Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 2 Fiu, fiuuu
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2 Fiu, fiuuu

Olivia

Cuando veo a Jude así, refunfuñando, enfadado, como un crío al que le han quitado un juguete al que no le hacía el menor caso…, no sé si reírme o darle de hostias.

Bueno, sí lo sé; darle de hostias. Porque es terapéutico, desestresante, divertido y…

bastante satisfactorio, la verdad. Si esperabas hallar en mí a una mujer delicada, risueña y con un carácter apocado, te vas a llevar una decepción.

Pego como un matón, blasfemo como un pirata y gruño la mayor parte del tiempo.

No sé en qué momento se me ocurrió que era buena idea dejarme ayudar por él. Le doy un par de golpecitos en el muslo, de nuevo, dispuesta a aclarar las cosas por millonésima vez.

Nunca voy a entender por qué se pone así.

Quiero decir, sé que conmigo siempre lo ha tenido fácil.

Demasiado fácil. Para mí también lo ha sido.

Desde que, tras un calentón y un encuentro improvisado con Jude en las aguas de Black Beach cuando apenas tenía diecisiete años, me quedé embarazada de Mia, no he tenido mucho tiempo, ni ganas, para conocer a otras personas. Y él… siempre está ahí.

Y ese es el problema.

Siempre. Está. Ahí.

En casa, el trabajo, en cualquier rincón de Silver Bay.

Me persigue con su sonrisa dulce, con esos brazos que parecen hechos a la medida de mi cuerpo, con esa facilidad para decir siempre justo lo que necesito oír y con esas bromas que me arrancan una risa, aunque intente hacerme la dura.

Y con…, con todo lo demás. Y es injusto, porque soy yo la que siempre tiene que recordarle que solo somos amigos, los mejores amigos, cuando llevo loca por él desde que era una renacuaja.

Y te preguntarás dónde está el maldito problema si es evidente que él quiere estar conmigo.

El problema es que querer no es amar. Jude no está enamorado de mí, por mucho que intente convencerse a sí mismo de lo contrario para hacerme feliz.

No lo está. No lo estaba el día que me dejó embarazada de Mia, no lo estaba cuando cedí a que nos casáramos y sé que tampoco lo está ahora.

Y no, no está bien, no podemos seguir fingiendo que esto es suficiente.

Porque Jude se merece encontrar a alguien que rompa su mundo y lo ponga todo patas arriba, que le provoque cosquillas en el estómago cada vez que lo vea, que sea su primer y último pensamiento del día, que se convierta en su cómplice, en su compañera de vida.

Se merece amar de la misma forma ciega y devastadora en la que yo lo amo a él.

Se lo merece, merece conocer el amor de verdad, aunque eso signifique que no sea conmigo.

Y, por encima de todo, yo también me merezco que alguien me ame de esa misma manera.

Merezco olvidarlo, permitirme sanar de una vez y rehacer mi vida lejos de la sombra de lo que pudo ser y no fue.

Es por eso por lo que me he metido en este marrón de las citas.

Llevo pensando en hacerlo ya un tiempo, y por fin he tenido el valor de dar el primer paso.

No pretendo enamorarme de la noche a la mañana, mi prioridad ahora mismo es desengancharme de Jude, conocer a otros hombres, descubrir que puedo pasarlo bien con alguien que no sea él y dejar que las cosas fluyan solas.

Necesito demostrarme que hay vida más allá de sus brazos.

—Estás preciosa con lo que sea que te pongas, Oli —musita alejándome de mis pensamientos mientras me sujeta la mano que he dejado rezagada sobre su muslo.

Levanto la vista hasta esos ojos verdes tras las gafas de pasta negra que le quedan tan tan sexis y que solo usa cuando no está en el trabajo para descansar de las lentes de contacto.

Jude me pasa un mechón de cabello detrás de la oreja y me mira con intensidad.

Y no es una mirada cualquiera. Es esa mirada.

La que empieza en mis ojos, baja despacio hasta mis labios y termina…

mal. Siempre termina mal. O muy bien. Depende de cómo se mire.

Sin embargo, no es el camino que quiero tomar ahora.

—Y, si ese carapardillo no lo ve —añade—, es que es imbécil.

Trago saliva.

Maldita sea.

Las piernas me tiemblan. Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro, como siempre me pasa con él, como si tuviera memoria propia. Jude me desliza el pulgar por la muñeca, un gesto mínimo, casi automático, que me eriza la piel.

Y, cuando cierra los ojos y se inclina hacia mí, inundándolo todo con su olor, ese que conozco demasiado bien y que siempre consigue desarmarme, el mundo parece reducirse a ese instante, a la distancia mínima entre sus labios y los míos.

Un mechón de cabello castaño le cae rebelde sobre la frente, la piel morena del rostro se le ilumina con la luz que entra por la ventana y, durante un segundo, me olvido de respirar.

Sé que si cruza esa línea, si vuelve a pasar, no habrá marcha atrás y mandaré a la mierda la cita, a Simon y cualquier esperanza de cambiar las cosas. Seguiré posponiéndolo una vez más.

«¡No! —me grito—. No, no, no». Me prometí que no volvería a caer en esto.

Me levanto de un salto, alejándome de la tentación, y escucho un golpe. Me giro y lo veo despatarrado en el suelo. Ya ves. Yo aquí preocupada por hacer las cosas bien, y él se dedica a hacer el mono.

—¿Qué haces ahí tirado? —lo reprendo cruzándome de brazos—. Tengo que vestirme o llegaré tarde.

Espero que note que ha llegado el momento de que se vaya sin que tenga que pedírselo.

—Au —protesta, y pongo los ojos en blanco.

Por suerte, el timbre suena en ese momento —gracias, universo— y dejo a Jude aún en el suelo, mirándome desconcertado, ni que lo hubiera empujado yo, no te jode, y corro a abrir.

Por suerte, pues sigo con pinta de indigente y las piernas sin depilar, no puede ser Simon.

Hemos quedado en cuarenta y cinco minutos en Bay Café, porque dice Brooke que no le puedo dar mi dirección a un completo desconocido, aunque luego piense traérmelo a casa para desfogar.

Y, a ver, cierto es que Brooke no es la persona más sensata que conozco, pero algo me dice que en esto tiene razón y que es mejor hacerle caso por una vez en la vida.

Escucho unas voces femeninas al otro lado y abro.

—¡Mamá! Te has pasado con el colorete, ¿eh?

Frunzo el ceño.

Voy a protestar, porque ni siquiera me he maquillado aún, pero me miro en el espejo del recibidor y, sí, estoy roja. Muy roja. Y no tiene absolutamente nada que ver con ningún producto cosmético, te lo aseguro.

Detrás de Mia aparece Brooke, tambaleándose cual barco velero en alta mar.

Es increíble que tenga esa barriga tan grande y solo vaya a salir un bebé de ahí.

Un bebé que la muy arpía no ha querido decirnos si es niño o niña.

Iba a soltarle alguna bordería, porque en eso consiste nuestra amistad desde que regresó a Silver Bay: en tocarle las narices, mucho.

Se lo merece, por arpía. La cuestión es que no me da tiempo a hablar porque la muy borde me empuja, haciéndome trastabillar, y corre por el pasillo.

—Estás en tu casa, ¿eh? —grito y gruño.

—¿Preferías que me meara en tu felpudo?

Antes de que pueda responder, desaparece por el pasillo y se encierra en el baño. Fantástico. Yo que quería echar a uno y ahora tengo a tres en casa. A este paso no acabo nunca de prepararme.

Con un suspiro cierro y vuelvo a mi dormitorio, donde Jude y Mia están cuchicheando algo y se callan de pronto en cuanto me ven entrar.

Entrecierro los ojos, intentando averiguar qué están tramando. Cuando me miran con esa cara de buenos, y esa sonrisa angelical casi idéntica, decido ignorarlos y camino hacia la cama para coger el vestido. Será mejor que pase de todos ellos y me duche de una vez.

—Oye, mami… —pronuncia Mia, y a mí se me pone la carne de gallina porque, cuando la preadolescente hormonada que tengo por hija recurre a ese tono de voz y a ese apelativo, es que quiere algo de todas todas. Me giro hacia ella con los ojos muy abiertos.

»Estaba pensando en que hace mucho tiempo que no hacemos algo juntos un viernes por la noche. —Qué casualidad que hoy sea viernes por la noche.

»Siempre estáis trabajando o descansando para trabajar o haciendo, no sé, cosas de padres, y sé que hoy libráis los dos en la estación de bomberos —pronuncia exageradamente—. ¿Qué te parecería noche de mascarilla, manicura, pizza y Dirty Dancing ?

Aletea las pestañas.

Muy casual todo, sí.

Desvío la vista un segundo hacia Jude, que mira al techo, como si estuviese buscando alguna imperfección en la estructura, el muy cobarde.

Ah, ¿conque a eso jugamos…?

Sonrío de medio lado y, al volver la vista a Mia, mi hija sigue pestañeando rápido con esa cara de princesita que pone cuando quiere. Se le van a irritar los ojos y, en vez de noche de mascarillas, va a ser noche de suero fisiológico.

—Ay, ¡qué buena idea!  —digo al fin dando una palmada.

Ambos dan un respingo.

—¿Sí? —preguntan a la vez.

—¡Claro!

Y los dos sonríen ampliamente.

Si no se dan cuenta de que tanta efusividad, optimismo y alegría por mi parte no van a desencadenar en nada bueno, es que no me conocen.

Me dirijo a la cómoda, abro un cajón de donde saco un puñado de mascarillas y un esmalte de uñas nuevo que me compré la última vez que estuve en Duluth, justo para momentos como este. Voy hacia la cama y se lo tiendo a Jude.

—A papi —pronuncio con retintín, imitando el tono de voz de Mia— y a la tía Brooke les va encantar el plan. Siempre estás diciendo que quieres hacer más cosas con Brooke, ¿no? Pues ahí lo tienes, ¡es el momento perfecto! ¿A que sí, Brooke? —grito.

—¿Qué? —vocifera desde el baño.

—¿Quieres pizza gratis y ver una peli con tu sobrina favorita? —pregunto a gritos.

Abre la puerta del baño.

—¡Claro! —dice asomándose a mi habitación—. Me muero de hambre.

—Lo siento, papi, lo intenté —susurra Mia y le da un beso en la mejilla a Jude, que de pronto se ruboriza tanto que tengo la sensación de que si le toco la cara me voy a quemar.

—¡Ja! —suelta Brooke, y me giro hacia ella—. ¡Me debes diez dólares! —le dice a mi hija señalándola con un dedo.

Parpadeo. No entiendo nada, a veces pienso que vivo rodeada de pirados.