Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 15 A esto podemos jugar los dos
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15 A esto podemos jugar los dos

Jude

—Ey, ¿qué tal? —contesto, algo seco, al primer tono de llamada, me aseguro de que llevo las llaves y la cartera en el bolsillo y me dirijo hacia la salida.

—¿Cómo han ido las entrevistas? —me pregunta Olivia al otro lado de la línea mientras la escucho trastear, supongo que está cocinando.

Las tripas me suenan, no he probado bocado en todo el día.

Por norma general le preguntaría qué está cocinando y, fuera cual fuese la respuesta, terminaría comiendo con ella y Mia en su casa, pero hoy…

, no me parece la mejor idea. No me apetece verla.

No me apetece ver a nadie. Ya me prepararé un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada más tarde.

—Bien, he conseguido a alguien. Vendrá al pueblo mañana mismo, vivirá en el estudio y trabajará en la librería —suspiro—. Por suerte, tenía disponibilidad inmediata porque ya no puedo más.

Bajo la palanca del cuadro de luces y, tras salir, cierro la puerta de la librería.

—Qué rápido, ¿no?

—Sí, es que no podemos seguir así…

Yo trabajando quinientas horas, y ella usando la librería para… lo que le da la gana.

Olivia suspira.

—No, no podemos…

Estos días están siendo tortuosos, largos, agotadores. Me he llevado trabajo de la librería a la estación de bomberos y me he llevado a la librería los informes que me quedaban pendientes de redactar en la estación. Y a mi casa una cosa y la otra, durmiendo poco y mal, con todo el estrés.

Para colmo, vivo en un estado de enfado continuo porque, no sé, una parte de mí pensaba que el hecho de que Olivia volviera a acercarse a mí significaba algo, que por una puñetera vez empezaba a creer que es cierto que la quiero, pero no, lo único que significa es lo de siempre: que soy el polvo rápido y a mano, el amigo bueno para todo, y la situación me empieza a sobrepasar.

Y no solo es que huyera de mí descaradamente con la excusa más absurda que he oído en mi vida, sino que encima ayer tuvo una cita con un tipo en la librería, ¡en la librería! Donde llevamos dos semanas besándonos, comiéndonos y follando en cada puto rincón.

Pensaba que era algo nuestro, solo de ella y mío, pero no, por lo visto la librería de mi hermana se ha convertido en el picadero oficial de Silver Bay y, la verdad, me toca mucho las pelotas.

¿Tan mal lo he hecho? ¿Tan poco siente por mí?

Lo peor de todo es que los vi. Los vi, ¿vale?

Y, una vez más, el imbécil de Jude es el que termina con el corazón hecho añicos.

Y, como el imbécil que soy, me quedé ahí, paralizado, boqueando como un pez, mientras los veía charlar juntos.

Olivia se reía a carcajadas y, joder, no dejaba de mirar el condenado almacén.

Me cabreé tanto que estuve a punto de entrar a la librería para cargármela al hombro y llevármela a rastras.

Me fui a casa y me repetí una y otra vez que no podía ser, que Olivia no haría eso justo donde lo había hecho conmigo.

Sin embargo, no tardaron en llegar los mensajitos al móvil con el cotilleo de que «por fin» había tenido una cita en condiciones.

¿Querrá decir eso que terminaron follando en el almacén?

No lo sé y espero no enterarme nunca, porque soy capaz de prenderle fuego, aunque mi hermana me cuelgue por las pelotas.

A todo eso hay que sumarle la preocupación por mi hermana, no me quito de la cabeza la idea de que Henry y ella deberían trasladarse a Duluth hasta que dé a luz.

El ginecólogo piensa que el parto podría adelantarse en cualquier momento y me asusta que algo salga mal.

Después de lo de Ava, nadie puede culparme por ello.

—Deja de darle vueltas, Jude. Todo va a salir bien —me dice Olivia como si me hubiera leído el pensamiento.

—Sí, lo sé —miento, porque no sé una mierda, pero me reconforta decirlo en voz alta—. Bueno, Henry me ha pedido que pasemos a echarle un vistazo a Brooke, porque tiene turno en la estación y no se fía de que mi hermana se quede tumbada.

Me aseguro de que la puerta queda bien cerrada y me encamino a casa de los padres de Olivia, donde Mia ha pasado la mañana.

Ahora se ha enamorado de Kira, la yegua que le ha regalado su tío Chris, y yo estoy más feliz que una perdiz, mejor Kira que cualquier Eric, Jake, Nate o alguno de esos chicos adolescentes de su clase que me consta que están loquitos por ella.

—Vale, ahora me paso por allí —se ofrece—. Puedo llevarle un poco de ensalada de pasta, le vendrá bien comer algo sano por una vez.

Según me subo a la camioneta, y la pongo en marcha, se activa el bluetooth .

—Genial, a mí se me ha ocurrido una idea, y Henry dice que es perfecto.

Sonrío, porque que sea un plan perfecto no quiere decir que a mi hermana vaya a gustarle.

—¿Y es? —indaga Oli.

—Pedirle a mi abuela que se instale con Brooke.

—Ay, madre —pronuncia dramática.

Para drama el que va a montar Brooke cuando se entere.

Sonrío, de mejor humor. Manda narices que hablar con la que provoca mi mal genio sea lo que alivia mi mal genio.

Manicomio, ¿hay que rellenar preinscripción o algo para internarme?

—Sí, la sargento abuela es la mejor opción ahora mismo.

—Me llega la risa de Oli desde el otro lado y carraspeo antes de cambiar de tema, porque sí, me quema por dentro y necesito soltarlo—.

Y, en otro orden de cosas…, me ha comentado un pajarillo que has vuelto al rollo ese de las citas y que vas a tener una con un viejo amigo, un tal Cole, que te pone las orejas rojas.

¿Soy masoquista? Sí.

¿Me va a doler la respuesta? Probablemente.

¿Dejaré de interesarme por los ligues de mi ex por mucho que me rompa por dentro todo esto? Ni de coña.

Solo espero que a través de la línea no note la bola de fuego de celos que se me ha instalado en el estómago desde que Mia me contó el encuentro fortuito en la playa con un hombre «guapísimo», «altísimo» y «simpatiquísimo».

¿Está feo querer que tu hija se muerda la lengua un poquitito para que le duela al hablar y deje de decir tantos «ísimos»?

Sí, sí está feo, lo sé, pero no me lo tengas en cuenta.

—¿No será Cole Miller? —pregunto.

Olivia suspira.

—No voy a tener una cita con Cole Miller.

Vale, es Cole Miller.

No éramos amigos, precisamente, pero me acuerdo de él. Era un chico callado y feúcho con el que Oli se pasaba horas estudiando en la biblioteca cuando iba al instituto. Me cuesta creer que ese tipo se haya convertido en el «bombón» que mi hija asegura que es.

—Pero te pone las orejas rojas, ¿eh?

Oli ríe.

—Solo me sorprendió ver lo cambiado que estaba.

—Ajá. Y guapo, ¿no? —la pincho un poco.

—Y guapo —confirma.

La bola de celos se hace más y más grande.

—¿Y sexi?

—Y muy sexi, sí. —Vuelve a reír y no sé si ese buen humor me está ayudando mucho—. Va a estar un tiempo por aquí viviendo para ayudar a sus padres —pronuncia con un tono más serio.

Conozco a los Miller. Llevan la panadería del pueblo desde hace décadas. Han tenido que recortar horarios por temas de salud, y Cole es hijo único.

—Mmm…, es un buen chico, entonces.

Puestos a que mi mujer salga con otros, por lo menos que sea alguien bueno para mi familia, y a Mia parece caerle muy bien. Como ves, no me entiendo ni yo. Quiero matarlo y, al mismo tiempo, me alegra que sea buena gente. En fin…

Aparco la camioneta y me bajo, mientras retomo la conversación en el teléfono móvil.

Saludo con la mano a Charlotte, la madre de Olivia, que, podadora en mano, está en el jardín.

Mi suegra —o exsuegra— sonríe ampliamente haciendo que se le marquen los hoyuelos, un calco de los de Oli y Mia.

La verdad es que las tres se parecen bastante físicamente, son igual de guapas, pero Charlotte es mucho más sociable y extrovertida que su hija.

—Siempre ha sido un buen chico, sí —confirma mis palabras.

—Bueno, me parece mejor opción que esa app de ligues del infierno.

Suelta una carcajada, no sé qué le hace tanta gracia, teniendo en cuenta que el porcentaje de citas exitosas ha sido nefasto, no me extrañaría nada que el próximo sea el que le extirpe un riñón mientras duerme o algo así para venderlo en la dark web.

—Hablando de eso…, he visto tu perfil —me suelta.

Paro en seco de caminar.

—¿Qué? Pero si borré la aplicación.

—¿En serio? «Bombero a tiempo completo —remeda en una cutre imitación de mi tono de voz—. Prometo que normalmente llevo camiseta». —Suelta una carcajada—. Y la foto del calendario, ya te vale. Eso es jugar sucio, ¿eh?

Las mejillas se me tiñen de rojo.

—¡Eh! Que no fue cosa mía. El pajarillo que te va siempre con los chismes te debería haber contado que se aliaron Brooke, Mia y Julia, y la liaron parda.

Olivia rompe a reír y sé que lo está haciendo de mí, lo que debería enfadarme, pero ese sonido me da la vida y me hace sonreír a mí también.

Me acerco a la reja de la valla, y Charlotte viene hacia mí para abrirme.

—Lo sé, lo sé. Menudas liantas están hechas esas chicas —se burla.

—Charlotte, ¿podrías decirle a tu hija que no está bien reírse de las desgracias ajenas?

—Hola, hija. —Alza la voz mi suegra después de darme un beso en la mejilla—.

Deja en paz al chaval, tú fuiste la que empezaste con la cosa esa de internet para conocer chicos.

—Parpadeo rápido un par de veces. ¿Cómo demonios sabía de lo que estábamos hablando?

—. Conocer chicos… —repite en tono de regañina—.

¿Para qué? Si tienes al mejor babeando por ti.

Me pellizca la mejilla como si tuviera, no sé, cinco años. Voy a intentar no ofenderme por el bufido que ha soltado Olivia.

Dejo a Charlotte en el jardín y me dirijo hacia la parte trasera, a los establos, donde debe de estar Mia con su abuelo.

—Para tu información, no vale con desinstalar la app , tienes que borrar el perfil. Ya debes de tener cientos de notificaciones de todas las solteras, viudas y casadas con ganas de echar una canita al aire de todo Silver Bay, pueblos colindantes y ciudades cercanas.

Pelos como escarpias.

—Ay, madre.

—No sabía que querías… tener citas —titubea, y esta vez su tono suena más inseguro.

Y por un momento pienso en decirle la verdad, que no quiero, que no me apetece, que no me veo con nadie, que solo la quiero a ella, pero decirle que la quiero nunca me ha traído nada bueno, así que me agarro a ese ápice de inseguridad que de pronto me insufla valor.

Al juego de los celos sabemos jugar los dos.

—Ya ves…, estaría bien conocer a alguien nuevo, alguien… diferente. —Uso esas mismas palabras que ella me dijo y que se me quedaron grabadas a fuego—. Ya sabes, echar un polvo en condiciones y eso —remato.

—Ahm, sí. Bueno, te dejo, que he llegado a casa de Brooke, voy a comprobar si está acostada.

Ni siquiera me da tiempo a decirle adiós cuando cuelga el teléfono. Y yo suelto una risilla. Mmm…, pues, mira, esto no me lo esperaba.

Saco el móvil, busco la app de citas para volver a instalarla y borrar el perfil. Una cosa es que quiera darle celos a Olivia y otra muy diferente que esté dispuesto a ponerme en manos del algoritmo psicópata de esa aplicación. No, gracias.

En apenas unos segundos ya está lista y, sin dejar de caminar, accedo directamente con la contraseña que, menos mal, las chicas pusieron para que el móvil recordase automáticamente.

—Papiiii. —El cuerpo menudo de mi peque se abalanza sobre mí haciéndome trastabillar.

—Ey, ratoncita. ¿Lo has pasado bien?

Le doy un beso en la frente.

De pronto mi móvil empieza pitar como un loco.

—¿Eso qué es? ¿Hay alguna emergencia en la estación? —me pregunta asustada Mia.

Miro a la pantalla y luego a mi hija, repito operación un par de veces, sorprendido.

—Eso, Mia, es un fuego que no se apaga con agua —dice Madison al reconocer el sonido de la app , que es distinto al de otras notificaciones.

Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba a un lado. Asoma la cabeza a la pantalla de mi móvil.

—¿Eh? —pregunta la niña sin entender.

Alzo las cejas y devuelvo la vista a la pantalla mientras continúa pitando con las cientos de notificaciones que entran, todas de la aplicación de citas.

—Eso sí, para apagar ese fuego, sí que necesitaremos un bombero sexi. —Me da un par de codazos—. ¿Eh, Jude? ¿Eh? —Se pone las manos en las caderas—. Muajajajajajaa. —Ríe a lo bruja.

Tengo que decirle a Henry que su hermana está pirada.

—Puaj —dice la niña, entendiendo que se refiere a mí.

El móvil sigue pitando, llevo la vista de la pantalla a mi hija y luego a la hermana pequeña de Henry.

—Mátame… —le pido—, por favor —le suplico.