Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 8 Casi me mato por tu culpa
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8 Casi me mato por tu culpa

Olivia

Miro a ambos lados de la calle para comprobar si hay alguien cerca que me vea.

Es muy heavy que no puedas dar un paso sin que se enteren todos los vecinos, pero es así, por lo que prefiero andarme con cuidado y rezar para que Brooke quiera ser discreta porque estoy hasta el moño de ser la comidilla de Silver Bay.

Apelaré a sus ganas de recuperar nuestra amistad, aunque ya la he perdonado por irse a vivir a Iowa y no dar señales de vida durante trece años, pero mejor que no se entere por aprovecharme un poco más y eso.

Observo la fachada de la librería y me detengo antes de empujar la puerta, con el sol de la primavera colándose entre las ramas del cerezo que crece justo enfrente.

Hartley’s Books parece distinta, aun así, sigue teniendo ese aire acogedor de siempre.

Brooke ha hecho muchas reformas, por dentro y por fuera, sin embargo, se resiste a cambiar el cartel verde ajado con las letras medio borradas.

Ella dice que es porque «le da personalidad» a la tienda, yo creo que simplemente es su forma de hacer honor a su padre.

Es una pena que nunca pudieran hablar de todos los malentendidos que la alejaron de Silver Bay antes de que Douglas muriera.

Con todo, desde que Brooke supo la verdad, intenta homenajearlo a su manera cada día.

Nadie se esperaba que ella volviera a Silver Bay a hacerse cargo de la librería cuando su padre se la dejó en herencia, pero no solo volvió, sino que cambió la vida de todos por completo, sobre todo la de Henry, que terminó enamorado y casándose con ella.

Observo la fachada durante unos instantes, las macetas nuevas alineadas junto al escaparate le dan vida y un aspecto coqueto: tulipanes rojos, narcisos amarillos y jacintos que perfuman el aire a su alrededor.

La librería ha quedado preciosa. Desde el escaparate, que Brooke se curra cada semana, hasta el interior, donde ahora, como dice ella, no solo se compran libros, sino que también se viven.

A la derecha, en el rincón de lectura que ya lleva un tiempo en marcha, una estantería repleta de ejemplares de préstamo invita a quedarse; hay unos cuantos silloncitos mullidos, decorados con cojines de colores, y mesitas bajas.

Y, por supuesto, una cafetera y una tetera eléctrica, junto a un montón de tazas de diferentes formas, tamaños y colores, siempre listas para quien quiera perderse entre páginas al abrigo de una taza caliente.

Es un rincón coqueto y encantador y, lo más importante, muy tranquilo.

Por eso creí que sería buena idea organizar mi siguiente cita aquí, después del desastre de la última vez, necesitaba un lugar más discreto. Espero que en esta ocasión la cosa vaya bien.

Marcos, mi cita de hoy, vive en Finland, no muy lejos de aquí, y me pareció un chico agradable cuando charlamos a través del chat de la aplicación.

Al menos no me preguntó mis medidas ni mi talla de sujetador o si tomaba anticonceptivos, porque, por lo visto, hay un montón de tíos que tienen «alergia» a los profilácticos, o si le mandaba una foto de mis tetas.

En fin…, los caminos de las apps de citas son inescrutables.

En su foto de perfil no se intuía demasiado de su rostro, pues estaba sentado de perfil con unas gafas de sol puestas, observando el horizonte en Shovel Point, y creo que eso fue lo que me llamó la atención, eso y que en su presentación ponía que era amante de la naturaleza y del mar, como yo.

Hay rincones que se te quedan grabados en la piel.

Para mí, ese lugar es Shovel Point. De pequeña, mi padre solía llevarme allí, hacíamos senderismo durante horas y luego nos sentábamos en las alturas a observar el Lago Superior; una inmensidad escarpada donde la línea del horizonte es tan infinita que te hace creer que estás en mar abierto.

La sensación de estar suspendidos en el aire era increíble.

Aquel sitio tenía algo mágico. Quizás porque la naturaleza se sentía antigua y salvaje entre los abedules, los pinos y esas rocas negras esculpidas por antiguos glaciares. Pero, sobre todo, porque era nuestro rincón especial. Solo suyo y mío.

Allí mi padre siempre me decía que, si entrecerraba los ojos, podía verse el mundo entero. No hemos vuelto a ir desde unos meses antes de quedarme embarazada de Mia.

Sé que para él aquel embarazo fue un duro golpe, una locura. Yo apenas era una cría y, aunque la opción estuvo sobre la mesa, no quise interrumpirlo. Lo pensé, sopesé opciones, pero no podía, porque lo cierto es que amé a Mia desde el primer instante en que supe que estaba dentro de mí.

No te voy a engañar y a decirte que todo fue alegría, porque no fue así.

A veces, cuando apenas era una célula creciendo en mi vientre, odié a Mia por ser tan inoportuna.

En ocasiones, también me odié a mí por ser tan inconsciente de tener relaciones sin protección.

Y, por supuesto, odié a Jude, porque estaba tan loca por él que detestaba que lo que nos unió a partir de ese momento nunca tuvo que ver con amor hacia mí, sino con obligación.

En mi familia no se lo tomaron bien, aun así, mi madre quiso respetar mi decisión desde el principio, porque ella siempre ha sido…

una persona que se deja llevar, que intenta ser feliz con lo que trae la marea y cree en el destino y esas cosas.

Tan mística ella… Tan alegre… Por el contrario, mi padre…

, uf, mi padre se convirtió en un ogro. Discutíamos continuamente, y yo estaba harta de que me forzara a hacer lo que él consideraba correcto.

Me enfadé muchísimo con él cuando, además, le pegó un puñetazo a Jude con el que casi le tira los dientes.

Y ya la gota que colmó el vaso sucedió cuando comenzó a presionarle a él, sabiendo que conmigo no tenía nada que hacer, con la idea de casarnos.

Creo que nunca fue por el típico qué dirán, porque, de hecho, el rumor del embarazo se extendió tan rápido como la pólvora, sino porque no concebía la idea de formar una familia en la que los padres no se quisieran y ni siquiera intentasen estar juntos.

Le metió en la cabeza a Jude que tenía que asumir el error que había cometido. Es decir, yo, yo me convertí en su error, en su responsabilidad, algo que siempre detesté, porque yo lo amaba, joder, aún lo amo, tantos años después, pero no soportaba que estuviera conmigo por los motivos equivocados.

Ni siquiera entiendo por qué pasé por el aro.

Supongo que estaba agotada de discutir, estaba triste y decepcionada por cómo había reaccionado mi padre, estaba asustada por la idea de ser madre soltera y, con las hormonas revolucionadas, estaba más sensible de lo normal.

Todo ello me llevó a aceptar, y fue un error que pagué caro.

A mi padre y a mí nos costó meses, por no decir años, volver a nuestra relación, aunque nunca fue igual.

Quizás una parte de mí echa de menos todo aquello.

Por eso, cuando apareció la foto de Marcos en la pantalla, no reaccioné a él, reaccioné a la oleada de nostalgia que me golpeó, y supongo que fue el motivo por el que deslicé a la derecha.

Solo espero que esta vez mi cita no salga corriendo antes de que podamos, al menos, cruzar dos palabras.

Para evitar presiones, no me he arreglado demasiado: una camiseta sencilla, una falda vaquera y unas zapatillas blancas, maquillaje sutil y el cabello recogido en una coleta.

Más yo. Más sencilla. Con la única expectativa de intentar no espantar a nadie.

Entro a la librería de Brooke y la veo de espaldas, subida a una escalera. Se está inclinando hacia delante todo lo que su enorme barriga le permite para quitar el polvo de los estantes superiores con un plumero. Una imagen entre tierna y… ¿suicida?

Ya ves, estoy convencida de que los años que vivió en Iowa la hicieron inhalar demasiado humo de tubo de escape y se le quemó una neurona, porque no hay otra explicación para que esté ahí arriba como si no estuviera embarazada de siete meses.

—¿Se puede saber qué haces? —pregunto seria, dispuesta a llamar a Henry para que ingresen a esta mujer en el psiquiátrico del que nunca debió escapar.

Brooke da un grito y un brinco. Por suerte, antes de que la ley de la gravedad haga de las suyas, suelta el plumero y se aferra a la estantería.

—Mierda —musito.

Corro hacia ella, que está petrificada mirando al vacío con los puños apretados sobre la madera y los nudillos blancos por la fuerza.

—¿Estás bien?, ¿qué pasa?, ¿has roto aguas? —la bombardeo a preguntas—. Venga, te llevo al centro médico, seguro que aún pillamos allí a Logan y a Weston.

—No, imbécil. Me he meado encima del susto y casi me mato por tu culpa —ladra.

—Ahm.

Llámame perspicaz, pero me da que mi amiga no está hoy para intercambiar impresiones sobre literatura, precisamente. Por norma general soy yo la que tiene los cables cruzados y reparte insultos, y ella, la que me observa con la misma cara de perrito desvalido que acabo de poner yo.

Brooke se baja de la escalera con toda la dignidad que le permite su estado.

—¿Qué haces aquí? —pregunta fulminándome con la mirada.

—Yo también me alegro de verte, ¿eh? —protesto y me cruzo de brazos, un gesto que suele intimidarla porque los bíceps están ahí y sé imponer cuando me lo propongo.

Ella no se inmuta. Por el contrario, me da unos golpecitos con un dedo en el hombro.

—¿Te ha mandado Henry para que me vigiles? —me pregunta con el ceño fruncido.

—¿Qué? ¡No!

—¿Ha sido Jude?

—No me ha mandado nadie para que te vigile. Solo… pasaba por aquí.

—Tú nunca pasas por aquí.

Ahora es ella la que intenta cruzarse de brazos sobre la barriga. Es entonces cuando se da cuenta de que el plumero sigue en el suelo, entre ambas. Verla intentar agacharse para recogerlo es un espectáculo. ¿Podría ayudarla? Sí, pero esto es más divertido.

—¿Y por qué demonios tendría alguien que vigilarte? —le pregunto sin entender qué pasa.

Brooke suspira y, con ese bamboleo de lado a lado que la hace parecer un transatlántico en plena tormenta, navega hasta llegar al mostrador y se deja caer en la silla.