Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 12 Le está bien empleado, por entrometida
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12 Le está bien empleado, por entrometida

Olivia

Miro a Jude, recelosa.

No quería que se enterase de que mi cita ha sido más desastrosa aún que la anterior, pero, no sé, ¿qué puedo hacer? Está aquí, como siempre, aparece cuando menos te lo esperas, a todas horas, en cualquier parte, y mentirle me parece absurdo.

Y me conoce, me conoce tan perfectamente bien que, con un simple vistazo, ha deducido que estaba triste y, como siempre, se ha esmerado para hacerme reír.

Siempre está ahí para cubrir cualquier necesidad.

Que se rompe un grifo, él viene a casa a arreglarlo.

Que se descascarilla la pared por la humedad, cuando ya estoy rodillo en mano, aparece él, con un atuendo de lo más ridículo, para ayudarme.

Que me pongo triste, me hace reír. Que me enfermo de madrugada y me encuentro fatal, aparece él para cuidarme y hacerse cargo de Mia.

Que tengo hambre, aparece con algo rico para comer.

Que estoy cachonda, me ofrece los orgasmos más intensos de la historia.

Suspiro.

Si no estuviera tan condenadamente bueno hasta con el puñetero uniforme de la estación de bomberos, esto sería más sencillo.

Pero no, está ahí, con esa sonrisa reluciente de dientes perfectos. Esa maravillosa piel morena, los hombros anchos, el cabello castaño siempre un poco revuelto y esos ojos verdes que, cuando me miran con esa calidez exacta con la que lo hace siempre, hacen que se me mojen las bragas.

¡Dios! ¿No le puedes mandar una o dos caries o que se le caiga un premolar de nada de un golpecito, sin que le duela mucho, a poder ser? ¿Unas pocas lorzas alrededor de la cintura? ¿Que las canas que ya le empiezan a salir no le quedasen tan jodidamente bien?

No, tiene que ser el puto hombre perfecto, de puta sonrisa perfecta, de puto cuerpo perfecto que sabe cómo tratarme, mirarme, hablarme y putofollarme cada puto día de mi vida.

Mierda. Estoy cachonda. Y eso me está poniendo de una mala hostia que flipas.

—No se te está dando muy bien eso de las citas, la verdad —sentencia la lista de turno—. Tienes un imán para los tarados.

—¡Brooke! —la regaña Jude, aunque yo sé que por dentro debe de estar dándole la razón.

Y no está bien que se rían de mí porque está feo regodearse en el mal ajeno.

—¿Qué? Es la verdad. —Ella va hacia el mostrador y se deja caer en la silla—. Madre mía, necesito sentarme un minuto y, jolín, qué hambre tengo.

Coge del cajón la tableta de chocolate y los frutos secos que le traje antes, y veo cómo Jude niega efusivamente, todo lo rápido que puede se acerca a ella y se los arrebata. Saca una manzana de una bolsa que ni me había fijado que llevaba encima y se la pone en la mano.

—Se acabaron las porquerías, esto queda confiscado.

Jude lo echa dentro de la bolsa, y Brooke abre mucho la boca y luego mira la manzana con gesto de asco. La suelta en el mostrador, como si quemase.

—Voy a enseñarle a Garbancito a darte balonazos en las pelotas —amenaza a Jude señalándolo con el dedo índice.

—No has sabido lanzar un balón en tu vida, tienes la puntería de un viejo con párkinson —le suelto yo, por molestarla.

¿Te he dicho ya que es mi deporte favorito?

Jude se ríe por las bestialidades que acabamos de decir una y otra, y Brooke suelta un grito ahogado. Con un movimiento ninja que ninguno de los dos hemos visto venir, saca un bombón de a saber dónde, se desprende del envoltorio en un microsegundo y se lo mete en la boca sin que podamos evitarlo.

—A Henry que vas —la amenaza Jude.

Brooke abre la boca enseñando el bombón a medio masticar, como cuando tenía siete años y discutía con su hermano, y luego sonríe.

—Prohibirle el chocolate a una embarazada, ¿a quién se le ocurre? Eso es como prohibirle beber agua a un hombre perdido en el desierto —refunfuña y pone los ojos en blanco.

Yo me dedico a recoger todas las cosas que tiene tiradas por en medio a ver si podemos irnos ya porque Brooke me agota más que Mia, Julia y Matt juntos. ¿Qué será de mí si el nuevo primo o prima de Mia está tan chalado como su madre?

—Oye, Oli… —dice Brooke. Uf, miedo me da ese tono—. ¿Y tú no has pensado en ligar a la antigua usanza? Ya sabes, acercarte a alguien, mirarlo a los ojos, tocarte un poco el pelo, charlar… —me pregunta, y resoplo.

—Sí, claro, en Bay Café, no te jode —protesto sin siquiera girarme a mirarla.

—Oye… —suelta Jude pensativo—. ¿Sabes que dentro de poco es la Marcha Ciclista de la Costa Norte?

Mientras habla, se acerca al mostrador, abre el cajón que está justo debajo de la caja y, para total indignación de su hermana, empieza a echar en la bolsa todas las porquerías que encuentra dentro.

—¡Eso es mío! —lloriquea ella.

—Ya. ¿Y qué? —le pregunto.

—Que el pueblo se va a llenar de turistas, ciclistas sexis con piernas tonificadas y gente de fuera —continúa hablando ignorando las protestas de su hermana—.

Si lo que quieres es un lío de esos de «si te he visto no me acuerdo» es la ocasión ideal.

—Alza ambas cejas, descarado, un par de veces—.

De hecho, todo el pueblo va a montar puestos para vender cosillas, y la estación, como siempre, tendrá uno de agua y asistencia.

Cada año en Silver Bay se celebra un evento ciclista que recorre parte de la costa del Lago Superior y pasa por diferentes lugares.

No es una carrera competitiva, sino una ruta recreativa pensada para aficionados, familias y turistas que quieren disfrutar del paisaje.

Va a haber mucha gente, y estoy de acuerdo en que seguir usando esa aplicación del demonio que solo filtra psicópatas para conseguir citas no es lo mejor, pero ¿ligar mientras trabajo? Dios, eso sería patético.

—Espera…, ¿pretendes no solo que asalte a tíos sudorosos mientras pedalean, sino que, además, lo haga mientras estoy en el trabajo? —me burlo—. ¿Quieres un vaso de agua y, de paso, mi número de teléfono escrito en esta servilleta con la que puedes secarte el sudor? —ironizo—. Qué planazo.

Brooke suelta una carcajada y aplaude.

—¡Qué buena idea! El uniforme de bombero siempre ayuda a romper el hielo, nena.

—No me llames «nena» —imito su tono de voz—. Tengo treinta años y músculos en las piernas del tamaño de tu cabeza.

—Puffff —se burla Brooke y se echa a reír.

—No es solo eso, Oli —continúa Jude viniéndose arriba—, también está la barbacoa benéfica del domingo. Habrá puestos para vender camisetas y merchandising de Silver Bay para recaudar fondos. No todo será trabajo, puedes simplemente pasarte por ahí a disfrutar del ambiente y lo que surja.

—¡Ostras! —aplaude Brooke otra vez—. ¡Podemos vender los calendarios benéficos que nos quedaron en el almacén!

—Brooke, estamos a mitad de año. Nadie en su sano juicio va a querer un calendario en el que ya han pasado seis meses —la contradigo.

Brooke suelta una carcajada tan fuerte que tiene que agarrarse la barriga.

—Jolín, no me hagas reír, que me hago pis encima —refunfuña—.

Imbécil, nadie compra los calendarios de bomberos para ver la fecha, solo para…

, para mirar «el paisaje». Podríamos poner un puesto de la librería, me quedan un montón de cajas en alguna parte del almacén.

Y, además, es una buena ocasión para vender más mercancía.

Podríamos llevar algunos libros infantiles, comedias románticas veraniegas, los thrillers más comerciales… —se emociona Brooke.

—¿No has oído lo de que tienes que guardar reposo? —le remedo.

—¿Y tú no te has ofrecido a echarme una mano hace dos minutos? —Brooke alza ambas cejas, divertida, y me da un sutil codazo—. Además, si mal no recuerdo, junio es el mejor mes del año, ¿eh? ¿A que sí? ¿A que sí, Oli? —insiste mientras me va propinando más codazos.

—Quita, coño.

Veo cómo Jude saca el móvil del bolsillo y trastea con él. Pongo los ojos en blanco porque ya sé lo que está haciendo y, de pronto, parece quedarse sin respiración.

Alza la vista para mirarme y vuelve a bajarla al móvil.

Y, a ver, odié posar para esa puñetera foto y solo pasé por el aro porque la capulla de mi exmejor amiga, antes de contármelo, le propuso la idea a nuestro jefe de estación, que lo habló con el alcalde, y prácticamente todos ellos lo decidieron sin contar con nuestra opinión.

Nos obligaron a todos los bomberos a hacer de modelos improvisados, presionándonos con la idea de que era un calendario benéfico y que los ingresos servirían para un montón de mejoras, cursos y ayudas en Silver Bay.

Y, para colmo, es el segundo año consecutivo que nos obligan a hacerlo, porque la primera vez fue un éxito rotundo.

Algo me dice que para el próximo tampoco me libro.

Sin embargo, reconozco que el resultado quedó espectacular, con la parte de arriba de un bikini negro, que dejaba muy poco a la imaginación, el pantalón de protección de nuestro uniforme de la estación excesivamente caídos en la cadera y el cabello húmedo mientras sujetaba la manguera de alta presión con las dos manos y miraba a la cámara, yo pensaba que con un gesto de lo más ridículo, pero, la verdad, no sé si fue porque la retocaron o qué, resulta que quedó genial, con una mezcla de sensualidad, timidez y desafío.

Jude se quedó rojo como un tomate al ver su propia foto, pero, cuando vio la mía…, cuando vio la mía, pensé que le daba un infarto con ese mismito gesto que tiene ahora.

Bloquea la pantalla y refunfuña, haciéndome sonreír. Cómo me gusta molestar a los Hartley, aunque esta vez no ha sido cosa mía.

—Madre mía… —musita y lo veo tragar con fuerza y subirse un poco la camiseta—. Qué calor hace aquí, ¿no funciona el aire acondicionado o qué?

¡Ja! A ver si voy a ser la única que me voy a ir de aquí cachondona perdida y más necesitada que un adolescente la noche del baile de graduación.

Brooke alza ambas cejas de nuevo, parece disfrutar del más que evidente cortocircuito mental de su hermano.

—Está guapísima, ¿eh, hermanito? Se agota el stock , segurísimo.

Resoplo sintiendo cómo las orejas se me ponen rojas porque, en un intento por refrescarse, Jude se ha subido un poco la camiseta, dejando ese abdomen marcado a la vista y mi cabeza me ha gritado que lo arrastre hasta el almacén y le pase la lengua por todos y cada uno de los cuadraditos y por la polla, por la polla también.

Ay, Dios.

Me abanico con la mano.

—Joder que sí, luego llamaré al técnico —corroboro sus palabras.

Brooke suelta una carcajada.

—Definitivamente, junio va a ser un mes muy difícil —musita Jude para sí mismo bajando de nuevo la vista al móvil antes de bloquear la pantalla y guardárselo en el bolsillo trasero del pantalón.

—Oye, Brooke… —Carraspeo un poco mientras una idea se me fragua en la cabeza—. ¿Necesitas que te traigamos algo del almacén antes de irnos?

A Jude, que es el sumun del disimulo, se le pone roja toda la cara y se le abren mucho los ojos, y yo miro algo superinteresante en mis uñas mientras escucho cómo Brooke se descojona y luego me insulta porque se ha vuelto a mear encima.

Le está bien empleado, por entrometida.