Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 3 Voy a matar a carapardillo
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3 Voy a matar a carapardillo

Jude

—Papá… —No respondo—. Papá… —Sigo sin responder—. Papá, como no me hagas caso voy a asumir que te has quedado petrificado para siempre y voy a pedir pizza solo para mí.

—¡Eh! Para mí también, que estoy muerta de hambre —protesta Brooke con la boca tan llena de palomitas que en cualquier momento se va a atragantar.

Mia está de pie enfrente de mí con los brazos en jarras y esa expresión que tan bien conozco, porque es la misma que pone su madre cuando me va a reprender por algo. Y es que Mia es un calco de Olivia, con el cabello rubio largo y liso, los ojos azules y esos hoyuelos al sonreír.

—Llevas diez minutos mirando el móvil sin pestañear —protesta.

Bajo la vista.

Leo el mensaje.

Jude:

Pásalo bien, te lo mereces.

Te he metido una caja de preservativos en el bolso. Por favor, úsalos.

Y no sé si soy el mejor amigo del mundo o el ex más gilipollas. Lo peor es que no me ha contestado. No me ha dicho nada como: «Solo es nuestra primera cita, no necesito condones». O, no sé, «gracias», al menos, pero no. Nada. Cero respuestas.

Resoplo.

—Estoy perfectamente —musito.

—Claro —ironizan Mia y Brooke al unísono y resoplan.

Brooke ha escupido palomitas en el proceso, y la miro con gesto serio.

— Pefdón —dice con la boca aún llena.

Sonríe enseñándome el contenido de la misma y sacude las palomitas a medio masticar del sofá.

—¡Brooke! —la reprendo, se levanta de un salto y sale corriendo.

—Uy, que me meo.

En el proceso, el bol de las palomitas vuela por los aires, llenándolo todo.

—¡Brooke! —repito exasperado.

—¡Perdón! —grita ya desde el pasillo—. Mujer embarazada es igual a vejiga apretada.

—Esto no es normal —refunfuño, y mi hija suelta una risita.

—Papi, nunca te había visto tan gruñón —dice, divertida. No entiendo por qué le hace tanta gracia.

Mia coge el bol, ya casi vacío, para recoger las palomitas. Me pongo de pie para ayudarla y, para cuando estoy terminando de aspirar los restos, aparece mi hermana. Tengo que reírme al ver cómo se tambalea, tiene pinta de estar agotada. Desde luego, el tercer trimestre de embarazo es una tortura.

Se deja caer en el sofá con un ruidito de satisfacción y los ojos cerrados. Después abre uno para mirarme. Tiene un par de palomitas enganchadas en los mechones violetas del cabello y me parece adorable.

—Jude…, ¿por qué tienes esa cara? —me pregunta.

—¿A qué te refieres?

Abre el otro ojo y rebusca algo sobre el sofá, supongo que el bol que nos hemos llevado para evitar otro desastre, por el gesto enfurruñado que se le queda al no encontrarlo.

—Tienes palomitas en el pelo —le dice Mia, que se deja caer a su lado en el sofá.

Brooke se palpa la cabeza hasta dar con las palomitas y pensaba que las iba a tirar donde le cuadrase, porque, admitámoslo, nunca ha sido el sumun del orden, pero desde que está embarazada es un poco desastre. Sin embargo, se las mete en la boca y mastica con cara de felicidad.

Niego y me froto la cara. Voy a tener que ir a hablar con Logan, el médico de Silver Bay, y Weston, su enfermero y marido, para que comprueben bien si lo que lleva dentro es un bebé, un alien, un gusano o todo a la vez.

—Esa… —insiste Brooke mientras mastica las palomitas rescatadas—. La de «voy camino al matadero, pero voy a fingir que no pasa nada».

Mia suelta otra risilla.

—Estáis muy graciosillas las dos esta noche, ¿eh? —protesto.

—No te pongas así, Olivia solo ha salido a tomar algo con el tal…

—Simon —termino por mi hermana.

Eso arranca una nueva risita de las dos.

—Uf, tiene nombre de contable sexi. —Sé que Brooke se está burlando de mí, aun así, no puedo evitar caer en su trampa.

—No es sexi.

—Eso lo dices porque estás celoso.

Alzo la vista del cojín que sin darme cuenta estoy apretando entre las manos, lo coloco en su sitio y, cuando le echo mi mirada de odio a Brooke, ella pestañea y se acaricia la barriga con parsimonia, como recordándome que está embarazada y que no puedo lanzarle el cojín como pensaba hacer.

Suspiro, intentando disipar el mal humor, porque, sea como sea, adoro a mi hermana y nada de esto va con ella.

—No estoy celoso —zanjo con la esperanza de que me dejen en paz.

Mia y Brooke vuelven a hablar al mismo tiempo.

—Sí lo estás.

—¿Es que nadie se va a poner de mi parte? —pregunto ofuscado.

—¡No! —exclaman las dos a la vez.

—¿Qué sois, siamesas separadas al nacer?

Ambas se ríen de nuevo, y evito sonreír al ver el gesto pillín de mi hija, que se tapa la boca con una mano, se le marcan los hoyuelos y se le achinan los ojillos.

Me dirijo hacia la cocina, huyendo de esta conversación incómoda.

Me sirvo un vaso de agua y fijo la vista en él, perdiéndome de nuevo en mis pensamientos.

¿Y si el tal carapardillo resulta ser gracioso y encantador?

¿Y si Oli se enamora de ese imbécil y se muda a Duluth y no solo se aleja de mí, sino que también obliga a Mia a decidir con quién prefiere vivir? ¿Y si…?

—Bueno, ¿qué? ¿Vamos a ver Dirty Dancing ?

Doy un respingo al escuchar a mi hija.

—Ni muerto —refunfuño. Mia suelta una risilla, abre el armario y saca un paquete de palomitas—. ¡Y ni se te ocurra hacer más palomitas!

—Te veo un poco alterado —dice Brooke al entrar, que me mira con gesto de pena—. Tengo hambre… —Se acaricia la barriga.

—Tú siempre tienes hambre.

—Eh… —protesta y me da un puñetazo en un brazo—. Auuuu. —Agita la mano arriba y abajo—. Ya te vale… —refunfuña. Encima tendré yo la culpa—. Yo no sé por qué estáis todos tan cachas…

—Porque comemos pescado, verduras ecológicas de la zona y hacemos una cosa que se llama ejercicio —Mia repite lo que tantas veces me ha escuchado explicarle a mi hermana, que ya lleva más de un año viviendo en Silver Bay, pero aún no la he logrado convencer de los beneficios de hacer deporte.

En fin, pensé que no había nadie en la familia más duro de mollera que mi abuela, pero me equivoqué.

—Bah, eso está sobrevalorado —dice con un gesto de la mano, quitándole importancia.

Mia vuelve a guardar las palomitas.

—Papá tiene razón. La pizza debe de estar a punto de llegar, tía Brooke, te he pedido una entera para ti sola.

—Ay, qué mona eres.

Brooke la abraza. Hace lo mismo cada vez que la manipuladora de mi hija le suelta eso de «tía Brooke» con ese tonito de no haber roto un plato en su vida.

Mia me guiña un ojo, y yo no puedo evitar sonreír.

Cuando se separan, mi hermana me empuja con la cadera para que me aparte y abre la despensa, de donde la veo sacar un paquete de Oreo, una tableta de chocolate y unas gominolas con forma de fresa.

Alzo una ceja.

—¿Qué? En lo que llega la pizza habrá que picar algo.

—Una manzana no te apetece, ¿no? —le pregunto alzando una ceja.

Pone gesto de asco y luego me saca la lengua.

—Anda, déjate de lloriquear y vamos, ya he preparado la película.

—No pienso ver Dirty Dancing —me niego en rotundo.

—Venga, papi, no seas aguafiestas. Dijiste que hoy era una noche perfecta para ponernos unas mascarillas y ver una peli.

Lo que no le dije es que esperaba que su madre cancelara la cita para quedarse en casa con nosotros, para una noche en familia que terminara con Mia durmiendo en su habitación, y Oli y yo…, Oli y yo entretenidos en recorrer nuestra piel a besos.

Olivia siempre dice que no hay nada que adore más que pasar tiempo con Mia y que por ver Dirty Dancing dejaría cualquier plan de lado. Se ve que cualquiera no… Ya ves…

Por supuesto, Brooke y Mia han logrado que me siente delante de la tele para ver el bodrio ese.

—¿Quieres? —me pregunta mi hija por quinta vez, tendiéndome un plato con un trozo de pizza , y yo niego.

Compruebo el teléfono, a lo mejor Olivia me ha escrito en el último segundo y medio desde que lo miré por última vez o, si no ella, alguien de Silver Bay para ponerme al día. Porque no sé qué pasa hoy, pero no he recibido ni un triste mensaje, y eso es raro raro. ¿Me estará fallando la cobertura?

Me cae una chuche en el regazo, y doy un respingo. Alzo la vista y me encuentro a esas dos observándome con cara de perdonavidas.

—¿Te vas a estar quietecito ya con el móvil? —me reprende Brooke.

—Soy bombero, aunque no esté de guardia, siempre me pueden llamar —miento descaradamente para justificarme—, y yo soy un profesional, siempre estoy alerta, siempre estoy…

—Celoso —completa Brooke por mí y se mete en la boca un trozo de pizza tan grande como su mano—. Lo que eftáf ef felofo . No hafe falta que lo digaf .

Mia suelta una risilla, repitiendo el gesto de taparse la boca con la mano.

—Iba a decir pendiente, listilla.

Brooke niega y vuelve la atención a la tele.

Durante un rato me dejan tranquilo, sumido en mis pensamientos, mientras ellas suspiran de cuando en cuando y recitan el diálogo de memoria casi palabra por palabra.

Me pregunto en qué momento mi hija se hizo mayor y prefiere las comedias románticas antes que los Minions.

Con la de risas que nos hemos echado con esos bichos amarillos y ahora suspira por Patrick Swayze, que, no sé si lo sabe, pero si el pobre hombre siguiera vivo tendría más de setenta años y podría ser, no sé, su bisabuelo.

Por fin consigo relajarme lo suficiente como para dar cabezadas y, en cuanto estoy a punto de quedarme dormido, el móvil me suena en la mano. De un brinco me pongo en pie y me quedo observando la pantalla.

—Es Oli —les digo a las chicas, que han pausado la película y se han quedado mirándome.

—¡Contesta! —grita Mia.

—Ya se ha pasado el código por los santos ovarios —protesta Brooke, pero no me entretengo en averiguar qué quiere decir con eso del código.

Me tiembla la mano al descolgar.

—¡Ya voy! —contesto a modo de saludo.

—¿Eh? ¿A dónde? —responde Olivia al otro lado y sorbe por la nariz.

Me quedo petrificado, de pronto siento que toda la sangre se me va de la cara.

—¿Estás llorando? —La voz me sale más baja de lo normal.

Juro que si está llorando voy a matar al puto carapardillo.

Ella suspira.

—Estoy en la puerta de tu casa, ¿está Brooke ahí?

—Sí.

—Pídele que se quede con Mia un rato, ¿vale?

—Claro. Dame un momento.

Corto la llamada y me tomo unos segundos para respirar hondo.