5 Eso he vuelto a hacer
Jude
—Lo he vuelto a hacer —digo según Henry descuelga el teléfono.
Bajo la vista y miro la camiseta, que se ha quedado hecha una pasa. Llamar a mi mejor amigo es lo único que se me ha ocurrido hacer en cuanto Olivia me ha echado de su casa y me he subido a la camioneta.
—¿Qué has vuelto a hacer?
Escucho el ruido de un cuchillo contra la tabla de cortar, debe de estar cocinando algo.
—El imbécil, eso he vuelto a hacer.
Escucho una risilla por detrás y, automáticamente, sé que Henry tiene el manos libres puesto.
—Vale, eso es muy genérico.
—Henry, ¿echo ya la carne?
Reconozco la voz de Matt al otro lado y me parece verlo, subido en un taburete para llegar mejor al fogón, con un mechón castaño cayendo sobre la piel morena de su rostro serio y concentrado.
Mi amigo debe de estar haciendo de canguro de los diablillos de Dylan.
—Sí, y recuerda remover de vez en cuando, ¿vale? —le contesta Henry.
—¿Qué haces? —le pregunto.
—Espera, que quito el manos libres. —Un segundo después se oye más cercana su voz—.
Dylan se fue ayer a Duluth porque… —titubea— tenía revisión médica en el hospital y quería aprovechar el trayecto a la ciudad para hacer algunas…
compras y, como se le iba a hacer tarde, pues ya se quedó a dormir allí —suelta como de memoria.
Entorno los ojos, extrañado. ¿Qué chorrada de mentira es esa?
Entonces recuerdo que están los niños por ahí y me anoto mentalmente sonsacarle dónde se ha metido y, sobre todo, con quién.
¿Qué? Lo de ser cotilla va en los genes de la zona.
Y Dylan es el más reservado de los tres, siempre lo ha sido, pero desde que perdió a Ava, hace algo más de ocho años, todavía más.
Ava lo fue todo para él, con ella fue feliz de verdad, a pesar de que se pinchaban continuamente y discutían mucho.
Creo que él era la única persona del mundo capaz de encontrarle las cosquillas a ella, siempre tan tímida, tan sonriente, tan tranquila…
Sin duda, aquella guerra les daba vidilla y era su forma de quererse.
Nunca he visto a ninguna pareja mirarse como ellos lo hacían: como si nadie más en el mundo existiera.
Después de su muerte, Dylan se encerró todavía más en sí mismo.
No dejó de cuidar a sus pequeños mellizos, Julia y Matt, ni un solo día, pero convirtió esa responsabilidad en una armadura.
Se volcó en ellos, en su trabajo y en todo lo que pudiera mantenerlo ocupado.
Mientras siguiera haciendo cosas, no tendría que enfrentarse a lo mucho que la echaba de menos.
Por suerte, después del accidente que casi acaba con él hace más de año y medio, que lo tuvo ingresado entre operaciones, recaídas y rehabilitación durante muchos meses, parece más dispuesto a vivir la vida a tope, aunque sigue siendo muy celoso de su intimidad.
—Aún no ha vuelto, debe de estar al caer —me explica Henry—. Me he quedado en su casa, con Julia y Matt, y les estoy enseñando a ser personas independientes y funcionales. ¿Quieres venir?
—¡Nos está enseñando a hacer una lasaña, que es la comida favorita de papá! —Se oyen los gritos de Julia por detrás—. Hola, Jude. ¿Por qué has hecho el imbécil? —Esta vez la escucho más cerca.
—Claro, puedes arrebatarme el teléfono de las manos sin pedirme permiso, no hay problema —protesta Henry de fondo, y Julia lo chista.
—Calla, que esto es importante.
—No deberías decir palabras feas —la sermoneo, intentando despistarla.
—Y tú no deberías meter la pata y hacer el imbécil —me rebate.
—Eso es verdad —le doy la razón.
—Julia… —la regaña Henry—, a la tercera palabrota no habrá helado de fresa para nadie.
Se oye un grito ahogado y juraría que es de Matt, el helado de fresa es su comida favorita del mundo. Es más, diría que es su cosa favorita en el mundo por encima de todas las comidas, objetos o incluso —a veces dudo— personas.
—¡Eso es injusto! —se queja el niño.
—La vida no es justa, chaval —le responde Henry—, será mejor que lo vayas aprendiendo.
—Enana, como me quede sin helado de fresa por tu culpa te voy a llenar el champú ese de niña repipi de piojos —le espeta Matt a su melliza.
Otro grito ahogado me hace soltar una risilla.
—¡Que no me llames enana! Y que mi champú huela a manzana caramelizada y tenga purpurina, no quiere decir que sea de niña repipi, estú… estú… —Ya está. Adiós al helado de fresa. Julia carraspea—. Estupendamente sabes que me encantan las manzanas caramelizadas —lo salva como puede.
Matt gruñe.
Henry gruñe.
Julia suspira aliviada.
Y yo me carcajeo por lo descarada que es la jodida cría.
—Bueno, tío Jude, la verdad es que nos pillas ahora muy ocupados. Queremos sorprender a papi con una lasaña y no queremos que se nos queme, así que tendrás que buscarte a otra persona a la que explicarle por qué has…
—¡Julia! —le advierte Matt.
—Por qué has —repite julia haciendo hincapié en la última palabra— metido la pata. Adiós.
Y corta.
Pues me ha colgado el teléfono la niña del demonio. Me quedo mirando la pantalla, desconcertado, hasta que poco después me entra un wasap.
Henry:
Porfa, ¿de camino podrías parar a comprar helado de fresa? Acabo de ver que no queda en el congelador.
Por lo visto, amenazar con castigar algo es una promesa implícita de que pueden comerlo si no llevan a cabo el hecho delictivo.
Vuelvo a reír.
Jude:
Claro. No hay problema.
Henry:
¿Y podrías, de paso, recoger a Brooke? Me ha dicho que se muere de hambre y que adora mi lasaña.
Suelto una carcajada.
Esta mujer va a explotar como siga comiendo así.
Jude:
Vale, no hay problema.
Henry:
Por cierto, ¿estás bien? Al final no me has contado lo que te pasaba.
Jude:
No, no estoy bien, porque soy tan imbécil que he vuelto a decirle a Olivia que la quiero justo después de un polvo brutal.
Henry:
Joder, eres imbécil.
Jude:
Y a… , te lo acabo de decir.
Henry:
Anda, tira para acá, luego hablamos tú y yo.
Resoplo y asiento, como si pudiera verme.
Alzo la vista hacia la ventana del dormitorio de Olivia, que puedo ver desde la camioneta.
Por lo visto ha pensado que este es un momento maravilloso para cambiar las sábanas.
Las sábanas donde acabamos de desfogar como conejos.
Las sábanas sobre las que, como el imbécil redomado que soy, le he dicho que la quiero.
Golpeo la frente contra el volante haciendo sonar el claxon. Doy un respingo, alzo la cabeza y veo cómo Olivia se gira para mirarme a través de la ventana con cara de mala leche.
Ups.
Alzo la mano a modo de disculpas y pongo la camioneta en marcha. Será mejor que vaya a buscar a las chicas.