CAPÍTULO 11 #2
Kaede avanzó con la cuchilla girando como un torbellino de metal puro.
Cada tajo trazaba una línea de sangre oscura y saliente.
Las criaturas no gritaban. Morían sin sonido, como si el bosque se tragara sus voces.
Hiroshi cubrió la retaguardia, lanzando oleadas de fuego negro para frenar a las que saltaban desde los tejados de las cabañas.
—¡Nos cierran el paso! ¡Ryo, despeja a la derecha!
Ryo levantó ambas manos. Su piel chispeó.
—¡Atrás! Un estallido de electricidad quebró el suelo.
Las raíces reventaron, y las criaturas salieron volando, sus cuerpos incandescentes.
Eri, con el rostro ensangrentado pero firme, mantuvo la barrera viva un segundo más, lo suficiente para que Tanaka canalizara su sombra en una lanza que se estrelló en el centro del círculo.
La lanza se estrelló con la criatura, atravesándola como si su cuerpo fuera aire sólido.
Un grito silencioso emergió de su boca sellada y se expandió como un vacío en el espacio.
Y entonces… Todas se Un instante. Un suspiro colectivo.
El bosque contuvo el aliento. Las mujeres-escorpión se congelaron en su avance.
Algunas a medio salto, otras aún arrastrándose por las paredes como insectos erráticos.
Solo la vibración de sus colas continuó, como una advertencia contenida.
—¿Tanaka? —susurró Eri—. ¿Eso…eso fue suficiente?
Tanaka no respondió. Sus ojos estaban fijos en la criatura, que ahora se deshacía como su cuerpo de ceniza sostenido por una voluntad ajena.
La espiral de su pecho giró una última vez…
y se abrió. Un ojo. Uno solo. Enorme. De pupila vertical.
Y en el fondo de ese ojo, un reflejo. Souta. Pero no como lo recordaban.
—¡Mírenlo! —gritó Ryo, retrocediendo un paso—. ¡Mírenlo bien! Souta estaba allí, dentro del ojo, fusionado con raíces, su rostro cubierto de corteza, su boca abierta en un grito mudo, sus ojos suplicando.
Kaede apretó los dientes.
—Aún está vivo… o lo que queda.
Pero el ojo parpadeó. Y al cerrarse, todas las mujeres-escorpión gritaron al unísono. No con voz. No con aire. Sino con energía. El bosque rugió. Las raíces se alzaron. Las casas del pueblo se derrumbaron como huesos quebrándose. El suelo mismo se inclinó como si respirara.
—¡Corran! —gritó Tanaka—. ¡A la grieta!
La grieta. Aquella que se había abierto bajo el cadáver de la criatura anterior.
Ahora palpitando con un resplandor púrpura, como una herida en la tierra.
Kaede gritó, cortando a dos mujeres-escorpión que se lanzaban desde los árboles.
Ryo cayó al suelo, pero Tanaka la levantó como una sombra extendida, envolviéndola como un brazo firme.
—¡Ya casi! —gritó Hiroshi, que ya estaba en el borde de la grieta, sus llamas girando en un torbellino oscuro para proteger la entrada.
Una mujer-escorpión más grande que las demás descendió de una pared derrumbada. Tenía alas desplegada, membranosas, y marchitas. La criatura alzó sus brazos y del cielo cayó una lluvia de espinas negras.
—¡Dentro ya! —rugió Tanaka.
Uno a uno saltaron. Kaede fue la última, girando en el aire con su cuchilla atravesando el cuello de la criatura alada justo antes de caer.
El mundo se volvió negro. El sonido se convirtió en zumbido.
Y entonces, cayeron de pie, en un suelo blando de tierra.
El suelo era húmedo. No como la tierra mojada.
Sino como carne tibia. Tan pronto tocaron fondo, el aire se volvió espeso, denso, como si cada partícula pesara más que el silencio mismo.
No había luz, pero podrían ver. No había sonido, pero todos escuchaban el pulso… tum-tum… tum-tum…
—¿Dónde… estamos? —murmuró Eri, tocando la superficie con los dedos ensangrentados. La tierra pareció responder con un escalofrió.
Kaede se puso de pie, su cuchilla en mano. La hoja estaba cubierta por una sustancia negruzca que goteaba como veneno, pero que no era suya. Seguía vibrando. Como si el metal recordara todo lo que acababa de matar.
—No es lugar —dijo Tanaka finalmente—. Es… el vientre.
Ryo se incorporó con dificultad. Tenía una costilla rota. Lo sabía por el dolor pulsante al respirar. Pero, aun así, sus ojos chispeaban.
—¿Qué quieres decir?… ¿Que seguimos dentro?
—No. —Hiroshi caminó unos pasos hacia el centro de la sala, su fuego apenas una brasa tenebrosa en su mano cerrada—. No estamos dentro. Ahora somos parte de él.
La caverna esférica. No tenía techo ni suelo, solo paredes curvas que se extendían en todas direcciones.
Raíces gigantes latían como músculos. Líquido oscuro rezumaba por algunas fisuras.
En el centro, suspendida, una figura humana flotaba dentro de una esfera de savia brillante.
Souta. Pero no como antes. Ahora estaba completo.
Su cuerpo ya no era carne, sino una mezcla de madera viviente, corteza blanca, venas de savia negra.
Su rostro era sereno, dormido. No gritaba.
No se resistía. Era uno con la raíz. Eri retrocedió un paso.
—No puede ser…
Tanaka levantó una mano y su sombra se extendió. Tocó la esfera que envolvía a Souta. La savia cantó. Una voz femenina. Mil voces femeninas. Susurrando en diferentes tonos a la vez.
«Sopla el viento en la nada, un susurro de hiel, cruje el suelo olvidado, bajo un manto de piel.
Los arboles lloran hielo, las estrellas se han ido, y nuestras voces, perdidas en ecos, ya no encuentra abrigo.
Estoy atrapado, en un suspiro sin sol, donde el frío es un canto, donde el alma se quebró, soy solo un latido…
en un mar sin dirección. La niebla devora pasos, y en las venas de cristal, cantan nombres olvidados, bajo lunas de metal.
Sombras largas me susurran, secretos de un ayer, donde la esperanza es polvo y los sueños son papel.
Atrapado… atrapado… en un lugar que no me deja regresar».
Kaede cerró los ojos con fuerza.
—¿Y él aceptó?
—O solo lo eligieron —susurró Hiroshi.
Ryo escupió sangre.
—¿Y entonces qué hacemos? ¿Rompemos esto también? ¿Matamos a Souta?
Tanaka no respondió. Pero entonces… Souta abrió los ojos. Negros. Totalmente negros. Sin pupilas. Sin luz. Y habló sin mover los labios.
—¿Por qué vinieron… si sabían que no podían salvarme?
Todos retrocedieron un paso, menos Tanaka.
—Porque no íbamos a dejarte, Souta —dijo.
—Ya me dejaron —respondió la voz.
La esfera se quebró. Souta cayó al suelo.
No como un cuerpo. Como un árbol al que se corta la raíz.
De su espalda brotaron ramas finas, temblorosas, y sus dedos se estiraron más de lo humano.
A cada paso que daba hacia ellos, el ciclo crecía detrás de él.
Raíces. Brotes. Pétalos negros. Kaede levantó su cuchilla.
—Dilo, Tanaka —susurró. —¿Qué? ¿Nos quedamos… o lo detenemos?
Souta se detuvo frente a ellos. Su voz ya no era la suya. Era la de todos los que habían sido tragados por el ciclo. «Uno de ustedes debe quedarse. Uno debe ser la raíz. Otro será semilla. Los demás. Pueden irse».
Eri temblaba.
—Eso… eso es lo que querían desde el inicio.
Hiroshi sonrió con tristeza. El fuego en su cuerpo era ceniza flotante.
–No querían matarnos. Querían herédanos.
Todos se quedaron en silencio por unos minutos. Tanaka avanzó.
—Entonces yo me quedo. –
—¡No! —grito Ryo.
—Sí –dijo Tanaka, firme—. Yo fui el que los trajo hasta aquí. Yo seré el primer ciclo. Yo abriré el siguiente.
Ryo se adelantó un paso, con la electricidad aún chispeando en sus brazos.
—Esto no tiene sentido… ¡Tiene que haber otra forma!
—No la hay —respondió Tanaka, sin voltear. Su voz era tranquila.
Eri temblaba.
—¡Tanaka… eres el único que podía mantenernos unidos!
—Y por eso lo hago —respondió él—. Esta es la última orden. Sobrevivan y busquen a los demás.
Kaede no dijo nada. Solo observaba. Su cuchilla, por primera vez, no vibraba.
Tanaka caminó hacia él sin vacilar. Cada paso que daba, como una gota en un pozo sin fondo.
Cuando estuvo frente a Souta, extendió la mano.
Y Tanaka la tomó. Floreció. Raíces brotaron de su espalda.
Su sombra se disolvió. Y en su lugar, un brote oscuro surgió del suelo.
Uno nuevo. Uno fuerte. Souta se desvaneció.
Y una grieta se abrió esperando a que cruzara alguien.
Kaede, Ryo, Hiroshi y Eri… miraron a Tanaka por última vez.
Pero ya no era el mismo. Souta saltó y fue el primero en cruzar y regresar a casa.
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