Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 4 Joder, Jude
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4 Joder, Jude

Olivia

No sé en qué momento pasamos de la entrada a mi dormitorio.

Solo sé que el corazón me golpea con fuerza contra las costillas, que una sensación líquida y ardiente se me acumula en el estómago y que sus gruñidos se mezclan con mis jadeos.

Que su saliva se funde con la mía. Y que, cuando nos apartamos durante una milésima de segundo para recuperar el aliento, Jude me está mirando como si no hubiera nadie más en el mundo.

Otra vez.

Siempre es así con él.

Sus manos recorriendo mis curvas son familiares, cómodas, certeras.

—Jude… —jadeo cuando un dedo posesivo me penetra mientras el pulgar me acaricia el clítoris.

Pero no…, no es una protesta. Nunca lo es. Mi cuerpo responde a cada uno de sus estímulos, a sus labios sobre mi oreja, mi cuello, mi clavícula.

—Joder, este vestido…, este puto vestido… —lo escucho mascullar, y suelto una risilla.

Con un movimiento deshace el lazo que lo sujeta a mi cuello y, como si estuviese desenvolviendo el regalo más hermoso y delicado del mundo, lo desliza con cuidado hasta dejarme los pezones al aire.

Me echa un vistazo a los ojos mientras se relame.

Y su boca, húmeda y caliente, no tarda en chocar contra mi piel, más ardiente aún.

Chupa, succiona, muerde… Es una coreografía que ambos hemos aprendido a lo largo de los años. Los ramalazos de placer me sacuden de arriba abajo y le acaricio la polla por encima del pantalón. Dura. Potente. Enorme. Palpitante. Lista para mí.

Y ahí está.

Ese momento. Ese segundo en el que todo encaja y todo se rompe a la vez. Reconozco el patrón. Siempre es lo mismo. Aparto la mano como si quemara y el «para» que por un instante estaba dispuesta a soltar muere en mis labios cuando, de un movimiento, se agacha y me hunde la cara entre las piernas.

Y sé que esta es la peor idea del mundo, pero el interruptor de mi conciencia se apaga y me dejo ir.

Jude bebe de mí hasta que me arranca la última gota de un orgasmo devastador y, justo cuando las piernas comienzan a temblarme de pura anticipación, me la mete de una estocada.

Ni siquiera me he dado cuenta de cuándo se ha desabrochado los pantalones para sacarse la polla ni si se ha puesto condón o no.

Solo sé que está ahí, dentro de mí, justo donde lo necesitaba, tocando las teclas exactas para interpretar la melodía de siempre: mis gemidos llenándolo todo, sus jadeos entrecortados haciendo eco en la habitación, mi corazón y el suyo palpitando con fuerza y el sonido de nuestros cuerpos al colisionar uno contra el otro.

Con las yemas de los dedos clavadas en mis nalgas, con embestidas profundas, con sus dientes mordiéndome la clavícula y mis uñas clavándose en su espalda, me corro de nuevo y siento el momento exacto en el que Jude deja de contenerse y bombea con más fuerza hasta que noto las convulsiones de su orgasmo dentro de mí.

Su frente sobre la mía.

Sus labios sobre los míos.

Y, con el aliento aún entrecortado, se separa de mí y me observa: desmadejada, deshecha.

Noto su semen saliendo de mi coño y sus dedos van hacia ahí, mojándose, acariciando toda la zona y arrancándome una nueva sacudida de placer.

Me penetra con dos dedos y con la otra mano me acaricia el clítoris.

Primero despacio y, cuando comienzo a agitar las caderas pidiendo más, me acerca a los labios los dedos impregnados de su esencia y la mía, su corrida y la mía.

El olor…, el olor hace que me pase la lengua por los labios.

Pasea los dedos por todo el contorno de mi boca, y la abro, gimiendo, mientras noto que un nudo se me aprieta en el estómago y las piernas se me tensan.

Y Jude, que lo sabe, me folla la boca con los dedos sin dejar de rodearme el clítoris con una cadencia tortuosa.

Todo el cuerpo se me tensa. Le chupo los dedos con deleite y, cuando él jadea, vuelvo a correrme.

Se aparta rápidamente, se sujeta la polla, que mueve de arriba abajo rápido, fuerte, hasta que su semen me cae sobre el coño en una cascada caliente. Oh. Dios. Mío. Este hombre nunca deja de sorprenderme.

Se desploma sobre mí, despacio, apoyando el peso en los antebrazos para no aplastarme. Le importa una mierda ensuciarse con…, con todo eso que acaba de pasar, y me mira…, me mira como siempre hace.

—Joder, Jude…

Cierro los ojos, tratando de recuperar el aliento, y no sé cómo continuar esa frase, me vienen varias opciones a la cabeza: «No podemos seguir así, no podemos seguir haciendo esto, no puedes tocarme como si fuera una puta melodía que te supieras de memoria…

», porque así es, desde hace trece puñeteros años, así es.

Sin embargo, es él el que rompe el silencio.

—Olivia… —Abro los ojos, aterrada ante la ternura de su tono, y lo miro—. Te quiero.

Mierda.

No.

Otra vez no.

Lo empujo con ambas manos mientras noto que algo se me rompe por dentro.

—Jude… —pronuncio dolida—. Tienes… tienes que irte.

Y no escucho todas sus protestas, no le presto atención a la decepción en sus ojos, simplemente escapo de ahí y me encierro en el cuarto de baño, apoyando la frente en la madera de la puerta, con el corazón latiéndome como un loco, con las mariposas del estómago haciendo volteretas, las piernas temblándome y su semen resbalándome por los muslos.

Suspiro.

Esa fue la frase que nos separó hace doce años y es la frase que me deja más claro que nunca que tengo que tomarme en serio acabar con todo esto o… o Jude acabará conmigo.