Tokyopunk CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

El bosque, antes quieto y expectante, ahora era un caos vivo.

Las ramas se torcían, el suelo se abría en grietas respirantes.

No era solo un entorno… era un campo de guerra orgánico que trataba de tragarlos enteros.

Hiroshi cargó primero. Su cuerpo estalló en llamas negras, las sombras alrededor de su piel tomando forma, como serpientes abrasadoras que azotaban a los lagartos que se acercaban.

Cada contacto provocaba una combustión parcial…

pero no bastaba. Los lagartos no ardían como criaturas normales.

Sus cuerpos, al ser tocados por las llamas negras de Hiroshi, no gritaban…

simplemente se deshacían, como si el fuego activara una descomposición de identidad, borrándolos no de la existencia…

sino de la memoria misma del lugar. Pero por cada uno que caía, dos más surgían entre las raíces.

—¡Esto no es sostenible! —rugió Ryo, descargando un relámpago curvo que reventó en mil chispas al chocar contra una de las criaturas, dejando su piel abierta como un libro de carne vieja—. ¡¡Son parte del bosque!!

—¡Entonces quemamos el bosque! —gritó Hiroshi, girando sobre él mismo y liberando una oleada de fuego infernal que incendió no solo a los lagartos, sino a los árboles cercanos. Y los lagartos que lograron sobrevivir, fueron a atacarlos directamente.

—¡Formación cerrada! —gritó Tanaka, retrocediendo un paso, una sombra envolviéndolo como una armadura viva—. ¡No dejen que nos rodeen!

Eri fue la primera en moverse, su cuerpo rodeado por fragmentos de cristal suspendido.

Con un grito, lanzó los fragmentos hacia los dos lagartos más cercanos.

Las esquirlas se clavaron con precisión quirúrgica, pero en lugar de caer…

las criaturas absorbieron los fragmentos.

Los brazos de Hiroshi estallaron en fuego negro, sombras danzantes que crepitaban con una furia ancestral.

Corrió directo hacia el más grande de los lagartos y con un rugido golpeó el suelo.

El fuego se esparció en círculos, formando una prisión llameante que comenzó en un instante.

El lagarto se lanzó sobre él. Hiroshi lo esperó.

Cuando la criatura lo alcanzó, ambos estallaron en una explosión de oscuridad ardiente.

Pero de entre las brasas, Hiroshi emergió…

quemado, sangrando… sonriendo. Kaede giraba como una danza mortal.

Su cuchilla, ahora resonante con una nota aguda que parecía cortar incluso el aire, trazaba líneas rojas con los cuerpos de los enemigos.

Cada vez que cortaba, las criaturas chirriaban, de dolor y miedo a la vez.

Ryo levantó ambas manos. La electricidad vibraba sobre su piel.

No como un arma, sino como una tormenta contenida.

Cerro los ojos. «¿Quieres sentirlo?», susurró.

Una descarga se disparó desde su cuerpo hacia el cielo invisible, rebotando en el aire y cayendo como una lluvia de rayos finos.

Cada impacto sobre el suelo producía explosiones azules, y las criaturas estallaban en espasmos.

Y uno a uno fueron cayendo sin vida. Pero uno de ellos no cayó.

Tanaka reaccionó de inmediato. Su sombra se extendió como una lanza y atravesó al lagarto.

—Al fin terminamos con ellos —exclamó Eri sintiendo un frío recorriéndole su cuerpo.

El último cuerpo cayó con un sonido sordo, como si el propio bosque se negara a reconocer su muerte.

Las hojas dejaron de crujir. El aire se volvió espeso otra vez, como antes…

pero no igual. Kaede bajó lentamente su cuchilla, aún palpitante con esa vibración aguda que le hablaba en un idioma que no entendía.

Se quedó mirando sus manos manchadas de una sustancia parecida a sangre. –

—¿Terminó? —susurró.

—No lo sé —murmuró Ryo, limpiando su rostro con el dorso de su mano, que aún chispeaba débilmente—. Pero esto… esto fue más que una defensa, ¿verdad?

Hiroshi respiraba con dificultad, sus hombros cubiertos por las brasas de su propio poder.

Su mirada, sin embargo, no era de victoria.

Eri cayó de rodillas, no por debilidad física, sino por el peso de su pecho.

Tanaka dio un paso hacia adelante. Su sombra ya no se agitaba, sino que se deslizaba bajo sus pies, acariciando el suelo como si supiera a dónde ir. Él alzo la mirada.

—Tenemos que seguir —dijo—. Nuestra mision aún no acaba, tenemos que encontrar a nuestros compañeros y llevarlos de vuelta a casa.

El aire seguía denso, saturado con el aroma de la ceniza, savia muerta y algo más…

algo más profundo, más antiguo. El tipo de olor que no pertenece al mundo físico.

El olor del tiempo detenido. Tanaka se adelantó un par de pasos, el suelo crujía bajo sus pies como si pisara sobre una piel viva.

Su sombra lo seguía, pero esta vez no como un reflejo… sino como una extensión de su voluntad.

—Tenemos que seguir —repitió, con voz firme—. Nuestra mision aún no ha terminado. Nuestros compañeros están allá afuera. Y nosotros… nosotros aún podemos salir de este maldito mundo.

Ryo se aproximó a él, la electricidad aún se notaba en su piel, silenciosa, tensa.

—Si es que queda un «afuera», Tanaka. Lo sabes, ¿no? Algo en este bosque… no me gusta del todo.

Kaede observaba en silencio, limpiando su cuchilla con un trozo de su propia ropa desgarrada.

Su rostro no mostraba emoción. Pero sus ojos…

sus ojos no eran los mismos. Había visto algo en medio del combate, algo en cortes.

En lo que había dentro de los lagartos. No carne.

No huesos. Memorias. Eri seguía arrodillada, pero ya no parecía débil.

Las lágrimas no corrían por sus mejillas.

Su mirada estaba fija en un punto invisible, escuchando lo que el viento no decía en palabras.

Hiroshi se puso de pie con esfuerzo, sus músculos aún vibrando por el esfuerzo, la piel agrietada por las llamas que había invocado. Pero sus ojos eran fuego puro.

—Entonces nos movemos. No más dudas. No más silencios.

—¿Y si el bosque no nos deja? —preguntó Kaede con tono seco.

Tanaka respondió sin titubeo:

—Lo forzaremos. Como hicimos ahora. El ciclo se alimenta de miedo, al parecer. Y nosotros… ya no lo tenemos.

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