Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 13 Mía
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13 Mía

Jude

—¿Todavía estás aquí? —Una voz gruñona se escucha a mi espalda—. ¿Tú no ibas a convencerla para que se fuera a casa? —me pregunta Henry esta vez a mí.

—Estábamos en ello —protesto.

Brooke aprovecha la ocasión para sacar otro bombón y comérselo, pero ¿dónde demonios los guarda? Cuando la miro indignado, sonríe con todos los dientes manchados de chocolate.

—Tendrás que contratar perros rastreadores, porque he revisado todos los cajones y no sé de dónde demonios sigue sacando el chocolate —le explico a mi amigo.

Henry mira a mi hermana con los brazos en jarras.

—¡Ay, madre! —exclama Brooke. Menos mal que él le impone algo, porque lo que es a mí no me hace ni caso—. Pero qué sexi estás cuando te enfadas y qué bien hueles. Ven aquí, musculitos de pacotilla.

—Puajjj —soltamos Oli y yo al mismo tiempo.

Henry parece más confuso y avergonzado que enfadado, y mi hermana mueve las manos, abanicándose con ellas.

—Uf. Sí que hay que revisar la instalación del aire acondicionado —confirma guiñándome un ojo.

Henry nos observa a Olivia y a mí sin entender nada, porque, a ver, por mucho que estemos en verano, hoy precisamente no hemos pasado de los quince grados.

Rápidamente apartamos la vista, no sé a dónde mira ella, pero yo he encontrado algo superinteresante en las baldosas del suelo.

¿Qué es eso? ¿Un centavo? ¡Voy a por él!

Brooke se levanta y se acerca a Henry, tambaleándose, en un intento de parecer sensual, creo, aunque no lo está logrando mucho, la verdad.

—Hola, mi bombero sexi —ronronea.

Puaaaj.

Alzo las cejas al ver cómo le pasa los brazos por el cuello, por culpa de la barrigota tiene que inclinarse bastante y ponerse de puntillas para llegar a sus labios.

Henry suaviza la mirada y, aunque sé que ha intentado evitarlo, pone los ojos en blanco y sonríe antes de responder al beso. Brooke no se corta un pelo en meterle la lengua en la boca y agarrarle el culo.

—Repito: puaaaaj —suelta Oli—. ¿Nos vamos o qué? —me pregunta dándome un codazo que creo que me ha perforado el bazo.

—Menos mal que has llegado, porque esta gente es muy pesada, llevo horas pidiéndoles que me lleven a casa —lloriquea.

—¡Será asquerosa! —grita Olivia a mi lado.

La sujeto para que no vaya a arrearle, al fin y al cabo, está embarazada de mi sobrino o sobrina.

—¡Todos fuera! —brama Henry.

—Uy, no, Henry —le explica Brooke separándose de él—. Ellos tienen que quedarse, han prometido buscar en el almacén las cajas de los calendarios benéficos para el stand de la marcha ciclista.

—¿Qué stand ? —pregunta de nuevo mosqueado.

Yo creo que tantos cambios de humor no son sanos, le preguntaré a Logan, por si acaso.

—¡Ay, qué ilusión! —dice la otra, ignorando el tono mosqueado de su marido—.

¡Vamos a poner un stand de la librería en la marcha ciclista!

—Cuando ve que a Henry le sale humo de las orejas, rectifica—.

¡Van! ¡Ellos! —recalca señalándonos a Olivia y a mí— ¡Ellos van a poner un stand de la librería para la marcha ciclista!

Y vamos a vender todos los calendarios benéficos que quedan en el almacén. —Aplaude—. ¿No es una idea maravillosa?

Henry me echa una mirada fulminante.

—No ha sido idea mía. —Alzo las manos, mostrándole las palmas, en son de paz.

—Ni mucho menos mía —interviene Olivia—. Venga, iros ya a cagar, que no tengo todo el día.

Olivia se acerca a donde está Brooke y, más rápido de lo que he visto jamás moverse a nadie, le arrebata de la mano otro bombón —pero ¿dónde los tiene?

—, lo abre y, para total indignación de mi hermana, que suelta un grito ahogado como si en lugar de un bombón le hubiera quitado, no sé, la placenta de su hijo, se lo come.

—¡Eso es mío! ¡Escúpelo! —la regaña extendiendo la mano frente a su boca.

¿En serio? Puaaj.

Olivia traga al mismo tiempo que la sujeta por los hombros para girarla y la empuja hacia la puerta, por el camino coge el bolso de Brooke, que está sobre el mostrador, y se lo tiende a Henry.

—Vete a casa de una puta vez y no quiero volver a verte por la librería si no quieres que me transforme… en el demonio ese rojo.

—En Hellboy, idiota. Dios, qué inculta eres. Ahora que voy a estar mucho tiempo en casa, tienes que venir para hacer un maratón de pelis de superhéroes —parlotea mi hermana y empieza a aplaudir—. ¡Qué guay! ¡Día de chicas!

—¡Que te pires! —le suelta Oli imitando el tono emocionado de Brooke y la empuja un poco más.

—Bah, estos solo quieren follar como conejos en el almacén —refunfuña Brooke.

Henry me observa, divertido, y yo no puedo estar más rojo. No sé dónde meterme.

—Eh, princesa , lo has dicho en alto —ríe Henry.

—Ups.

Olivia la ignora, simplemente sigue empujándola, abre la puerta y le enseña la calle con la palma de la mano.

—La próxima vez te va a salvar del psicópata de turno tu madre, bonita —protesta mi hermana.

Adoro a Brooke y adoro a Olivia, pero debo reconocer que están chaladas. Las dos. Henry y yo nos miramos y alzamos las cejas, oculto la risilla que pugna por salir, porque Oli se está poniendo de mal humor de verdad, le está empezando a salir humo de las orejas.

Henry me da un par de golpecitos en la espalda y se dirige a la puerta.

—Suerte —lo animo—. Tú puedes.

Él suspira y le da un beso rápido en la mejilla a Oli antes de salir.

—Gracias —suspira.

Olivia le guiña un ojo.

—No te preocupes por la librería —le grito a mi hermana, que mira al interior de la tienda con gesto de preocupación—. ¡Yo me encargo de todo!

Henry me hace un gesto de agradecimiento y sale detrás de Brooke.

Oli cierra la puerta, exasperada, viene hacia mí y se apoya a mi lado en el mostrador.

—Es agotadora —resopla.

Y yo asiento, dándole la razón.

Miro a mi alrededor, de pronto un poco agobiado, porque tengo que buscar a alguien que lleve la librería ya de ya, y no tengo ni idea de por dónde empezar a organizar todo.

Resoplo y me froto la cara con las manos. Estoy agotado, hemos tenido un turno de cargar, limpiar y ordenar en la estación de bomberos, y necesito llegar a casa de una vez.

—¿Qué pasa? —me pregunta Oli.

—No tengo ni idea de por dónde empezar —me sincero—.

Solo quería que Brooke se despreocupase, pero no sé cuál es el calendario de actividades ni tengo el contacto de los proveedores ni sé cuándo llega la mercancía y hay que contratar a alguien.

Jamás le he hecho una entrevista de trabajo a nadie.

Y tengo que preparar todo para el stand del evento…

—enumero quedándome pálido—. Y estoy agotado y he comido algo hace un rato en Bay Café, pero me muero de hambre. No sé por dónde empezar —repito.

Oli me sujeta de la mano y aprieta, con una sonrisa en los labios.

—No te preocupes, Jude, yo te ayudo.

Sonrío, algo más tranquilo.

—Gracias —suspiro.

De pronto, se incorpora.

—Lo primero es… —musita pensativa—. Ven —dice cogiéndome de la mano y tirando para que la siga—. Tengo una idea la hostia de buena, vamos a empezar por ahí.

Sonrío, realmente agradecido, y me encanta, me encanta que hagamos equipazo siempre para salir adelante ante cualquier imprevisto.

De pronto, frunzo el ceño, extrañado, cuando veo que se dirige al almacén. ¿En serio me tengo que poner a revolver ahora entre cajas hasta que dé con el calendario benéfico de la estación de bomberos?, ¿esa es su prioridad en todo este asunto? Lo de dirigir un negocio no se le daría nada bien.

—Oli… —suspiro.

—Schsss —me chista.

Da un último tirón hasta que estamos los dos dentro del almacén y cierra la puerta con el pie.

—¿Ehmm? —Sonríe con lascivia y de un movimiento veloz veo cómo las bragas caen al suelo por debajo de la falda vaquera que lleva puesta—. ¿Qué haces…?

Niego, aunque mi polla está asintiendo feliz, del tirón que me ha dado me he quedado sin respiración.

—Uy, se me han caído —miente como una bellaca llevándose una mano a los labios, esos labios que mi polla me grita que me folle sin piedad.

Jadeo frustrado y niego.

Olivia no me deja abrir la boca para comenzar a enumerar la lista de cosas por las que esto es una muy mala idea, porque se abalanza sobre mí.

Envolviéndome las caderas con las piernas, choca su boca contra la mía y me devora con ansias.

La sujeto por el culo, nos giro para empotrarla contra la pared y se aparta un poco de mí para sonreírme descarada.

—Tienes que dejar de hacer esto, Oli —es una súplica, por si no lo has pillado.

—Schssss… —me silencia. Y su boca vuelve a posarse sobre la mía.

«¿Por qué siempre volvemos a caer en lo mismo?».

«Calla, estúpido, y concéntrate de una vez», me reprocho.

Espero a ver si alguna otra voz interior me dice que haga lo contrario, pero mi ángel interior debe de estar fuera de servicio porque en mi cabeza solo retumba: «Cómetela, joder, cómetela».

—¿Tú no tenías tanta hambre? —me provoca Olivia, como si me hubiera leído el pensamiento.

¡Mierda!

La apoyo hasta dejarla sentada en la mesa que está cubierta de papeles, cajas y trastos, y ella va empujando las cosas con las manos, dejándolas caer al suelo, mientras yo me agacho.

—Dios… —Trago con fuerza al abrirle las piernas y ver lo mojada, lista y apetecible que está para mí—. Me quiero quedar aquí a vivir —sentencio.

La boca se me hace agua.

La polla me palpita.

Noto todos los músculos del cuerpo en tensión.

A la mierda…

Y mi boca, sin que mi sentido común pueda hacer nada por evitarlo, se dispone a beber del coño de Olivia hasta que la oiga gritar tanto y tan fuerte mi nombre que se entere todo el puto Silver Bay de que ella es mía.

—Ahh, Jude —grita, cuando le muerdo el clítoris, chupo y succiono con fuerza.

Le clavo un dedo moviéndolo adentro y afuera sin dejar de succionar.

Me sorprende lo rápido que comienzan a tensársele las piernas, síntoma de que se va a correr a la voz de ya.

Podría alargarlo, torturarla durante horas por todo lo que me hace sufrir esta jodida mujer, dejar que me ruegue que haga que se corra, que me suplique como suplico yo cada puñetero día por un poco de su atención y, cuando ya no pueda más, hacer que tenga un orgasmo tan bestia que la deje completamente desmadejada sobre mí, pero no puedo.

Le clavo otro dedo, y los espasmos de su coño me aprietan mientras la boca se me llena del puto sabor de su orgasmo.

Joder.

Delicioso.

Condenadamente delicioso.

Y, si pensabas que ver cómo Olivia se corre en apenas unos minutos mientras me trago su orgasmo era lo más, no te haces una puta idea de cómo es ver cómo se relame, de rodillas frente a mí, después de empujarme con fuerza, apartándome de ella y librándome de la ropa que presiona mi polla, que salta, empalmada y dispuesta, frente a ella.

Me agarra la polla y frota la hendidura de mi capullo mientras se vuelve a relamer de anticipación al ver la gota que resbala por ella. Sin esperar más, pasa la lengua limpiándome y arrancándome un jadeo.

Me la cubre con los labios tragándosela entera y chupa.

Hago un esfuerzo sobrehumano por no correrme cuando pasa la lengua por toda la longitud de mi polla y termina envolviéndome el capullo con ella.

Gime al notar que se me pone más dura aún y, sin poder soportarlo más, enredo las manos en su pelo y le embisto la boca sin piedad hasta que noto el final de su garganta.

Sus gemidos me vuelven loco, sus uñas se me clavan en el culo.

—Olivia…, Olivia, joder…, tienes que parar —jadeo sin dejar de mover las caderas.

Ella me ignora y continúa chupando, haciendo un ruidito de lo más sexi que me está volviendo loco.

—Tienes que parar, Olivia —le suplico—, quiero follarme ese coñito tan delicioso que tienes.

Jadea y titubea un momento, lo justo para que pueda apartarme y tirar de ella, darle la vuelta y meterle la polla hasta el fondo de una estocada, follándomela contra la puta estantería de material de oficina.

Escucho cómo algunas cosas caen, veo una caja, de la que decenas de rollos de cinta adhesiva salen disparados en todas direcciones, unos bolis, no sé, un montón de cosas que me la pelan totalmente.

—Jude, sí, sí… —gime Olivia.

Y, cuando escucho mi nombre de sus labios, sé que estoy a punto de correrme. Busco su clítoris con una mano y lo rodeo en círculos.

—Ahora, cariño, te vas a correr de nuevo sobre mi polla y vas a dejar que bañe esas nalgas tan preciosas que tienes con mi semen, ¿a que sí? —le pregunto sin dejar de balancearme.

Empellón a empellón, noto cómo se tensa.

Sin dejar de acariciarle el clítoris, llevo la otra mano a su pelo, le deshago del moño de un tirón, dejando caer el elástico que lo sujetaba, y enredo los dedos en él para tirar con fuerza.

—Aaahhh… —grita desesperada—. Más fuerte, más rápido —me ordena.

—Córrete, Olivia, quiero que te corras.

Noto los espasmos sobre la polla y me cuesta un mundo no dejarme ir. Embisto una y otra y otra vez, hasta que los ramalazos de su clímax se atenúan y saco la polla de ese coñito apretado que tanto me gusta para correrme sobre su culo, tal como le he prometido.

La miro ahí, preciosa, desmadejada, sujeta a la estantería con fuerza para no caerse mientras las piernas le tiemblan.

Acerco la mano a su nalga para extender por toda la zona mi semen.

—Eres mía, joder. —Le doy una nalgada que le arranca un nuevo gemido—. Mía.