Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 1 Superimbécil, ese soy yo
2%
Tormenta Olivia (Silver Bay 2)

Tormenta Olivia (Silver Bay 2)

Por Raquel Antunez

© inepub.com

1 Superimbécil, ese soy yo

Jude

—Venga, vale, enséñame lo que te quieres poner —refunfuño a regañadientes,  apoyado en el marco de la puerta, cruzado de brazos y con una expresión que pretende ser indiferente.

Lo que menos me apetece en el mundo es ayudar a Olivia a elegir modelito para irse por ahí de picos pardos con un tipo llamado Simon, que tiene cara de pardillo y vive a hora y media de Silver Bay.

—¿Seguro?

Olivia me mira con los ojos entrecerrados, desconfiada, mordiéndose el labio inferior. Y, aunque sé que el gesto no pretende ser nada sexi, a mí me desarma.

Resignado, asiento.

—Vale —responde sonriente—. ¿Qué te parece?

Saca del armario un vestido.

No un vestido.

EL vestido.

En color burdeos, ajustado al cuello con un lazo y abierto por la espalda, y lo que es más importante: demasiado corto, demasiado escotado, demasiado ajustado y demasiado sexi.

Mi cerebro deja de funcionar durante medio segundo.

Ni. De. Puta. Coña.

Frunzo la nariz, y a ella se le borra la sonrisa.

—No —pronuncio tajante.

—¿Qué? —Parpadea—. ¿Por qué? Te encanta este vestido.

—Bueno… —Me encojo de hombros y decido improvisar como el idiota que soy—. Tampoco me gusta tanto. Es super… —¿Sexi, explosivo, increíble?—. Superhortera —se me escapa.

Superimbécil, ese soy yo, sí, y de eso me doy cuenta según veo cómo se va transformando el rostro de Oli.

Silencio.

Carraspeo e intento arreglarlo.

—Solo te dije que me encantaba… —titubeo y trago con fuerza para darme un instante en el que encontrar las palabras adecuadas— para que no te sintieras mal —remato, cavando mi propia tumba.

De pronto me llevo un derechazo en todo el brazo que me hace trastabillar. Y te digo yo que si tuvieras la más mínima idea de los músculos que guarda Olivia bajo esa sudadera lo comprenderías perfectamente.

Solo te digo que, cuando en la estación de bomberos estamos entrenando y los compañeros nos ponemos en plan gallitos a hacer competiciones de dominadas, siempre nos gana ella, a todos.

—Au —protesto y me froto la zona.

—¡Serás capullo! —brama enfadada.

Y, para mi total alivio, con un bufido lo tira sobre la cama, descartándolo. ¡Ja!

Jude, uno; Simon, el carapardillo, cero.

Olivia lloriquea.

—No tengo ropa —afirma frente a un armario que ocupa toda la pared del fondo de la habitación en donde no hay ni un solo estante, cajón o percha vacíos.

La observo desconcertado.

—Nunca te ha preocupado tanto la ropa.

—Y así me ha ido… —musita sin mirarme.

Eso me golpea más fuerte que su puñetazo.

Permíteme que me ofenda porque en los últimos trece años yo, y solo yo, he sido el único hombre que ha estado ahí. El que la ha visto reír, enfadarse, llorar, bailar en la cocina a las dos de la mañana con cualquiera de esos modelitos que hay en su armario y sin ellos, sin ellos también.

Y ahora está aquí, preocupada por impresionar a otro, lo cual, por si no lo has notado, me está hundiendo lentamente en la miseria.

Lo peor de todo es que sé que, elija lo que elija, va a estar sexi, irresistible y guapísima.

Como ahora, que lleva el pelo rubio recogido en un moño imposible del que se escapan mil mechones en todas direcciones, rebeldes, como lo es ella, unido a ese look de estar por casa con el que me la follaría todos los días de mi vida porque está increíble, con esa sudadera demasiado ancha que deja un hombro al aire, unas mallas negras y pies descalzos.

Para comérsela, merendársela, cenársela y, por supuesto, desayunársela después.

¿Qué hago aquí?, te estarás preguntando.

Pues el pringado, eso es lo que hago.

Resulta que la mujer de la que llevo enamorado desde hace más de una década, la madre de mi hija, mi mejor amiga y mi exmujer, con la que he hecho tanto el gilipollas que no se cree que estoy loco por ella, ha decidido que va a empezar a tener citas porque quiere conocer a otros hombres.

Sí, eso que has escuchado es mi corazón hacerse añicos.

Y mi orgullo.

Y todo yo.

Y, por supuesto, no le podía pedir ayuda a otra persona.

A Brooke, por ejemplo, mi hermana, que fue su mejor amiga durante muchos años, seguro que todo esto le parecería la mar de divertido.

O a Mia, nuestra hija, que está con la tontería de la preadolescencia; a ella le encantaría elegir modelitos y probar maquillajes y peinados.

No, tenía que pedirme ayuda a mí, al idiota de Jude.

—Bueno, pues elige tú, si es que ves algo ahí dentro adecuado para una primera cita —protesta.

¿Adecuado para una primera cita con carapardillo?, por supuesto.

—Vale, déjame, que yo me encargo.

Me acerco al armario y paso prendas de las que están colgadas en las perchas hasta dar con el atuendo perfecto.

—¡Ajá! —confirmo satisfecho.

—¡A ver! —dice Oli ilusionada.

Y saco un vestido negro que no está nada mal.

Mi elección no ha tenido absolutamente nada que ver con su total falta de escote, sus mangas largas o que le cubra hasta las rodillas esas deliciosas piernas que tiene.

En serio, la última vez que se lo puso le quedaba espectacular, no sé por qué no se lo pone más.

Se lo tiendo sonriente.

—¿Eres idiota?

Y me llevo otro puñetazo, esta vez en el hombro.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? —protesto, frotándome la zona dolorida—. Es negro, es bonito y te queda bien, que te lo he visto puesto.

—Sí, ¡en el funeral de tu padre! —Ahm, sí, era por eso—. Joder, céntrate, Jude. Si no querías ayudarme, no sé por qué has venido.

Porque soy imbécil, por eso he venido.

Y porque no confío en Simon.

Y porque no confío en ningún hombre.

Y porque no quiero que Olivia salga con ningún hombre.

Y eso es un problema porque es precisamente lo que ella quiere hacer.

La voz de Oli resuena en mi cabeza con lo que tantas veces me ha repetido: «Somos amigos, los mejores amigos». Perfecto amigo estoy hecho, ya ves.

¿Qué demonios estoy haciendo? Suspiro, frustrado, y camino hacia la cama, donde me dejo caer y me tumbo hacia atrás mirando el techo de la habitación.

Me cubro la cara con un brazo y reflexiono unos instantes en que no puedo seguir comportándome así.

Tengo que respetar sus deseos y no ponerle obstáculos para hacer lo que quiera hacer, lo que la haga feliz.

Eso es el amor, ¿no? La teoría dice que sí.

Sin embargo, no tengo ni idea. Para mí ahora mismo el amor es eso que me rompe por dentro, que me provoca una sensación de vacío en el pecho, acidez de estómago y dolor de huevos, eso también, así que mejor descartarlo de la ecuación y actuar como el amigo que quiero ser para Olivia.

—Lo siento, tienes razón, no te estoy ayudando. —Me apoyo sobre los codos, miro EL vestido a mi lado, lo agarro e, incorporándome hasta quedar sentado, se lo lanzo. Olivia lo coge en el aire—. Ponte este. —Frunce el ceño, estoy viendo venir que me voy a llevar otra hostia.

»Te queda espectacular, Olivia, parece mentira que lo dudes, aunque el imbécil de tu mejor amigo te diga lo contrario. El problema soy yo, no esa prenda —me sincero más de la cuenta.

Y recuerdo uno de esos días en los que se lo puso, cuando me dijo que le apetecía que hiciéramos algo a solas, una noche de adultos, y por supuesto organicé todo en un plis para que mi padre se quedase con Mia.

Recuerdo sus risas al ver a través del espejo, mientras se ondulaba las puntas de la larga melena rubia, cómo me la comía con la mirada; recuerdo incluso el conjunto de lencería que eligió, porque era mi favorito, y que me guiñó un ojo que me hizo tragar con fuerza, porque puede que ya estuviésemos separados desde hacía algunos años, pero ambos sabíamos perfectamente cómo íbamos a terminar la velada.

Recuerdo su respiración acelerada y sus pupilas dilatadas, sus pezones enhiestos, y mi polla…, mi polla brincando de emoción. Recuerdo cómo la tela del vestido se ajustaba a cada línea y curva de su cuerpo. Nunca me había parecido tan sensual ver a alguien vestirse en lugar de desnudarse.

Ese día estaba preciosa, increíble y sexi. Como ahora. Como siempre, pero distinta.

—¿Sabes lo que pasa de verdad, Jude? —me pregunta Oli observándome a través del espejo.

Recuerdo cómo me entretuve en desenvolverla esa noche, con toda la parsimonia del mundo, como si fuera el regalo de Navidad más esperado ante la persona más cuidadosa y paciente del universo.

—¿Jum? —pregunto perdido en mis pensamientos y, cuando carraspea sabiendo que no le estoy prestando atención, niego—. No, pero apuesto a que lo que me vas a decir no me va a gustar —le suelto, sincero, porque ella es así siempre: implacable.

Oli bufa.

—Que tus celos están por encima de tus ganas de ayudarme, eso es lo que pasa —protesta girándose hacia mí—. Y te ofreciste tú, así que no entiendo nada y me exasperas, me enervas, me… —Hace un ruidito de exasperación, y me río—. ¿Y ahora por qué te ríes, joder?

—Porque te pones preciosa cuando me regañas.

Le guiño un ojo, que sé que le pone cantidad, y le sonrío, no con una sonrisa cualquiera, sino con La sonrisa, esa con la que, muchas veces, consigo lo que quiero.

Olivia relaja los hombros automáticamente, suspira y termina sonriéndome, dándome por perdido, y noto que ha bajado un poco las defensas al ver cómo las orejas se le tiñen de rojo. ¡Ja! Soy un hacha de la manipulación.

¿Estoy intentando que se olvide del cenutrio ese con el que va a salir, se lance a mí, como llevo rato deseando que haga, y terminemos desfogando sobre sus sábanas, que me consta que huelen a limpio porque pretende ensuciarlas esta noche con alguien que no soy yo? Culpable.

Se gira y camina hacia mí, dejándose caer a mi lado.

Carraspeo y cruzo las piernas para disimular la evidente y nada apropiada erección que atenaza mis pantalones.

—Jude… —musita seria.

—Lo sé, lo sé… —la interrumpo y fuerzo una sonrisa—.

Somos amigos, los mejores amigos —repito su mantra, ese que tanto odio—.

Y te apoyo, vale. Lo que tú decidas que te haga feliz está bien para mí también, pero ¿estás segura de que quieres quedar con…

—añado y cojo el móvil de Olivia, que está sobre la mesa de noche, lo desbloqueo con la clave que me sé de memoria y voy hacia la pantalla donde están todos los datos del tipo— Simon Brown —leo—, que vive en Duluth, lejos de aquí, de la estación de bomberos, del colegio de Mia, de… de todo?

«De mí», concluyo mentalmente lo que en realidad quería decir.

Olivia resopla.

—Puf, ¿qué más da de dónde sea? Solo quiero una cita normal —dice ella, cansada—. Algo… diferente.

La miro a esos ojos azules tan iguales a los de nuestra hija.

—¿Diferente de qué?

Silencio. Su mirada no se aparta de la mía y justo antes de que hable sé que lo que va a soltar me va a destrozar.

—De ti, Jude.—Au, joder—. De nosotros.  —En fin…, no sé si está más roto mi corazón o mi orgullo. ¿Podría ser peor?

»Solo quiero sentir algo nuevo, echar un polvo en condiciones y eso —concluye. Ah, pues ya ves, sí que podía ser peor, sí. Abro la boca, indignado. Hasta ahora pensaba que todos nuestros polvos eran buenos.

»Con otra persona, Jude. —Resopla leyéndome el pensamiento y, cuando la veo alzar el puño, de forma instintiva me cubro mis partes nobles antes de que el golpe que me veía venir caiga en el muslo—. Tengo que buscarme una amiga, esto no es normal.

—Grrrrr —respondo.

Refunfuñando, se levanta y se dirige a la cómoda, abre el primer cajón y rebusca algo en él.

Contengo el aliento porque sé exactamente qué cajón es y, como elija la lencería roja que ella y yo sabemos que no sirve para cubrir absolutamente nada, me tiro por la ventana.

«Dios mío, ¿qué habré hecho yo para merecer esto?», pienso notando cómo un ardor me quema del estómago hasta la garganta y, de pronto, como si hubiera invocado el recuerdo con mis plegarias, me viene a la mente, alto y claro, el momento más imbécil de toda mi jodida existencia.

Ah, sí, era por eso.