7 ¿Qué puede salir mal?
Jude
—¿Sabes qué creo? —me pregunta Henry tendiéndome un botellín de cerveza.
Lo cojo, le doy un trago y suspiro.
—Ilumíname —le respondo resignado.
Al fin y al cabo, es culpa mía, por venir a lloriquear después de liarda parda.
—Creo que tú también deberías tener citas.
—Pfff —suelto en protesta.
—Hablo en serio.
Me apoyo en la barra y desde donde estoy puedo ver el salón.
Mia, Julia y Matt están jugando a un juego de mesa sentados en el suelo, tranquilos y entretenidos.
Demasiado tranquilos y callados, la verdad.
De vez en cuando se oye una risita y murmullos.
Le iba a preguntar a Henry qué ha pasado, pero, ante milagros así, es mejor solo disfrutarlos y listo.
Brooke está despatarrada en el sofá y se ha quedado dormida con la boca abierta.
—¿Dónde está Dylan? —pregunto, porque esa excusa de las compras no se la cree ni él.
Henry le da un trago a su botellín y me mira como sopesando si aceptar el cambio de tema o seguir insistiendo.
—Tenía una cita…, eso que deberías tener tú de vez en cuando.
—¿Una cita?, ¿con quién? —pregunto, alzando las cejas.
Henry se encoge de hombros.
—Con una mujer.
—Juas, juas. Qué gracioso. Eso ya lo había deducido, Einstein.
Bebo de mi botellín.
—No tengo ni idea, no ha soltado prenda el tío —protesta—. Solo sé que tenía una cita con Miss Misteriosa en algún lugar a tres horas de aquí y por eso llevo desde ayer con los demonios. En fin, deja de desviar el tema, tú también deberías intentarlo, Jude, lo de tener citas y eso.
—Pufff.
—Eso ya lo has dicho —me reprende, y arrugo la nariz. No quiero intentarlo de nuevo. No quiero tener citas. No quiero conocer a nadie más—. Podrías hacer como Oli e instalarte una app de esas raras.
—Pufff.
—Al menos así podrás ver su perfil y saber qué está buscando.
Alza ambas cejas un par de veces.
Y, aunque la idea me tienta durante unos instantes, termino desechándola.
—Ya sé lo que está buscando, me lo ha dicho ella: un polvo en condiciones con alguien diferente.
Algo nuevo —pronuncio imitando el tono de voz de mi ex.
Ignoro la risilla de Henry porque me está mirando con una cara de pena que me está poniendo de peor humor todavía—.
Además, ya he visto su perfil, fui yo el que la ayudé a abrírselo.
¿Cómo no? El idiota de Jude haciendo el idiota.
—Miedo me das. —Me encojo de hombros, enfurruñado cual crío al que le han castigado su juguete favorito—.
Venga, por intentarlo no pierdes nada. Siempre has sido el sociable de los tres, el más alegre y simpático, y últimamente estás siempre refunfuñando y de mal humor.
Esto no es sano. Tienes que permitir que Olivia vuele porque es lo que ella quiere.
Ya has tenido doce años para solucionar las cosas y no has podido —sentencia serio.
Suspiro.
—Lo sé, tienes razón. Pero es que Oli y Mia son mi familia. No me imagino con nadie más. De hecho, no quiero estar con nadie más.
Escuchamos una llave en la puerta y dos segundos más tarde Julia y Matt están colgados cada uno a una pierna de su padre como si llevaran meses sin verlo.
Es normal, después del accidente de Dylan, que lo tuvo tantos meses lejos de ellos, en los que Henry asumió su tutela, los niños están más apegados a él que nunca y lo pasan mal si está muchas horas fuera, como si temieran que desapareciese de nuevo.
Sonrío al ver cómo mi amigo se agacha para hacerles cosquillas.
Coge a Julia a lo saco de patatas, el cabello pelirrojo de la pequeña vuela en todas direcciones y al verla reír a carcajadas me acuerdo de Ava, es un calco de ella cuando era pequeña, aunque no sé a quién ha sacado lo de ser tan parlanchina.
Sin embargo, Matt se parece físicamente más a su padre, y es más serio y reservado, como lo era su madre, aunque ahora está pataleando de risa también.
Dylan es un buen padre, se desvive por sus hijos, y ellos lo adoran.
Un rato después, cuando los niños ya están agotados de tanto reír, los deja en el suelo y le da un abrazo a mi hija antes de venir a la cocina.
—Brooke está KO —nos dice y nos da un par de palmadas en el hombro a cada uno a modo de saludo. Asentimos—. Está muy graciosa con esa tripa, cualquiera diría que va a tener gemelos.
—Por lo que come, cualquiera diría que va a tener un equipo de fútbol —lo corrijo.
Henry suelta una risilla y le da un sorbo a la cerveza.
—¿Qué tal tu cita? —pregunta en voz baja para que no se enteren los peques.
—Bien, lo hemos pasado bien —suspira. Henry y yo nos quedamos mirando para él, esperando a que suelte algún detalle más, y él chista—. No es nada serio, solo nos estamos conociendo y divirtiéndonos juntos.
—¿Y cómo se llama? ¿De dónde es? ¿Cómo la conociste? —lo atropello a preguntas, y Henry solo niega, como advirtiéndome que él ya lo intentó sin conseguir absolutamente nada.
Dylan ríe.
—No es nadie.
—Ya veo. Pues me alegro de que desfogases con esa tal «nadie», porque te ha quitado la cara de apio pocho que arrastrabas desde hace semanas —suelto con socarronería.
—Mira quién habla, ¿a ti qué te pasa? Tienes cara de perrito abandonado —dice señalándome—. No será porque le has dicho lo que no le tenías que decir a Oli después de hacer lo que no tenías que hacer con Oli y se ha mosqueado contigo y te ha puesto de patitas en la calle, ¿no?
—¡Joder! ¡Serás cotilla! —Le doy un golpe en el abdomen a Henry, que no se lo esperaba, y escupe la cerveza.
—Eh, que yo solo se lo dije a mi mujer.
—Puffff.
Su mujer, es decir, mi hermana, se ha adaptado tan bien a Silver Bay que se ha vuelto tan cotilla como todos los demás.
—Qué refunfuñón estás hoy —ríe Dylan, y lo miro serio, no sé por qué eso le hace tanta gracia—. Vale, vale. Perdón. Es que no estoy acostumbrado. Normalmente eres la alegría de la huerta.
Suspiro.
—Ya, lo siento. Es que… no sé qué hacer.
—Dejar que Olivia lo intente —musita Dylan.
—Instalarte una app de citas —insiste Henry.
—¡Eso! ¡Qué buena idea! ¡Una app de citas, como Oli! —grita Dylan, y lo chisto. Lo que me faltaba es que nos oyeran desde el salón y se le metiera la idea en la cabeza a mi hermana o, peor, a mi hija o, mil veces peor, a Julia—. Te vendría bien conocer a alguien —añade Dylan.
Y siguen alternándose con esas ideas maravillosas —entiéndase la ironía— que se les han ocurrido.
—Y desfogar, desfogar te vendría bien.
—Pero no con Olivia —lo corrige Dylan.
—No. No. Con Oli no —niega Henry.
—Y dejar de decirle a Olivia que la quieres después de tener sexo como conejos.
Abro la boca para protestar, porque eso solo ha pasado dos veces desde que nos casamos, sin embargo, Henry no me deja.
—Esa guerra la tienes perdida, Jude, y más vale que lo asumas cuanto antes —y esta vez lo pronuncia serio, no hay rastro de mofa.
Nos quedamos los tres en silencio, y suspiro. Me paso las manos por la cara.
—Hale, listo.
Escucho desde detrás, y me giro para ver a mi hermana en la puerta de la cocina con el móvil en las manos. Pero ¿esta mujer no estaba dormida?
—¿Qué está listo? —pregunto sin comprender.
Gira la pantalla y, tras unos segundos, me doy cuenta de que el teléfono que sujeta es el mío, que dejé en la mesilla de la entrada junto con las llaves y la cartera cuando llegué, y lo que está «listo» es que ha instalado la misma aplicación de citas que Olivia se puso en el móvil.
—Matadme —le ruego a nadie en particular.
Mi hermana alza la vista y me guiña un ojo.
—Venga, no seas así. ¿Qué puede salir mal?
Todo.
—Nada —contestan Dylan y Henry al mismo tiempo.
—Venga, verás que te vendrá bien —añade Henry.
—¿Te puedo ayudar? —pregunta Julia, que no sé de dónde demonios ha salido y cómo se ha enterado de lo que está haciendo Brooke—. Ya sabes que se me dan bien estas cosas —le dice a mi hermana mientras señala con la cabeza a Henry—. De nada —suelta todo chulería y le guiña un ojo.
Las coletas pelirrojas se mueven de un lado a otro y al ver cómo se cruza de brazos la miro de arriba abajo.
Pero ¿qué demonios tiene puesto? Lleva un top corto de tirantes hecho de retales de colores, cada uno con un estampado distinto: sandías, unicornios, rayos, estrellas y un trozo brilla con purpurina.
Y en la parte de abajo, una falda de tul multicapas, ligera, vaporosa y llena de tonos neón, con lentejuelas de colores.
Miro a Dylan y, como si me leyera el pensamiento, se encoge de hombros. ¿Dónde comprará la ropa esta chiquilla? Para no llevar nunca a mi hija, digo…
Mia aparece por el otro lado tapándose la sonrisilla con la mano en un gesto de lo más tierno que me da el mismo miedo que la resolución de Julia.
—¿Qué hacéis? —pregunta Matt cuando ve que estamos todos apelotonados en la cocina.
¿Cómo puede ser tan distinto a su hermana? Creo que va vestido monocromático, en tono azul marino, por compensar.
—Vamos a conseguirle una cita a tío Jude —le explica Julia.
—Puaj. Qué rollo. —Bueno, al menos alguien está de mi parte—. Papi, ¿puedo jugar a la Nintendo?
—Solo un ratito, ya es tarde. Luego a lavarse los dientes y a la cama. ¿Vale?
Dylan no ha terminado de soltar la frase que Matt ya está entrando en la habitación a la carrera.
—Tenemos que elegir una foto chula —musita Brooke.
—¡Ah! Yo tengo una preciosa en el móvil, espera, que te la paso —le dice Mia.
Rebusca en la galería y gira la pantalla para que la veamos todos.
Es una en la que Mia y yo estamos riéndonos, con la boca abierta, enseñando una cantidad ingente de helado.
Es muy tierna, a mí también me encanta y, aunque no soy un experto, diría que no es la más adecuada para conseguir un ligue, la verdad, pero me da exactamente igual porque no tengo ninguna intención de usar esa aplicación, de conocer a nadie ni mucho menos de tener citas.
Suelto una risilla al ver el gesto de desconcierto de Julia, que ya está negando con la cabeza.
—No te enteras de nada, niña.
Mi hija pestañea rápido como si le hubiera dado un tortazo.
—¿Me acabas de llamar niña? —Julia asiente y le arrebata el teléfono a mi hija de las manos—. ¿A mí, que soy mayor que tú?
Julia mueve la mano como quitándole importancia a la diferencia de cuatro años entre ambas y se dedica a revisar la galería del móvil durante bastante rato hasta que suelta un gritillo.
—¡La tengo!
—A ver, a ver… —contesta Brooke, emocionada, y yo, resignado, bebo un trago de cerveza—. Ay, pues sí. ¡No me acordaba! Esa fotografía es perfecta.
Brooke aplaude, pero Mia no parece muy convencida. A saber qué foto habrán elegido. Bueno, ¿qué más da?, tengo intención de borrar la app en cuanto llegue a casa.
Durante mucho tiempo —demasiado— se dedican entre todos a crear el perfil de citas.
Yo me he negado a responder a ninguna de las preguntas, aunque, por lo visto, no les ha hecho falta porque, un rato más tarde, están mirando fotos de mujeres para hacer match o descartarlas, según les plazca, sin consultarme siquiera.
—Ups —suelta Julia.
—¡Hala! —dice mi hija.
—¡Madre del amor hermoso! —exclama mi hermana.
Me giro hacia las chicas, que se han sentado en el sofá, móvil en mano, y frunzo el ceño. ¿A qué vendrá tanto alboroto?
—¡Julia! ¿Qué has hecho? —grita Brooke y se tapa la boca como si se hubiera enterado de que la niña ha hackeado la página del Gobierno.
Doy un respingo y me pongo tenso.
—Uy, ha sido sin querer, ¿es que has visto lo guapa que está?
Me pongo de pie y me dirijo hacia el demonio pelirrojo.
—¿Qué has hecho sin querer?
Mi hija me mira con los ojos muy abiertos y la mano sobre la boca.
—Le ha hecho match a mami —me explica.
—¿Qué? —le pregunto a Mia, que asiente—. ¿Qué? —le repito a Brooke, que asiente—. ¿Qué? —reitero esta vez con la vista fija en Julia.
Julia, con gesto de culpabilidad, trastea con el teléfono y me enseña la pantalla.
—Es que está preciosa.
—¡Ya sé que…!
Y pensaba acabar esa frase diciéndole que, efectivamente, sé que está preciosa, porque yo fui quien subí su foto a la app , pero me quedo helado con la vista fija en la pantalla y le arrebato el teléfono a la niña cuando me doy cuenta de que esa imagen no se parece en nada a la que habíamos elegido al crear el perfil.
—Pero ¿qué demonios…? —musito.
En esta fotografía luce un cabello perfecto, un maquillaje perfecto y el perfecto vestido escotado que se puso esta noche para su cita fallida en una pose de lo más sexi.
Y en lugar del texto que la ayudé a escribir para presentarse, que decía algo así:
Mamá de una niña maravillosa que es el centro de mi vida. Soy de las que me gusta escuchar, más que hablar, y de las que mataría por las personas a las que quiero. No busco nada perfecto, solo alguien amable, inteligente y con los pies en la tierra.
Está otro totalmente diferente:
Tres cosas importantes que tienes que saber sobre mí:
Siempre digo lo que pienso.
No necesito que nadie me rescate, ya lo hago yo solita.
Si te intimidan las mujeres fuertes, no soy para ti.
En mi vida me dedico a desafiar al fuego, así que, si te gusta quemarte, no soy tu próximo error, soy tu nuevo vicio.
—¿Qué coño…?
—¿Qué? Jude, ¿qué pasa? Pareces un fantasma.
—Ha… —titubeo—. Ha cambiado el perfil. —Brooke frunce el ceño sin entender, y mi hija sigue con los ojos muy abiertos, sin saber cómo reaccionar—. La ayudé a crearse el perfil y… lo ha cambiado.
—Papá… —musita Mia—. ¿Estás bien?
—Claro que estoy bien.
—Te has quedado pálido y ahora…, ahora estás rojo.
—No estoy rojo.
El móvil me vibra en las manos. Entorno los ojos, extrañado, cuando veo que es un mensaje de Madison.
Lo abro para leerlo.
Madison:
¡Deja de ser tan patético! No puedes hacer match con tu exmujer en una app de citas que se ha instalado para conocer a OTRAS PERSONAS QUE NO SON TÚ. Suerte que tenía su móvil en la mano.
—Ah, pues, mira, Madison está en Silver Bay —aplaude Brooke a mi lado, que no se ha cortado un pelo en leer mi mensaje.
Madison:
Por cierto, estás guapísimo en esa foto.
Y tu perfil es muy convincente.
—¿Ves, chaval? De nada. —Me da un codazo Brooke.
De pronto el teléfono empieza a vibrar sin parar, parecen notificaciones de la aplicación de citas.
Voy hacia el perfil y veo la fotografía que me tomaron en otoño para el calendario de bomberos que Brooke nos obligó a hacer por segunda vez, con la excusa de ser el mejor método para recaudar fondos, vestido con el pantalón del uniforme con los tirantes bajados, sin camiseta y el torso descubierto manchado de negro, como si fueran cenizas.
Ay, madre. Ay, madre. Ay, madre.
Deslizo y leo el texto mientras el móvil sigue vibrando.
Bombero a tiempo completo, aunque prometo que normalmente llevo camiseta. Odio el desorden y me gusta el deporte, el pescado y las verduras de las huertas ecológicas del pueblo y la gente que busca el lado positivo de la vida. Prometo no llegar con extintor a la primera cita, salvo que haga falta.
Pero ¿qué mierda es esta?
—Dios… —Alzo la vista hacia las tres liantas que tengo enfrente, y Henry se parte de risa a mi lado, ni me había dado cuenta de que se había acercado a mí y estaba leyendo la pantalla—. Matadme.