Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 11 ¿Tú no tenías una cita?
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11 ¿Tú no tenías una cita?

Jude

Henry y Dylan se han quedado charlando en lo que terminaban de comer en Bay Café y yo he salido con la intención de dirigirme a la librería para hablar con Brooke, tal como le prometí a Henry, cuando recibo un mensaje precisamente de mi hermana.

Brooke:

¿Ya has salido del trabajo?

Jude:

Sí, ¿por qué? ¿Quieres que te lleve algo?

Algo que no sea pizza . Henry nos ha prohibido expresamente a todos que te demos de comer pizzas , hamburguesas, galletas ni patatas fritas.

¿Unas fresas con chocolate negro?

Brooke:

Puaj.

Henry no tiene ni idea de lo fácil que es divorciarse hoy en día.

Jude:

Qué bestia.

Brooke:

Con la comida no se juega.

Bueno, hazme caso, que esto es importante.

El Titanic ha naufragado y me temo que Olivia va a ser el Jack de esta historia.

¿Eh?

Jude:

Brooke, te juro que te adoro, pero la mayoría del tiempo no entiendo nada de lo que me dices.

Brooke:

Al final Oli va a tener razón y eres un poco imbécil.

Seguidamente, me adjunta una fotografía de Olivia, que sé que ha tomado de forma disimulada desde el mostrador. La abro y veo que está acurrucada en uno de los sillones de la zona de lectura de la librería, sentada sobre sus piernas, enfrascada en un libro y bebiendo de una taza.

Tiene el cabello recogido en un moño imposible y gesto triste, lo cual creerás que no es raro por cómo se las gasta, pero sí que lo es.

Olivia tiene un genio de mil demonios y la mayor parte del tiempo es borde o superborde —y, joder, cómo me pone—, sin embargo, no suele tener ese aspecto.

De pronto recuerdo su cita, y eso quiere decir que hay otro puto carapardillo que merece una puta paliza.

Ya ves, Dios los cría y ellos se juntan, por lo visto, todos en Silver Bay.

Jude:

¿Y la cita?

Le pregunto rápidamente para corroborar mis sospechas.

Brooke:

Mal. Ha ido mal.

Si se te ocurre decirle que me he chivado, te voy a arrancar el corazón y se lo voy a dar de comer a Brownie, es tan obediente que se lo zampará crudo y sin rechistar.

Me ahorro decirle que Brownie, el perro que Henry y ella adoptaron hace unos meses, no se comería ni a una mosca.

Es tan buenazo que seguro que, si pudiera elegir, se haría hasta vegano.

Me guardo el móvil en el bolsillo trasero del pantalón y, despidiéndome de los chicos, me apresuro hacia la camioneta.

Me vuelve a vibrar el teléfono en el bolsillo.

Brooke:

Más vale que sepas hacerte el sorprendido porque, si Olivia deja de hablarme, me llevaré un disgusto y me pondré de parto, y luego Henry os matará a los dos.

Jude:

Voy para allá.

Soy una tumba.

Guardo el móvil, me meto en la camioneta y doy un respingo, cayendo en lo que acabo de decir. Suspiro y lo vuelvo a sacar del bolsillo antes de teclear a toda velocidad.

Jude:

No porque Henry me vaya a matar.

Sino porque no diré nada.

Gracias por avisarme.

Brooke me responde con un emoticono de un beso.

Cinco minutos después, aparco frente a la librería y disimulo toda la prisa que tengo al entrar.

—¡Ah! ¡Hola! —digo fingiendo estar extrañado.

Oli sigue acurrucada en uno de los sofás de la librería con la misma taza de antes entre las manos.

—Hola —me contesta apartando la vista brevemente del libro abierto.

—¿Tú no tenías una cita? —le pregunto.

Eso sí lo podía preguntar, ¿verdad? Evito mirar a mi hermana, que debe de estar tras el mostrador, por si acaso.

Olivia se encoge de hombros.

—He venido a ver a Brooke y me he quedado a hacerle compañía.

—Ahm. Vale, ¿estás bien? —le pregunto, y ella asiente, pone un marcapáginas que tiene sobre el muslo dentro del libro y lo cierra apoyándoselo en el regazo—.

¿Te han vuelto a dejar tirada? —Niega—. ¿El tipo resultó ser un asesino en serie?

¿O más feo que pegarle a una madre? ¿Mintió en su perfil, resulta que tenía ochenta años y estaba más arrugado que las pasas que llevan caducadas en la despensa desde 2012?

Esas cosas pasan… —la acribillo a preguntas hasta que ella sonríe—.

Lo de mentir, lo de ser un asesino en serie que busca a sus víctimas en aplicaciones de citas espero que no —añado, de pronto, alarmado.

Oli pone los ojos en blanco y niega soltando una risilla que hace que se le marquen los hoyuelos. Mi puta debilidad.

La Olivia con mal genio y malhablada me pone cerdo, pero la Olivia sonriente…

, la Olivia sonriente provoca que se me salte un latido y que millones de mariposillas vuelen en mi estómago.

Cosa que jamás le diré porque me soltaría el «puajjj» más fulminante de la historia.

No sé si te has dado cuenta, pero lo de ser tierno y romántico con ella no es lo mejor.

—Hola a ti también, ¿eh? —Escucho a mi espalda.

Me giro hacia el mostrador y veo a mi hermana, dándole el cambio y un ejemplar de la prensa a Walter.

—Hola, Brooke. Ey, Walter, ¿qué tal todo?

El viejo gruñe algo ininteligible y, sin decir «hola», «adiós» ni «ahí te pudras», agarra su periódico, se gira y se va.

Alzo ambas cejas, sorprendido. No es que Walter sea el hombre más simpático de Silver Bay, pero por norma general al menos te devuelve el saludo.

—Bax está enfermo —me explica Olivia. Se pone de pie y deja la taza y el libro en una de las mesas auxiliares—. Me ha dicho Chris que irá esta tarde a verlo con Madison.

—Espero que no sea nada, Bax es adorable —musita Brooke.

De pronto se le llenan los ojos de lágrimas y empieza a abanicarse la cara con las manos—.

No puedo evitar pensar que Brownie es algo mayor y que en cualquier momento nos puede dejar.

—Las lágrimas se le saltan, Olivia chista, y yo me quedo pálido sin saber qué hacer—.

Malditas hormonas, me tienen desquiciada.

Olivia suelta otra risilla, y yo miro serio a mi hermana.

—Tú y yo tenemos que hablar, y no de Brownie precisamente —le comento cruzándome de brazos, adoptando mi mejor postura de hermano mayor.

Brooke alza una ceja y resopla, demostrando el poco respeto que le impongo.

—Estoy bien, Jude —suelta averiguando por dónde van los tiros.

—No puedes estar aquí a tiempo completo, Brooke. Y, si Logan y Weston te han recomendado reposo, les haces caso y punto.

—Que estoy bien, no seas pesado —repite.

—¿Y qué piensas hacer con la librería cuando des a luz? —le pregunta Oli a mi lado mientras le quita a Brooke de las manos una pila de libros que acaba de coger, dispuesta a ir a colocarlos a la estantería.

Ella se encoge de hombros.

—Traer al bebé conmigo a la librería y trabajar —responde tan tranquila. Olivia suelta tal carcajada que da un pequeño tropiezo y casi se le cae la torre de libros—. ¿Qué? ¿De qué te ríes?

—Qué graciosa eres, chica —se mofa en lo que coloca los libros en la estantería que Brooke le ha señalado con la cabeza.

—Bueno, ya sé que estaré un par de días en el hospital —se defiende—, pero luego volveré a casa y no pienso quedarme todo el día encerrada sin hacer nada.

Olivia se carcajea de nuevo, lo que está empezando a cabrear a mi hermana.

—¿Sabes cada cuánto comen los recién nacidos? —intervengo.

Brooke vuelve a encogerse de hombros, aunque parece haber perdido un poco toda esa seguridad que emanaba hace tan solo unos segundos.

—¿Y sabes lo que tardan en cada toma? —añade Oli.

El recuerdo de Olivia, con unas sombras oscuras bajo los ojos, el cabello revuelto y una sonrisa preciosa, con hoyuelos incluidos, mientras daba de mamar a nuestra pequeña me viene a la cabeza y sonrío.

Los pequeños deditos de Mia aferrados al pecho desnudo y la boquita con ese movimiento característico que hacen los bebés mientras Olivia la miraba con adoración era la imagen más tierna que he visto en mi vida.

De hecho, tengo como…, no sé, doscientas fotografías que lo corroboran.

Saco el móvil del bolsillo trasero del pantalón, con la intención de buscarlas, cuando me cae en la frente una bola de papel arrugado. Alzo la vista, y Oli me mira con gesto indignado.

—Despierta y ayuda un poco, que tu hermana está zumbada —me recrimina.

Asiento y guardo el teléfono otra vez. Olivia tiene razón, no es momento para esto.

—¿Sabes la cantidad de pañales que vas a tener que cambiar al día? —contrataco mientras mi hermana se cruza de brazos, enfurruñada.

—¿Y las veces que se despiertan por la noche?

Seguimos acribillándola a preguntas, uno y otro, por turnos, como si nos hubiéramos sincronizado.

—¿Y la cantidad de ropa diminuta que vas a tener que lavar, tender, doblar…?

—¿Y la cantidad de vómitos, babas, cacas y pipí que vas a tener que limpiar de prácticamente todas las superficies de tu casa?

Me gusta ver que Olivia y yo estamos compenetrados, aunque sea para acorralar a mi hermana contra la cruda realidad.

—De verdad, sois únicos para levantar el ánimo, ¿eh? —protesta Brooke mirándonos con cara de mala leche.

—Somos padres —contestamos los dos al unísono, compartiendo una mirada de complicidad.

—Ya, bueno, pero es que no puedo cerrar —insiste ella poniéndose a la defensiva—. Aunque el curso escolar ya ha terminado, ahora es cuando los centros escolares de primaria y secundaria se reúnen para ver las cosas que necesitan y hacerme el pedido que me salvará el culo durante muchos meses.

»Además, tengo el club de lectura de los jueves, el cuentacuentos de los viernes y el lunes, la tarde del trivial literario de los mayores —enumera señalándose los dedos—.

El taller de escritura creativa, el de manualidades…

Por no hablar de mi columna en el periódico local y de que sigo escribiendo a ratos.

—Y volverás a hacer todo eso, Brooke —le dice Olivia, suavizando un poco el tono—, pero no inmediatamente después de expulsar a un ser humano de tu cuerpo. —Todo delicadeza la mujer para explicar las cosas.

»Vas a necesitar tiempo para recuperarte, y el bebé va a absorber toda tu atención, tu paciencia y tu energía. —A Brooke se le llenan de nuevo los ojos de lágrimas, por lo que carraspea y las contiene como puede.

»Si lloras, me tiro por la ventana —la amenaza Olivia, señalando la ventana cerrada.

A ver, tampoco creo que se hiciera el menor rasguño, estamos a pie de calle.