Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 2 Fiu, fiuuu #2
5%

2 Fiu, fiuuu #2

—¿Has hecho una apuesta con mi hija? —inquiero mosqueada.

—¿¡Yooo!? —pregunta con tono ofendido—. Qué va.

Ella —recalca señalándola— hizo una apuesta conmigo.

Yo solo acepté ganar dinero fácil. —Y la muy perra se ríe, mientras se acaricia la barriga, como si así pudiera recordarme que está embarazada y que no puedo lanzarme a su yugular.

A mí no me hace maldita gracia, la verdad.

»No me pongas esa cara, aposté a que el cenutrio de mi hermano iba a intentar extorsionarte la cita y que tú le ibas a dar calabazas —dice observando algo superinteresante en sus uñas—.

Esa minimanipuladora de ahí dijo que poniéndote la miradita tierna conseguiría lo que quisiera —concluye volviendo a señalarla.

—¡Brooke! —gruñe Jude.

—¡Mia! —grito con los brazos en jarra volviéndome hacia mi hija.

—¡Chivata! —protesta la niña cruzándose de brazos y con el ceño fruncido.

—¡Fuera! —grito enfadada.

Brooke suelta una carcajada, como si hubiera contado un chiste buenísimo, y de pronto se queda pálida.

—Uy… Mierda, creo que me he hecho pis encima.

Se da la vuelta y sale corriendo otra vez por el pasillo.

—Puaj, demasiada información —protesta Jude.

—¡Fuera! —insisto señalando la puerta—. ¡Los dos! ¡Fuera de aquí!

—Uy, uy… Huid, chicos, que va a sacar el Hellboy que lleva dentro —grita la otra antes de cerrar la puerta del cuarto de baño.

—¡Tú también te vas en cuanto salgas de ahí! —gruño una protesta—. Zumbada, que estás zumbada —musito para mí misma.

—Jopé, mamá, esta es mi casa también, no puedes echarme. —Le dirijo una mirada de inquina a Mia, que alza las manos en son de paz—. Vale, sí que puedes, sí.

Mia se acerca a abrazarme, y me derrito un poco. Maldita sea, es como su padre, sabe exactamente qué teclas tocar para echar abajo todas mis defensas.

—No te enfades, mami. Solo estábamos bromeando. Pásalo bien. Te quiero.

Le doy un beso en la frente y le revuelvo el pelo.

Jude se acerca, me da un beso en la mejilla y me sonríe.

—Pásalo bien y ten cuidado —pronuncia resignado—. Si ese tío no se presenta, me llamas. Si es un puto imbécil, me llamas. Si hace cualquier comentario que te haga sentir mal, me llamas. Si ves que…

—Sí, papá —lo interrumpo, exasperada. Lo obligo a girarse y lo empujo hacia la puerta—. Y, ahora, ¿os vais ya para que pueda depilarme, vestirme y maquillarme como la buenorra sexi que quiero ser esta noche?

Jude gruñe y por fin sale de la habitación. Niego y suelto la risilla que llevo un rato conteniendo.

—Panda de pirados… —Cuando escucho la puerta de la calle cerrarse, respiro aliviada—. Madre mía —suspiro—, por fin sola.

Me quito la sudadera y los pantalones, los lanzo encima de la cama y voy directa al cajón de la ropa interior.

Vale. ¿Opciones? Rebusco entre las prendas. No es que tenga muchos conjuntos sexis, pero alguno hay, y no, no me quiero poner el rojo, porque no podría evitar pensar en Jude y en la forma en la que me ha comido con la mirada cada vez que me lo ve puesto.

—¿Y con qué modelito sexi piensas conquistar a ese chico con el que vas a quedar?

Grito y doy un respingo.

Me giro con cara de mala hostia.

—¿Qué coño haces aquí? ¿No te he dicho que te fueras?

Brooke se pone la mano en el pecho, como si le hubiera soltado el mayor insulto que pudiera habérseme pasado por la cabeza.

—No… no me estás echando de verdad, ¿no? —balbucea con voz temblorosa, el labio inferior le baila arriba y abajo—. Es que… estas cosas hay que hacerlas con amigas, Oli, ¿no habíamos enterrado el hacha de guerra? ¿No somos amigas? —concluye con un hilillo de voz.

Ay, Dios… Como se eche a llorar, me tiro por la ventana.

Niego y luego asiento.

—Vaaale —gruño—. Puedes quedarte…

—¡Bien! —salta feliz.

—Manipuladora —mascullo echándole una mirada de odio, y Brooke me guiña un ojo.

¡Será zorrón!

—¿Qué te vas a poner? —pregunta alegremente.

Suspiro resignada y le señalo la prenda que está en la cama.

Brooke camina hacia allí dando palmitas, como una niña pequeña a la que le dicen que podrá ir al parque si se porta bien, y alza el vestido en las manos.

Silba.

Bueno, no silba, sino que suelta un:

—Fiu, fiuuu. Amiga… —La miro, a ver por dónde me va a salir ahora—. ¡Esta noche mojas!

Suspiro.

—Eso espero, Brooke, eso espero.

Brooke continúa aplaudiendo, arrancándome una sonrisilla. Y de pronto se queda seria y da una palmada más fuerte. ¿Se habrá meado otra vez?

—¡Tenemos que hablar!

Ay, madre, ¿y ahora qué?

—Brooke, en serio, como me sueltes el rollo de usar preservativo y demás, te llevas una hostia y me da igual que estés preñada.

—Que no, calla, que no es eso. Además, me da que esa lección la aprendiste hace años —afirma señalando una foto de cuando Mia era un bebé rechoncho que está encima de la cómoda.

Ambas cabeceamos afirmando. Razón no le falta—.

¡Hazme caso! Esto es serio —suelta, viene hasta donde estoy, tira de mí y hace que me siente en la cama.

Resoplo y pongo los ojos en blanco. La verdad es que no sé por qué el ochenta por ciento del tiempo todo lo que me dice Brooke me irrita, pero lo hace.

—Es hora de que te transmita…  —me dice solemne sentándose a mi lado y, tras una pausa dramática, añade—: el código de las citas.

La miro como si estuviera loca, que lo está.

—En serio, Brooke, tengo que prepararme ya o voy a llegar tarde, ¿puedes dejar de estar tan pirada, al menos durante los próximos veinte minutos?

—¡Presta atención! —me regaña—. Toda cita se puede clasificar con cuatro códigos diferentes, dependiendo de cómo transcurra —me explica.

—¿Y eso qué quiere decir? —Sí, yo tampoco sé para qué pregunto.

Brooke chista, dándome por tonta.

—Fácil. Es un código que Gabriela y yo inventamos cuando vivía en Iowa y quería chuscar: verde, bien; amarillo, aún es pronto para saberlo; naranja, regular, y rojo, huye.

Y luego se explaya durante diez minutos más, todo culpa mía, claro, que he sido la que he preguntado.

Si tenía alguna duda de que tanto Brooke como Gabriela están piradas, se han disipado todas.

—¿Lo has entendido? —me pregunta.

No.

—Ehm, claro, perfectamente —contesto segura.

¿Te he dicho ya que necesito que se marche de una vez porque tengo que quitarme un montón de pelos de las piernas y de lo que no son las piernas?

—¿Seguro? —insiste.

Asiento y aprieto los dientes en la sonrisa más falsa de la historia.

—Que sí, que sí. No te preocupes, que lo tengo todo aquí. —Me señalo la sien—. Es una gran idea.

En realidad, es la idea más absurda que he oído en mi vida.

Brooke sonríe, satisfecha.

—Lo sé, soy un genio.

Y un cojón de pato.

—Ajá. —Asiento—. Oye, ¿tú no tenías hambre? A ver si Jude y Mia van a pedir la pizza sin ti.

—¡Ostras! —Se pone de pie de un salto. Cuando quiere, bien ágil que es—. Bueno, pues ya te he transmitido toda mi sabiduría, es mejor que me vaya para que puedas vestirte y no llegues tarde, ¿vale?

Asiento y tendrías que ver cómo corre agarrándose la barriga.

Nota mental: la comida es la mejor baza para deshacerme de mi amiga cuando se pone intensa.

Me levanto, cojo la ropa y el móvil y me dirijo directa al cuarto de baño de mi habitación. Ya estoy cansada y ni siquiera he salido de casa. Ya ves, los Hartley son agotadores, lo llevan en los genes.

Unos segundos después de que el agua caliente comience a caerme sobre los hombros, destensándome, me convenzo de que todo va a ir bien y de que puedo hacer esto. Solo es una cita, ¿no? No tiene por qué salir mal, aunque sea una cita con un completo desconocido.

Al salir de la ducha, comienzo a secarme y me doy cuenta de que tengo un mensaje pendiente de leer en el móvil.

¿Será Simon? ¿Será Simon para cancelar la cita? Se me escapa un suspiro de alivio automático, traicionero, y me reprendo mentalmente. Esto se me da fatal, la verdad.

Pero no, no es Simon. Es Jude. Resoplo y pongo los ojos en blanco.

No me hace falta leerlo para saber lo que me va a decir: que no es necesario que quede con ningún hombre para echar un buen polvo, que lo nuevo está sobrevalorado, que ese tipo puede ser un asesino en serie y quitarme un riñón mientras duermo, que si no prefiero ir a su casa a ver Dirty Dancing con ellos o algo de eso…

Sonrío y desbloqueo el móvil.

Jude:

Pásalo bien, te lo mereces.

Te he metido una caja de preservativos en el bolso. Por favor, úsalos.

Ahm, mira, pues no.

Y no me preguntes por qué, pero esto… me jode.