Tokyopunk CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El aire vibraba con algo desconocido, casi vivo. Dos caminos. Uno de luz, que llevaba de regreso a la ciudad. Otro de sombras, que al final del camino sus compañeros los esperaban para ser salvados. Kaede apretó los puños, sintiendo la energía pulsar en su piel.

—Esto no está bien. Nada de esto está bien.

Hiroshi gruñó.

—Nunca lo estuvo.

Ryo miró a la mujer, su rostro sereno, inhumano.

—¿Eso es un engaño?

La mujer sonrió, sin responder. Tanaka dio un paso adelante, su sombra doblándose a su alrededor como un manto viviente.

—Si cruzamos la luz… ¿volveremos?

La mujer inclinó la cabeza.

—Volverán, pero no como esperan.

Eri sintió un escalofrió.

—¿Qué quieres decir?

—Que el mundo al que pertenecían… ya no los reconocerá.

Kaede sintió su pecho apretarse.

—¿Nos rechazarán?

La mujer asintió lentamente.

—Serán abominaciones a sus ojos. Y su deber será cazarlos.

El equipo se quedó en silencio. Hiroshi escupió al suelo.

—Eso no es verdad.

Pero en el fondo, lo sabían. Ya no eran humanos. Eri miró la luz con una punzada de esperanza… y miedo. Podían volver. Pero nunca serían los mismos. Ryo susurró:

—¿Y el abismo?

La mujer extendió los brazos, como si abrazara la penumbra.

—Es aceptar lo que han cambiado. Dejar atrás sus viejas vidas.

Kaede apretó la mandíbula.

—Nos pides que renunciemos a todo.

—No —dijo la mujer con dulzura—. Les pido que elijan.

Silencio. Tanaka no dudo más.

—Si ya no podemos volver como éramos… Qué más da. —Y salto al abismo.

Kaede gritó.

—¡Tanaka!

Pero no cayó. La sombra lo envolvió. Y en su lugar, algo mas surgió. Su silueta resplandecía con energía obscura, su forma más fuerte, más perfecta. Hiroshi sintió una punzada en el pecho.

—Mierda…

Eri cerró los ojos. Ryo miró sus manos, temblando. La ciudad le llamaba. Pero el abismo susurraba verdades. Kaede miró una última vez hacia la luz. Un hogar que ya no era suyo.

—Maldición.

Uno a uno saltaron. La obscuridad los abrazó.

Y el mundo nunca volvió a ser el mismo. Kaede gritó, pero su voz no salió.

Hiroshi intentó moverse, pero su cuerpo ya no era suyo.

Eri vio su reflejo en el vacío. Y su reflejo le sonrió.

Ryo se hundió más profundo, atravesando capas de obscuridad que susurraban su nombre.

No era muerte. Era transformación. Algo los reconstruía en esa nada infinita.

Algo los tomaba y los volvía diferentes.

Y cuando sus ojos se abrieron, el mundo había cambiado.

Estaban de pie sobre una extensión sin horizonte donde el cielo era un remolino de sombras y el suelo no tenía textura.

Pero no estaban solos. Frente a ellos, una silueta toma forma.

Un ser sin rostro. Un colosal de sombras vivas.

Su presencia no se veía, se sentía. Una entidad que no parecía a ningún tiempo.

La mujer apareció detrás de ellos. Su voz no sonó en sus oídos, sino dentro de sus mentes.

Kaede se tensó. Hiroshi apretó los puños.

Ryo sintió la electricidad estallar en su piel. Tanaka dio un paso al frente.

—¿Qué somos ahora?

La mujer sonrió.

—Ahora son algo… que este mundo puede usar.

Eri sintió su sombra moverse sola. Hiroshi vio las llamas en su mano arder sin consumirlo.

Kaede sintió la cuchilla vibrar con vida propia.

El ser alzó una mano gigantesca y la extendió delante de ellos, sus dedos alargados como columnas.

No hablaba con palabras. No necesitaba hacerlo.

Su voluntad se derramó en sus mentes como un torrente imposible de detener.

«Sean más. Sean lo que este mundo necesita.

Sean la tempestad y la noche». Kaede sintió la cuchilla en su mano latir, viva, hambrienta de algo que no entendía.

Hiroshi miro sus manos envueltas en fuego obscuro.

No quemaban, no dolían. Eran parte del ahora.

Ryo sintió la electricidad danzar sobre su piel, como una bestia contenida en sus venas.

Eri vio su reflejo en la nada y, esta vez, no le sonrió.

Le susurro algo en un idioma que no existía.

Tanaka no dudó. Se adelantó. La sombra del ser lo envolvió y, por un instante, su cuerpo se desintegró. Pero cuando volvió a materializarse.

—Lo entendió —susurró, con voz que resonó como un eco en la penumbra.

Kaede tembló.

—¿Qué entiendes?

Tanaka sonrió.

—Que nunca fuimos humanos. Que nunca lo seremos otra vez.

Eri sintió un escalofrío recorrer su columna.

—Tanaka… —Pero su voz se quebró. Porque su interior, algo respondió. Algo que siempre había estado allí. Algo que esperaba despertar.

Y uno a uno, dieron el siguiente paso. El ser de sombras los envolvió en su obscuridad eterna.

Y el abismo los reclamó como suyos. Eri miró a Tanaka.

La sombra del ser colosal se extendió sobre ellos como un mar en plena tormenta.

Y de la nada un umbral apareció. Eri miro a Tanaka.

Él ya había cruzado el umbral. Su cuerpo, su ser…

había cambiado. Y Eri sintió un dolor de cabeza muy fuerte, una imagen de una lucha empezaba a ver desde la mente, una lucha de seres tan infernales y llenos de maldad, después miró cómo empezaban a apoderarse del mundo donde habían llegado.

Su mirada reflejaba el sufrimiento y daño provocado por esos seres.

Terminando esas imágenes en su cabeza, dijo:

—¿Qué es lo que acabo de ver? ¿Qué era todo eso?

—Yo también lo vi —dijeron los demás. Tanaka entrecerró los ojos. Su silueta vibraba con la energía oscura del abismo, como si aún estuviera en transición entre lo que era y lo que estaba destinado ser.

—Lo que vieron… —murmuró, su voz con un eco imposible— no es una visión. Es un recuerdo.

Kaede sintió su respiración acelerarse. No era miedo. Era algo peor.

—¿Un recuerdo de qué? —preguntó, aunque en el fondo, ya lo sabía.

Una mujer de cabello gris apareció a sus espaldas, su sonrisa eterna, su voz susurrante como un veneno dulce.

—De lo que viene.

Eri sintió un escalofrío recorrer su piel.

—No —murmuró—. Lo que vimos… no es solo el futuro, ¿verdad?

La mujer ladeó la cabeza, como una maestra paciente con alumnos que tardaban en comprender.

—No, pequeña. Es el ciclo.

Hiroshi apretó los dientes. Los cuerpos retorcidos, sombras devorando la tierra, gritos de criaturas olvidadas por el tiempo. Todo eso ya había ocurrido antes. Ryo cerró los ojos.

—Nos trajeron aquí para pelear contra eso.

—No. Los trajimos para que sean parte de ello. —Y hubo un silencio.

Eri retrocedió un paso, sintiendo su propio reflejo moverse sin que ella lo hiciera.

—Mentirosa…

Tanaka no se inmutó.

—¿Por qué mostrarlo ahora?

El ser colosal frente a ellos alzó la mano. No hubo palabras. Pero la verdad se derramó sobre sus mentes como una cascada de desesperación. Ellos no eran los salvadores. Ellos eran la próxima ola. Kaede sintió el vértigo del entendimiento absoluto.

—Nos convertiremos en ellos.

La mujer sonrió con satisfacción.

—Ahora lo entiendes.

Hiroshi sintió la ira encenderse en su pecho, su fuego oscuro resurgiendo con rabia.

—¡Maldita sea! ¡Nos usaron!

La sombra colosal no reaccionó, porque era parte del ciclo. Porque ellos eran la próxima generación de la oscuridad. Ryo se llevó las manos a la cabeza.

—Esto no puede estar pasando.

Eri sintió la sombra en su interior moverse. Pero esta vez no se resistió. Porque ahora entendía. Nunca fueron humanos. Nunca fueron salvadores. Eran el siguiente paso de la maldición del abismo. Kaede levantó la mirada, con el filo de su cuchilla vibrando en su mano.

—No.

Tanaka frunció el ceño.

—Kaede…

Ella negó la cabeza.

—No me importa en que nos hayamos convertido. No me importa qué éramos antes. No seré parte de esto.

La mujer suspiró, como si escucharan protesta una y otra vez. Pero Tanaka pensándolo más fríamente dijo:

—Está bien, acepto unirme a ustedes. —Y el lugar se quedó en silencio.

Nadie podía creer lo que habían escuchado.

—Pero Tanaka, ¿cómo puedes aceptar eso ahorita?, ¿acaso ya se te olvidó a que vinimos?

Kaede lo miró con furia contenida, su cuchilla temblando en su mano.

—¡Nos convirtieron en monstruos, Tanaka! ¡Nos quieren usar como herramientas, nos mintieron! —Su voz era una mezcla de rabia y desesperación.

Tanaka la miró sin expresión. Su sombra ya no era solo una extensión de sí mismo. Era él. Se movía con voluntad propia, envolviendo su figura con un aura que devoraba la poca luz de aquel mundo.

—No nos convirtieron en monstruos —respondió con calma—. Nos mostraron lo que siempre fuimos.

—No… eso no puede ser cierto. —Hiroshi apretó los puños, las llamas oscuras estrellando a su alrededor—. Tanaka, abre los malditos ojos. ¡nos quieren convertir en ellos! En esa maldita cosa. —Señaló la silueta colosal que los observaba con su presencia infinita.

La mujer de cabello gris sonrió con un deje de burla.

—¿Y qué harás entonces? ¿Luchar contra lo que eres? —Se giró hacia Tanaka—. Al menos uno de ustedes entiende.

Ryo tragó saliva. Su mente aún estaba tratando de procesar lo que acababa de ver. El ciclo. El destino.

—¿Por qué aceptarlo tan fácil? —preguntó, con voz apenas un susurro.

Tanaka finalmente sonrió.

—Porque es la única opción real.

Kaede sintió una ola de desesperación recorrer su cuerpo.

—¡No, maldita sea! ¡Siempre hay otra opción!

Tanaka negó con la cabeza.

—¿Cuál? ¿Regresar a un mundo que nos temerá? ¿Ser cazados como bestias por lo que nos volvimos? ¿Convertirnos en enemigos de todo lo que alguna vez quisimos proteger?

El silencio cayó como un peso insoportable. Kaede sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. Porque sabía que tenía razón. Eri cerró los ojos. Podía sentir su propio corazón latiendo con un ritmo nuevo, desconocido. Oscuro.

—No puedo hacer esto…

Hiroshi gruñó y dio un paso adelante, la energía oscura bailando alrededor de su piel.

—Yo sí.

Kaede lo miró, incrédula.

—¿Hiroshi…?

Él no apartó la mirada de Tanaka.