Tokyopunk CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El aire se espesaba, como si estuviera cargado de algo latente. No estaban solos.

—Tenemos que movernos —dijo Tanaka en su mente, enviando el pensamiento a través de NexUs. Los demás lo escucharon. No con oídos, sino con la conciencia.

—Todavía estamos conectados… —susurró Eri.

Kaede apretó los dientes.

—¿Eso es bueno o malo?

Nadie respondió. Hiroshi miró sus manos, aún envueltas en llamas negras. Algo en ellas se sentía diferente. Más estable, más real. Ryo cerró los ojos, dejando que la electricidad recorriera su piel.

—No sé cuánto tiempo nos quede —murmuró.

Kaede soltó un bufido, su mano apretando la empuñadura de su cuchilla muda.

—¿Empujando hacia dónde?

El NexUs seguía latiendo en sus mentes, vibrando con una frecuencia que ninguno de ellos comprendía del todo.

Era un hilo delgado que los mantenía atados a lo que solían ser.

Pero ese lazo no duraría para siempre. Tanaka sintió un escalofrío recorrer su espalda.

La voz de la mujer aún resonaba en su mente, desvaneciéndose como un eco lejano.

«Caminen». El vacío a su alrededor se expandía en todas direcciones, una nada sin suelo ni horizonte, sin arriba ni abajo.

Y, sin embargo, cuando intentaban moverse, sentían resistencia.

Como si estuviera atrapados en algo más profundo que la oscuridad. Hiroshi apretó los dientes.

—Esto es real.

—Nada aquí es real —susurró Eri.

Pero el ciclo lo era. Ryo dejó escapar un suspiro cargado de estática.

—Si el NexUs sigue funcionando, significa que todavía hay un punto de anclaje. No podemos permitir que desaparezca.

Kaede frunció el ceño.

—¿Y cómo evitamos eso?

Tanaka cerró los ojos un momento, buscó dentro de la NexUs. Un latido distante. Algo… alguien más allí.

—No estamos solos —susurró Tanaka.

Hiroshi levantó la cabeza de golpe.

—¿Nuestros compañeros?

Tanaka no respondió de inmediato. Dentro de NexUs, la vibración era débil, intermitente, como un eco lejano que no terminaba de materializarse. Pero estaban ahí. Algo o alguien estaba tratando de alcanzarlos. Ryo chasqueó la lengua.

—Si hay alguien en la red, significa que todavía queda algo de nosotros en el otro lado.

Kaede apretó la empuñadura de su cuchillo con fuerza.

—¿Y si no es uno de los nuestros?

Se quedaron todos en silencio. Eri tragó saliva.

—Si alguien atrapado en el ciclo intenta contactar con nosotros… significa que no estamos completamente perdidos.

Pero nadie respondió a eso. El NexUs volvió a vibrar. Un susurro rasgó el silencio, entrecortado, como si viniera desde una distancia imposible.

—¿Están... ahí? —Los cinco se quedaron quietos. La voz era débil. Conocida.

—¿Quién eres? —pregunto Tanaka, su sombra pulsando a su alrededor.

Hubo un murmullo. Como si la voz no pudiera recordar como hablar. Y luego…

—¡Souta!

El aire se volvió denso. Kaede sintió la sangre helarse en sus venas.

—No puede ser…

Hiroshi frunció el ceño.

—Souta está muerto.

El vacío tembló. EL NexUs latió con una intensidad nueva.

—No… todavía no.

Eri sintió que su corazón se encogiera.

—Eso… no tiene sentido.

—Nada en este lugar lo tiene —dijo Ryo en voz baja.

Tanaka sintió un nudo apretarse en su estómago. Miró a los demás, viendo la duda reflejada en sus ojos. Souta había desaparecido mucho antes de los que cayeron en el ciclo. Su pérdida había sido el primer aviso de que el mundo que conocían se estaba desmoronando. Si realmente era él…

—Demuéstralo —dijo Tanaka, su voz firme.

Y luego una imagen estalló en sus mentes.

Un pasillo oscuro. Paredes pulsantes como si estuvieran vivas.

Ecos de pisadas ajenas, distorsionadas por una geométrica imposible.

Un faro parpadeante iluminando un rostro familiar, pálido, con los ojos hundidos, pero llenos de una determinación inquebrantable. Souta.

—Estoy atrapado.

El vacío volvió a estremecerse. Kaede dio un paso atrás.

—Mierda…

Hiroshi gruñó, sus puños envolviéndose en llamas negras.

—Si está atrapado, significa que hay un camino.

—O una trampa —espetó Ryo.

Tanaka cerró los ojos un momento. Souta no se veía como un espectro. No se veía como una ilusión.

—Si hay una oportunidad de encontrarlo —dijo finalmente—, la tomamos.

Kaede chasqueó la lengua, pero no discutió. Souta habló de nuevo, su voz más clara esta vez.

—No tienen mucho tiempo. Encuéntrenme antes que ellos me encuentren.

—¿Dónde estás?

Y entonces, una única palabra flotó en sus mentes. El bosque. El vacío tembló más y más fuerte y a lo lejos se escuchaba el grito de la mujer.

—¡Nooooo!

Y luego, de la nada, el mundo cambió. Se encontraban en medio de un bosque, como si algo o alguien quisiese que estuvieran ahí.

Pero nadie comprendía cómo fue que llegaron a ese lugar.

El aire que los envolvía ya no era el vacío denso e intangible del ciclo.

Ahora olía a tierra húmeda, a corteza podrida y a savia vieja.

Un murmullo constante se filtraba entre los árboles, como si el bosque respirara.

Las hojas susurraban secretos antiguos que ninguno de ellos lograba entender del todo.

Kaede fue la primera en hablar, su cuchilla en mano, reflejando apenas la luz verdosa que parecía emanar del propio follaje.

—Esto no es el mundo real —dijo en voz baja—. Lo que sea que nos trajo aquí… no lo hizo por accidente.

Hiroshi escupió a un lado, el fuego negro de sus puños, apagado por ahora, pero latente en sus nudillos.

—¿Y qué clase de bosque no tiene cielo?

Todos levantaron la vista. Sobre ellos, no había más que ramas entrelazadas, densas, selladas por una oscuridad que parecía absorber la luz. Como si el cielo mismo hubiese sido arrancado.

—¿Estamos dentro del ciclo todavía? —preguntó Eri, sus ojos buscando algo familiar entre los árboles.

Ryo asintió lentamente. Su piel brillaba con una estática apenas visible, pero constante, como si el lugar intentara absorber su energía.

—Sí. Pero es una zona distinta. Más densa. Más… sólida.

—Una subcapa —añadió Tanaka, su sombra estirándose en direcciones que desafiaban la lógica, como si algo invisible tratara de leerla—. O una trampa disfrazada de oportunidad.

El NexUs zumbó en su mente. Débil, pero presente. Y con él, la voz.

—Seguían el murmullo. No el camino. Los senderos estaban rotos. Las raíces son traicioneras.

Kaede frunció el ceño.

—¿Qué diablos significa eso?

Pero Eri ya estaba caminando, despacio, con las manos extendidas como si pudiera sentir los ecos en el aire.

—El murmullo… Hay algo en el viento. Una frecuencia. No es sonido. Es memoria.

Tanaka le siguió. Uno a uno, todos comenzaron a moverse. No por los senderos —porque no había senderos—, sino hacia donde el aire parecía vibrar con una nota apenas perceptible. Ryo fue el último en avanzar, sus dedos rozando el tronco de un árbol cubierto de líquenes que pulsaban el tacto.

—Esto no es un bosque —murmuró—. Es un nudo. Un nudo de conciencia atrapado en la raíz del ciclo.

—¿Y Souta está aquí? —preguntó Hiroshi. Tanaka no respondió, pero el NexUs sí.

Una nueva imagen estalló en sus mentes. Souta, encorvado, y con los ojos vidriosos.

Estaba atrapado en un árbol hueco, cerca de la casa, como si el propio bosque lo hubiera devorado.

Su boca no se movía, pero no emitía sonido.

En su pecho, un símbolo palpitante: la marca del ciclo, grabado con cicatrices de sombra.

El mensaje fue claro: Él estaba en el bosque. Parte de él… ya no era humano.

Eri cayó de rodillas.

—Esta fusionado con el bosque.

Tanaka alzó la vista. A lo lejos, entre los árboles, algo se movía. Caminaba. No corría. No se deslizaba.

—No estamos solos.

Y de pronto, todo el bosque se estremeció como un cuerpo que despierta.

Las ramas crujieron. Era una especie de lagarto, pero con tamaño de humano o un poco más grande.

Y de su boca salía algo parecido a fuego.

Y salieron más después de él, con intención de atacarlos.

El primer lagarto se detuvo a unos metros.

Su silueta era grotesca, como si la naturaleza lo hubiera moldeado con desesperación.

Tenía patas humanas pero alargadas, retorcidas, la carne cubierta por placas vegetales que chorreaban savia negra.

Su cabeza era hueso desnudo, sin ojos, con una mandíbula desarticulada que se abría demasiado…

De su interior brotaba un hálito incandescente.

Como fuego. Era algo que borraba lo que tocaba.

El aire. La luz. El recuerdo. Y entonces atacaron.

Kaede fue la primera en moverse. Un parpadeo.

Su cuchilla muda se deslizó por el cuello de uno de los seres.

Pero no sangró. El corte abrió una grieta…

y de ella brotó… carne. El lagarto se estremeció y retrocedió, como si el dolor no fuera físico, sino existencial…

y por un instante, todos lo sintieron. El corte no solo desgarró al ser.

También desgarró el tejido del bosque. Un grito brotó del suelo mismo.

No era un sonido… era un sentimiento: pánico, desesperación, un eco emocional que invadió la mente de todos.

Pero las bestias, al escuchar eso, comenzaron a ir por ellos con sed de matar…

y esta vez no esperaron. El bosque entero respondió como si su voluntad hubiera sido activada por el dolor del primero.

Las criaturas rugieron, chillaron, se contorsionaron, y luego se lanzaron en una oleada sin forma ni estrategia. Solo hambre. Solo rabia. Solo instinto.

—¡Rodeados! —gritó Ryo, la estática en su cuerpo ahora chispeando a cada paso, encendiendo su piel con reflejos violetas.

—¡Manténganse juntos! —ordenó Tanaka, extendiendo sus brazos, su sombra ramificándose como cuchillas líquidas, alzándose como lanzas contra la marea que venía desde todos los frentes.