Tomada por los colmillos de mi guardián (La Alianza Real nº 5) Pide café. #2
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Pide café. #2

A Juliette le dio un vuelco el corazón mientras observaba a su tutor entrar con paso firme y ocupar su lugar en la mesa. Estaba guapo de infarto como siempre, y como había escrito un columnista de cotilleos especialmente elocuente—

Aunque todos los hermanos Bellecourt poseen su característico cabello rubio platino y ojos azules gélidos, hay un aire de peligro y pecado en torno al segundogénito Gaël que recuerda a un ángel caído...

pero uno que no piensa cambiar sus colmillos mortales por un halo en un futuro cercano.

Así que cuidado, todos los que sean lo bastante estúpidos como para cruzarse en su camino.

Este Caro en particular es de los que atacan primero —y tengan por seguro que será un golpe mortal— y preguntan después.

Recordar esas líneas hizo que Juliette negara mentalmente con la cabeza.

Era cierto que su tutor podía ser despiadado, pero solo con quienes no merecían piedad.

Por lo demás, era mucho más angelical de lo que la mayoría creía, y la prueba la tenía justo delante, en cómo se le suavizaban los rasgos cuando sus miradas se cruzaban.

—Buenos días, Juliette.

—Buenos días, Gaël.

Toda la familia fingió no darse cuenta de cómo se le iluminaba el rostro a Juliette con el saludo de su tutor. Para nadie en la mesa era un secreto que Juliette estaba enamorada de Gaël... como tampoco lo era que el segundogénito Bellecourt no tenía ni idea de los sentimientos de su pupila.

El personal regresó para servir el desayuno, y todos supieron de inmediato que lo había preparado Juliette.

A Sydney se le puso cara de felicidad al dar el primer bocado a la tortilla de langosta azul de Juliette.

—Dios mío, Jules. Cásate conmigo.

Todos se rieron, e incluso Jean Luc esbozó una sonrisa.

Gaël negó con la cabeza cuando uno de los sirvientes iba a servirle café a Juliette.

—Solo zumo para mi pupila.

Juliette miró a su tutor desconcertada.

—¿Por qué no puedo tomar café?

—Porque estás a punto de tener la regla —fue la respuesta tajante, y Juliette solo quería morirse mientras todos excepto Jean Luc soltaban risitas ante la franqueza de su tutor.

Tendría que haberse acordado de que los Caros como Gaël podían percibir instintivamente cualquier cambio relacionado con la sangre en el cuerpo de una persona, y Juliette quiso que se la tragara la tierra mientras Gaël seguía dándole una lista de recomendaciones para aliviar su estado.

Puede que veinticinco fuera la mayoría de edad para los Caros, pero ella era humana, y a los dieciocho eso significaba ser adulta para su especie.

Agradecía lo mucho que su tutor se preocupaba por su bienestar, sí, pero ojalá pudiera quererla como amante, o al menos verla como la mujer que ya era y no como la niña que había sido.

Émilien miró a Luciella y preguntó con suavidad:

—¿Tendría que haberte dado los mismos consejos cuando empezaste la universidad?

Su pupila lo miró horrorizada, y los labios de Émilien se curvaron divertidos. Luciella era una criatura callada, pero sabía perfectamente cómo expresar su opinión sin necesidad de decir una palabra.

Jean Luc tomó otro fajo de informes diarios, aunque solo lo hacía por guardar las apariencias. El comportamiento de Gaël con su pupila le rondaba la cabeza últimamente, y la forma en que su hermano actuaba en ese preciso momento le daba aún más que pensar.

Su hermano era considerado el más despiadado de todos los Bellecourt, y Jean Luc podía imaginar perfectamente cómo el mundo se quedaría boquiabierto si escucharan la forma en que Gaël le hablaba a su pupila en ese momento.

Juliette solo estaba a punto de tener su visita mensual, y sin embargo, por cómo actuaba su hermano, cualquiera pensaría que la chica sufría de repente alguna enfermedad terminal.

Por otra parte... Juliette era más vulnerable que la mayoría.

La chica era demasiado bondadosa, y los preters —especialmente los Caros como él— solían ver esa amabilidad como una herramienta que explotar.

Entendía por qué Gaël era tan sobreprotector con Juliette, y Jean Luc se preguntaba si acaso él no estaría mejor con una pupila que fuera todo lo contrario a Juliette.

Hacía tres años que los vampiros habían atacado la instalación subterránea donde los padres de Aprilynne trabajaban como psicólogos. Era el mismo lugar al que habían enviado a Luciella y a su abuela, y también donde Gaël había rescatado a Juliette.

La mayoría de los humanos aquella noche habían quedado paralizados de terror, y ese miedo les había costado la vida. Aprilynne, sin embargo, fue una de las pocas que se atrevió a contraatacar, y la única que logró matar a un vampiro por su cuenta.

En aquel momento, su pupila solo pensaba en vengarse, después de haber visto cómo los vampiros decapitaban a sus padres para convertir sus cuerpos en fuentes de sangre. No le importaba seguir con vida, y habría ido a por otro vampiro si Jean Luc no hubiera llegado a tiempo para llevársela de allí.

Había sido una criaturita tan salvaje en aquellos días, reflexionó Jean Luc, y desafortunadamente, pese a todos sus esfuerzos por evitarlo... su pupila solo se había vuelto más temeraria y sedienta de sangre con los años.

C'est la vie, pensó Jean Luc encogiéndose mentalmente de hombros.

Así era la vida, y no quedaba más remedio que apañárselas con lo que las Parcas hubieran dispuesto.

En su caso, tenía a una joven fiera disfrazada de encantadora mujer de veintitantos años en su primer año de posgrado, y era su deber como tutor asegurarse de que no acabara muerta en su interminable cruzada por cazar vampiros y vidange.

Y en cuanto a Gaël, bueno...

Juliette, con sus dieciocho años, ya se había convertido en toda una mujer, pero si su hermano insistía en ver a su pupila como a una niña, como estaba haciendo ahora...

—No me desafíes en esto, Juliette —advirtió Gaël.

—No lo hago —respondió Juliette de inmediato con voz tranquilizadora—. Solo digo que es el primer día de clases, y los demás se llevarían una impresión terrible de mí si descubren que falté por...

—¿Tu menstruación?

Juliette hizo una mueca.

—Sí.

—¿Estás diciendo que has estado fingiendo el dolor todo este tiempo?

—Por supuesto que no...

—Entonces, ¿cuál es el problema? Los demás son los demás —desestimó Gaël con una mueca de desdén—, así que ¿por qué te importa lo que digan? ¿Acaso no debería importarte más mi opinión como tu tutor?

Severin no pudo evitar poner los ojos en blanco al ver cómo se comportaba Gaël con su pupila. Durante años, el duelo había convertido a su hermano en una sombra de lo que fue, y solo cuando Juliette se convirtió en su pupila encontró una razón renovada para existir.

En cuanto a Juliette, no habían tardado mucho en descubrir los crecientes sentimientos de la chica por Gaël... y viceversa. Pero lo que seguía desconcertando a Severin era cómo alguien tan astuto como su hermano podía ser tan rematadamente obtuso.

¿Cómo demonios no veía Gaël lo que tenía delante de las narices?

Quizás había llegado el momento de que Severin agitara un poco las aguas, darles un empujoncito, y ver cuál de los dos...

Severin gruñó de dolor cuando su hermanastra, que también era su propia pupila, le dio una patada bajo la mesa.

Sydney fulminó a su tutor con la mirada a modo de advertencia. ¡Ni se te ocurra! Severin era un hombre de poca paciencia, y ella había sabido al instante cuándo se le había metido en la cabeza intentar acelerar las cosas entre Juliette y el hermano mayor de Severin.

Si bien había muchas cosas en la vida a las que les venía bien la rapidez y la eficiencia, el amor era una de las pocas que nunca debían apresurarse... y esto era especialmente cierto para alguien como Gaël, que había jurado no volver a entregar su corazón a ninguna mujer.