9 El puto miedo
Jude
—Vale, ya veo que vuelves a ser tan simpática como siempre —le suelto a Olivia con tono alegre.
Llevo unos días preocupado, porque apenas hemos coincidido en la estación.
En realidad, en ninguna parte. Y ya te digo yo que eso en Silver Bay es raro.
Así que mis opciones eran: que estaba enfadada y no quería verme o que estaba muy muy enfadada y quería eliminarme de la faz de la tierra, por lo que era mejor evitarme.
En el trabajo hemos tenido turnos alternos y solo hemos cruzado un «hola» y «adiós» cuando coincidíamos en la puerta. Aunque he hecho el amago de hablar con ella, ha salido corriendo con cualquier excusa, y yo simplemente me he resignado.
Y sí, estaba preocupado, porque, sea como sea, Olivia es mi mejor amiga.
Nunca he pretendido fastidiar lo nuestro, pero no entiendo por qué es tan jodidamente cabezota.
Sé que me quiere. Lo sé, joder. Sé que le atraigo y sé que juntos somos increíbles.
Con todo, no soy capaz de convencerla de lo que siento por ella.
A la Olivia seria me cuesta verla.
La Olivia triste no me gusta nada.
La Olivia huidiza directamente me parte el corazón.
Sin embargo, a la Olivia borde…, a esa la adoro, porque cuando me la muestra sé que todo va bien.
Suspiro aliviado y me dispongo a contarle el desastre de día que llevamos.
—No veas de la que te has librado hoy, ha aparecido el jefe de improviso y nos ha sorprendido jugando al Uno —le cuento—. Se ha pillado un rebote de la leche porque aún no habíamos hecho la ronda de mantenimiento. Una pena, porque le estaba pegando un palizote a Carter.
Carter se deja caer en el sofá de la sala de descanso y alza el dedo corazón, mostrándome una peineta.
Su camiseta con el logo de la estación está empapada de sudor y pegada al pecho.
Se limpia la frente con el dorso de la mano.
Niego al verle de nuevo la cabeza rapada, consecuencia de haber perdido una apuesta contra otro compañero.
Definitivamente, a los veintitantos los tíos somos gilipollas. Madurar no entra en nuestros planes.
—Hubieras perdido, chaval, no tenías nada que hacer contra la jugada que te tenía preparada —dice esta vez Henry, que entra en la sala de descanso e interviene en nuestra conversación.
Se dirige directo a la nevera para coger un botellín de agua, que abre y bebe la mitad de un trago. Gracias al cielo que el jefe de la estación se ha ido ya, porque hoy estaba muy creativo y nos ha torturado de todas las formas que te puedas imaginar.
—Pufff. No me lo creo —le espeto a mi amigo.
—En fin…, ya nunca lo sabremos —añade Carter, cogiendo el mando del televisor para encenderlo.
Suelto una risilla y niego.
—El caso es que el jefe nos ha puesto a ordenar todo el parque —le explico a Olivia—, a revisar los equipos, a limpiar los camiones y a poner las mangueras a punto. No ha estado esto tan reluciente en la vida. No hemos parado en todo el día.
Me dejo caer en una silla y me acerco la taza de café que acabo de prepararme. Las tripas me rugen, estoy famélico.
—Ah, vale. No te preocupes, Brooke —suelta Olivia al otro lado—.
Todo está bien, solo es que mis compañeros de estación son una panda de imbéciles e inútiles —dice alzando la voz con esos adjetivos tan cariñosos—, y los ha pillado el jefe.
Que den gracias a que no les ha puesto a limpiar el baño con un cepillo de dientes.
Si yo fuera la jefa de la estación, lo haría.
Se me ponen los pelos como escarpias y escucho la risa de mi hermana de fondo.
—Te adoro y te apoyo en todo lo que hagas, Oli, pero espero y deseo que jamás te asciendan —digo sincero.
—Serás imbécil —me insulta haciéndome reír y luego suspira—. Anda, dile a Henry que no puede tener a su mujercita embarazada preocupada por él durante horas y que, al menos, podría mandarle un mensaje de vez en cuando.
Me aparto el móvil de la cara y miro a Henry, que está de pie frente a la nevera abierta.
—Eh, Henry. —Se gira hacia mí—. Llama a Brooke, anda, que está preocupada.
Frunce el ceño, asiente y se aleja para llamarla por teléfono.
Sé que está enfadado con ella, no me ha contado mucho, hemos quedado en que comeríamos juntos en Bay Café después del turno de trabajo y me lo explicaría todo, pero no puede evitar sonreír en cuanto mi hermana le contesta al otro lado.
Sonrío yo también porque…, joder, porque me encanta verlos así de enamorados.
—Puaj, qué asquito dan —suelta Olivia al otro lado, y río de nuevo—. Verás cómo a Brooke se le pasa esa expresión de felicidad cuando le cuente a Henry que la muy chalada estaba haciendo equilibrismos sobre la escalera, y él la ate a una silla para que deje de hacer el mono.
Me meso el pelo y le echo un ojo a mi amigo, no le queda nada… Mi hermana es la mujer más tozuda que he conocido nunca. Y hablando de mujeres tozudas…
—Oye, Oli… —musito serio, con la idea de aclarar las cosas de una vez por todas—. Con respecto a lo del viernes, ¿estamos… bien?
Olivia suspira al otro lado. Lo bueno es que aún no me ha colgado el teléfono, lo cual es buena señal.
—Sí, Jude, estamos bien… —me contesta—. Tú solo… deja de hacer el imbécil, ¿vale?
Lo peor de todo es que Olivia no se da cuenta de cómo me rompe por dentro que piense que abrirme a ella, decirle que la quiero porque es exactamente lo que siento, es hacer el imbécil.
No entiende que no fue un impulso, sino algo que llevo demasiado tiempo intentando contener.
Y ahora la veo alejarse, con todo ese asunto de las puñeteras citas, con sus ganas de conocer a otras personas, y me rompe.
Solo intento no perderla, joder, y no sé cómo hacerlo mejor.
—Tengo que dejarte, porque…, bueno… —titubea—. Tengo una cita y debe de estar a punto de llegar —me explica.
No soy capaz de pronunciar una palabra, básicamente porque no sé qué contestarle. Rogarle que deje de ver a otros tíos no entra en mis planes, la verdad, y tampoco serviría de nada.
El silencio se alarga demasiado y al final añade:
—Mia se queda esta noche en casa de mis padres.
—Vale —pronuncio triste—. Adiós.
Cuando voy a darle al botón para cortar, escucho su voz al otro lado llamarme.
—Jude… —Vuelvo a ponerme el teléfono en la oreja—. Siempre seremos amigos, ¿vale? —me dice esta vez en tono serio.
Suspiro.
—Claro, los mejores amigos.
Y cuelgo.
Me quedo unos instantes mirando el móvil en silencio.
—¿Estás bien? —me pregunta Carter, y me encojo de hombros.
Prefiero no contarle nada porque como alguien más me diga otra vez que lo que necesito es tener una cita lo asfixio con mis propias manos. Y Carter es… Carter. Todo lo arregla pasando por la cama de la chica de turno que sea.
Henry entra de nuevo al área de descanso guardándose el móvil en el bolsillo de los pantalones.
—Bueno, ¿qué? ¿Vamos a comer a Bay Café? —me habla con un suspiro cansado.
Miro la hora, ya se ha acabado nuestro turno. Cabeceo afirmando.
—Estoy muerto de hambre, pero necesito una ducha —le digo a mi amigo, y él asiente.
Nos duchamos en los vestuarios. Tenemos ropa de repuesto en la estación para momentos así.
Así que nos cambiamos y diez minutos más tarde nos acercamos caminando en silencio a Bay Café, que está a pocos metros de la estación, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
Al llegar nos dejamos caer en nuestra mesa de siempre, al fondo del local.
Saludamos a Thomas, que está preparando una copa en la barra y no tarda en venir a atendernos.
En lo que llega nuestra comida, Henry me explica que Brooke tiene contracciones y que Logan ha insistido en que debe estar en reposo hasta que la vea el ginecólogo, lo que provocó una discusión entre ambos.
—Es muy cabezota —suspiro—, pero ella nunca pondría en peligro al bebé, Henry.
—Ya sé que no, Jude, solo es que…
Clava la vista en su vaso de agua dejando la frase a medias.
—Ya. Ya lo sé. —No necesito que me cuente que está preocupado porque soy consciente—. Hablaré con ella, ¿vale? —le propongo, y Henry cabecea afirmando, aunque no dice nada porque ya tiene la vista puesta justo a mi espalda, a la puerta de Bay Café.
Me giro y veo a Dylan, que entra mirando la pantalla del teléfono y con el ceño fruncido.
—Eh —lo llamo, y alza la vista—. ¿Todo bien?
Dylan asiente y se acerca a nosotros. Me da un par de golpes en la espalda, se deja caer a mi lado y choca el puño con Henry a modo de saludo.
—¿Todo bien? —insiste Henry.
—Ehm…, sí —musita escueto.
Le pide a Thomas una hamburguesa y un refresco.
—¿Y los demonios? —le pregunto a bocajarro.
—¡Eh! —protesta—. No sé por qué los llamas así, si son unos angelitos. —Henry esconde la risa tras un trago al vaso de agua.
»Tu hermana es una bendita y se los ha llevado a montar a caballo —dice señalando a Henry—. Me tienen agotado, llevan unos días que no dejan de discutir —suspira.
—Sí, exactamente, unos dos mil novecientos días —suelta el otro, y Dylan termina riendo.
Y yo cabeceo afirmando porque no recuerdo haber visto a esos dos sin pelearse más de dos minutos seguidos desde que eran bebés y no sabían hablar.
—Es que son muy diferentes y chocan cada vez más o es que yo me hago más viejo y tengo menos aguante.
Me río y niego.
—Bueno, ¿y qué hay de Miss Misteriosa? —le pregunto a Dylan y alzo ambas cejas, divertido.
—¿Quién es Miss Misteriosa? —Se hace el loco y me roba una patata frita de mi plato.
Henry y yo lo miramos en silencio, y él chista—.
Sois unas jodidas marujas. —Henry se encoge de hombros, y yo me mantengo en silencio, ¿para qué me voy a molestar en negarlo si es verdad?
—. No he vuelto a saber nada de ella, no sé…
Es que no estoy seguro de que vaya a funcionar.
Thomas se acerca con el pedido de Dylan e intercambian las típicas frases de cortesía. En cuanto Thomas se aleja ataco de nuevo.
—¿Por qué? —le pregunto, Dylan me mira como si no entendiera, pero sé perfectamente que se está haciendo el loco de nuevo—. ¿Por qué no tendría que funcionar?
—Me encanta. Es una chica divertida, parlanchina y alocada —nos explica y le da un mordisco gigante a la hamburguesa.
Cierra los ojos para saborearla. Lo que a este hombre le gusta la comida basura no es normal.
—¿Y seguro que quiere estar contigo? —pregunta Henry soltando una risilla.
—Calla, capullo —espeta Dylan y sonríe—. Somos muy diferentes, es verdad, aun así, no sé, encajamos bien, nos llevamos bien, me lo paso superbién con ella y, madre mía, en el sexo… —No termina la frase, las orejas se le ponen rojas—. Pero…
—Eres lo peor en la cama y no se corre contigo —acabo por él, para quitarle un poco de hierro al asunto, porque sé exactamente lo que está pensando mi amigo: Ava
Henry se carcajea, y Dylan me mira con mala leche. Me meto una patata frita en la boca y mastico evitando sonreír.
—Eres imbécil.
—Ya —pronuncio con la boca llena—. Oli me lo dice mucho.
—Lo que te pasa es que estás cagado —sentencia Henry, y Dylan, que mantiene la mirada en sus manos, tarda un rato en asentir, pero lo hace.
El puto miedo…, ¿por qué nos empeñamos en que el miedo a hacer algo nos impida vivir?
—Si no muevo ficha…, no me la juego —admite.
—Y tampoco ganas —le rebato, serio.