Tokyopunk CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El bosque no respondió. No con palabras. No con movimientos. Solo un silencio… demasiado quieto. Como si contuviera la respiración.

—Vamos —dijo Tanaka.

Y caminaron. No había dirección. No había suelo estable. Las raíces se retorcían como intestinos antiguos, palpitando bajo cada pisada, y las ramas se abrían con lentitud, como si el bosque los dejara pasar, pero por voluntad propia. No eran bienvenidos. Solo tolerados. Por ahora.

—Siento algo —murmuró Eri de pronto.

—¿Qué?

Ella alzó la mano. Su palma brillaba débilmente, como si captara una energía residual en el aire.

EL NexUs latía dentro de sus mentes, pero Eri lo sentía más fuerte, más presente.

Como si algo en este lugar la buscara. De pronto, podían ver unas cabañas a lo lejos como si un pequeño pueblo estuviese viviendo ahí, pero al llegar se dieron cuenta que se veía abandonado.

Inspeccionaron casa por casa para saber si había alguien aún viviendo en ese pueblo.

La niebla se espesó conforme el día transcurría.

El aire adquirió un sabor metálico, rancio.

El pueblo estaba compuesto por estructuras rudimentarias, hechas con madera podrida y ramas entrelazadas con una precisión inquietante.

No había rastros de vida… tampoco de muerte.

Todo estaba increíblemente intacto. Un poco de polvo por allá, sin huellas, sin señales de abandono… y sin alma.

—Esto no me gusta —dijo Kaede, su cuchilla levemente en su espalda—. Está demasiado perfecto.

—No hay sonido —añadió Ryo—. Ni insectos, ni viento. El bosque ya no respiraba.

Tanaka se detuvo frente a la cabaña más grande, un edificio circular con una sola entrada y símbolos tallados en las vigas: espirales, ojos sin pupila, marcas del bosque… pero más antiguas. Más profundas. Sus dedos rozaron la madera.

—Aquí fue usado —murmuró—. No como un refugio… sino fue usado para otros fines.

Entraron. El interior estaba iluminado por una luz verdosa que no tenía fuente. Había muebles simples –mesas, sillas—cubiertos de símbolos. Las paredes eran suaves al tacto, como piel vieja. Y el centro, una figura sentada. Un cuerpo… o lo que queda de uno.

—¿Eso es… humano? —preguntó Eri con un hilo de voz.

—Lo fue —respondió Hiroshi. Su tono era seco. Inflexible.

El cuerpo era de mujer, pero no tenía cabello, sino que tenía serpientes y debajo de su cintura no tenía piernas ni pies, sino unas enormes y feas patas de escorpión y una enorme cola salía de ella.

Tanaka dio un paso al frente. El NexUs vibró con más fuerza, y por un instante, todos lo sintieron: un mensaje, o recuerdo…

proyectado directamente en sus mentes. Este pueblo es una trampa.

El cuerpo de la mujer escorpión de pronto cobró vida, y dio un grito que tuvieron que taparse los oídos de lo fuerte del grito que producía la mujer.

El grito no fue solo un sonido. Fue una onda.

Una vibración profunda que atravesó sus cráneos, y empujó sus pensamientos al borde del colapso y desgarró el tejido del NexUs con tal fuerza que todos, por un instante, perdieron su conexión.

Eri fue la primera en caer de rodillas, con las manos en la cabeza. Sangre brotó por sus oídos.

—¡Tanaka! ¡No puedo… escucharla más! –chilló, y su voz temblaba como si luchara contra una corriente invisible.

Kaede retrocedió un paso, sus ojos completamente en blanco por un segundo antes de parpadear bruscamente y recuperar el enfoque. El filo de su cuchilla chirrió al ser desenvainada.

—¡No es humana! ¡Nunca lo fue!

La mujer-escorpión se irguió. Su cuerpo crujió con sonidos orgánicos, viscosos, mientras sus patas inyectaban veneno en el suelo mismo, que se volvió negro y podrido bajo ella.

La cola se agitó como una lanza viva, dejando una estela de aire ácido a su paso.

Y sus ojos… cuando los abrió… eran múltiples.

Incontables. Todos mirando desde distintos puntos de su rostro.

—Ustedes… no debieron… llegar tan lejos —dijo con voz doble, como si hablara con su alma y su eco al mismo tiempo.

Tanaka se adelantó, su sombra creciendo tras él como un animal furioso.

—¿Quién eres?

—Yo fui… la primera. La primera que fue creada. La primera en este bosque. El ancla que impide que continúen. Y ahora…

Con un rugido, la criatura saltó. La cola descendió como una guadaña, pero fue detenida por un muro de cristal formado al instante por Eri, quien, a pesar del dolor, alzó una mano temblorosa.

—¡No! ¡No! ¡No vas a tocarnos!

La cola se estrelló contra el cristal y lo fracturó. No lo atravesó… pero casi. Ryo aprovechó el instante para lanzar una descarga directa al cuerpo de la criatura. El rayo golpeó su torso, pero la mujer solo gritó… y absorbió la electricidad en sus serpientes.

—¡¿Qué carajos?! —jadeó Ryo.

No podía creer lo que había pasado, las serpientes bloquearon su ataque. Kaede no esperó más. Corrió por el flanco izquierdo, girando su cuchilla en espiral.

—¡Hiroshi! ¡Furia directa!

—¡Hecho! —rugió Hiroshi, y su cuerpo volvió a envolverlo en llamas negras.

Ambos atacaron al unísono. Kaede saltó con precisión quirúrgica, cortándoles una de las patas a la mujer-escorpión con un tajo limpio, y la criatura chilló con un alarido que hizo vibrar las paredes de la cabaña.

Hiroshi impactó en el mismo punto, incendiando la carne expuesta con un fuego que no solo quemaba… desmembraba la existencia.

—¡Ahora, Tanaka! —gritó Eri.

El líder extendió sus brazos. La sombra se desató como una marea viva, envolviendo a la criatura por completo.

Los cinco cayeron de rodillas, exhaustos.

Donde había estado la criatura, solo quedó la madera hecha cenizas.

.. y una marca ardiente en el suelo con forma de la figura de la mujer-escorpión. Eri levanto el rostro.

—Eso no fue una criatura. Fue una prisionera. Como nosotros.

Kaede guardó su cuchilla.

—No más paradas. La próxima vez que algo se cruce en nuestro camino… no preguntamos nombres.

—¿Y si era alguien que conocíamos…? —murmuró Ryo.

—Entonces ya no lo era —dijo Hiroshi, su voz como un eco entre brazas.

Tanaka miró toda la casa y caminó. A seguir caminando. ya casi a punto de partir, se escucharon pasos afuera de la casa como si algo o alguien los estuviera rodeando. Eri vio por una ventana que estaba cerca de allá, miró lentamente hacia afuera.

—No puede ser —susurró.

Les hizo una seña con sus manos. Nadie habló.

Nadie se movió. Solo respiraron lo justo para no romper el silencio.

Tanaka se deslizó hasta la ventana opuesta.

Hiroshi se posicionó cerca de la entrada, las llamas negras volviendo a emerger de sus puños como serpientes inquietas.

Ryo cerró los ojos, dejando que la estática comenzara a fluir de nuevo en su cuerpo, mientras Kaede ya tenía la cuchilla desenvainada, apuntando hacia la puerta como si pudieran prever exactamente por dónde vendrá el ataque.

Eri señalando con la mano a la mujer-escorpión insinuando que habían más afuera.

Eri bajó lentamente la mano después de señalar.

Su rostro estaba helado, sus ojos completamente abiertos.

—Hay más… —susurró—. No una. No dos. Muchas. Están rodeando la cabaña.

Nadie hablo. Tanaka, desde la ventana, y desde la obscuridad opaca de la niebla, entre los retorcidos troncos, las vio.

Docenas. Tal vez cientos. Siluetas femeninas, erguidas, con torsos esculpidos y pálidos, pero colas negras elevadas y patas insectoides que chasqueaban sobre la tierra húmeda.

Las serpientes en sus cabezas silbaban suavemente, como si compartieran un mismo pensamiento.

Una sola conciencia. Una misma voluntad.

Una por una se acercaban a la puerta de la cabaña.

El sonido de las patas insectoides golpeando la tierra no era fuerte.

Era constante. Como un tambor lejano. Un pulso primitivo.

Kaede avanzó lentamente hasta quedar junto a Tanaka.

Desde la rendija de la puerta entreabierta, pudo verlas con más claridad: mujeres-escorpión, idénticas, pero con sutiles variaciones.

Algunas con piel translúcida que dejaba entrever órganos que palpitaban lentamente.

Otras con alas marchitas que vibraban débilmente, como si recordaran haber volado alguna vez.

Algunas mujeres-escorpión caminaban en círculo alrededor de la cabaña, esperando a atacar. Ryo tragó saliva y susurró:

—Nos están probando…

—No —corrigió Tanaka, con la mirada fija en la figura más grande entre la niebla—. Nos están esperando.

Desde el centro del círculo emergió una más. No más grande, más grotesca. Pero distinta. Vacía. Su rostro era una máscara de piel sin rostro. Solo una cavidad de sombra donde deberían ir los ojos. Y de su pecho salía una costura en espiral, como si algo estuviera cosido adentro.

—Esa… no es como las otras —dijo Eri con la voz baja.

Ella no pensaba. Ella siente. Hiroshi dio un paso, su fuego temblando con un calor inestable.

—¿Esperan que bajemos la guardia? ¿O están esperando… algo más? La criatura sin rostro se acercó a la entrada, sola, sus patas clavándose en la tierra como estacas. Se detuvo a menos de cinco metros de la puerta. Y entonces habló.

—La primera ya no está. La segunda será elegida.

Tanaka se llevó una mano en la cabeza.

—Manténganse alertas.

Kaede apretó la empuñadura de su cuchillo hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

—Eri, ¿puedes bloquear esto?

Eri estaba temblando. El cristal en su mano latía con un pulso irregular.

—No puedo bloquearlo… pero puedo reflejarlo.

—Hazlo —ordenó Tanaka—. Ahora.

Eri cerró los ojos. El cristal estalló en un brillo pálido, creando una esfera de luz en torno a ellos. La criatura sin rostro cayó de rodillas, sacudida por el brillo que emitía el cristal. Como una marea de carne y veneno, las mujeres-escorpión se abalanzaron desde la periferia.

—¡Rompemos por el lado derecho! —gritó Tanaka—. ¡Kaede, abre paso!