Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 14 Una puta tortura #2
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14 Una puta tortura #2

Suelta una risilla y me abraza de nuevo, y de pronto cualquier barrera que el tiempo hubiera podido levantar se desvanece.

—Ya ves… —Sonríe, y me separo para mirarlo—. Tú, sin embargo, estás exactamente igual de guapa.

Y me guiña un ojo.

Noto la mirada de Mia fija en mi nuca, me giro hacia ella, que nos observa con una ceja arqueada.

—Ah, perdona —añado y me separo de él, acercándome un poco a Mia—. Cole, ella es mi hija, Mia. Este es Cole, un amigo del instituto, íbamos juntos a clase.

—Hola, Mia. Un placer —dice él, que se agacha un poco para quedar a su altura y le tiende la mano con naturalidad—.

Tu madre era la única que me dejaba copiar sus apuntes de formulación, así que le debo gran parte de mi graduación.

Creo que la última vez que te vi estabas dentro de la barriga de tu madre.

Asiento con las mejillas teñidas de rojo.

Acabar el instituto con un bebé no fue fácil, tuve que repetir el último curso, y le perdí la pista a Cole cuando se graduó y se fue de Silver Bay.

—¿Qué haces por aquí? ¿Estás solo de visita o vas a quedarte?

—He dejado el trabajo. Voy a quedarme por aquí un tiempo, quiero hacerle algunas reformas a la casa de mis padres y echarles una mano en la panadería —explica Cole y una pequeña sombra de preocupación apaga el brillo de sus ojos unos instantes—.

Ya están algo mayores, y a mi padre le han detectado Parkinson, ya sabes…

Asiento, comprendiendo la situación y entendiendo que detrás de ese físico imponente sigue estando el Cole tierno y familiar de siempre, el chico que se preocupaba por todo el mundo y los ponía por delante de sí mismos.

—Cuánto lo siento —digo y le pongo una mano en el brazo en actitud reconfortante—. Es increíble que puedas estar aquí con ellos. Seguro que les va a dar la vida tenerte tan cerca.

—Sí, eso espero. —Asiente, me regala una sonrisa más suave y me sujeta la mano con la suya.

Mi hija, tan sutil ella, carraspea, y Cole aparta la mano como si quemase.

—¿También eres amigo de mi padre? —pregunta Mia.

—Jude. Ya sabes… —le explico a Cole con una mueca rápida.

Cole asiente, recordando todo lo que sucedió cuando me quedé embarazada de mi hija, el escándalo, la boda con Jude…

—No, tu padre… era algo mayor que nosotros y apenas intercambiamos algún saludo por Silver Bay.

—Sonríe de nuevo—. Bueno, chicas, os dejo que sigáis con vuestro pícnic, solo estaba dando una vuelta por la zona y ya debería volver a casa.

Olivia, pásate cuando quieras por la panadería y nos ponemos al día, si te apetece.

Me guiña un ojo, y mi hija me da codazos nada disimulados.

Pobre ingenua.

—¡Claro! Apunta mi número. Tenemos una conversación pendiente, sí —le pido, sacando el teléfono del bolsillo trasero de mis pantalones.

—¿Estás casado? —añade Mia, Cole alza las cejas con expresión divertida y niega.

Me encojo de hombros cuando me mira. No es el momento para explicarle a mi hija que nada de lo que se le está pasando por la cabeza va a suceder jamás porque no podría estar con Cole en ese sentido, sería, como poco, raro. Y, lo más importante, nunca he sido exactamente el tipo de Cole.

»Ah, genial, porque mamá ahora está en plan tener citas y eso… —Le doy un codazo a mi hija manteniendo una sonrisa falsa. Será arpía la enana—. Au, mamá, qué bruta. —Ya ves, el disimulo es lo suyo.

Cole ríe, un sonido ronco que me resulta encantador, y mientras intercambiamos los teléfonos escucho las risillas de Mia, que se está montando en la cabeza una película digna de óscar.

—Me ha encantado verte —me dice Cole con la vista fija en mis ojos. Sé que es sincero y, de repente, me pregunto por qué en todos estos años ni siquiera nos hemos intercambiado un mensaje—. Y a ti conocerte, Mia.

—Igualmente —responde mi hija, devolviéndole la sonrisa con total descaro.

Lo vemos alejarse por la pasarela de madera que sube hacia el aparcamiento.

—Mmmm…. Qué giro tan inesperado de los acontecimientos… —musita mi hija.

Me vuelvo hacia ella, fulminándola con la mirada.

—¿«En plan tener citas y eso»? ¿En serio, Mia? —protesto poniendo los brazos en jarra y evitando reírme cuando veo que se tapa la boca y suelta esa risilla pícara con la que dan ganas de comérsela.

—Está bueno que te mueres, mamá, no lo niegues. Solo estaba… intentando ayudarte.

Pestañeo rápido un par de veces. ¿Desde cuándo mi hija es lo suficiente mayor para detectar cuándo hay un buenorro a la vista? Ay, madre.

—Ah, muy bonito. Como se te ocurra volver a hacer algo así con el primer desconocido que pase, te confiscaré a Kira, por entrometida. —Mía se ríe y se tumba boca abajo en la toalla, saca el móvil y teclea—. Por tu madre, no cotillees con nadie de esto, por favor, Mia.

—Que no, dice…

Pongo los ojos en blanco y me dejo caer, me acerco el termo de café a los labios y me lo bebo a sorbos mientras oigo las risillas de mi hija mientras teclea veloz.

El móvil, que he dejado en el regazo, me vibra y lo cojo para desbloquear la pantalla, temiéndome lo peor.

Brooke:

Uuuuuhh h… Un pajarito me ha dicho que te has cruzado con un tal Cole, alias, el tipo que hace que se te caiga la baba, se te pongan las orejas rojas y te brillen los ojillos.

¿Ya le has pedido una cita?

Porfa, cuenta, cuenta, que últimamente mi vida es muuuy aburrida.

Me tiro hacia atrás en la toalla y me cubro los ojos con el brazo. Encontrar tipos con quien tener una cita es una tarea jodida, pero, si además le sumas hacerlo en un sitio como Silver Bay, rodeado de entrometidos, es una puta tortura.