CAPÍTULO 12
…Pero lo que los esperaba al otro lado no era casa.
No era la tierra que conocían, ni la ciudad que los vio partir.
La grieta los escupió en una versión rota del mundo.
Todo estaba cubierto por una niebla estática, como si el aire estuviera compuesto de memoria envenenada.
Edificios torcidos, árboles que crecían hacia abajo, cielo de ceniza.
Y un silencio… más profundo que el del bosque.
Souta se encontraba de pie, observando ese paisaje con una calma que no era suya.
Kaede fue la primera en reaccionar, girando hacia él con el filo de su cuchilla a medio levantar.
—¿Dónde nos trajiste? —susurró.
—Yo… no lo elegí —respondió Souta sin voltear—. Pero esto… es parte de él. Parte de Tanaka.
Hiroshi avanzó con cautela. Su fuego no respondía. Era como si en ese lugar, la llama hubiera olvidado que debía arder.
—¿Este es el ciclo? —murmuró—. ¿Un reflejo muerto del mundo?
Eri se arrodilló en la tierra invertida. Había flores que no eran flores, como pétalos que temblaban como párpados. El NexUs seguía activo.
—No estamos afuera —dijo—. Solo bajamos… más profundo.
Ryo escupió sangre, tocando una pared de cristal que surgía del suelo. A través del reflejo, pudo verse a sí mismo. Pero distorsionado. Más viejo. Más cruel. Mas… bosque.
—Esto es el eco del sacrificio —dijo, con la voz rota—. Tanaka no nos salvó. Nos mandó a la siguiente capa.
Y entonces, una figura surgió entre la niebla.
No caminaba, no flotaba. Se deslizaba. Y al acercarse, todos sintieron la verdad con que ella hablara: no todos los que cruzaron regresaron iguales.
La figura era humana… pero vestía sombras.
Sus ojos eran como ramas. Su voz, cuando habló, fue la de Tanaka…
y de algo más. «Uno fue raíz. ¿Quién será semilla?
». Y detrás de él, la grieta volvió a cerrarse mientras susurraba las mismas palabras.
Kaede apretó su cuchilla con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
El filo aún no vibraba. No aquí. No en este mundo invertido donde incluso la voluntad parecía resbalar entre los dedos.
—¿Capitán…? —preguntó Eri, su voz apenas un eco tembloroso.
La figura que los observaba ladeó la cabeza. Tenía su forma, su altura, incluso su manera de respirar. Pero no eran sus ojos. Eran madrigueras de savia negra.
—Tanaka fue necesario —dijo la voz—. Tanaka fue fértil. Ahora ustedes… aún son indecisos.
Ryo alzó una mano. La electricidad en su piel era tenue, como un recuerdo enfermo que no quería morir.
—¿Qué es este lugar? —espetó—. ¿Otro umbral? ¿Otra capa?
—No —respondió el reflejo de Tanaka—. Este es el punto de germinación.
Aquí todo florece… o se pudre. De la tierra invertida comenzaron a emerger formas.
No brotes, no enemigos. Ellos mismos. Versiones de ellos, fragmentadas, cubiertas de líquenes, ojos vacíos y bocas cocidas.
Réplicas. Duplicados deformes. Kaede dio un paso atrás, y una de las copias de su cuerpo la imitó, reflejo desfasado, como si aprendiera de sus movimientos.
—Nos están… imitando —dijo.
—Nos están preparando —corrigió Hiroshi, sus ojos clavados en su doble, que caminaba cubierto de fuego negro que no quemaba— para reemplazar nuestros cuerpos.
La sombra de Tanaka extendió ambos brazos. Las raíces alrededor temblaron. Del cielo partieron grietas de luz púrpura.
—El ciclo necesita guardianes. Pero no todos son dignos.
Ustedes aún pueden decidir: Ser semilla, o ser nada.
Eri se puso de pie. El cristal en su mano latía al ritmo del lugar.
No tenía el control. Pero sí voluntad. Las copias comenzaron a avanzar.
Lentamente. Sin odio. Sin prisa. Como si la batalla fuera física, sino inevitable. Ryo levantó la vista.
—Entonces luchamos. Contra ellos. Contra el ciclo. Contra ti.
El Tanaka en su forma astral sonrió. No con burla, con comprensión.
—¿Esa… es tu respuesta?
Y en un instante, el cielo púrpura se rasgó por completo, derramando sobre toda una lluvia de luces líquidas.
Y una a una las copias avanzaban donde estaban ellos, Ryo, Eri, Hiroshi, Kaede.
Y poco a poco ambos cuerpos se funcionaron para convertirse en uno.
Sintieron cómo el poder regresaba a ellos y lo sentían recorrer en cada poro de su ser.
Y cuando la última gota de esa lluvia cayó, sus cuerpos ardieron con una nueva energía.
Ryo tenía ahora rayos que no necesitaban de gesto alguno, solo pensamiento.
Eri podía sentir la raíz misma de todo, como si el pulso del mundo fuera su latido.
Hiroshi ya no ardía con fuego obscuro: ardía con ausencia.
Un fuego que borraba. Y Kaede ya no empuñaba su cuchilla. Ella era la cuchilla.
Cuando el último vestigio de la lluvia líquida se evaporó en sus pieles, ya no eran quienes habían cruzado el umbral. Eran extensiones de algo más vasto, más arraigado que cualquier voluntad humana. Pero aún conservaban su propósito.
Salvar a los tres que faltaban.
Y la raíz madre, al sentir esa intención, respondió.
El suelo se abrió bajo ellos, no con violencia, sino con intención. Como una flor pútrida revelando su centro.
—Están vivos —dijo Eri, sintiéndolos más que viéndolos—. Sus NexUs laten. Distantes. Pero firmes.
—Entonces los encontraremos —dijo Kaede, con una voz que era filo—. Aunque se nos quiebre el alma por el camino.
Llegaron a un espacio suspendido. No había arriba ni abajo. Solo un abismo de aire negro. En el centro, una figura encadenada giraba eternamente: Mika, uno de los tres desaparecidos. Las cadenas eran serpientes de viento puro, afiladas como cuchillas.
—No se puede volar —dijo Hiroshi—. Pero el viento... arde si lo forzamos.
Lucharon contra las corrientes vivas, cada ráfaga un pensamiento de desesperación. Ryo usó su energía como red. Eri guio el flujo. Pero fue Hiroshi quien se lanzó con el fuego del olvido directo al núcleo de las cadenas.
Y fue consumido.
Pero logró lo imposible. Las cadenas se derritieron. Mika cayó. Y donde estuvo Hiroshi, quedó solo un círculo de ceniza sin olor.
—Gracias... hermano —susurró Ryo, recogiendo una chispa aún viva del suelo.
Uno menos por rescatar. Uno menos de ellos.
El siguiente NexUs los guio hacia una extensión muerta del bosque. Troncos retorcidos con rostros humanos crecían en espiral, gritando sin sonido. En el centro, colgando como una fruta condenada, estaba Kazuha, otra del escuadrón.
Pero los árboles eran ecos. Por cada paso que daban, se convertían en versiones pasadas de sí mismos. Dudas. Fracasos. Y recuerdos que dolían más que heridas.
—Son nuestras culpas —dijo Eri—. Solo uno puede pasar sin ser tragado.
Kaede avanzó sin miedo. Cada rostro la tentó. Una versión suya la llamó «monstruo». Otra, «heroína falsa».
Pero no vaciló.
Con cada paso, la cuchilla en su interior cortaba raíces de falsedad.
Hasta que llegó a Kazuha. Y la liberó.
Pero el bosque exigía un rostro a cambio. Y el suyo fue ofrecido. Kaede desapareció entre los troncos. Pero Kazuha cayó viva al suelo. Despertó... con lágrimas que no sabía por qué lloraba.
—Ella… me dio todo —fue lo único que pudo decir.
Solo Eri y Ryo quedaron.
El último NexUs latía en un lago carmesí. Suspendido sobre su superficie estaba Itsuki, sumergido en un sueño eterno. Pero el lago era consciente. Un ciclo sin fin de batallas olvidadas.
—No podemos entrar ambos —dijo Ryo—. La energía del lago exige una ofrenda para dejar pasar al otro.
—Entonces yo… —empezó Eri.
—No —la interrumpió Ryo. Sonrió, cansado pero determinado—. Eres el corazón. Yo soy solo la chispa.
Eri quiso protestar, pero él ya había saltado. Y el rayo descendió con él.
La explosión iluminó todo. Y del lago, emergió Itsuki… y una columna de luz que se desintegró en mil fragmentos eléctricos.
Ryo se había ido. Como trueno que no deja eco.
La grieta se abrió una última vez. No como herida, sino como cicatriz. Del otro lado, la ciudad.
O lo que quedaba de ella.
El cielo era gris. Las torres de vigilancia aún vigilaban. Las banderas ondeaban, pero no con orgullo: con duelo. El mundo no había esperado. Pero tampoco había olvidado.
Eri, Kazuha, Mika e Itsuki cruzaron. Lentamente. Como fantasmas conscientes. Habían salido cinco… y solo quedaban cuatro. De los originales, ella sola quedaba.
En cuanto los sensores de la muralla detectaron sus presencias, las sirenas no sonaron. En su lugar, una canción comenzó a reproducirse. Antigua. Suave. La misma que Tanaka les enseñó en los entrenamientos nocturnos para calmar el NexUs.
Una bienvenida silenciosa. Dolorosa.
Frente a los portones, el Alto Mando les esperaba. Pero ninguno de ellos habló primero. Fue Kazuha quien, con la voz aún quebrada, dio un paso adelante.
—No regresamos. Nos dejaron regresar.
Una pausa. Nadie supo cómo responder.
Hasta que uno de los capitanes se arrodilló. Uno por uno, todos le siguieron. Tropas. Científicos. Pilotos. El general. Porque entendieron. No era una misión completada. Era un tributo sellado con sangre, fuego, cuchillas y relámpagos.
Y sobre la plaza principal, erigieron cuatro monumentos.
Hiroshi: fuego eterno tallado en obsidiana.
Kaede: una figura de filo puro, sin rostro.
Ryo: un pararrayos que nunca deja de brillar.
Tanaka: el núcleo. Una raíz negra que atraviesa el suelo de mármol hasta tocar la tierra viva.
En su base, solo una línea:
«Para que uno despierte, tres deben
Ese día quedó registrado como Día del Ciclo Roto.
Cada año, las luces del cielo se apagan en silencio. Y desde los barrios más altos hasta las sombras más hondas de la ciudad, todos observan el cielo, por si acaso… el trueno regresa.