Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 14 Una puta tortura
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14 Una puta tortura

Olivia

He pasado un par de semanas agotadoras, empatando turnos en la estación de bomberos con echarle una mano a Jude en la librería, donde hemos trabajado en equipo: yo me encargo del calendario de actividades, colocar las novedades y de cubrir turnos en la librería siempre que puedo, y él, de gestionar los pedidos nuevos, llevar la parte administrativa y publicar varios anuncios para buscar a alguien a quien contratar.

Tras hablarlo con Brooke, y a la vista de que en Silver Bay parece que ahora mismo no hay nadie disponible para el puesto, hemos ampliado la oferta de empleo a los pueblos y ciudades cercanos, ofreciendo el apartamento de la librería para vivir.

Al fin y al cabo, no se utiliza, y quizás sirva de aliciente para dar con alguien más rápido, porque, si Jude y yo tenemos que seguir con este ritmo de vida, no llegamos a final de año.

Menos mal que Mia está de vacaciones y se apaña bastante sola, además de poder contar con mis padres, Madison y Chris para echarle un ojo y tenerla entretenida.

Al menos, Brooke ya está más tranquila y concienciada de que se tiene que tomar las cosas con calma.

El ginecólogo le ha confirmado que, aunque todo va bien y el feto está estupendamente, debe guardar reposo, porque parece que el bebé quiere salir ya y todavía es demasiado pronto.

A mí que esa criatura sea tan cabezota me da mala espina.

Apuesto a que es una niña tan repelente e insoportable como su madre.

Jude, sin embargo, dice que va a ser un niño, porque Henry es un testarudo de cuidado y siempre lo quiere todo ya o antes de tiempo y, a ver, razón no le falta.

Es decir, que, sea lo que sea, temo que vamos a tener un sobrino de armas tomar.

Todo esto nos ha llevado a Jude y a mí a pasar un montón de tiempo juntos y, bueno, soy débil, en definitiva: he vuelto a caer.

No sé si porque estaba ovulando o porque pasar tanto tiempo a solas con él me ha afectado de más.

Quizás la decepción por mis citas fallidas me pedía una vía de escape o, sencillamente, que me apetecía tanto como siempre porque Jude está bueno que te mueres y sabe cómo tocarme para hacerme perder la cabeza.

El caso es que, desde nuestro encuentro inesperado en el almacén de la librería, no hemos dejado de aprovechar cada minuto libre y cada rincón solitario para follar como bestias.

El ritmo frenético que llevo no me ha dejado pensar en absolutamente nada, hasta hace un par de noches, cuando cerramos la librería, y Jude me acorraló contra la puerta, me besó sin preocuparse por si alguien nos veía, Mia, por ejemplo, y mirándome a los ojos me propuso que durmiéramos juntos.

Total, que entré en pánico y salí corriendo a la voz de «¡Ay, creo que me he dejado la plancha encendida!

». Lo cual, obviamente, era mentira porque ni siquiera tengo plancha.

Desde entonces, he procurado no tener un segundo libre, ni siquiera he ido al cuarto de baño cuando estamos los dos a solas con tal de no volver a caer.

Y todo ello me empujó a darle una última oportunidad a la app de citas del demonio.

Tras charlar con cada espécimen que se me quitaban incluso las ganas de vivir, ayer por fin, ¡por fin!

, logré tener una cita decente, con un chico normal, agradable y simpático, que me trajo un frapuccino de mi tía Marina a la librería en un rato que sabía que iba a estar sola allí.

Mi tiempo es limitado y no tenía otro hueco libre en el que pudiéramos verlos, lo cual a él pareció no molestarle.

Charlamos un montón porque la tarde estaba bastante tranquila, apenas vendí un par de ejemplares de la prensa local.

Samuel me resultó mucho más agradable de lo que esperaba, un tipo atento, divertido y con una facilidad sorprendente para hacerme reír.

Hablamos de todo un poco, sin intentar impresionarme, y se interesó por mi vida, por Mia, por mi trabajo, por todo, pero sin resultar invasivo.

Lo pasé bien, la verdad. Sin embargo, le dije que no nos podíamos volver a ver porque, durante todo el tiempo que estuvimos juntos, no dejé de desviar la vista hacia la puerta del almacén, recordando cómo Jude se había aplicado a fondo en hacer que me corriera una y otra y otra vez durante todos estos días atrás.

Así que acabé la noche en mi casa, en mi cama, sola, gastando la batería de mi vibrador mientras que, en un alarde del patetismo más patético, jadeaba el nombre de Jude cada vez que me corría.

En fin, que esta mañana he borrado mi perfil en la app y la he eliminado de mi teléfono. Es inútil. Tengo que buscar otras formas y lugares para conocer gente, porque esta no me está funcionando nada bien.

Hoy, que tengo libre en la estación de bomberos, le he pedido a Madison que se haga cargo de la librería y, como ha aceptado, he decidido tomármelo con calma y descansar un poco.

El día ha amanecido despejado, el sol resplandece y no hay ni una nube, aunque la brisa que proviene del Lago Superior se encarga de recordarnos, con cada ráfaga, dónde estamos exactamente. En Minnesota no se viven los veranos más calurosos de los Estados Unidos, desde luego.

Así que esta mañana, cuando Mia y yo salimos a correr y descubrimos el precioso día que se avecinaba, decidimos improvisar un pícnic para almorzar unos bocadillos en la playa.

Miro cómo Mia le da un mordisco gigante a su bocadillo de pavo y queso y mastica rápido para seguir hablando, hoy se ha despertado más charlatana de lo habitual, después de haber pasado ayer la tarde con Chris y Madi, a los que adora.

—Y me ha dicho Chris que Kira es mía, ¡mi yegua!

Y es preciosa y la quiero muchísimo, y ella me quiere a mí.

—Sonrío, me lo creo, porque no es difícil querer a Mia—.

Le he preguntado al tío Chris si me la puedo llevar a casa.

—Abro mucho los ojos—. ¡Es broma, mamá! ¡Qué cara has puesto!

—Se ríe llevándose la mano a la boca y los hoyuelos salen a relucir.

Maldita. Ya la veía suplicándole a Jude que le construyera un establo junto al jardín—.

Me ha dicho que la deje en el rancho de los abuelos, que ahí está bien atendida, pero que, si a ti te parece bien, me puedo hacer cargo este verano de cuidarla: cepillarla todos los días y peinarle la crin y la cola, revisarla por si tiene irritaciones o picaduras, quitarle el barro seco de las patas, rellenar los bebederos y ponerle heno limpio —parlotea sin parar.

Me subo la cremallera del cortavientos hasta la barbilla y le doy un sorbo a mi termo de café caliente disfrutando de todo: de la charla entusiasmada de mi hija, del sol acariciándome la piel, del aire fresco golpeándome las mejillas y del aroma de agua limpia y fresca del Lago Superior entremezclado con el de los pinos que nos rodean.

—… que puedo acompañarla a pastar y pasearla por el prado y que ya estoy lista para montarla sola, siempre que estén los abuelos cerca o algún adulto. ¿Puedo, mami, puedo?

Me río, cualquiera le dice que no.

Kira es la yegua más tranquila que tienen mis padres en el rancho y está acostumbrada a los niños, así que asiento, porque sé que Mia va a tomárselo en serio, y porque verla así, tan emocionada, me encanta.

Además, el verano en Silver Bay es perfecto para que tenga alguna responsabilidad y aprenda a cuidarla: pastos tiernos, días largos y nada que la distraiga de sentirse capaz.

—Claro que puedes, cariño, y no sabes lo felices que van a estar los abuelos de tenerte por ahí a diario. —Me río.

Mi hija aplaude feliz.

—¿Olivia? —Una voz masculina y profunda suena detrás de mí y me giro—. ¿Olivia Sullivan?

Frunzo el ceño, hacía años que nadie me llamaba así. Desde que me casé con Jude, y a pesar del divorcio, mi apellido es Hartley.

Alzo la vista, entrecerrando los ojos por la claridad.

Ante nosotras hay un hombre con una camisa de golf, vaqueros oscuros y botas de montaña.

Es alto, de hombros anchos, con una mandíbula perfectamente cincelada y una sonrisa de esas de anuncio de dentífrico.

Tiene los ojos claros y el pelo castaño, algo alborotado por el viento.

Mi cerebro tarda unos instantes en procesar la información, buscando en mi archivo mental quién es este tipo, hasta que registro esos ojos y esa sonrisa pillina, que son inconfundibles.

¡No! No puede ser.

Bajo el bocadillo, con los ojos como platos.

—¿Cole?

—Vaya, sí que eres tú… —La sonrisa se le ensancha—. Dios mío, cuánto tiempo.

Me pongo de pie de un salto, sin molestarme en sacudirme las migas de los pantalones, y me lanzo a abrazarlo con tanta fuerza que trastabilla antes de envolverme la cintura con los brazos y girar.

Me separo y lo miro, todavía alucinada, y le palpo los brazos y el abdomen, que luce firme, para comprobar si es real.

El Cole Miller que recuerdo era un chico rellenito con la cara llena de granos y una barba de tres pelos contados, que siempre llevaba camisetas tres tallas más grandes y unas gafas enormes que continuamente se le resbalaban por la nariz.

Era un trozo de pan, el tipo más tierno del mundo y, aunque estudiamos toda la vida juntos, hasta el instituto no nos convertimos en aliados, fue mi compañero de fatigas, sobre todo en las clases de Química.

Si bien no éramos los mejores amigos del mundo, porque, cuando no estábamos en clase, se pasaba las tardes ayudando a sus padres en la panadería y no solíamos vernos fuera del instituto a no ser que tuviésemos que hacer algún trabajo juntos o algo así, nos llevábamos muy bien.

Lo que sea que pasó después de dejar el instituto hasta ahora ha sido un trabajo de ingeniería genética digno de aplauso.

Aunque sigue teniendo la misma cara de aspecto aniñado, sin rastro de granos, eso sí, el cambio es espectacular.

Desde luego, el patito feo no se ha convertido en un cisne, sino en un monumento hecho para babear.

—¡Cole! Madre mía, estás… cambiadísimo —atino a decir—. ¡Qué alegría verte!