10 De nada, amiga, de nada
Olivia
—O sea…, ¿que todo este despliegue de comida basura era un chantaje para que te dejase usar mi librería como picadero? —me pregunta Brooke señalándome los frutos secos y el chocolate.
Me encojo de hombros.
—Qué va, como siempre estás muerta de hambre, me pareció un gesto amable.
—Me mira incrédula—. Vaaale, está bien, es que no me apetece ir a ningún otro rincón de Silver Bay.
Los vecinos se creen con derecho a opinar de mis ligues, de si me dejan plantada, de lo que pensará Jude o si tienen que llamarlo para que venga a rescatarme.
Necesito…, necesito que todo el mundo deje de chismorrear y me dejen hacer esto.
Mi amiga asiente y todo rastro de burla desaparece de su cara.
—Tranquila, Olivia. Yo… lo sé, sé que lo necesitas. No diré ni una palabra.
Asiento agradecida.
De repente, la puerta de la librería se abre y entra el que, a todas luces, es mi cita. Y no, la cosa no promete.
A su favor debo decir que es bastante guapo, aunque en persona ese aspecto soñador de la foto de su perfil no es exactamente como esperaba. Se mueve con un aire de sobrado digno del típico chulo de playa.
Te juro que estoy intentando con todas mis fuerzas ser positiva porque, de verdad, necesito hacer esto, pero, en cuanto se cierra la puerta detrás de él, me golpea una mezcla de olores, a sudor añejo, tabaco y marihuana, que me hace preguntarme cuándo fue la última vez que se duchó.
Apostaría a que hoy no. Y, quieras que no, toda mi positividad se está yendo a pique.
Lo recorro con la vista de pies a cabeza, horrorizada.
Lleva unas chanclas de playa que han debido de vivir tiempos mejores, unas piernas peludas asomando por las bermudas, una camiseta verde militar descolorida con algunos agujerillos sospechosos y, por si no fuera lo suficiente horrible, una camisa amarilla con estampado hortera abierta por encima a la que no le cabe una arruga más.
Y, a ver, estoy totalmente a favor de que las nuevas generaciones nos hayamos puesto de acuerdo en eso de no planchar, con la excusa de ahorrar energía o la que tú quieras, aun así, no sé, le vendría bien estirar la ropa un poco antes de tenderla o…
, bueno, intentar lavarla de vez en cuando, al menos.
El tipo se quita las gafas de sol y parpadea como si la luz natural le molestase. Parece sorprendido de encontrarse en una librería. En realidad no lo culpo, porque es un sitio raro para tener una cita, lo reconozco, aunque ahora mismo agradezco estar aquí acompañada de mi mejor amiga.
Brooke sale de detrás del mostrador y se coloca a mi lado.
—¿Olivia? —pregunta el tipo, arrastrando las sílabas.
Miro a Brooke de soslayo, que me coge de la mano. Tiene los ojos como platos y parece más horrorizada que yo.
—Ehm, sí, soy yo. Marcos, ¿verdad? —respondo, forzando una sonrisa.
«Venga, no será tan malo, a lo mejor solo es un hípster que no ha terminado de cogerle el puntillo al look y, bueno, ¿cuándo fue la última vez que te fumaste un porro, Oli? Déjame pensar…, mmm, ¿nunca?».
Estaba demasiado concentrada en cambiar pañales y dar de mamar a Mia cuando la gente de mi generación empezó a hacer esas cosas, así que no, es algo que no he experimentado, probar cosas nuevas siempre está bien, ¿no?
«Venga, nena, que al menos es mono y necesitas desfogar, ya lo meterás antes en la ducha», me animo mentalmente.
—Perdona por el retraso —musita dejando de mirar todo a nuestro alrededor.
—¿El de la hora o el suyo? —susurra Brooke, y la observo con horror.
Justo al devolver la atención a Marcos, se rasca el cuello con unas uñas que preferiría no haber visto.
—Me quedé frito en el coche —añade sin dar signos de haber oído a mi amiga—. Anoche tuve jaleo y, bueno… —Se mira las manos y, cuando se da cuenta de lo sucia que las tiene, las esconde a la espalda—. Me parecía feo anular la cita con tan poco tiempo.
Yo cabeceo afirmando de forma autómata y solo pienso que, si me toca el toto con esa mugre, se me cae.
—Socorro —musito apretándole la mano a Brooke, espero que me haya escuchado.
Marcos no se ha enterado, está muy ocupado sacudiéndose algo de los pantalones.
—Aaaaahhhh —Brooke suelta un alarido y se agarra muy fuerte de mi brazo.
Marcos da un respingo con cara de pánico y se lleva una mano al pecho.
—¿Qué?, ¿qué pasa? —pregunto asustada.
—Creo… —gime Brooke, que alza la vista hacia mí—, creo que estoy de parto.
Se sujeta la barriga con la otra mano y se dobla sobre sí misma.
—Madre mía, ¡qué susto me ha dado la psicópata esta! —grita el otro, indignado—. Me ha despertado de golpe.
—¿De parto?, ¿en serio? —le pregunto quedándome pálida mientras saco el móvil del bolsillo a la velocidad de la luz, y ella me aprieta el brazo mucho más, me va a cortar la circulación.
Cuando por fin la miro, me guiña un ojo.
—Sí, sí. Aaaahhhh —grita de nuevo.
—Vale, voy a llamar a Henry —le digo no muy convencida.
—No, no, no hay tiempo, ¡el bebé ya viene!
—Ehm, esto…, lo siento, Marcos. Tengo que llevarla al hospital —me disculpo con la que prometo que va a ser mi última cita de esa aplicación del demonio, tengo que encontrar otra forma de ligar.
—¿Ahora? —me pregunta el tipo, indignado.
—¡No, imbécil, la semana que viene! ¡No ves que estoy de parto! —brama Brooke, energúmena, en la mejor interpretación que he visto en mi vida.
—Vale, vale… Madre mía, cómo se pone tu amiga. ¿Sabes qué? Me voy, lo que me faltaba era ver cómo sale un bebé de un cuerpo humano —protesta girándose hacia la salida—. Es lo más antinatural del mundo. Puaj.
Y, para mi total alivio, sale a toda prisa de la librería para —espero— no volver jamás.
Miro a Brooke, estupefacta.
—¿Ha dicho «antinatural»? —pregunta mi amiga, enarcando una ceja, y yo asiento y vuelvo la vista a la puerta.
Petrificada, me quedo contemplándola sin terminar de procesar lo que ha ocurrido, hasta que noto que Brooke me pone una silla justo detrás. Me dejo caer sobre ella, y me da un par de golpecitos en el hombro.
—De nada, amiga. De nada.