3 Voy a matar a carapardillo #2
—¿Qué ha pasado? —me pregunta la niña, preocupada.
—No, nada… Brooke, ¿te quedas con Mia?
— Clafo —me contesta con la boca llena de mi pizza , que es de la única que queda, aunque ya está fría—. No me mires así, los nervios me dan por comer. —Los nervios, dice—. ¿Qué ha pasado? ¿Ya se ha terminado la cita?
—Que voy a matar a carapardillo, eso ha pasado.
Y me golpeo la palma con el puño.
—¡Ese es mi padre! —grita Mia.
Brooke carraspea y traga todo lo que se ha metido en la boca antes de hablar.
—Ehm, no soy yo una experta en maternidad, pero creo que ese no es el ejemplo que deberías darle a tu hija.
Me guardo el móvil en el bolsillo y le doy un beso a Mia en la frente.
—Aprovecha que te cuida tu tía y pórtate mal —bromeo para intentar disipar la preocupación de la niña.
Al fin y al cabo, no le puedo contar lo que ha pasado porque ni yo mismo lo sé.
—¡Eh! —protesta Brooke, y Mia sonríe pillina—. Dile a Oli que la próxima vez recuerde el código.
—¿Qué es eso del código? —pregunto mientras me pongo la chaqueta.
—Es la única forma de saber si la cita va bien o si es un desastre. Hay que …
—¿Sabes qué? —la interrumpo—. No me importa.
Me doy la vuelta y me dirijo a la puerta.
—¡Antipático! —grita mi hermana.
—¡Acaba con él, papi! —exclama mi hija.
—¿Me puedo comer lo que queda de tu pizza ?
Ni me molesto en contestarle a Brooke, aunque me pienso chivar a su cuñado Logan de que está comiendo como si estuviera embarazada de quintillizos para que le eche la bronca y la ponga a dieta.
Bajo los escalones de dos en dos y, según salgo al portal, veo a Olivia de espaldas, abrazándose a sí misma. No lleva abrigo y, aunque estamos en junio y las temperaturas nos han dado una tregua, a esta hora ya hace bastante frío.
Me quito la chaqueta y se la paso por encima de los hombros.
—Vamos, te llevo a casa —le digo, y Olivia asiente.
Y, a pesar de que me muero por pedirle explicaciones para poder ir a terminar con el Simon de las narices cuanto antes, cierro la boca y me subo a la camioneta, con la intención de darle su espacio.
—¿Dónde te has dejado el abrigo? —le pregunto. Un tema neutral para evitar lo que en realidad quiero saber.
Olivia suspira.
—Creí que no lo necesitaría.
Asiento sin mirarla con reproche, como todo mi cuerpo me pide que haga.
—¿Estás bien?
—Sí. Es que… ni siquiera se ha acercado a la mesa —me explica—.
Después de media hora esperando por él, mientras pensaba que podía haberle pasado algo por el trayecto, le he llamado por teléfono y sentí cierto alivio cuando descolgó al segundo tono y era evidente que estaba conduciendo.
Por un momento pensé que se había retrasado por cualquier motivo, se disculparía y aparecería un rato más tarde.
—Y se ha arrepentido a última hora y te ha dejado tirada en Bay Café —finalizo por ella.
—Peor. —Desvío la vista de la carretera un instante para mirarla con el ceño fruncido sin entender nada—.
Resulta que me ha visto y le he parecido lo puto peor, se ha dado la vuelta y se ha marchado.
Me ha dicho que no era lo que esperaba y que lo sentía mucho, pero que, cuando le dije que era madre de una niña de doce años, esperaba otra cosa de mí, no encontrarse con una buscona vestida para un polvo rápido en los baños de un bar barato de pueblo.
Que esto —indica señalándose a sí misma de arriba abajo— no es lo que estaba buscando porque él también es padre, y ya no quería perder más el tiempo.
Y todas esas conclusiones las ha sacado solo echándome un vistazo antes de salir por piernas de regreso a Duluth sin darme la oportunidad y cruzar al menos un par de frases conmigo.
Aprieto los dedos sobre el volante hasta que los nudillos se me quedan blancos.
—Voy a matar a ese puto carapardillo.
—No, no tiene importancia. Solo… me había hecho ilusiones con conocer a alguien nuevo. Me caía bien a través de los mensajes que nos intercambiamos. Ni siquiera tenía expectativas de que nos fuésemos a gustar, de que fuese a surgir nada más que una conversación agradable y un par de copas —suspira.
»Además, quedar en Bay Café ha sido mala idea, con todo el mundo pendiente de mí y la vergüenza que he pasado al tener que marcharme sola.
Mi tía Marina venía cada cinco puñeteros minutos a la mesa para ver si estaba bien, si necesitaba algo, si quería que te llamase por teléfono.
Mi tío Thomas, igual. De hecho, me he cruzado con un buen montón de vecinos que me han preguntado lo mismo. Como si tú fueses, no sé, mi padre.
Suspiro.
—No les hagas caso, no son más que un puñado de pueblerinos cotillas y entrometidos. —Olivia me mira con una ceja alzada, y me encojo de hombros—. Es lo que siempre dice Brooke. Por cierto, me ha dicho que la próxima vez recuerdes no sé qué de un código.
—Ahm, sí. —Se contempla las manos—. No había código para «me han dejado tirada y no sé cómo salir de aquí».
Gruño.
—Gracias por llamarme a mí —musito unos instantes más tarde sin mirarla.
Paro justo frente a su casa, y Olivia cabecea afirmando cuando la miro.
—Vamos, te invito a tomar algo —me dice.
Asiento y la sigo. Entro detrás de ella y, en cuanto cierra, se quita mi abrigo, que cuelga en el perchero de la entrada, y apoya la espalda en la puerta.
—Gracias por no decir «te lo dije» —musita.
Tenso los hombros, no he podido dejar de apretar los puños desde que la he visto.
—Nunca te diría «te lo dije».
—¿Qué hay de esa vez que para la fiesta de disfraces de la escuela me empeñé en comprarle a Mia un vestido de Campanilla y me dijiste que ella prefería al Capitán Garfio?
Se me escapa una risilla.
—Llevaba meses jugando con una espada y un garfio que se fabricó con un par de viejas cajas de cartón.
—Y yo pensé que estaría monísima con el vestidito verde con alas.
—Estaba monísima con el pañuelo en el pelo, el parche en el ojo y esa barba mal dibujada con lápiz de ojo.
Olivia se ríe.
—Es verdad. Estaba para comérsela. —Mia apenas tenía seis años entonces, le faltaba una paleta y estaba tan mona y le gustó tanto el disfraz de Capitán Garfio que no logramos que se lo quitase en días—. Ahí sí que me dijiste «te lo dije».
—Es diferente, Oli. —Me acerco un paso, esperando el rechazo, pero cuando no se mueve, sino que deja que le coloque un mechón de pelo detrás de la oreja y busca el contacto de mi mano en su cara, me acerco un poco más—.
No pasa nada. Simon era imbécil. Tendrás otras citas.
Conocerás a otros hombres y tendrás todas esas experiencias que te mueres por tener —pronuncio intentando ocultar lo triste que eso me pone.
Ella asiente—. Estás espectacular, Olivia. Preciosa.
Le sonrío y doy un paso atrás, será mejor que vaya ya en busca de esa copa o no seré capaz de contener las ganas que tengo de tocarla.
Olivia me sujeta la camiseta en un puño y me acerca a ella de un tirón. Cómo me pone que esté tan fuerte, la verdad.
Alzo la vista, dispuesto a decirle que no es buena idea, que ahora mismo se siente vulnerable y que no necesita otro polvo con su exmarido, mejor amigo y padre de su hija.
Sin embargo, antes de que pueda pronunciar una sola palabra, me suelta una de esas miradas felinas que conozco tan bien y de un salto se encarama sobre mí a horcajadas sellando mi boca con un beso.
Y estoy seguro de que esta es una pésima idea, aun así…, me dejo llevar. O, mejor dicho, sujetándola por el culo me la llevo hasta su dormitorio con las piernas rodeándome las caderas, los brazos alrededor de mi cuello y su lengua enredándose con la mía.