Tokyopunk CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El equipo se miró entre sí, cada uno atrapado en su propio conflicto interno. Las palabras de la mujer eran una trampa. Pero también era la única salida. Kaede chasqueó la lengua, la frustración ardía en su pecho.

—Esto es un maldito chantaje.

La mujer sonrió, su sombra se extendió por la habitación como un charco de tinta viviente.

—Es la realidad —corrigió con suavidad—. Y la realidad no se detiene a esperar que la acepten.

Eri cerró los ojos por un instante. Sus compañeros perdidos… todavía estaban aquí. De alguna u otra, podrían encontrarlos. Tanaka respiró hondo y miró a la mujer directamente.

–Si aceptamos… ¿qué nos pasara?

La mujer entrelazó sus dedos, inclinándose hacia adelante.

—Dejaran de ser humanos.

El aire en la habitación pareció congelarse. Hiroshi sintió que el estómago se le revolvía.

—¡Mierda! ¿Y qué haremos entonces?

La mujer observó a Hiroshi con paciencia, como si fuera un nuño necio que aún no entendía lo inevitable.

—Algo más fuerte. Algo más acorde a este mundo.

Kaede apretó la empuñadura de su cuchilla, miró el filo de su arma, tan inútil en este lugar, y luego exhalo con furia.

—¿Y cómo demonios funciona?

La mujer se puso de pie lentamente.

—Es un intercambio. —Señalo el suelo, donde símbolos oscuros empezaban a dibujarse por sí solos—. Dejan atrás lo que son… y este mundo los acepta.

Las marcas en el suelo comenzaron a moverse, como serpientes vivas. El aire olía a hierro. Ryo dio un paso atrás.

—Esto no me gusta…

Eri tragó saliva, sintiendo un peso extraño en el pecho. Sabía que no había otra opción.

—¿Es doloroso?

La mujer inclinó la cabeza, con esa sonrisa cruel y misteriosa.

–Solo si se resisten.

Hiroshi pateó la silla con furia.

—¡Esto es una locura! ¡No podemos hacerlo!

Pero entonces, la casa tembló. Y afuera, las sombras empezaron a moverse de nuevo. Las criaturas que los habían perseguido en el bosque volvían. La mujer suspiró, sin molestarse en mirar hacia la puerta.

—Se están impacientando —susurró—. Elijan ahora. O serán devorados.

Kaede apretó los dientes y miró a Tanaka.

—¿Qué hacemos?

Tanaka cerró los ojos. Y eligió.

—Lo hacemos.

Y el suelo se abrió bajo ellos. El mundo se dobló sobre sí mismo.

El suelo se fracturó en una espiral de sombras líquidas, devorando la luz de la chimenea y arrastrando al equipo hacia el vacío.

Eri sintió que el aire se volvía denso, como si su propio cuerpo se estuviera deshaciendo.

Kaede gritó, pero su voz se perdió en la distorsión de la realidad.

Tanaka extendió la mano, tratando de aferrarse a algo…

pero no había nada. Las sombras los devoraron.

Eri despertó con jadeo. El aire era más espeso.

Frío. Diferente. Estaba tendida sobre el suelo, se incorporó de golpe, sus pulmones ardiendo.

Algo dentro de ella había cambiado. Miró sus manos.

No eran las mismas. Su piel tenía un tono pálido…

no, no pálido. Translúcido. Como si su cuerpo ya no estuviera hecho de carne y huesos, sino de una sustancia extraña, pero sin dejar su apariencia humana.

Y entonces escuchó los otros jadeos. Kaede estaba en el suelo, su cuchilla a unos metros de distancia.

Hiroshi estaba arrodillado, respirando con dificultad.

Ryo se sostenía la cabeza, su visor roto, pero sus ojos brillaban con un resplandor antinatural.

Tanaka estaba de pie. Mirándose las manos.

Eran distintas. Sus dedos terminaban en puntas afiladas, como garras.

Su uniforme estaba rasgado, pero su piel ahora tenía marcas negras, símbolos que parecían moverse bajo la superficie.

Kaede maldecía entre dientes mientras se levantaba, mirando su reflejo en la hoja de su cuchilla.

Sus ojos… ya no eran los mismos. Eran más oscuros.

Más profundos. Eri sintió su propio corazón latir más fuerte.

Y entonces, una voz suave resonó en la penumbra.

—Bienvenidos.

La mujer estaba allí, observado son satisfacción.

—¿Qué… qué nos hiciste?

La mujer sonrió con calma.

—Los deje nacer.

Kaede apretó la mandíbula.

—¿En que nos convertimos?

La mujer inclinó la cabeza, sus ojos brillando con un matiz dorado.

—En lo único que puede sobrevivir aquí.

Tanaka miró sus manos una vez más. Su piel ya no era humana.

Y entonces lo sintió. Una presencia. Un poder corriendo por sus venas.

Algo antiguo. Algo oscuro. Algo… imparable.

Eri cerró los ojos. Ya no eran soldados.

Ya no eran humanos. Eran otra cosa. Y este mundo los había aceptado.

El aire en el abismo se movía diferente.

Eri sintió su propia respiración vibrar, como si el oxígeno mismo ya no fuera necesario.

Como si su cuerpo no lo requiriera. Kaede pasó una mano por su rostro, tocando su piel…

fría, demasiado lisa. Sus labios se separaron en una exhalación temblorosa.

—Mierda. —Hiroshi retrocedió dos pasos, sus pupilas dilatadas—. Esto no está bien… esto no está bien…

Pero Tanaka no se movió. Se quedó observando sus nuevas manos. Las garras. Las marcas vivas en su piel.

–Esto es poder. —Su voz sonó diferente. Mas grave. Más profunda. Mas. ajena.

La mujer sonrió, complacida.

—Así es.

Los ojos de Ryo brillaban en la penumbra.

—Nos convertiste en… algo más.

La mujer inclinó la cabeza.

—Los convertí en lo que necesitaban ser para sobrevivir.

Eri sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Sabía que tenía razón. No eran humanos ya. Pero tampoco eran las sombras que los acechaban. Kaede alzo su cuchilla.

—Si crees que voy a aceptar esto… —Pero su brazo se movió mas rápido de lo que ella esperaba. La hoja se deslizó en el aire, cortando la obscuridad con una velocidad inhumana. Kaede se quedó congelada—. ¿Qué...? —Su cuerpo ya no tenia las mismas limitaciones. Era más fuerte. Más rápido.

La mujer sonrió, cruzando los brazos.

—Aprenderán a controlarlo.

Hiroshi tragó saliva, mirando el suelo con horror. Sus sombras se movían solas.

—¿Qué más nos hiciste…?

La mujer dio un paso adelante, su sombra alargándose.

—Los hice parte de ese mundo. Eri sintió su estómago hundirse. Algo en su interior palpitó. Un hambre desconocida. Una necesidad de… ¿Qué? Tanaka no sonreía, pero sus ojos tenían un brillo intenso.

—¿Y ahora qué?

La mujer ladeó la cabeza.

—Ahora van a decidir.

—¿Qué vamos a decidir? —preguntó Kaede, aún tensa.

—Si aceptan su nueva naturaleza… o si se resisten a ella.

Ryo frunció el ceño.

—¿Qué pasa si nos resistimos?

La mujer parpadeó lentamente.

—Este mundo no es amable con quienes lo rechazan.

El silencio cayó sobre ellos. Kaede apretó los dientes.

—Esto es una maldita trampa.

La mujer sonrió.

—Tal vez.

Eri sintió su nuevo corazón latir. Rápido. Fuerte. Ya no eran soldados. Eran criaturas de la penumbra. Y este mundo esperaba respuestas.

El silencio no era normal. Era denso, como si algo en el aire hubiese cambiado. Kaede sintió su nuevo corazón palpitar. No era un latido humano. Era más lento. Más profundo. Mas… primitivo.

—No… —suspiró, negándose a aceptarlo. Pero su sombra se movió. No por la luz, sino por voluntad propia. Se arrastró a sus pies, como un animal hambriento. Kaede retrocedió, horrorizada.

—¡No, no, no! —Hiroshi se miró las manos. Las garras pulsaban con una energía que no comprendía. Su piel tenía marcas que se movían como tinta liquida—. ¿Qué…somos ahora? —susurró.

Ryo respiró entrecortado. La realidad parecía fracturarse a su alrededor. Como si la luz ya no pudiera tocarlos. Tanaka no temblaba. No se resistía. Solo aceptaba. Sus ojos brillaban con un fulgor oscuro.

—Somos lo que necesitábamos ser.

Kaede lo miró con furia. –

—¡No hables como si esto fuera algo bueno, maldita sea!

Pero Tanaka la ignoró.

—Dijiste que ahora podemos luchar –dijo, volviéndose a la mujer. Ella asintió lentamente.

—Así es.

—¿Luchar contra qué?

La mujer sonrió.

—Contra lo que viene.

Un rugido sacudió la casa. No era un sonido normal. Era el grito de algo que no parecía de este mundo. Eri sintió el suelo vibrar bajo sus pies.

—¿Qué… fue eso?

La mujer giró la cabeza hacia la puerta.

—La prueba.

Las sombras retrocedieron en las paredes. Kaede apretó su cuchilla, sintiendo que su cuerpo ya no obedecía las mismas reglas. Hiroshi tragó saliva. Ryo cerró los puños. Eri sintió el hambre regresar. Tanaka sonrió por primera vez.

—Entonces, veamos que estamos hechos.

Y las puertas se abrieron de golpe. La tormenta de sombras rugió dentro de la casa.

No era viento, era algo más vivo. Algo hambriento.

Kaede se lanzó hacia atrás, cubriéndose los ojos mientras la obscuridad la envolvía.

Hiroshi levantó los brazos por instinto, pero sus garras se extendieron y por primera vez comprendió lo que ahora era.

Eri sintió su piel arder. No dolía. Era poder.

Era como si algo dentro de ella despertara de un letargo antiguo.

Ryo cayó de rodillas, su respiración entrecortada.

—Mierda… ¡Todos afuera! —gritó Tanaka, corriendo hacia la puerta.

La mujer no se movió. Solo los observó con su eterna sonrisa imperturbable.

—Recuerden… no son humanos. —Y desapareció en las sombras.

Kaede salió primero, sintiendo que su cuerpo era más ligero. No corrió. Fluyó. Como si el suelo ya no la sujetara. Hiroshi golpeó una de las paredes al salir y dejó una marca quemada en la piedra. Ryo se llevó una mano el pecho, su corazón latía en una frecuencia extraña.

—Esto… no está bien.

Eri se tambaleó. Su visión era distinta.

Lo vio antes que todos los demás. Algo estaba en el cielo.

Esperándolos. Tanaka se detuvo en seco. Miró hacia arriba.

Y lo vio. Un ser gigantesco, de alas rotas, con un cuerpo hecho de siluetas que nunca terminaban de formarse.

No tenía un rostro, pero los observaba. Los estudiaba. Kaede apretó los dientes.

—¿Qué caragos es eso?