CAPÍTULO 8 #2
Hiroshi sintió un instinto primitivo en su interior. Uno que le gritaba que debían luchar. Tanaka sonrió.
—Es nuestra bienvenida.
Y la cosa descendió. El aire se rompió con un sonido que no parecía a este mundo.
Un rugido, no de furia, sino de afirmación.
Como si el ser lo llamara de vuelta. El ser descendió lentamente.
No había gravedad sujetándolo, sino voluntad.
Cada parte de su cuerpo era una sombra vibrante, un cúmulo de ojos que parpadeaban en todas direcciones, como si su forma nunca estuviera completa.
Eri quiso gritar, pero su voz se ahogó. No por terror, sino porque una fuerza la invadía desde dentro.
Kaede se impulsó hacia atrás, sorprendida de que sus pies apenas tocaran el suelo.
—¿Qué mierda nos hicieron?
Ryo miró sus propias manos, sintiendo una corriente eléctrica fluir por su piel. No era tecnología. Era otra cosa.
—Nos cambiaron… —murmuró.
Hiroshi crujió los dedos, sintiendo sus garras nuevas afilándose solas.
El ser extendió sus alas. Y habló. No con palabras.
Con presencia. Las mentes del equipo se llenaron de imágenes.
Torres de piedra, devoradas por la noche.
Seres como ellos, peleando contra la misma sombra que ahora enfrentaban.
Un ciclo eterno. Tanaka cerró los ojos por un instante, entendiendo todo en un segundo aterrador.
¿Este mundo existía para convertirlos en guerreros?
¿O en monstruos? Kaede apretó la empuñadura de su cuchilla.
—No voy a hacer parte de esto. —Eri sintió la sombra moverse dentro de ella. Un poder crudo, nuevo, peligroso. Pero necesario.
—No tienes opción —susurró la voz en la mente.
Hiroshi dio el primer paso adelante.
—Si vamos a morir, que sea peleando. El ser se lanzó sobre ellos.
Y comenzó la batalla. El cielo rugió cuando la criatura descendió.
Sus alas no eran de piel ni hueso, sino de maldad pura, una extensión del vacío que se agitaba con hambre contenida.
Cada pliegue en su cuerpo se abría como bocas, mostrando ojos sin pupilas que observaban con juicio.
No había aliento. No había viento. El mundo esperaba.
El equipo cayó en posición de combate por reflejo.
Pero esta vez era diferente. Sus cuerpos ya no eran los mismos.
Ryo dio un paso adelante y el suelo se agrietó bajo su peso.
Kaede sintió la cuchilla en su mano vibrar, pero no era su cuchilla, era un haz de luz que salía de su mano derecha.
Eri respiró profundo y su aliento dejó marcas en el aire, como si el frío la siguiera.
Tanaka cerró los ojos un instante. Y lo vio todo.
Hiroshi sintió cómo sus manos cambiaban de un color negro, era como flamas, pero no consumía sus manos.
El rugido del ser rompió todo a su paso, las sombras se partieron en el aire, como si el mundo no pudiera contener su existencia.
El equipo se movió, por instinto, por impulso.
Eri saltó primero, sin pensar. Sus piernas se impulsaron con fuerza inhumana, su cuerpo no obedecía la gravedad.
Algo dentro de ella respondía a su entorno, como si su nuevo cuerpo le diera alas invisibles.
Su puño se cerró y sintió algo fluir en su piel.
Hielo. Pero no el hielo normal. No el que se rompe o se derrite.
Era hielo mágico, una extensión del frío que salía de su ser.
Eri golpeó con toda su fuerza. El impacto sacudió el aire.
La criatura se retorcía, su forma distorsionándose como una sombra desvaneciéndose en el amanecer.
Kaede no perdió el tiempo. Su cuchilla era luz afilada, vibrante, ardiente, se movió y dejaba una línea en tierra sin tocar el suelo; la cuchilla dejaba rastros de su impresionante filo, rápida como un destello, su hoja rasgando la carne oscura de la criatura, un grito resonó dentro de sus mentes.
Era una especie de dolor que la criatura agonizaba.
Tanaka levantó la mano, las sombras se doblaron a su voluntad, se arrastraron, envolviéndolo en un manto vivo.
—Este poder… —murmuró, su voz sonaba, más profunda, más pesada.
Extendió la mano y una grieta se abrió en al aire.
Una grieta hacia la nada, el ser vaciló.
Por primera vez vaciló. Pero no era suficiente.
Ryo se adelantó, sintiendo la energía recorriendo su cuerpo.
El suelo tembló bajo su peso. Las marcas en su piel se encendieron, circuitos oscuros recorriendo su carne como venas de energía pura.
Levantó el brazo. Y el cielo empezó a nublarse, todo se oscureció más de lo normal, no podían ver casi nada en menos de 3 metros de distancia, de su brazo empezó a salir electricidad, se podía escuchar el sonido de la electricidad recorrer su brazo y de pronto bajó su brazo rápidamente al mismo tiempo que cerraba su puño.
Y el trueno respondió, un rayo descendió desde el vacío de las nubes.
—¡Atrás! —gritó. Y desató el poder.
El relámpago atravesó la criatura a más de cien mil millones de voltios, partiendo su silueta en mil fragmentos de sombra.
El ser se agitó, gritó, pero no cayó. Se reformó.
Hiroshi rugió, su piel se ennegreció completamente, las llamas obscuras devoraban su cuerpo sin consumirlo, abrió los brazos y las llamas estallaron.
Una onda expansiva arrastró el aire, empujando la criatura hacia atrás.
Los ojos del ser brillaron, pero no de miedo, de reconocimiento, los reconocía por su poder y habilidades.
El cielo rugió otra vez, el ser extendió sus alas y la batalla continuó.
El aire vibró con una frecuencia inhumana.
El aire se elevó, expandiendo su presencia más allá del espacio físico, como si su existencia no pudiera limitarse a una sola forma.
Era sombra. Era hambre. Eri sintió su sangre helarse, no por miedo, sino porque su propia esencia respondía al vacío.
Kaede giró su cuchilla de luz preparándose para un ataque. Pero Tanaka levanto una mano.
—No —ordenó con voz firme.
Kaede frunció el ceño.
—¿Qué estás haciendo?
Tanaka dio un paso adelante. Sus sombras crecieron.
Se arrastraron bajo sus pies como un océano viviente, extendiéndose hacia la criatura.
El ser se detuvo. Por primera vez se detuvo, no atacó.
Por primera vez, esperó. Hiroshi observó, sus garras palpitaban con fuego negro, Ryo sentía la electricidad burbujeando en su piel, lista para explotar.
Pero nadie se movió, Eri tragó saliva. Su aliento dejó cristales en el aire.
—Nos está probando —susurró.
El equipo entendió en ese instante. No era una batalla. La mujer, al ver que se dieron cuenta, comenzó a aplaudir
—¡Bravo!, ¡bravo! Sí, esto es una prueba —dijo sonriente. Y con un agitar de su mano derecha, el ser comenzó a desaparecer lentamente, su forma quebrándose en fragmentos de sombra que flotan en el aire como cenizas de fuego imposible.
El equipo no bajó la guardia. Sus cuerpos aún vibraban con el poder recién despertado, sus corazones latiendo al ritmo de algo que no era humano.
Tanaka exhaló lentamente, sus sombras aún envolviéndolo.
Kaede seguía sosteniendo su cuchilla de luz, la hoja brillando con un resplandor inestable.
Hiroshi miró sus garras, el fuego oscuro aún danzando en su piel.
Ryo sintió la electricidad chisporrotear entre sus dedos, la energía recorriendo su carne con una intensidad que jamás había experimentado.
Eri sintió el frío en su aliento, pero no era frío común.
Era algo mucho mejor. Y la mujer los observaba con diversión.
—¡Bravo, bravo! —Seguía aplaudiendo con una sonrisa—. Han pasado la prueba.
Kaede la miro con furia.
—¿Prueba? —Tanaka dio un paso adelante, su sombra ondulando bajo sus pies—. No jugamos tu juego.
La mujer soltó una carcajada, pero sus ojos no reflejaban alegría.
—Oh, pero sí lo hacen. Desde el momento en que cruzaron el puente, dejaron de ser dueños de su destino.
Eri sintió un escalofrío recorrer su columna. Hiroshi apretó los puños.
—¿Qué quieres de nosotros?
La mujer se paseó lentamente entre ellos, su silueta apenas proyectando sombra.
—Lo que quiero… —hizo una pausa, su sonrisa ensanchándose—. No importa.
Ryo sintió un nudo en el estómago.
—Entonces, ¿qué sigue?
La mujer se detuvo.
—Ahora... eligen.
Kaede frunció el ceño.
—¿Elegir qué?
La mujer chasqueó los dedos.
—El mundo para ustedes ha cambiado.
El equipo se tambaleó, como si la realidad misma hubiera sido alterada.
De repente, había dos caminos frente a ellos.
Uno de luz. Un sendero cubierto de un resplandor dorado, como si una aurora les mostrara la salida.
En la distancia, podrían ver una ciudad.
No la ciudadela que dejaron atrás. No. Era su hogar.
Su mundo. Edificios de acero. Luces familiares.
Tecnología. La promesa de regresar. Y el otro camino…
era un sendero donde se podía ver a sus compañeros, perdidos y casi sin fuerzas para continuar. La mujer extendió los brazos.
—Uno de estos caminos los devolverá a su mundo. —El equipo contenía la respiración—. El otro los convertiría en lo que realmente debían ser.
Tanaka cerró los puños. Kaede sintió el sudor frío en su espalda. Eri tragó saliva. Ryo sintió el peso de la decisión aplastando su pecho. Hiroshi sintió el fuego agitarse en su piel. La mujer se inclinó ligeramente, sus ojos brillando con diversión oscura.
—Decidan.
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