11 ¿Tú no tenías una cita? #2
Brooke la fulmina con la mirada y se limpia los mocos con la manga de la camiseta.
Puaj.
—Nosotros podemos echarte una mano en lo que haga falta —me ofrezco.
—Jude, por favor, no digas tonterías. Bastante tenéis con vuestros turnos en la estación de bomberos y, además, está Mia. Es físicamente imposible que os podáis hacer cargo de la librería. Todos tenéis vuestras vidas.
—¿Y si contratas a alguien que te cubra un par de meses? —sugiere Oli.
—No es mala idea —la apoyo al ver el ceño fruncido de Brooke, que ya debe de estar calculando los costes en su cabeza—.
Vas a tener que cogerte la baja de maternidad quieras o no.
Y piensa que, si el ginecólogo te confirma el jueves que debes guardar reposo, se te va a complicar todo de forma inminente.
Brooke suspira.
—Tenéis razón —reconoce al fin, y Oli estira el brazo hasta ponerle una mano en la frente—. ¿Qué haces? —pregunta mi hermana apartándose un poco.
—Comprobar si tienes fiebre —musita Olivia pensativa, y Brooke parece más confusa aún. Yo me pinzo los labios para no reírme porque sé por dónde van los tiros—. Nunca pensé que viviría para ver el día en que me dieras la razón.
—Imbécil —la insulta mi hermana.
—Zorrón —le devuelve mi ex con una sonrisa angelical.
Suelto una risilla, estas dos se están intercambiando los papeles. Normalmente, Brooke es la que le busca las cosquillas a Olivia, hasta que se pone de mal humor y termina soltando pestes por la boca.
—¿Quieres que me encargue yo de la logística? —le pregunto a mi hermana, que de pronto parece abrumada por la realidad. Alza la vista hacia mí—. Ya sabes, puedo poner un anuncio, hacer las entrevistas y buscar a alguien en Silver Bay o en los pueblos de alrededor.
—No, no te preocupes. Yo puedo con esto. —Se acaricia la barriga con parsimonia, como protegiendo a Garbancito, como ella le dice al bebé—. O eso creo.
Llámame perspicaz, pero, por el sutil rictus de dolor que cruza su cara de repente y la forma en que se tensa, diría que le está dando otra contracción. Olivia y yo cruzamos una mirada alarmada.
—De eso nada, te vas a casa ya —le ordeno, con ese tono de voz rudo que reservo para desalojar a la gente de su casa en llamas.
En serio, nadie se imagina lo jodidamente testaruda que es la especie humana hasta que ves a un tipo arriesgando su vida en mitad de un incendio estructural solo para rescatar un álbum de fotos o el cargador del móvil.
Brooke abre la boca para protestar, pero Olivia ya se ha plantado a su lado a la velocidad del rayo y la ha cogido de la mano. Conociendo a Oli, ya tiene que estar preocupada para no soltarle una burrada de las suyas, lo cual, a su vez, me pone más nervioso.
—No pongas esa cara, Jude —me pide mi hermana, pero su voz flaquea. Me sujeta el brazo y aprieta mientras se queda pálida—. No… no estoy teniendo una contracción —titubea conteniendo la respiración.
—Claro que no —le sigue la corriente Olivia, toda sarcasmo. Brooke me mira y asiente, satisfecha, creyendo que su pésima actuación ha colado—. Y yo soy bailarina de striptease en las Vegas.
—Se te daría bien, con ese cuerpazo que te gastas, zorrón —consigue bromear Brooke entre dientes—. Mírame a mí, que parezco una ballena encallada en una librería.
—Pareces embarazada, zumbada, que estás zumbada.
Pongo los ojos en blanco, impaciente. Lo de Julia y Matt es de nivel principiante en comparación con estas dos, que se ponen insoportables cuando quieren.
—¿Por qué tienes que ser tan jodidamente cabezota?, ¿por qué te cuesta tanto admitir que te duele o que necesitas parar? —le pregunto a mi hermana, suavizando el tono al notar en su gesto que el pinchazo empieza a remitir y su cuerpo se relaja.
Brooke suelta un largo suspiro y se le llenan los ojos de lágrimas de nuevo.
—Porque… porque es demasiado pronto —confiesa en un susurro, acariciándose la barriga en círculos—. Si nace ya…, no sé si saldrá bien, Jude.
—¿Y por qué no te dejas de gilipolleces y nos dejas que te echemos una mano? —le pide Olivia perdiendo la paciencia.
—Porque… no quiero ser una carga para nadie.
Ahí está. Detrás de esa coraza de tía dura, despreocupada y autosuficiente, aparece la grieta.
Por un segundo vuelvo a ver a la chica con la que me encontré cara a cara hace algo más de año y medio.
Esa que me miró a los ojos, rota por la culpa, y me preguntó por qué no la odiaba por haberse marchado sin mirar atrás, borrándonos de su vida durante tanto tiempo sin pensar en nuestro padre, en mí, en la abuela ni en absolutamente nadie de Silver Bay.
Y es cierto que Oli le guardó rencor durante años, pero yo…
, yo nunca pude. ¿Cómo iba a hacerlo? Brooke es mi hermana pequeña.
Siempre supe la verdad detrás de cada una de las mentiras con las que su madre la envenenó para que odiara a nuestro padre, una verdad que me quemaba por dentro, pero que las promesas me obligaron a callar.
¿Odiarla? Era imposible odiar a la niña de los ojos celestes más grandes que ella y la sonrisa infinita; a la que derrochaba descaro y energía, la que daba los abrazos más reconfortantes del mundo.
Esa pequeña que, cada noche, se colaba en mi cama y se dormía abrazada a mí.
De hecho, el milagro fue que ella no me odiase a mí cuando descubrió todo.
Que no me reprochase haberle ocultado durante años que su madre había sido la manipuladora, la que tergiversó la realidad, la que la alejó de un padre que la amaba con locura, tanto que lo único que mi padre pensó durante toda su vida fue que, con lo mucho que Brooke lo odiaba, si descubría la realidad, se quedaría sola y al menos, con todo ese muro de mentiras que había construido su madre a su alrededor, se sentía querida, amada y protegida por ella.
Siempre pensé que fue un error, sin embargo, fue su decisión, y yo me limité a respetarla durante mucho tiempo.
Por eso necesito que lo entienda. Necesito grabarle a fuego en la cabeza que, pase lo que pase, siempre estaré ahí para ella porque es mi familia, porque la adoro, porque haría lo que fuera por ella.
—Brooke. —Me acerco y le pongo una mano en el hombro, apretando con suavidad—.
Eres mi hermana. No eres una carga, eres mi familia.
Y, si necesitas que te llevemos a casa, te llevamos.
Y, si necesitas que alguien defienda el fuerte mientras tú no puedes, lo haremos.
Si tienes hambre, te traemos comida. Y, si necesitas que alguien te aguante la revolución hormonal y las lágrimas a todas horas…
—Hago una pausa antes de continuar—. Bueno, para eso tienes a Henry, que firmó un contrato de permanencia y no le queda otra que aguantar estas cosillas.
—Juas, juas. Muy gracioso —protesta mi hermana.
—Venga, te llevo a tu casa —zanja Oli—, coge tus cosas.
—No, ya la llevo yo, ¿tú no tenías una cita? —pregunto disimuladamente.
Olivia carraspea y desvía la mirada.
Le guiño un ojo a Brooke, como diciéndole: «¿Ves?, no me he ido de la lengua», y ella baja la vista hacia algo superinteresante que tiene en las uñas.
—Le hemos dado puerta —responde Olivia, resignada—. El tipo parecía… algo colocado.
—Y era un guarro —añade mi hermana, Oli la fulmina con la mirada, y ella alza las manos en son de paz—. Vale, vale… Yo solo digo que no parecía muy aseado y que me alegro de que no te tocase con esas manazas mugrientas. Qué ascazo.
—Y yo… —suspira ella.
—Lo siento —intervengo, sincero, apretándole una mano.
Odio que lo esté pasando mal con todo esto.
Ignoro el cosquilleo que crece en mi estómago pidiéndome que entrelace los dedos con los suyos y me la lleve a casa para intentar protegerla entre mis brazos, porque, en realidad, no puedo protegerla de sí misma. Es ella la que quiere conocer a otras personas.
Y no puedo hacer otra cosa que intentar estar aquí para ella, por si me necesita. Siempre estaré para ella. Pase lo que pase.