y la he estado poniendo al día de todo para que pueda empezar a trabajar.

—Hola —pronuncio todo lo amable que puedo.

Porque «aléjate de mi hombre, Satanás» no me parece un buen saludo. Pero ¿qué coño estoy diciendo? Si solo es la nueva empleada de la librería, no sé por qué me he puesto tan celosa.

«La nueva empleada de la librería que va a pasar mucho tiempo con Jude y que vivirá en el apartamento de la librería, debajo de la casa de Jude. Jude, el padre soltero más sexi y simpático de Silver Bay que de pronto ha decidido tener citas».

«Cállate, imbécil».

Eliza sonríe como si quisiera deslumbrarme con el reflejo del sol en esos dientes blancos.

—¡Hola! ¡Qué ambientazo! Me encanta —parlotea feliz.

—Sí —musito, echando un vistazo a mi alrededor.

Soy todo elocuencia, no me puedes decir que no.

Ahora mismo hay un montón de bomberos y personal sanitario que se han venido desde Duluth y Two Harbors para echarles una mano a Logan y Weston durante el evento. Apenas han empezado a llegar ciclistas, pero ya suena música por los altavoces, así que el ambiente está bastante animado.

—Es genial —añade—. Encantada de conocerte, Olivia. —Me tiende la mano—. Jude me ha hablado de ti.

Sujeto la caja con una mano y se la estrecho con la otra.

—Disculpad, tengo que seguir con esto, todavía tenemos un montón que hacer.

—En cuanto terminemos de montar el puesto de la librería, vendré a echaros una mano —me dice Jude, y yo asiento—. ¿Estás bien? —me pregunta extrañado.

—Claro. Solo… —titubeo buscando una excusa— estaba hablando con Brooke por teléfono y ya sabes…

Ese «ya sabes» quiere decir que me pone de mala leche, sobre todo, últimamente, que del aburrimiento está todo el día tocando la moral.

Aprieto los dientes en una sonrisa falsa, que, obviamente, no funciona, porque me conoce a la perfección.

—¿Brooke está bien?

—No, la verdad. —Niego con la cabeza, y me apresuro a aclarárselo al ver su gesto de preocupación—. Está mal de la azotea, pero eso no tiene remedio. Me ha llamado veinte veces como si de pronto tuviésemos quince años, y yo fuese su novio del instituto.

—Ya… Está aburrida. —Suelta una risilla.

—Está tarada —sentencio. Eliza alza las cejas—. Espero que tengas paciencia, porque te va a hacer falta —le digo esta vez a ella.

—No hay problema, yo también tuve un embarazo complicado y sé lo que es pasarse semanas en cama, aburrida como una ostra, sin nada que hacer.

—Ah, sí, luego conocerás a Sally. La hemos dejado con Mia en casa de tus padres, le encantan los caballos y ha alucinado con el rancho.

—¿Viviréis las dos en el apartamento minúsculo de la librería? —pregunto alucinada.

Eliza se encoge de hombros sin perder la sonrisa.

—Ya nos apañaremos.

—Le he dicho a Marina que necesitamos una cama más grande o una litera, por si se entera de alguien de Silver Bay que pueda prestárnosla. Mientras, mandaremos a alguien después a poner un colchón en el suelo para que Sally pueda dormir.

Asiento, notando que se me aligera un peso de encima, porque si una niña duerme con ella no podrá retozar con Jude en el apartamento de la librería, y por primera vez sonrío.

«Claro, como si no tuvieran una casa llena de habitaciones justo en el piso de encima de la librería». La sonrisa se me congela.

«Cállate, imbécil».

—He… Henry me llama —titubeo—, ya hablamos por aquí, si eso.

Jude se gira y ve que Henry está subido en una escalera anudando uno de los toldos, de espaldas a nosotros. Vuelve a mirarme, con el ceño fruncido, extrañado, porque sabe perfectamente que Henry no me ha llamado, pero no le da tiempo a decir nada porque ya he puesto pies en polvorosa.

«Hola, soy tus celos y hemos venido a quedarnos».